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12 de febrero de 2026

La Flor de Mamporal

El sol de Barlovento besaba la piel de Eulalia Ramos con la tibieza del cacao recién tostado en las tierras de Tacarigua. Pero aquel abril de 1817, el aire de Barcelona no olía a tierra mojada ni a molienda, sino a pólvora y hierro oxidado. La Casa Fuerte, ese viejo convento de muros soberbios que pretendía ser escudo, se había convertido en una jaula de piedra. Eulalia, cuya vida había sido una huida constante desde los catorce años —cuando el apellido Ramos se fundió con el de Buroz para despistar a la sombra realista—, ya no tenía dónde correr. Sus manos, que alguna vez fueron suaves como la seda de Cartagena, estaban ahora callosas de tanto cargar fusiles y remendar uniformes para los soldados del Libertador. Era una mujer de veintidós años, pero con los ojos cargados de siglos.

El General Aldama no traía piedad; traía un incendio. Ante la ausencia de Mariño, la fortaleza era un cuerpo expuesto al asedio. El estrépito de los cañonazos hería el cielo barcelonés, y los gritos de setecientas almas se mezclaban con el silbido de las balas. En medio del caos, Eulalia buscó la mirada de su esposo, el edecán William Chamberlain. La muerte, celosa, se lo arrebató antes que el enemigo: herido y digno, William prefirió el silencio del suicidio antes que el escarnio del cautiverio. El dolor de Eulalia no fue un llanto; fue un torbellino. Arrastró el cuerpo de su amado entre los escombros y el lodo carmesí, como quien intenta salvar la última brizna de esperanza en un campo árido. Fue entonces cuando un oficial realista, con el uniforme manchado por la soberbia, la sujetó por el brazo.

—¡Reniega de tu patria, mujer! —le arengó el godo con una sonrisa de azufre—. ¡Grita "Viva el Rey" y te ahorraré el infierno!

Eulalia lo miró. En sus ojos no había miedo, sino el fuego de Tacarigua, la fuerza de la tierra negra de Río Chico y la terquedad de la llanura. Con un movimiento felino, más rápido que la malicia del español, arrebató el arma que colgaba del cinto del oficial. Retumbó un trueno de pistola. El realista cayó como un fardo de paja seca, mientras ella, con la voz quebrada pero firme como el granito, soltó el rugido que aún resuena en las paredes de la historia:

—¡Viva la Patria! ¡Muerte a los tiranos!

No hubo juicio, solo la furia ciega del acero. Las bayonetas la buscaron con saña, multiplicando las heridas en su cuerpo menudo pero lleno de gloria. La mutilaron, pero no pudieron tocar su nombre. Mientras la vida se le escapaba entre los dedos, Eulalia Ramos de Chamberlain volvió a ser semilla en la tierra de Miranda, floreciendo para siempre como la heroína que prefirió el sepulcro de piedra antes que el yugo de la obediencia.

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