Cuentan los viejos, entre un sorbo de café y un suspiro, que el tiempo allí se detuvo un sábado de nupcias olvidadas. El reloj de la Iglesia San Francisco de Paula ya marcaba la hora señalada, pero la novia, envuelta en tules y promesas, volaba sobre ruedas en una carrera frenética contra el destino. El exceso de velocidad fue el verdugo; un estrépito de metal y cristales rotos rasgó el silencio de La Veraniega, dejando el blanco del vestido teñido por el polvo del olvido, entre sangre y vidrios esparcidos.
Desde entonces, la curva no solo es peligrosa por su ángulo caprichoso o por el lodo traicionero en tiempo lluvioso. El peligro ahora tiene rostro de mujer y un penetrante olor a azucenas marchitas.
Los conductores incautos, aquellos que desafían la madrugada, ven a la orilla del camino una figura espectral. Es ella: lleva el vestido ajado por el tiempo y, en un gesto de cansancio infinito, sostiene sus zapatos en las manos. Al detenerse, un frío intenso se cuela por las rendijas de las ventanas. Ella pide que la lleven, con una voz que parece venir de un abismo sin fondo. El incauto accede a llevar a la mujer a un destino solicitado, pero la compañía dura poco; al pasar frente al antiguo Club La Veraniega, el asiento del copiloto recupera su soledad con la misma rapidez con la que un sueño se desvanece al despertar.
"No es el peso de un cuerpo lo que asusta, sino el vacío que deja cuando se va", dicen los que han sentido su presencia.
Pero son los motorizados, hombres de carne y hueso que desafían el filo de la noche ocumareña, quienes conocen mejor el ritual del silencio. Al entrar en el arco del "Infiernito", sienten que la moto se aplasta contra el suelo, como si un invitado invisible saltara al asiento trasero. El código es claro: prohibido mirar atrás. El manubrio vibra, el motor se esfuerza bajo un peso que no debería existir, mientras el corazón late al ritmo de una procesión.
Es en ese instante de terror puro cuando la advertencia cobra sentido: mientras mantengas la vista en el camino, ella es solo una pasajera; si la miras, te conviertes en su acompañante eterno.
Al llegar de nuevo al viejo club, la carga se esfuma. El motorizado, con el alma en un hilo y la nuca erizada, acelera sin preguntar, sabiendo que acaba de escoltar al alma de la novia que nunca llegó al altar.
La Curva del Infiernito sigue ahí, recordándonos que en Ocumare la realidad y la leyenda son dos caras de la misma moneda. Un lugar donde la prudencia no es solo una norma de tránsito, sino una forma de respetar a los que, por un descuido del tiempo, quedaron atrapados entre el asfalto y la eternidad.

