El sol se regaba en el verde horizonte, vistiendo de añil y naranja los esteros de Camaguán. El silencio del hato solo era roto por el lejano mugido de un becerro y el susurro del viento entre los palmares. Al compás del trinar de un turpial en un viejo totumo, un cristiano de alma llanera, don Hermógenes, se mecía en su chinchorro esperando que el relámpago de la noche alumbrara, dando rienda suelta al galope de los recuerdos.
De pronto, un sonido traspasó la quietud. No era el canto de una paraulata llanera ni el grito de un gabán. Era un bordoneo dulce de arpa, como una oración donde el viento caprichoso traía las notas de un parrando cercano que acariciaba con una sensación sobrenatural.
—Muchacho, ¿quién toca esa arpa que hace llorar hasta al zamuro? —preguntó don Hermógenes, incorporándose apenas.
—Es el eco del pueblo, tío —respondió el joven, acercándose con respeto—. Hoy las cuerdas repican en cada rincón porque el maestro Juan Vicente está de cumpleaños.
El viejo no necesitó más nombres. Al oír las primeras notas de «Concierto en la llanura», se enderezó como si un espíritu lo hubiera tocado. Las manos del arpista, invisibles pero presentes, galopaban sobre las cuerdas enlazando sonidos orejanos, indómitos como «La Potra Zaina». Cada nota era un chubasco llanero que, lejos de asustar al ganado, lo serenaba. Don Hermógenes cerró los ojos y vio, nítida, el agua del caño y el amanecer «Sabaneando»; sintió el rumor de la «Sinfonía del palmar» y el cobijo de un «Sueño azul» que se hacía realidad en aquella noche cubierta de estrellas.
Recordó a los poetas, cuyas palabras se volvieron alas para que la música del maestro alzara el vuelo, mostrando la magia de los atardeceres que él mismo había presenciado junto al maestro. El arpa no sonaba a madera y cuerdas; sonaba a recuerdos lejanos y a caballo ensillado esperando la faena.
—El maestro no toca el arpa, mi niño —murmuró con la voz quebrada por la emoción—. Ese hombre reza. Reza por «Rosa Angelina», por esa «muchacha de ojazos negros» que se asoma en el recuerdo, por «Rosario» que florece en los esteros, por el alma misma de esta tierra. Su arpa es un escapulario que nos protege.
La música se derramó por el hato. El «Alma llanera» que brotaba de aquellas cuerdas no era la misma de siempre; era la de ellos, la que nacía del barro, del sudor y de la inmensidad. Era un canto «Campesino» pero altanero, que se enarbolaba a sí mismo como bandera de un país entero.
Cuando la última nota se fue desvaneciendo entre los esteros de Camaguán, don Hermógenes sintió un nudo en la garganta. Había escuchado su propia vida hecha canción. El arpa del maestro, con sus cuerdas infinitas, había descifrado el nombre de Venezuela aquella noche de sabana. Y don Hermógenes, mecido ahora por un silencio más profundo y más suyo, supo que mientras existiera esa arpa, el llano nunca dejaría de galopar.


