De joven, solía decir: “Este suelo reclama libertad, y yo tengo brazos para dársela”. Nadie se reía. Porque en 1797, el ímpetu ya le ardía en la sangre.
Piar no fue un soldado común. Fue un vendaval que aprendió a caminar sobre el agua. Bandera haitiana, después la de Miranda en 1812 como alférez de navío. Su nombre empezó a pronunciarse más despacio en las tabernas y, luego, con respeto en los cuarteles. Cuando cayó la Primera República y el exilio lo empujó a Trinidad, firmó el Acta de Chacachacare como quien clava una bandera en el futuro. Allí empezó la leyenda. La que se escribió con pólvora en Maturín: Zuazola, Fernández de la Hoz, Monteverde… todos probaron el filo de la espada de un pardo que no sabía pedir permiso para ganar.
El Juncal en San Félix, la apoteosis. Y en medio, la primera escuadrilla naval, el bloqueo de Puerto Cabello, la gloria intacta. Pero ni el sol de Guayana podía disipar una sombra que no venía del enemigo, sino de casa. Piar era Generalísimo. Pero, también era “pardo”. Y la aristocracia mantuana nunca le perdonó que tuviera esas dos cosas: genio y color.
“La patria lo necesita a usted hoy como lo que es”, le escribió Bolívar en junio de 1817. La frase, en apariencia conciliadora, le heló la nuca a Piar. Porque él ya sabía lo que era. Y sabía también que lo estaban vigilando. Soñaba —decían los que lo oyeron en confianza— con un orden donde el rango del alma no se midiera en tonos de piel. Ese sueño, apenas susurrado, se llamó “conspiración”.
Manuel Cedeño lo capturó en Aragua de Maturín. El hombre de 24 acciones de guerra, el invicto, el dueño de Guayana, se encontró frente a un tribunal formado por sus propios iguales. No importaba: la sentencia ya estaba escrita antes del juicio.
El 16 de octubre de 1817, en Angostura, el aire no terminaba de soltarse. Pesaba, olía a tierra mojada que no llueve. Manuel Piar, 43 años, General en Jefe, caminó hacia el muro occidental de la Catedral con la frente tan alta que parecía otra batalla. No hubo degradación. Sus galones brillaron bajo el sol último. Al sonar la descarga, el héroe que nunca perdió una batalla perdió, por fin, algo más definitivo: la partida contra los suyos.
Su cuerpo quedó en el cementerio de El Cardonal. Su leyenda, en cambio, no encontró sepultura. Aún hoy, cuando el viento baja del Orinoco, algunos dicen que se oye su nombre mezclado con el de una libertad que, para los que nacieron como él, sigue siendo —apenas, — un horizonte lejano.






