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25 de septiembre de 2025

Lealtad a Toda Prueba

Bajo el sol inclemente del vasto territorio zuliano, región de contrastes, donde el polvo huele a pólvora y sudor, la figura del general Rafael Urdaneta se yergue, no como un monumento, sino como un gran roble: sólido, silencioso, dando sombra y refugio. Su vida no fue un grito de gloria, sino un juramento susurrado al oído de la historia.

Nació en Maracaibo, en el crepúsculo del dominio español, su carácter se forjó en el austero cumplimiento del deber. Era un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas pesaba como una barra de hierro. Su inteligencia era un relámpago que iluminaba la estrategia en las lides por la libertad, su valor, un muro de contención para sus hombres.

Sin embargo, la esencia de Urdaneta, su más profunda verdad, no se encontraba en los campos de batalla, sino en la lealtad inquebrantable que profesaba a un solo hombre: Simón Bolívar. No era la sumisión del soldado, sino la devoción del hermano mayor, la del amigo fiel, que ve en el otro no al héroe, sino al sueño que debe protegerse. Bolívar era para él la encarnación de la patria, y Urdaneta se convirtió con su ejemplo, en el General de las Sombras, anticipando órdenes y desbaratando traiciones con la precisión de un maestro de esgrima. Temprano, en 1813, su profunda lealtad ya se había manifestado en una carta donde expresaba a Bolívar: "General: Si con dos hombres basta para libertar a la patria, presto estoy a acompañarle". 

Más tarde una chispa en la penumbra, un presentimiento definiría su vida: fue el 25 de septiembre de1828, en aquella lúgubre noche del Atentado Septembrino, mientras la conspiración serpenteaba por los pasillos del poder, cuando Urdaneta, con el corazón atenazado de inquietud duplicó la guardia personal del Libertador con un gesto silencioso. Esa noche, el filo de la traición se encontró con el escudo mudo de su lealtad. No hubo proclamas, ni alardes. Solo el acto sereno de quien cumple con su deber más íntimo.

Y cuando el ocaso se cernió sobre Bolívar, acosado por la ingratitud y la enfermedad, fue Urdaneta quien permaneció a su lado. Mientras otros se alejaban como hojas llevadas por el viento de la conveniencia y la traición, él permaneció al lado de su amigo. Sus palabras ya no eran de estrategia, sino de consuelo, sentidas frases tejidas con las hebras del dolor y la fidelidad: "General, aquí está su Urdaneta". Era la última trinchera, el último baluarte de una lealtad a toda prueba que no conocía de rendiciones.

La muerte del Libertador lo tambaleó, pero ni siquiera entonces flaqueó su fortaleza. Se convirtió en el guardián del legado del Libertador, en el centinela de una memoria que otros querían mancillar. Rafael Urdaneta, el hombre que nunca buscó el sol para su propio brillo, demostró que la luz más perdurable es la que se refleja: la del honor, la de la lealtad inquebrantable. Su grandeza no reside en el eco de sus hazañas, sino en el silencio elocuente de su coherencia, un relámpago de nobleza que ilumina para siempre las páginas de la historia.

6 de septiembre de 2025

Entre la Pluma y la Espada

El calor húmedo de mayo en Jamaica era agobiante. Simón Bolívar, el hombre que había cargado sobre sus hombros el peso de una República perdida, caminaba por las calles de Kingston con la derrota pegada a la piel, pero manteniendo la mirada fija en un horizonte que solo él alcanzaba a divisar. Atrás quedaba el fragor de 1814; atrás, el eco de sus propios pasos en el Congreso Neogranadino donde, ante Camilo Torres, había desnudado la tragedia de una Venezuela herida, recibiendo a cambio los galones de General de División y una misión que el destino acabaría por truncar.

La traición tiene sabores amargos. En Cartagena, el gobernador Manuel del Castillo le había cerrado las puertas del entendimiento. Bolívar, en un gesto que mezclaba hidalguía con pragmatismo, prefirió el exilio antes que una guerra civil. Así, el 14 de mayo de 1815, el Libertador partió hacia lo que lo convertiría en el «Ermitaño de Kingston».

En su modesta habitación, el mobiliario era escaso, pero las ideas sobraban. El silencio de la isla británica no era un vacío, sino un espacio para la reflexión. Ahora, Bolívar no empuñaba la espada, sino una pluma que rasgaba el papel con la fuerza de una carga de caballería; se volvió un hombre más analista y vidente. Entre el humo del tabaco y el aroma del café caribeño, el 6 de septiembre de 1815, nació la Carta de Jamaica.

> «Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo», escribía, mientras el mundo lo creía acabado.

Aquel documento no era una simple misiva; era un mapa geopolítico trazado con la tinta de la esperanza. Bolívar diseccionaba el continente como un anatomista: denunciaba a una Europa opulenta y monárquica frente a una América despojada, donde el hombre no era dueño de su destino, sino objeto de explotación. Pero en su diagnóstico no había autocompasión, sino un despertar.

La estadía en la isla no estuvo exenta de sombras. El acero de un atentado fallido rozó su cuello, recordándole que los realistas temían más a su pensamiento que a sus batallones. Sin recursos, casi en la indigencia, el Libertador buscó una luz en el horizonte y la encontró en la pequeña y valiente Haití.

Alejandro Pétion, presidente de la primera república negra, le abrió los brazos con una solidaridad que no conocía de razas, solo de libertad. En Los Cayos, entre oficiales venezolanos y neogranadinos, Bolívar volvió a ser el sol que imantaba las voluntades. Allí, entre veteranos napoleónicos y hombres que habían roto sus cadenas, se gestó la gran artillería de la liberación.

Para finales de 1816, el mundo era otro. Napoleón había caído y Pablo Morillo avanzaba sobre Venezuela con la flota más formidable que España hubiera enviado jamás. Parecía que la noche sería eterna. Sin embargo, a finales de diciembre, el Puerto de Juan Griego vio desembarcar a un hombre que ya no solo era un militar, sino un estadista curtido por el exilio. Bolívar habló al pueblo, explicó su retiro y reafirmó su fe en un gobierno adaptado a la realidad americana y no a los modelos extranjeros.

El 31 de diciembre, mientras el año agonizaba, el Libertador entraba en Barcelona. No llegaba solo; traía consigo la esencia de la integración latinoamericana nacida en Jamaica. El hombre que se había refugiado en la escritura regresaba convertido en el verbo encarnado de la libertad. Porque, como demuestra la historia, los hombres lúcidos no se achican ante la adversidad: usan la pluma para conquistar el futuro y la espada para defender lo escrito.