15 de febrero de 2025
Angostura
12 de febrero de 2025
El Rugir de la Libertad.
El amanecer del 12 de febrero de 1814 se alzaba sobre los valles de Aragua con un fulgor que presagiaba el destino de una nación. El cielo, pintado de tonos dorados y carmesí, se extendía como un manto sobre el campo de batalla, donde la libertad y la tiranía se enfrentaban en un duelo épico, histórico. En el corazón de aquel valle, la ciudad de La Victoria se erguía como un bastión de esperanza, custodiada por el indomable espíritu de José Félix Ribas y sus valientes jóvenes soldados.
Ribas, con el fuego de la patria ardiendo en su mirada, arengó a sus tropas con palabras que resonaron como truenos en el alma de cada uno de ellos: “¡Soldados! Hoy no luchamos solo por nuestra tierra, sino por el futuro de nuestras familias, por la dignidad de nuestro pueblo. ¡Hoy, la gloria nos espera, y la muerte no será más que un paso hacia la inmortalidad!”. Su voz, cargada de pasión, se inflamó como un canto en los corazones de aquellos jóvenes, casi niños, muchos de ellos estudiantes aún, quiénes decidieron empuñar las armas con la determinación de gigantes.
El enemigo, las fuerzas realistas, comandadas por José Tomás Boves, avanzaba como una sombra oscura, un monstruo de hierro y fuego que buscaba devorar la luz de la libertad. Sus filas, numerosas y bien armadas, parecían invencibles, pero Ribas, con la astucia de un lobo y la valentía de un león, supo que la verdadera fuerza está en el coraje y la convicción de carácter.
El fragor de la batalla estalló como una tormenta repentina. Los cañones rugieron, desgarrando el silencio con su estruendo, y el humo de la pólvora envolvió el campo con un velo gris. Los jóvenes patriotas, con sus uniformes raídos, pero sus espíritus indomables, se lanzaron al combate con un grito que parecía sacado de las entrañas mismas de la tierra: “¡Viva la patria!”. Cada golpe de sus espadas, cada disparo de sus fusiles, era un canto a la libertad, una estrofa de un poema épico que se escribía, aquella mañana, con sangre y valor.
Ribas, montado en su corcel, era la encarnación misma de la resistencia. Su figura, envuelta en el humo de la batalla parecía un espectro de la guerra, incansable y feroz. Con cada orden, con cada movimiento, guiaba a sus hombres como un maestro dirige una sinfonía, donde el sonido de las balas y los gritos de los combatientes eran las notas de una melodía trágica y hermosa.
Las horas pasaron, y el sol, testigo mudo de aquella contienda, comenzó a declinar en el horizonte. La batalla era una danza frenética, un torbellino de vida y muerte. Los jóvenes, agotados pero imbatibles, resistieron cada embestida del enemigo con una tenacidad que parecía sobrenatural. Y entonces, cuando el día agonizaba, llegó el momento decisivo. Ribas, con una mirada que brillaba como el acero de su espada, ordenó la carga final.
“¡Adelante, hijos de la patria! ¡Por la libertad, por la gloria, por Venezuela!”, gritó, y sus palabras fueron como un rayo que electrizó a sus hombres. Con un ímpetu arrollador, los patriotas se lanzaron sobre el enemigo, rompiendo sus filas como un río desbordado que arrasa todo a su paso. El grito de victoria se alzó como un trueno, y las fuerzas de Boves, derrotadas, huyeron en desbandada.
El campo de batalla, cubierto de los restos de la lucha, quedó en silencio. El sol, ya en el ocaso, tiñó de rojo el cielo, como si la tierra misma llorara a sus hijos caídos. Ribas, con el rostro cansado pero iluminado por la victoria, miró a sus hombres y supo que aquel día no solo habían ganado una batalla, sino que habían forjado el alma de una nación.
La Batalla de La Victoria se convirtió en un símbolo eterno de coraje y sacrificio. Aquellos jóvenes, muchos de los cuales no verían el amanecer del día siguiente, se convirtieron en héroes inmortales, sus nombres quedaron grabados en el mármol de la historia. Y Ribas, el león de La Victoria, pasó a la posteridad como un titán de la libertad, un hombre cuyo espíritu indomable iluminó el camino hacia la independencia.
11 de febrero de 2025
Francisco Rósete: el Jefe de los desolladores
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| Detalle de "El Escorpión Dormido" De Pedro Rengifo. Año 2003 |
¿Quién fue Pedro de la Vega?
8 de febrero de 2025
Humboldt y Bonpland en Ocumare
El 8 de febrero de 1800, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, dos almas curiosas e inquietas, sedientas de conocimiento, partieron de Caracas rumbo al este. No era un viaje cualquiera; era una travesía que los llevaría a descubrir los secretos más íntimos de la tierra venezolana. Aunque su objetivo principal era el encuentro entre el Orinoco y el río Negro, decidieron desviarse para explorar "la parte más bella y cultivada de la provincia, los valles de Aragua". Sin embargo, el destino tenía preparada para ellos una parada inesperada: los Valles del Tuy.
El 9 de febrero, bajo un cielo azul eléctrico, llegaron al valle del Tuy, una región que parecía haber sido pintada por los propios ángeles. Humboldt, con su mirada de científico y poeta, describió el lugar como "una región activamente cultivada, llena de aldeas y pueblos, con una población total de más de 28.000 habitantes". Un mundo en miniatura, donde la vida fluía al ritmo de las cosechas y el canto de las aves.
En la hacienda de don José de Manterola, los viajeros encontraron refugio. La casa, rodeada de camburales, caña de azúcar, clavellinas e higueras, era un oasis de paz y sosiego. Humboldt, en sus notas, describió el paisaje como "una bonita plantación de caña" a 580 metros de altitud, donde el tiempo parecía caminar más despacio. Allí, entre el mecer de los árboles y el rumor del río, pasaron dos días muy agradables.
Don José de Manterola recibió a sus ilustres huéspedes. Humboldt, en su diario de campo, lo describió como un hombre "codicioso y tacaño, pero de buen carácter", cuya fortuna había llegado gracias a un matrimonio ventajoso. Aunque su avaricia era conocida, Manterola supo agasajar a Humboldt y Bonpland con la hospitalidad que solo un anfitrión de su talla podía ofrecer.
La hacienda era una perfecta representación de la vida colonial. Los esclavos trabajaban bajo el sol inclemente, cortando caña con movimientos rítmicos que parecían una danza ancestral. Las mujeres, con sus vestidos de colores vivos, llevaban cestas llenas de frutas tropicales, mientras los niños correteaban entre los árboles, persiguiendo iguanas. Era un cuadro vivo, donde cada personaje tenía un papel en la sinfonía de la vida rural.
Humboldt, con su pluma afilada y su mente curiosa, observó cada detalle.
Anotó la altura de las montañas, el curso del río, la poesía del lugar. "El río Tuy serpenteaba como una culebra dormida entre los árboles", escribió en su diario.
"Las higueras extienden sus ramas como brazos protectores, y las clavellinas florecen con un rojo intenso, como llamas que iluminan el paisaje rural".
Bonpland también se maravilló con la diversidad vegetal. Recogió muestras de plantas, las estudió con cuidado y las guardó en su colección. Cada hoja, cada flor, era un tesoro que llevaría consigo como testimonio de su paso por estas tierras.
Al caer la noche, la hacienda se transformaba. El cielo se llenaba de estrellas que brillaban como diamantes sobre un terciopelo oscuro. El aire se impregnaba con el aroma de la caña quemada, y el chirrido de los grillos y el croar de las ranas creaban una melodía que parecía salida de un sueño. Humboldt y Bonpland, sentados en el patio de la casa, compartían historias y reflexiones bajo la luz de la luna.
Fueron dos días que quedaron grabados en la memoria de los viajeros. Dos días en los que los Valles del Tuy les mostraron su esplendor y su misterio. Cuando partieron, llevaban consigo no solo datos científicos, sino también la imagen imborrable de un lugar donde la naturaleza y el hombre convivían en armonía.
De la visita de Humboldt y Bonpland a los Valles del Tuy nacieron bellos relatos transmitidos por nuestros abuelos, de generación en generación, relatos que, como el río Tuy, fluyen eternamente entre la historia y la poesía.



