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5 de febrero de 2026

Surcos del Recuerdo

Los rayos del sol de febrero caían inclementes y perpendiculares sobre las aguas del río Tuy, ese viejo y gigante que alguna vez fue el camino de curiaras cargadas con el mejor cacao del mundo, pero que hoy arrastra el eco triste de una historia de siglos. En la plaza de San Diego de Alcalá de la Sabana de Ocumare, bajo la sombra de los almendrones, el tiempo parecía detenerse; pero la tierra —la bendita tierra de la Hacienda Mendoza— contaba un transitar distinto: un transitar de lanzas, de cacao y de barcos cruzando el Atlántico.

Don Eleazar, con las manos nudosas como raíces de guamo, recordaba los cuentos de sus abuelos sobre el "Valle del Miedo". No era para menos. Aquellas tierras, antes de ser surco y arado, fueron el dominio de los Quiriquires, guerreros de temple indómito que hicieron retroceder a los colonizadores Garci González de Silva y Diego de Lozada.  

—"¡Hombres de hombres!", decía el viejo, rememorando el ímpetu del cacique Yareware y del gran Yoraco, cuyos gritos de guerra aún parecen vibrar en las estribaciones del río. Aquella selva cerrada, que desafió la penetración española desde 1563, solo cedió cuando la cruz y la espada fundaron formalmente el pueblo aquel 5 de diciembre de 1597.

Con la paz de los cementerios y el establecimiento de la parroquia en 1693, Ocumare se transformó en el joyero de los Mantuanos. La Hacienda Mendoza, vecina de la aristocrática Hacienda Marín, se convirtió en un reino de sombra y dulzor. El cacao, esa "almendra anhelada" de la colonia, fluía por el valle, financiando títulos nobiliarios y capellanías, mientras los esclavos y campesinos doblaban el lomo bajo el dosel de los árboles. Para 1810, el censo ya revelaba una verdad incuestionable: Ocumare era un epicentro de vida con más de cuatro mil almas. Los hacendados de la familia Gómez, herederos de una estructura latifundista férrea, veían en la Hacienda Mendoza no solo una propiedad, sino un símbolo del poder agroexportador que definía a la Venezuela de antaño.

Pero el siglo XX trajo consigo el olor a gasoil y el fragor de las máquinas. El proyecto de "sembrar el petróleo" encontró en estos suelos de la antigua hacienda el laboratorio perfecto para un experimento agrario. El latifundio, visto ahora como un lastre por la nueva élite política, fue desmembrado para dar paso a la Colonia Mendoza.  

Fue un cambio de piel. Donde antes resonaba el golpe del machete criollo, comenzó a escucharse el ritmo de costumbres ajenas. Familias italianas, portuguesas y canarias desembarcaron en el Distrito Tomás Lander, trayendo consigo la promesa de una modernización técnica. El paisaje cambió: la cuadrícula del ingeniero sustituyó la irregularidad del monte; el tractor desplazó al buey.

Hoy, al caminar por los senderos de estos parajes, se siente esa amalgama controversial. Las casonas de viejo cuño conviven con la herencia de los colonos europeos que redefinieron la identidad ocumareña. El latifundio de los Gómez es ya un fantasma de la Venezuela de ayer, pero en el aire de Ocumare del Tuy —aquella antigua capital de sueños y tensiones— aún se respira el aroma del cacao mezclado con el polvo de la modernidad.  

La Hacienda Mendoza no es solo tierra; es el espacio donde se escribió la transición de una región que dejó el arado de madera para intentar abrazar el futuro, dejando en el camino la cicatriz indeleble de quienes, desde los Quiriquires hasta los inmigrantes de ayer, llamaron a este valle su hogar.

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