Gracias por tu visita

15 de febrero de 2025

Angostura

El sol de febrero en Angostura no calentaba; calcinaba. Un viento denso traía los vapores del Orinoco; el tiempo parecía detenerse a escuchar el murmullo de la corriente del gran río. Aquel 15 de febrero de 1819, el pueblo ya no era el mismo. Las pulperías estaban a medio abrir y hasta los gallos parecían haber moderado su canto, presagiando que, bajo el techo del palacio de gobierno, se estaba pariendo un nuevo destino.

Los más ancianos —viejos de piel curtida y ojos que habían visto pasar más banderas que inviernos— se acomodaban el sombrero de cogollo y se sentaban en los zaguanes cercanos. Desde allí veían entrar a los veintiséis diputados, hombres que cargaban sobre sus hombros la esperanza de una nación que aún olía a pólvora y a incienso. Se lanzaron salvas de artillería, tres cañonazos al amanecer, y hubo repique de campanas. El ambiente era de extrema tensión y esperanza.

La expectativa llegó a su punto máximo cuando, tras el último eco de los metales, Bolívar entró al salón a las 11 de la mañana.

—Ya va a empezar —susurraban para sus adentros, mientras el eco de una voz vibrante comenzaba a filtrarse por las ventanas altas.

Era la voz de Simón, el caraqueño de verbo vivo y mordaz. No era un discurso de elogios y cumplidos; eran palabras que caían como hachazos sobre un tronco viejo. Bolívar hablaba de que «nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder». Los presentes asentían con la cabeza, recordando a tantos caudillos de pueblo que se creían dueños del cielo y de la tierra. «El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía», decía Bolívar. La costumbre es, a veces, una cadena más pesada que el hierro.

El discurso fluía como fluye el Orinoco en tiempo de crecida. Bolívar no pintaba un mundo de ángeles. Con una honestidad que dolía, hablaba de un pueblo atado al yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio. Quienes escuchaban recordaron las sombras de las mazmorras y las cicatrices en las espaldas de los que nacieron esclavos. El Libertador clamaba por la libertad absoluta de los esclavos, implorándola como quien implora el aire para respirar: «Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción», sentenciaba desde muy adentro de su ser la voz de Bolívar desde el estrado.

 Las palabras flotaban sobre la plaza: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». No hablaba de importar leyes de Filadelfia o de Londres, pues él sabía que «no somos europeos, no somos indios», sino un amasijo de sangres, un «compuesto de África y de América» que requería un trato delicado, como quien maneja una pieza de fino cristal que, ante la menor alteración, se resquebraja.

Al cabo de una hora, el silencio se apoderó de Angostura. El Libertador había dibujado a Colombia —esa unión de Venezuela y Nueva Granada— no como un sueño, sino como una república de «hombres virtuosos y patriotas».

Cuando los diputados salieron, el sol ya buscaba el horizonte, pintando el río de rojo. Los viejos se pusieron de pie, sintiendo que sus piernas, entumecidas por el paso de los años, tenían ahora un nuevo vigor. No sabían si verían esa libertad anunciada pero, mientras caminaban hacia sus humildes moradas, repetían para sus adentros la frase que más les había inquietado el alma:
—«Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía».
Esa noche, Angostura no durmió. El río seguía su curso, pero el cauce de la historia, tras aquel discurso, ya nunca volvería a ser el mismo.

12 de febrero de 2025

El Rugir de la Libertad.

     

El amanecer del 12 de febrero de 1814 se alzaba sobre los valles de Aragua con un fulgor que presagiaba el destino de una nación. El cielo, pintado de tonos dorados y carmesí, se extendía como un manto sobre el campo de batalla, donde la libertad y la tiranía se enfrentaban en un duelo épico, histórico. En el corazón de aquel valle, la ciudad de La Victoria se erguía como un bastión de esperanza, custodiada por el indomable espíritu de José Félix Ribas y sus valientes jóvenes soldados.

Ribas, con el fuego de la patria ardiendo en su mirada, arengó a sus tropas con palabras que resonaron como truenos en el alma de cada uno de ellos: “¡Soldados! Hoy no luchamos solo por nuestra tierra, sino por el futuro de nuestras familias, por la dignidad de nuestro pueblo. ¡Hoy, la gloria nos espera, y la muerte no será más que un paso hacia la inmortalidad!”. Su voz, cargada de pasión, se inflamó como un canto en los corazones de aquellos jóvenes, casi niños, muchos de ellos estudiantes aún, quiénes decidieron empuñar las armas con la determinación de gigantes.

El enemigo, las fuerzas realistas, comandadas por José Tomás Boves, avanzaba como una sombra oscura, un monstruo de hierro y fuego que buscaba devorar la luz de la libertad. Sus filas, numerosas y bien armadas, parecían invencibles, pero Ribas, con la astucia de un lobo y la valentía de un león, supo que la verdadera fuerza está en el coraje y la convicción de carácter.

El fragor de la batalla estalló como una tormenta repentina. Los cañones rugieron, desgarrando el silencio con su estruendo, y el humo de la pólvora envolvió el campo con un velo gris. Los jóvenes patriotas, con sus uniformes raídos, pero sus espíritus indomables, se lanzaron al combate con un grito que parecía sacado de las entrañas mismas de la tierra: “¡Viva la patria!”. Cada golpe de sus espadas, cada disparo de sus fusiles, era un canto a la libertad, una estrofa de un poema épico que se escribía, aquella mañana, con sangre y valor.

Ribas, montado en su corcel, era la encarnación misma de la resistencia. Su figura, envuelta en el humo de la batalla parecía un espectro de la guerra, incansable y feroz. Con cada orden, con cada movimiento, guiaba a sus hombres como un maestro dirige una sinfonía, donde el sonido de las balas y los gritos de los combatientes eran las notas de una melodía trágica y hermosa.

Las horas pasaron, y el sol, testigo mudo de aquella contienda, comenzó a declinar en el horizonte. La batalla era una danza frenética, un torbellino de vida y muerte. Los jóvenes, agotados pero imbatibles, resistieron cada embestida del enemigo con una tenacidad que parecía sobrenatural. Y entonces, cuando el día agonizaba, llegó el momento decisivo. Ribas, con una mirada que brillaba como el acero de su espada, ordenó la carga final.

“¡Adelante, hijos de la patria! ¡Por la libertad, por la gloria, por Venezuela!”, gritó, y sus palabras fueron como un rayo que electrizó a sus hombres. Con un ímpetu arrollador, los patriotas se lanzaron sobre el enemigo, rompiendo sus filas como un río desbordado que arrasa todo a su paso. El grito de victoria se alzó como un trueno, y las fuerzas de Boves, derrotadas, huyeron en desbandada.

El campo de batalla, cubierto de los restos de la lucha, quedó en silencio. El sol, ya en el ocaso, tiñó de rojo el cielo, como si la tierra misma llorara a sus hijos caídos. Ribas, con el rostro cansado pero iluminado por la victoria, miró a sus hombres y supo que aquel día no solo habían ganado una batalla, sino que habían forjado el alma de una nación.

La Batalla de La Victoria se convirtió en un símbolo eterno de coraje y sacrificio. Aquellos jóvenes, muchos de los cuales no verían el amanecer del día siguiente, se convirtieron en héroes inmortales, sus nombres quedaron grabados en el mármol de la historia. Y Ribas, el león de La Victoria, pasó a la posteridad como un titán de la libertad, un hombre cuyo espíritu indomable iluminó el camino hacia la independencia.

11 de febrero de 2025

Francisco Rósete: el Jefe de los desolladores

(Tomado de: Leyendas Históricas de Venezuela, tomo II por Aristides Rojas)

Francisco Rósete
En el grupo que constituyen los más crueles asesinos de la guerra a muerte, durante la época aciaga de 1812 a 1815, al lado de Suazola, Zerbery, Antoñanzas, Puy, Ñáñez, Boves, está el celebérrimo Francisco Rósete quien inmortalizó su nombre en los Valles del Tuy, en 1814, y dejó su cadáver en el campo de El Juncal, en 1816.

Francisco Rósete, nace en las Islas Canarias en 1775, era un miserable pulpero en el pueblecito, también miserable de Taguay, cerca de Camatagua, donde vendía quesos, papelón, manteca de cochino, chicharrones y otros comestibles. Mantenía una estrecha relación constante y estrecha con la peonada y esclavos de las haciendas cercanas, lo cual le servirá en el futuro. Allí estuvo sostenido por la beneficencia de los vecinos más que de los productos de su industria. Su calidad de español le brindó la ocasión de que el primer asesino de los llanos, Eusebio Antoñanzas, en su incursión por allí, en el año 1812, le confiara el mando del pueblo de Camatagua, nombrándolo Teniente de Justicia Mayor; de simple bodeguero pasó a ser caudillo y comandante de los ejércitos del Rey en los Valles del Tuy, y desde entonces este hombre soez y malvado, no pensó más que en distinguirse como el más cruel perseguidor de los patriotas, y a la cabeza de una partida de bandidos, no cesó de hostigar barbaramente a Orituco, Camatagua, Taguay y otros pueblos  vecinos situados al sur de la cordillera.

Antes de esta fecha, ya Rósete había militado como soldado de caballería, en la campaña de Francisco de Miranda —1811 a 1812—. Perdida esta, regresó a Taguay donde le encontró Antoñanzas y lo agregó a los hombres de Domingo Monteverde, todos ellos célebres criminales.

Durante la campaña de 1813, Rósete permanece oculto, siempre temeroso de ser perseguido por los patriotas. Al presentarse los primeros días de 1814, el bandido cobra nuevos bríos y encuentra protección en José Tomás Boves, quien lo encontró apto para emplearlo como oficial que cumpliría al pie de la letra todas sus ordenes, es decir, azotar los pueblos cercanos a Caracas, infundir en sus familias el espanto, hacerse de los malos venezolanos desertores de las fuerzas patriotas; talar, asesinar, incendiar, y reducir a cenizas cuanto estuviera a su alcance. Boves le había señalado a Rósete, como centro de operaciones, los valles que fertiliza el Tuy, que este consideraba, de vital importancia y necesario poseerlos antes de avanzar sobre la capital.

Es así como acompañado de bandoleros esclavos que habían hallado protección en las filas españolas, de lo más ruin, vil, e infame, de cuanto pudo haber a la mano, Rósete emprende su campaña sobre el pueblo de Ocumare, el 11 de febrero de 1814. Eran las tropas comandadas por Rósete, una bandada de espíritus infernales, ante las cuales figuraba él como Jefe, seguido de su segundo, un isleño tan malo como él, a quien apodaban el "Niño Arico", el cual, no pudiendo excederle en maldad, se contentaba con igualarle.

La matanza de Rósete en Ocumare, en dos ocasiones, en febrero y en marzo de 1814, constituye uno de los sucesos más horrendos de la guerra a muerte en Venezuela. 

Detalle de "El Escorpión Dormido"
De Pedro Rengifo. Año 2003
Imaginemos una turba desenfrenada de hombres desalmados, sin religión, sin familia, sin patria; devorados por los instintos del pillaje, del asesinato, de la lujuria, de la venganza, de la rapiña; armados del puñal y de la tea, al mando de un Jefe que les concede amplia licencia para satisfacer todos los apetitos imaginables. Imaginemos esa turba famélica, en posesión de un poblado indefenso, rendido, que clama piedad y eleva sus oraciones al Dios de las misericordias, al verse acosado por la muerte. Por un lado estaban los desgraciados, las madres, los niños, los ancianos, los enfermos que gritan, lloran, suplican, se desesperan al ser testigos y victimas de la matanza que mancha de sangre, casas, calles, plazas, templos; y por el otro se encuentra la turba que sacrifica sin piedad, que grita, se ríe, aplaude; que es vencedora. Al saqueo sigue la destrucción, a la destrucción el incendio. Las tropas de Rósete después de haber robado y saqueado el pueblo, derribaron a hachazos las puertas de la iglesia y regaron con la sangre de algunos ancianos el coro, la nave principal y el ara misma de los altares; luego sacándolos en las puntas de las lanzas, esparcieron por las calles y caminos sus cuerpos mutilados. Tal fue el triunfo de Rósete en Ocumare.

El panorama era triste y desolador, fragmentos de cuerpos humanos, con manchas de sangre, con despojos sin formas; eran escenas repelentes. Aquí un brazo, allá una pierna, más allá cuerpos descabezados; cadáveres de hombres y mujeres que fueron desollados. La crápula y el asesinato no tuvieron jamás orgía más pavorosa y prolongada. Así fue la masacre de Rósete en Ocumare.

Al tenerse en Caracas noticia de todos los crímenes de Ocumare, el General José Felix Ribas sale en defensa de esta pequeña población: Rósete, al saberlo, se atrinchera en San Francisco de Yare, temeroso del valeroso enemigo. Inútil le fue esconderse, Ribas cargó sobre él con impetuosa cólera, y el asesino perezoso y torpe se escapó difícilmente en medio de los bosques, protegido por la noche. El vencedor, como acto de venganza, pasó por las armas a cuantos prisioneros cayeron en sus manos, y favoreció a los infortunados que habían tenido que abandonar sus casas.

El 6 de marzo vuelve Rósete sobre el pueblo de Ocumare que estaba entonces bajo el mando del respetable oficial Don Pedro de la Vega y Mendoza. Juzgó este que no pudiendo oponerse al bandido que arremetía con fuerzas numerosas, que era más provechoso para los habitantes entrar en transacciones, y con este objeto propone a Rósete una capitulación que éste acepta. Establecidas las bases, se redacta el documento en el templo del pueblo, y concluido y firmado es colocado bajo la custodia del altar, como para darle al acto cierto carácter sagrado que impusiera respeto al feroz asesino; más no sucedió así. El señor de la Vega invitó a Rósete a que le acompañara a almorzar en la casa de su familia, y por primera vez, en su vida, éste se encuentra sentado en una mesa de caballeros y de señoras de lo más selecto de la región; pero ni la santidad de la custodia, ni la decencia de la familia Vega, pudieron moderar los ímpetus de aquella pantera de forma humana.

El almuerzo comenzó bien, y todo auguraba un feliz resultado, cuando Rósete, dominado por sus instintos, quiso ultrajar a la respetable concurrencia de la mesa. Comienza, desde su asiento, a lanzar sobre el rostro de señores y señoras bolitas de pan, en ademán burlesco. Las primeras fueron aceptadas, aunque el señor de la Vega manifestó repugnancia al juego: mas cuando la chanza continuó con las señoras, una de éstas armada de dignidad, se le encara al asesino, lo apostrofa, y éste se levanta al instante de la mesa, sigue a la plaza y manda formar su tropa. El señor de la Vega huye y trata de escaparse en dirección del sitio campestre más cercano, y los demás invitados le imitan. Desde aquel fatal momento Rósete torna a su carrera de crímenes, sacrifica a don Diego Hurtado y a Doña Juana Aresteigueta, hace desollar la espalda y las plantas de los pies a Don Domingo Maucó, le obliga a andar en derredor de la plaza del pueblo, y en seguida le asesina. En ese momento el venerable Vega, alcanzado por una patrulla de Rósete, era igualmente sacrificado.

Rósete decreta la libertad de los esclavos, degüella, asesina, tala, incendia, solo podía ser feliz dando rienda a sus pasiones depravadas. Eran aquellas escenas de espanto y de desolación, las últimas del horrible drama de Ocumare.

Cuando llega a la capital la triste noticia, Juan Bautista Arismendi, comandante militar interino de Caracas, organiza una apurada expedición de unos 800 adolescentes y estudiantes y el día 14 intenta auxiliar a los sitiados. La expedición fue un fracaso y entre los numerosos muertos se encuentran también los patriotas José Domingo Cáceres y el joven de 14 años Félix Cáceres, padre y hermano  respectivamente de la heroína Luisa Cáceres de Arismendi, quienes fueron fusilados por el depredador Francisco Rósete, en el recinto de la plaza de Ocumare del Tuy;  pero el 20 de marzo una segunda expedición con Ribas a la cabeza desbandaron a las fuerzas de Rósete, haciéndolo huir cobardemente.

Rósete se atrincheró, Ribas comenzó por sorprenderlo con su grupo de patriotas que llenaron de terror a los bandidos cuando las llamas los rodearon en sus trincheras. El valor de Ribas y sus hombres, con la ayuda de los humildes campesinos del pueblo, pusieron en vergonzosa fuga a los hijos de las tinieblas y del crimen.

Rósete se había escapado como en la vez primera; pero el cielo reservaría la venganza y sabría oír los clamores de las tumbas. Pronto desaparecería Boves en Urica, y jinete y caballo caerían por tierra: pronto morirá Rósete en el campo glorioso del Juncal. ¡Diente por diente y ojo por ojo!

Rósete no sobrevivió, por mucho tiempo a sus numerosas victimas. El 27 de septiembre de 1816, participó activamente en la Batalla del Juncal, al mando del Coronel Francisco Tomás Morales, quien se enfrenta a las fuerzas patriotas de los Generales Manuel Piar y Gregor Mac Gregor. Al decidirse el triunfo de lado de los patriotas, entre los cadáveres se encontró el del comandante y Jefe de los desolladores, Francisco Rósete. La copla popular enseguida empezaría a oírse:

En Urica murió Boves
En el Alacrán Quijada
   Y en el campo del Juncal
   Rósete y sus camaradas.


¿Quién fue Pedro de la Vega?


El Coronel de Infantería Don Pedro de la Vega y Mendoza fue un prócer sacrificado por las hordas de Rosete en Ocumare del Tuy, olvidado por la historia. Solo queda de este ilustre personaje un recuerdo en el nombre de su inmensa hacienda cacaotera, convertida en 1937 en la Colonia Mendoza. Don Pedro en 1814 ejercía el cargo de Teniente de Justicia Mayor en Ocumare del Tuy, en esa población se encontraba el 11 de febrero cuando las tropas de Francisco Rosete, pulpero de Taguay, convertido en coronel realista, atacaron a la ciudad. El coronel Pedro de la Vega y Mendoza murió junto a 300 ocumareños que se habían refugiado en el templo. Las hordas acabaron con ellos a machetazos y lanzazos.