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26 de diciembre de 2024

Lino Gallardo y el Himno Nacional de Venezuela.

Lino Gallardo, nació en La Sabana de Ocumare, en el año 1773, fueron sus padres Rudesindo Gallardo y Bárbara Timotea Aguado, ambos pardos libres. Gallardo quedó huérfano a temprana edad. Fue rescatado por Juan Manuel Olivares, quien era músico, violinista, organista, compositor, y constructor de instrumentos musicales, este lo llevó a su casa y lo alojó hasta 1792; en este hogar recibió sus enseñanzas musicales.

Últimamente han aparecido algunas partituras de puño y letra de Gallardo que, con un mínimo margen de duda, muestran que la primera versión del Himno Nacional de Venezuela fue escrito por él, con letra del padre de la ortografía actual de la lengua hispana Andrés Bello.

El 26 de diciembre de 1794 contrajo matrimonio  con María del Carmen Araujo y al enviudar se casó con María Catalina Pereira, el 30 de abril de 1799, con ella, tuvo tres hijas: María Josefa, Eladia de la Merced y Francisca de Paula. Una de ellas, María Josefa, fue profesora de piano.

Lino Gallardo fue compositor, director, y músico venezolano, conocido por su patriotismo. Muy apreciado en su tiempo y un gran ejecutante del violín, violonchelo y el contrabajo. Fue director de orquesta y estuvo muy ligado a las actividades políticas de la gesta independentista. Su nombre apareció como el autor de la canción “Caraqueños, otra época empieza” cuya letra sería de don Andrés Bello. También es el autor del poema patriótico llamado “Canción Americana”.

El Libertador Simón Bolívar sentía mucho aprecio y admiración por él y lo trataba como un compadre dado que su hija, María Josefina, era ahijada de don Juan Vicente Bolívar (hermano del Libertador). En 1824, Gallardo fue nombrado maestro mayor de música de Caracas.

La música acompañó el proceso independentista venezolano. El género más característico de este período fue la llamada Canción Patriótica, cuyo objetivo era exaltar los ánimos revolucionarios y generar conciencia de identidad colectiva. Sirvió a los intereses monárquicos antes del 19 de Abril de 1810, y en franco contrapunteo a los afectos republicanos y realistas después de esa fecha. A Lino Gallardo, se le ha atribuido, si no la música completa, al menos su participación en la composición de la canción patriótica “Gloria al bravo pueblo”, que el 25 de mayo de 1881, Guzmán Blanco declaró como el Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela. En el decreto firmado, no son mencionados los autores de la letra ni su compositor, lo que causó opiniones encontradas en torno al tema. Por ello cuando fue publicada la partidura donde se señalaba a Juan José Landaeta como el compositor del Himno, y a Vicente Salias como el autor de la letra, esto causó gran desconcierto y descontento entre muchos de los conocedores de la época.

Lino Gallardo es autor de la Canción Americana (1811), de la canción patriótica Tu Nombre, Bolívar, la Fama Eleva (1827) y naturalmente del Gloria al Bravo Pueblo (1810). Fue el Gloria al Bravo Pueblo el canto que tuvo mayor aceptación y más rápidamente se popularizó; tanto llegó al corazón de la gente, que se arrullaba a los pequeños para dormirlos con el "Duermase mi niño..." con la música del Himno Nacional, lo cual también servía como contraseña ante cualquier circunstancia.

Pese a todos los elementos a favor de Andrés Bello y Lino Gallardo como autores del Himno Nacional, oficialmente se tiene, hasta ahora, a Juan José Landaeta y a Vicente Salias como los autores del mismo. Lino Gallardo murió en Caracas, el 22 de diciembre de 1837. 

El investigador y estudioso de la música, Alberto Calzavara, en su libro “Historia de la música venezolana” (1987, página 137), explica de manera irrefutable, que nuestro Gloria al bravo pueblo, nació como un canto emocional, en un momento de inspiración patriótica, en los mismos albores de la independencia.

Según las investigaciones de Calzavaras, el compositor de la letra del Himno Nacional fue el maestro Andrés Bello.

Con respecto al autor de la música de nuestro Himno Patrio, el investigador subraya,que ya para 1840, esta canción se conocía como la “Marsellesa Venezolana”, y reafirma que la misma es obra de nuestro fecundo compositor Lino Gallardo, quien interpretó felizmente en ella el ardor épico de nuestros pueblos en la época gloriosa de la independencia nacional.

El nombre de Lino Gallardo, según Calzavaras, aparece en partituras antiguas del Himno Nacional, lo que no ocurre con Juan José Landaeta.

Lino Gallardo, fue uno de los pocos pardos que desde el principio apoyaron el movimiento revolucionario. Luego del 19 de abril, se le veía recorrer las calles de la capital entonando las canciones patrióticas de la época.

Para los que nunca han escuchado el Himno Nacional de Venezuela en su compás y letra original.
Interpretado con instrumentos antiguos, en su ritmo 4/4 y estrofas originales: Bartolomé Díaz, guitarra del siglo  XIX, Ernesto Leston, oboe del Siglo  XVIII y Carlos Godoy tenor.
Música de Lino Gallardo y versos de Andrés Bello. 

Así se cantaba y así lo escuchó Simón Bolívar.

Esta edición es de 1864 y  se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.

Tomado de: http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/himno.htm

https://www.venezuelatuya.com/biografias/lino_gallardo.htm

http://www.eduparra75.com/2007/01/el-verdadero-himno-nacional-de.html

24 de diciembre de 2024

Un Eco en el Corazón de los Tuyeros.

     
En Ocumare, en el corazón del Tuy, donde el tiempo parece transcurrir más despacio que en otros lugares, está ubicado el Liceo Juan Antonio Pérez Bonalde. Sus aulas, testigos mudos de sueños y anhelos adolescentes, vieron pasar generaciones de estudiantes que, con el paso de los años, se convirtieron en los lideres de la comunidad.

Pero en aquella época, en los años sesenta, el liceo representaba mucho más que un simple centro educativo. Era un faro de cultura, un espacio donde se recibían las mentes más brillantes de Venezuela. Semanalmente, sus pasillos se engalanaban con las ideas de intelectuales como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, José Ramón Medina y Luis Pastori, quienes compartían sus conocimientos con los jóvenes estudiantes.

Una tarde, mientras el sol se filtraba por las ventanas, traspasando el follaje de los arboles de la plaza Ribas, un acontecimiento histórico tuvo lugar en el liceo. Don Pablo Neruda, el poeta chileno cuya conexión con la naturaleza y la sociedad conmovía a todo un continente, visitó este rinconcito del Tuy. Sus versos, cargados de pasión y esperanza, resonaron en las paredes de la institución, y su eco creó un momento mágico. Neruda con su mirada penetrante, había encontrado en Venezuela una inspiración profunda, una tierra que luchaba por su identidad y su libertad.

Los estudiantes, conmovidos por la presencia del gran poeta, se sentían parte de algo más grande que ellos mimos. En aquellos años, el liceo era un hervidero de ideas y debates. Jóvenes comprometidos con la causa democrática y otros entusiasmados con la revolución cubana, convivían en armonía, demostrando que la diversidad de pensamiento podía coexistir con el respeto mutuo.

Hoy, algunas décadas después, algunos de aquellos estudiantes recuerdan con nostalgia esos años. El liceo había sido su hogar, su refugio, el lugar donde habían forjado amistades que se mantendrían en el tiempo. Y aunque el mundo ha cambiado mucho desde entonces, el espíritu de aquel liceo sigue vivo en el corazón de quienes han tenido la suerte de estudiar allí.

El liceo Juan Antonio Pérez Bonalde, la primera casa de estudios del Tuy, ha sido mucho más que un simple edificio. Representa un crisol de ideas, un semillero de talentos y un lugar donde la poesía encontró un eco profundo en el alma de los tuyeros. Y así, seguro estoy, su legado perdurará por siempre, como un faro que ilumina el camino de las nuevas generaciones.

En la gráfica: la Profesora Agustina Martineau de Hernández, Subdirectora del Liceo Pérez Bonalde, el Poeta Pablo Neruda, el Profesor Mendoza, Director del Liceo y el Estudiante Ángel Rafael Orihuela (quien en el futuro sería Ministro de Sanidad y Asistencia Social y Profesor de la UCV).

23 de diciembre de 2024

Mis Recuerdos de Ocumare.

Ocumare era como un museo viviente para mí. Cada rincón, cada sonido, cada aroma, eran pinturas que se grababan en mi memoria. Las tardes, especialmente, eran mágicas. El sol empezaba a despedirse, tiñendo el cielo de colores cálidos,  mientras el olor a cuero curtido y madera recién cortada, se mezclaba con el perfume de las flores silvestres.

 Mi abuela me tomaba de la mano y salíamos a recorrer el pueblo. Los artesanos, con su manos curtidas por el trabajo, creaban verdaderas obras de arte. Veía como las alpargatas cobraban vida bajo las hábiles manos del talabartero, y los sombreros de cogollo se transformaban en elegantes accesorios. El aroma del barro cocido me llevaba hasta los alfareros, donde las tinajas y pimpinas tomaban forma en sus manos.

Pero lo que más me gustaba era el río Ocumarito. Su aguas cristalinas nos invitaban a bañarnos, mientras las abuelas aprovechaban para lavar la ropa. Mi abuelo, con su paciencia infinita, me enseñaba a lanzar el anzuelo. Y cuando por fin sentíamos el tirón de un pez, la emoción era indescriptible. Después, con leña recolectada en los alrededores, preparábamos un delicioso sancocho de corroncho. El sabor ahumado de la sopa se mezclaba con las hierbas aromáticas, creando un plato que era una verdadera fiesta para el paladar.

Al caer la noche, nos reuníamos alrededor de una fogata. Mi abuela nos contaba las historias de Mauricio, el encanto y de fantasmas y duendes que habitaban por las montañas de La Guamita. El manto de la noche nos envolvía con una sensación de ternura y bienestar.

Aquellos días en Ocumare fueron los más felices de mi infancia. Los paseos por el pueblo, el olor a tierra mojada, el sabor del sancocho, pero sobre todo, la calidez de las personas que allí vivían, quedaron grabados en mi corazón. Cada vez que cierro los ojos, puedo volver a sentir la emoción de aquellos años.

     

21 de octubre de 2024

La Sabana de Ocumare Durante la Época Colonial Según el Obispo Mariano Martí y Otros Historiadores


   
Obispo Mariano Martí 
(1720 - 1792)
Día 7 de junio de 1783, salimos desde Caracas hacia el pueblo de la Sabana de Ocumare. El camino generalmente no es malo, pero hoy si lo es, debido a las lluvias. Cerca del camino hay muchas haciendas de cacao. El terreno tiene algunos cerros pequeños. Antes de llegar a este pueblo de la Sabana de Ocumare, a distancia de casi un cuarto de legua, pasamos el río del Tuy, y antes y después de pasar el río, pasamos algunas acequias para el riego de las haciendas. La hierba que producen estas tierras es de muy buena calidad, que llaman gamelote.

La iglesia de la Sabana de Ocumare está bajo la invocación de San Diego de Alcalá. Es de una sola nave, cubierta toda de obra limpia, sus paredes son de tapias y rafas. Tiene Baptisterio bien decente al entrar a la Iglesia, a la banda de la Epístola, Coro alto y cementerio a la misma banda de la Epístola, a distancia de pocas varas de la pared de la misma Iglesia.

La gente de aquí es de un genio tal que si los convidan para un baile, todos acuden a él, y si los convidan para un ejercicio piadoso en la Iglesia, acuden todos igualmente; no hay vicio particular o predominante en esta región, hay frecuencia de Sacramentos y devoción, pero también uno que otro domingo se forman grandes bailes en las localidades cercanas, pero, sin embargo su gente es de buena índole, y no de genio caviloso y malicioso.

Existen 53 hacendados, todos de cacao, menos uno que tiene un trapiche. Estas haciendas se han regulado poco, sin poderse dar razón precisa, porque en unos años de una hacienda se hacen dos, y en otros años de dos haciendas se hace una. Estos hacendados, a proporción del número de los esclavos, pagan a prorrateo o por repartimiento 200 pesos al cura y 50 pesos a la Iglesia para la oblata de pan, vino y cera anualmente, y dichos hacendados amos de esclavos nada pagan a la Iglesia ni al Cura de derechos parroquiales, pero si pagan para sí mismos, para sus hijos y demás de su familia, por sus derechos parroquiales, y también pagan las primicias. Los demás vecinos libres y que no son esclavos no pagan estipendio ni oblata, pero pagan primicias y obvenciones y los vecinos, aunque tengan esclavos, si no tienen hacienda, no pagan estipendio ni oblata y solo pagan primicias y obvenciones. Es de advertir que los que tienen esclavos y no tienen hacienda pagan las obvenciones o derechos parroquiales no sólo para sí, sino también para sus esclavos. Los que pagan obvenciones se entiende que pagan también los rasgos de sepulturas según el tramo en que se entierren.

No hay pulpería ni guarapería por arrendamiento, solamente don Esteban León tiene aquí y en toda la provincia el privilegio de vender aguardiente de caña, que lo hace en su propia hacienda, y es el único hacendado de caña dulce o trapiche en esta provincia, y esto se lo permite el Intendente sin reparar en el perjuicio que causa a la Real Hacienda en la venta de los aguardientes que se traen de España y de las Islas, que pagan sus derechos al Rey.

Las tierras de esta provincia son muy fructíferas, tanto por su calidad como por las muchas lluvias, y riego de las acequias, que salen del río Tuy. Se producen cacao, caña dulce, fríjoles y algunas otras legumbres, maíz, arroz, plátanos… aquí prospera cuanto se siembra o planta. Ahora empiezan a trabajarse algunas haciendas de añil, que se da de una calidad superior. El sitio donde se encuentra este pueblo no es muy llano, pues no deja de haber algunas hoyadas pequeñas y algunos cerros de poca altura. Por la banda del Sur, a distancia de media cuadra de las casas, corre una quebrada de agua de buena calidad regularmente todo el año, al menos que agarren el agua para regar la hacienda de trapiche de don Esteban de León, si es así los vecinos tienen que ir a buscar el agua a una acequia del río, la cual corre a mayor distancia del pueblo que la referida quebrada. La plaza de este pueblo está bien formada y la Iglesia le viene atravesada y hace frente a la plaza el costado o banda del Evangelio, y delante de la puerta mayor hay bastante espacio. Las calles están mal formadas por lo desarreglado de las casas, que no están puestas en líneas, muchas de ellas por el poco cuidado que se ha tenido al empezarlas a edificar. Si dichas calles y casas estuvieran bien arregladas, formarían un buen pueblo, pues acá hay 156 casas. El clima es cálido y sano, a pesar de ser húmedo.

El pueblo de la Sabana de Ocumare cuenta con 2141 moradores. De estos hay de esclavos 1059, y los restantes son libres, blancos, negros, mulatos y zambos. El Teniente de Justicia mayor es don Juan Joseph Marcano, casado en Canarias con doña Margarita Sucre, hija del capitán don Antonio Sucre, y hermana de doña Teresa Sucre, viuda de don Matheo Gual.


La Sabana de Ocumare desde el punto de vista de otros historiadores


José de Oviedo y Baños (1671 - 1738)







José de Oviedo y Baños en "Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela" nos describe que los aires de la Sabana de Ocumare son muy frescos y saludables, el terreno  despejado y el cielo muy alegre con una bella cordillera que es atravesada por el río Tuy (el río más rico que tiene esta provincia), que con la abundancia de sus aguas va fecundando las grandes vegas que tiene este territorio de uno y otro lado y regando también el gran número de arboles de cacao de su fértil terreno. Además Oviedo y Baños nos relata que el cacao que se produce y consume en esta región es tanto y tan bueno que sus pobladores lo preparan de variadas maneras.













Joseph Luis Cisneros en "Descripción exacta de la provincia de Benezuela" refiere que en la Sabana de Ocumare, durante todo el año, se producen infinitas raíces como: ñame, mapuey, ocumo, batata, patata, apio, además gran variedad de frutas como: plátanos, dominicos, cambures, aguacates, piñas, chirimoyas, guayabas, papayas, mamey, nísperos, membrillos, higos, coco, hicacos, sapote, anón y otras muchas; que aunque son cultivos agrestes los mismos son de gran utilidad para las familias que los cultivan. Se da el café de excelente calidad y también hay en este valle grandes haciendas de cacao en cuyo ámbito no se encuentra otra planta sino vastas plantaciones de este árbol.







Joseph Solano y Bote (1726 -1806)
El 8 de octubre del año 1768, el investigador e historiador Gonzalo Bello, siguiendo lineamientos de Don Joseph Solano y Bote, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, en sus trabajos de investigación, describe que el  valle de la sabana de Ocumare estaba todo dedicado a la agricultura del cacao, era tan abundante y de buena calidad el cacao de esta zona, que no se producía nada más, ni ganado mayor ni menor, ni bestias mulares, ni se había procurado descubrir otros minerales, ni vegetales, mas que dicho fruto,  que en la región se dedicaban solamente sus habitantes al cuidado y comercio del mismo. El comercio principal de todo el Valle residía en Ocumare, el cual se reducía a la compra y venta de cacao. 

29 de junio de 2024

Baila, Baila, María Ignacia

El clima húmedo de junio, con su calor característico, se siente más sofocante este día en los pequeños poblados de Guarenas y Guatire. El tímido sol tiñe de colores ocres el cielo Mirandino. No es un día cualquiera: el 29 de junio resuena en el alma de estas dos ciudades gemelas, con el eco de una promesa antigua, una melodía de fe que se niega a extinguirse. Los más ancianos suelen decir que la Parranda de San Pedro es tan antigua como los cimientos de la plaza, una tradición forjada en tiempos en que la tierra, labrada por manos esclavas, clamaba por milagros, pero el común de la gente sostiene que la Parranda es, ante todo, un acto de amor verdadero, y que este amor se ha anidado en el corazón de todo un pueblo, evocado por la historia de María Ignacia, una esclava de ojos profundos y manos callosas. En los cañaverales del valle de Pacairigua, hoy Guatire, la vida de María Ignacia estaba marcada por la lucha y la esperanza, sobre todo por su pequeña hija, Rosa Ignacia, quien se debatía entre la vida y la muerte. En aquel momento de desesperación, el ruego de María Ignacia se elevó hacia el cielo, una súplica desgarradora dirigida a San Pedro: 

—¡Sánala, Santo bendito, y te prometo que cada 29 de junio, con mi voz y mis pies, te honraré!—

El milagro, como una brisa fresca y apacible, sopló sobre la niña, devolviéndole el aliento. Así, acompañada de sus otros dos hijos, su esposo de rostro duro pero corazón tierno, y sus amigos, María Ignacia comenzó la ofrenda, una danza de gratitud que pronto se convirtió en tradición popular.

Cuando la muerte, con su velo sombrío, se llevó a María Ignacia, su esposo, con la frente en alto y el alma llena de su recuerdo, se vistió con sus ropas y continuó la promesa, perpetuando el legado.

En Guarenas, la llama de la Parranda arde con la tenacidad de los pueblos. Por más de un siglo, sus voces se han alzado en las calles y en los patios de las casas, tejiendo versos improvisados que brotan como frescos manantiales, llenos de ingenio y devoción. Los cuerpos, curtidos por el sol y el tiempo, se mueven al compás del tambor, con una cadencia que arrulla el alma. Cada habitante de la comunidad, va heredando la responsabilidad de mantener viva la tradición, con la solemnidad de quien transfiere un tesoro; así, aseguran mantener ardiendo la llama del folclor.

Mientras tanto, en la vecina Guatire, la Parranda florece con la exuberancia de un jardín tropical. Esta hermosa festividad ahora es abrazada por bailarines y trovadores de todas partes en una explosión de color y alegría.

Así, cada 29 de junio, la Parranda de San Pedro estalla en las calles de Guarenas y Guatire. Las comparsas, un torbellino de color y movimiento, desfilan con sus trajes remendados de esperanza y devoción. Los músicos, con sus cuatros y maracas, arrancan melodías que se clavan en el alma; los tucusitos y coticeros, junto a los bailarines, con pasos ágiles y sombreros adornados, honran la promesa de María Ignacia, mientras los trovadores, con rima ágil, improvisan versos que son pinceladas de la vida misma de estos dos pueblos.

Esta manifestación, a través de la parranda, no es solo una fiesta; es un hilo invisible que conecta el pasado con el presente, una melodía que, generación tras generación, sigue resonando en el corazón de dos pueblos que saben que, a veces, los milagros se visten de tradición y se bailan como María Ignacia sabe bailar.

24 de junio de 2024

El Santo Parrandero de Ocumare

Las lluvias de junio caían con insistencia en Ocumare del Tuy, impregnando el aire con un agradable olor a tierra mojada y promesas de tambores. Hacía mucho calor, pero este no era un calor cualquiera; era el aliento de siglos, el eco de un San Juan Bautista que, tras llegar en galeones españoles con la cruz en una mano y el látigo en la otra, fue parido de nuevo en las entrañas de esta tierra mirandina. Aquí, donde la esencia indígena, el vigor europeo y la resiliencia africana trenzaban sus raíces, nació una cultura que desafió el yugo, un tridente de creencias y rebeliones bordadas en un gran lienzo con hilos de oro y sangre.

Cada 24 de junio, la lluvia besa la tierra con la misma pasión con la que los corazones de los ocumareños se aceleran al compás de los tambores. Todos juntos se preparan para la misa a San Juan, un ritual ancestral que los conecta con un pasado vivo. En la iglesia, aguarda la imagen del Santo Parrandero, un santo de madera con más de trescientos años a cuestas, custodiado por familias ocumareñas de generación en generación: los Orta, los Mijares de Chaparral, la familia de Pedro Izquierdo y, ahora, los Machillanda. Para la comunidad, su amor por San Juan trasciende la tradición afrovenezolana; es pura devoción, es agradecimiento a milagros concedidos. "San Juan es un santo milagroso", susurra la gente, con los ojos brillando con una fe inquebrantable.

Pero para el pueblo, la tradición va más allá. Su fervor brota del mismo tuétano de su sangre africana, con un palpitar ancestral que despierta con el repique del tambor tuyero. Los tambores —el primero, el segundo, el tercero— son la voz de sus ancestros, el llamado a la libertad que resonó un 24 de junio de 1749, cuando los negros esclavizados de la Sabana de Ocumare se levantaron, visualizando su propia emancipación al son del santo y los tambores.

Cuando San Juan sale de la iglesia, Ocumare se convierte en un mantel colorido de fiesta y fervor. La imagen, bailada al ritmo frenético de los tambores, recorre las calles, llenando los caminos con una danza de fe que culmina en la Plaza Bolívar, donde se le rinden honores. Luego, con el eco de los cueros retumbando en el aire, el santo es llevado al sector Chaparral, a la casa de los Machillanda. Allí, entre versos improvisados al grito de "AJE", se reparten arepitas dulces y hervidos, manjares que la familia ofrece a todos los presentes, un acto de generosidad que sella la promesa.

Así pues, el pueblo de Ocumare del Tuy, recuerda con nostalgia, aquellos años, cuando el Día de San Juan Bautista paralizaba todo el comercio. El primer toque de campana marcaba el inicio de la parranda; el cura entregaba a San Juan al pueblo, y la gente, con el santo en brazos, iba de casa en casa de promeseros o a la casa de algún "Juan". El río Ocumarito era el destino final, donde sus aguas abrazaban al santo en un rito purificador, un baño de fe que unía la tierra, el agua y el espíritu en una danza eterna.

4 de junio de 2024

Al Son de las Cotizas

 

Los rayos de sol de Corpus Christi, con dificultad, intentaban traspasar las nubes cargadas de agua en el cielo de San Francisco de Yare. Desde el amanecer, un murmullo de expectación bullía en aquel húmedo ambiente. Era la hora de los Diablos Danzantes, la hora sagrada en la que el pueblo de Yare se vestía de fe y misterio, y el eco de las cotizas sobre el asfalto caliente retumbaba como el latido mismo de la tierra.

Cargadas de años y fe, las mujeres capataces, con la piel curtida por el sol y los rezos, observaban desde el umbral de los balcones cómo los primeros "cajeros" templaban los cueros. El sonido grave del tambor se escapaba como un aliento ancestral, que traía recuerdos de infancia. Los abuelos, con ojos llenos de una devoción férrea, contaban la historia y el legado de la tradición en los pueblos de Yare. Aquella leyenda dónde el padre desesperado, invocó en su petición a los "diablos". —Si no vienen los creyentes, ¡tendrán  que bailar los diablos!— había clamado aquel cura, y así, del polvo de la necesidad y la fe, nacieron los danzantes, con sus coloridas máscaras y sus trajes rojo escarlata.

Los hombres, herederos de una tradición mestiza que se tejía con hilos indígenas, africanos y europeos, se transformaron. Sus rostros de labriegos y pescadores se ocultaron tras caretas de cuernos retorcidos y fauces abiertas, algunas con el brillo delator del engaño y otras con la solemnidad de un sacrificio. El rojo intenso de sus vestimentas, salpicado de cruces y escapularios, contrastaba con el blanco sagrado del Santísimo Sacramento, que pronto recorrería las calles.

Ahora, el aire se llena de cantos rítmicos. Las maracas sacuden su canto de semillas secas, y las cotizas, al danzar sobre la tierra, marcan el compás de una danza entre el bien y el mal.

No son solo hombres bailando; son la representación viviente de la lucha, la penitencia, la promesa que se paga y el favor que se agradece. El "capataz", con la imponente máscara de cuernos más grandes, guia la procesión, con movimientos llenos de autoridad ancestral, mientras los más jóvenes, con la energía desbordante de la juventud, imitan sus pasos, aprendiendo el milenario ritual.

Cuando la custodia, resplandeciente como un diminuto sol, aparece en la distancia, un escalofrío recorre la columna vertebral de todos los feligreses. Los diablos, con sus máscaras feroces y sus movimientos frenéticos, se arrodillan. Es el acto cumbre: la sumisión del diablo ante lo divino, la entrega de lo mundano a lo sagrado. El silencio se hace por un instante, una emoción que solo el tiempo pudo forjar.

Así, año tras año, el pueblo de Yare renueva su pacto con la fe y la memoria. Los Diablos Danzantes no son una simple estampa folclórica; son el alma de un pueblo, la herencia que se transmite de abuelos a nietos, la fe que resiste el embate del tiempo y la promesa que se cumple bajo los vacilantes rayos del sol de Corpus Christi. Es la Venezuela profunda, vibrante y mística, que se baila en cada paso, en cada tambor y en cada corazón que late al son de las cotizas.

29 de febrero de 2024

La Convención de Ocaña

En Ocaña, bajo un sol incandescente, el aire olía a cebolla y a tierra batida. Las campanas del templo de San Francisco repicaban con un eco metálico que hacía presagiar una tormenta; no de lluvia, sino de hombres. Corría el año de 1828 y el pueblo, de calles empedradas y balcones de madera, se había convertido en un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente.

En la plaza, la gente humilde veía pasar las casacas bordadas y las botas relucientes de los convencionistas. El viejo barbero de la esquina comentaba entre susurros mientras afeitaba a un parroquiano:

> —Pille, compadre, que la cosa se está poniendo maluca. Por un lado, el Libertador, que es como un trueno de los grandes que quiere mandar hasta en los rayos; y por el otro, el general Santander, que parece un escribano de esos que creen que pueden amarrar el viento con un montón de papeles.

Dentro del templo, el ambiente era un barullo de murmullos y tensiones. El techo de madera crujía bajo el peso de los argumentos. Simón Bolívar, el «Hombre de las Dificultades», no estaba allí físicamente —se encontraba en Bucaramanga, acechando como un león herido—, pero su sombra se proyectaba sobre cada banco. Sus delegados, con voces que recordaban el fragor de las batallas de Boyacá y Carabobo, clamaban por un mando firme.

—¡Unidad o anarquía! —gritaban, y sus palabras eran puñales de plata buscando el pecho de la joven República.

Frente a ellos, Francisco de Paula Santander, el «Hombre de las Leyes», se mantenía erguido como un roble de mármol. Sus palabras eran un compás que medía cada sílaba. Para él, la libertad no era un caballo desbocado, sino un jardín cercado por la Constitución. Sus seguidores, con la pluma en ristre como si fuera una bayoneta, defendían el federalismo con un fervor que rozaba la terquedad.

La convención era un mar de pasiones. Las metáforas volaban por el recinto: los bolivarianos hablaban de una «presidencia vitalicia» como el timón de un barco en medio de la tempestad; los santanderistas respondían que ese timón no era más que una cadena disfrazada de orden.

—¡Ustedes quieren un monarca con nombre de presidente! —vociferaba un santanderista, con el rostro encendido como una brasa.

—¡Y ustedes quieren una nación de papel que se deshará con el primer estornudo de la guerra! —respondía un bolivariano, golpeando la mesa con un puño que todavía olía a pólvora.

El pueblo de Ocaña, mientras tanto, asistía al espectáculo con una mezcla de orgullo y espanto. Las chicheras servían el licor con manos temblorosas y, en las noches, las guitarras no cantaban a las novias, sino a la incierta suerte de la Gran Colombia.

Finalmente llegó el fatídico junio. La convención, que nació como una esperanza de luz, terminó en un crepúsculo de silencios. Los bolivarianos, sintiendo que la mayoría santanderista les cerraba el paso, decidieron que el juego no valía la pena si no podían ganarlo. Como una bandada de aves que presiente el huracán, abandonaron la asamblea.

El templo quedó vacío, habitado solo por el polvo y los ecos de los gritos. El barbero, al verlos salir, guardó su navaja y suspiró:

> —Se nos dañó la fiesta, compadre. Lo que viene ahora es puro cuchillo.

La Gran Colombia, aquel sueño gigante que Bolívar había tejido con sangre y Santander con leyes, empezó a deshilacharse en las esquinas agrestes de Ocaña. El Libertador, en su desesperación, tomaría el mando absoluto, y el general de las leyes vería cómo su código se manchaba con la tinta del exilio. Ocaña quedó allí, con sus iglesias blancas y su sol eterno, siendo testigo mudo del día en que la palabra no pudo vencer al orgullo y la unión se rompió como un cristal golpeado por la realidad.

22 de febrero de 2024

Dónde la Cruz y la Flecha se Abrazan

En el regazo de Ocumare del Tuy —pueblo que parece dormir arrullado por el abrazo verde de sus montañas— renace cada año un milagro de fe: la Peregrinación de la Escolta de los Indios Coromotanos. Esta danza de devoción, que despierta el primer domingo de Cuaresma, es un cántico vivo a la Virgen de Coromoto. El relato tiene su semilla en 1941, cuando la visión de monseñor Rafael Pérez León concibió una procesión que no solo caminara, sino que palpitara al ritmo de melodías celestiales en el corazón de cada ocumareño.

Para que aquel sueño no se desvaneciera, el párroco buscó el respaldo de la Santa Sede. Así, la festividad nació ungida por el Vaticano, transformándose en un puente entre la tierra tuyera y la eternidad. El motor de este milagro fueron los jóvenes boy scouts: manos de arcilla y corazones de fuego que se convirtieron en los primeros custodios de la promesa. Ellos vistieron de gala las calles, tejieron guirnaldas y cargaron sobre sus hombros el peso sagrado de la Madre, contagiando a un pueblo que se desbordó por las avenidas como un río de esperanza.

En este lienzo histórico emerge la figura de Jesús Tereso Sánchez, el Cacique Mayor. Su liderazgo no fue solo de mando, sino de sabiduría antigua. Él fue el artesano que trenzó la fe cristiana con las raíces profundas de la tierra. Bajo su guía, la peregrinación se vistió de plumas y cantos, de ritmos ancestrales y de un respeto sagrado por la tradición. La cruz y la flecha se fundieron en un solo abrazo, convirtiendo el rito en un tapiz de identidad donde la sangre y la creencia se reconocen hermanas.

El tiempo ha pasado, pero la tradición no envejece; se hace roble. Cada año, el aire de Ocumare se impregna de oraciones y el suelo vibra con la llegada de miles de peregrinos. La fiesta es un cauce de almas que llegan desde lejos para desbordar la devoción mariana.

Pese a los vientos de cambio, la esencia de la Escolta permanece intacta, protegida en el cofre del corazón ocumareño. De pronto, el silencio del valle se quiebra con una sinfonía de júbilo: el estallido de los cohetes y el relincho de los caballos anuncian que el cielo y la tierra se han vuelto a encontrar. Hoy, cuando los jinetes inician su trote rítmico, parece que la tierra misma eleva una plegaria. En ese galopar de promesas, el pueblo reafirma que mientras haya un indio coromotano cabalgando, existirá un lazo indestructible que mantendrá encendida la llama de la unidad y la vida.

19 de febrero de 2024

Don Nicanor

La tarde que Nicanor Ochoa decidió morirse, el sol de mayo caía sobre las montañas de Carabobo con la lentitud que tienen las personas cuando saben que van a ser recordadas eternamente. Tenía ochenta y nueve años y todavía le quedaba cuerda para gritar y discutir como un muchacho en la gallera de Miranda; pero su corazón, que siempre le había obedecido como un perro fiel, de repente se volvió piedra.

—Este no es mi día —dijo, y nadie le hizo caso.

Lo encontraron al amanecer del 18 de mayo de 1957, tieso en su catre, con las manos todavía oliendo a las yerbas que había estado moliendo la tarde anterior para una muchacha de Tinaquillo que necesitaba amansar a su hombre. Los mismos que lo velaron esa noche fueron los que después, cuando pasaron los años, empezaron a jurar que lo habían visto en los caminos.

Porque Nicanor, el curandero que sanaba y arreglaba enredos las veinticuatro horas del día, no tuvo la delicadeza de irse del todo. Quienes lo conocieron bien sabían que era un hombre de gustos fijos y gestos galantes: no fumaba tabaco, pero sí cigarrillos, especialmente "Capitolio" y "Continental". A cualquier hora se le veía con el humo fino entre los dedos, mientras disfrutaba de un café amargo, siempre sin azúcar, que parecía asentarle el carácter antes de atender a los necesitados.

La primera en verlo tras su partida fue una mujer de San Felipe que iba a buscar agua al río cuando todavía no había salido el sol. Lo encontró sentado en una piedra, limpiándose las uñas con un cuchillo de monte.

—¡Don Nicanor! —dijo ella, con un susto que le enfrió la sangre—. ¿No estaba usted muerto?

Él levantó la cabeza, se acomodó el sombrero y le sonrió con esa sonrisa que siempre tuvo en vida, la misma que mostraba cuando era feliz regalándole a todas las mujeres caramelos de coco que sacaba de sus bolsillos como por arte de magia.

—Muerto está el que no tiene palabra, niña. Yo tengo muchos compromisos todavía.

Y entonces, sin más, empezó a cantar:

> Virgen del Carmen, Virgen del Carmen,

> ampárame en esta hora...

Desde ese día, en las noches de luna llena, los caminos de Carabobo se pueblan de historias. Unos dicen que lo vieron en Montalbán, otros que en Tocuyito, pero siempre de la misma manera: antes de aparecer, se siente un olor a ruda y a sus cigarrillos de siempre, y si uno presta atención, se escucha esa canción que él tararea como si todavía estuviera vivo.

Doña Sara Carmona, la última mujer que tuvo, recordaba cómo era él en vida. Mujeriego hasta la médula, había repartido hijos por todo el estado con María Eufemia, con Ofelia Ojeda, con Eustaquia Jiménez. Pero también repartía curaciones y trabajos. Cuando alguien tenía fiebre, ahí estaba Nicanor con sus brebajes. Cuando una muchacha se quedaba sin novio, ahí estaba Nicanor para endulzarle el corazón, tal vez con la misma dulzura de sus inseparables caramelos de coco.

—Era como un río —decía doña Sara—. Un río que a veces se desbordaba y se llevaba todo por delante, pero sin agua no podía vivir nadie.

Por eso, cuando murió aquella tarde de mayo, después de la discusión en la gallera por un gallo que no quiso pelear, el pueblo entero sintió que algo se había secado. Y cuando al día siguiente lo enterraron, las campanas sonaron como si fueran de madera: un repique seco y triste.

Pero lo cierto es que no se fue. Lo cierto es que sigue ahí, en las encrucijadas, en los caminos de tierra, en los sueños de los que lo buscan para pedirle favores, suerte o venganza.

—¿Y usted cree en esas cosas, ñor? —le preguntó una vez un caraqueño incrédulo a un viejo de Belén.

El viejo se quedó callado un rato, mirando la montaña. Después se señaló el pecho, justo donde late el corazón.

—Mire, joven —dijo—. Yo no sé si Nicanor Ochoa anda por ahí en los caminos. Pero sí sé que cuando uno lo necesita, lo siente aquí adentro. Como una yerba amarga, o como ese café fuerte que él tomaba, que de repente se vuelve dulce. Como esa canción que él cantaba.

Y entonces, sin venir a cuento, el viejo comenzó a tararear bajito, mientras la tarde caía sobre los sembradíos:

> Virgen del Carmen, ampárame en esta hora...

Y el viento, que siempre sabe de estas cosas, se llevó la canción monte adentro, como si alguien, en alguna parte, estuviera esperándola.