26 de enero de 2026

El Abel de América

Dónde los vientos alisios del caribe mecen las esbeltas palmeras y las olas del mar besan las costas de Cumaná,  nació el 3 de febrero de 1795 un niño destinado a calzar las espuelas de la libertad. Antonio José era de estirpe noble, pero su verdadera alcurnia no residía en la fortuna de los Sucre y Alcalá, sino en la limpieza de su mirada y la rectitud de su carácter, que recordaba a un junco de bambú: se dobla ante los fuertes vientos, pero no se quiebra.

La infancia de «Abel» —como lo llamaría más tarde Bolívar con afecto casi paternal— transcurrió entre el aroma a salitre y el murmullo de las palmeras. Sin embargo, el rugir de los cañones de 1810 rompió la quietud de los patios coloniales. Antonio José, con apenas quince años, cambió la pluma por la espada y dejó atrás la comodidad del hogar para fundirse en el crisol de la guerra.

Era un joven de modales exquisitos, pero, a la vez, de ferocidad estratégica en el campo de batalla. Mientras otros buscaban la gloria en la lisonja y la adulación, él la encontraba en la precisión de la logística. Se decía en los campamentos que Sucre no solo mandaba hombres, sino que gobernaba el tiempo, anticipándose siempre a los movimientos del enemigo.

El destino, ese tejedor invisible, cruzó sus pasos con los de Simón Bolívar. La relación entre ambos fue una sinfonía de lealtad: Bolívar era el rayo que incendiaba las cimas; Sucre, la luz serena que guiaba el camino tras la tormenta. En las frías alturas de los Andes, demostró que su alma era de acero templado. En Pichincha, el humo de la pólvora se mezcló con la neblina de las montañas ecuatorianas; allí, el joven general entregó a Quito las llaves de la libertad, no con la arrogancia del conquistador, sino con la humildad del libertador.

El cénit de su epopeya tuvo lugar en la pampa peruana. El 9 de diciembre de 1824, el sol de los incas, sobre el cielo de los cóndores, fue testigo de la batalla de Ayacucho. Frente al virrey La Serna, Sucre desplegó su genio. Sus palabras antes del combate resonaron como un eco eterno:

> «¡Soldados! De los esfuerzos de hoy depende la suerte de la América del Sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia».

La victoria fue absoluta. Sin embargo, lo que más brilló aquel día no fueron las bayonetas, sino la capitulación redactada por el propio Sucre. Fue un documento de una nobleza inaudita, pues trató al vencido con la dignidad de un hermano, prohibiendo el saqueo y la humillación. Aquel gesto le valió el título de Gran Mariscal de Ayacucho.

Pero la envidia, esa sombra que persigue a los hombres de luz, empezó a tejer su red. Tras fundar Bolivia y servir con desvelo a la Gran Colombia, Sucre solo anhelaba el regreso a Quito, al calor del hogar y de su amada Mariana Carcelén, la marquesa de Solanda.

El 4 de junio de 1830, en la espesura de la selva de Berruecos, cuatro disparos rasgaron el silencio del monte. La traición, agazapada entre los árboles, segó la vida del más puro de los próceres. Cuentan los campesinos que aquel día la montaña lloró y el cielo se tiñó del color de la sangre derramada.

Sucre cayó del caballo, pero entró de golpe en la inmortalidad. Se fue el hombre, pero quedó el símbolo: el del caballero sin tacha, el estratega sin ambición de mando y el hijo más leal de una América que aún hoy, al sentir el viento de los Andes, cree escuchar el galope de su cabalgadura.

1 comentario:

  1. Bolívar was the visionary fire, but Sucre was the administrative and tactical genius who turned that fire into a sustainable light. Without Sucre's logistics and his victory at Ayacucho, the Liberator's dreams might have remained just dreams.

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