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27 de octubre de 2025

La Voz de Bolívar

     Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.

    El general Simón Bolívar subió al entablado de la plaza. Su figura, pequeña pero segura, parecía hacerse gigante a medida que era tocada por el sol ceniciento. El silencio era tan espeso que se podía oír la respiración de la multitud, llena de miedo y de esperanza.

     Entonces, rompiendo el aire con un estampido seco, la voz de Bolívar se alzó, afilada como una espada en el campo de batalla. Aquello no era un sermón, sino el grito de un volcán que por fin hacía erupción:
—"¡Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela! ¡Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables!"
Por un instante que pareció eterno, Trujillo contuvo el aliento, asimilando la terrible elección: vida o muerte, sin términos medios, sin lugar para la tibieza.

     El decreto fue rayo y trueno en la quietud colonial. Fue la derogación de la indiferencia. El rostro de la gente se tensó, pero sus ojos brillaron: aquello no era solo el anuncio de la guerra, era un bautismo de sangre, la personificación de una nación naciendo, costara lo que costara. El pueblo supo, como todos allí, que el guarapo dulce se había tornado amargo, y que solo el fuego de la lucha limpiaría la ceniza de la opresión. Trujillo dejó de ser un pueblo para ser un símbolo: el lugar donde la vida y la muerte firmaron un terrible acuerdo por la Independencia de nuestra Patria.

21 de octubre de 2025

Una Corona entre Cadenas

     
   Las tierras de San Felipe, parecían un verde tapiz por su abundante vegetación. Los negros sudaban oro y tormento bajo el sol inclemente de la Provincia de Venezuela, en aquel turbulento siglo XVI. Allí no se escuchaba el canto de los pájaros que acallara el gemido sordo de la mina, donde el aire, denso y pegajoso, olía a polvo, sudor y látigo.

Encadenado al yugo, estaba Miguel, un hombre cuya piel era como la noche profunda y cuyos ojos guardaban el brillo y el fulgor del relámpago. Miguel no era un esclavo cualquiera; era un alma, un espíritu que el hierro no lograba doblegar. La injusticia en aquellas minas era una espina clavada en el pecho de la tierra misma, y Miguel, el Negro Miguel, se hizo la voz que clamaba contra ella.

La opresión no era solo un hambre desesperada por el oro, sino la humillación diaria, el desprecio que caía como granizo amargo. En 1552, una noche sin luna, con el silencio roto solo por el susurro cómplice del río Buría, Miguel se levantó. Su grito de libertad no fue un rugido, sino un trueno seco que despertó a los cimarrones.

La huida fue como una estampida de almas en pena. Se internaron en la espesura de la montaña, donde los árboles eran gigantes protectores y los senderos, venas secretas que solo el monte conocía. Allí, en la selva que se hizo su palacio y su guarida, se fraguó lo impensable: el primer reino negro de América.

Miguel, el esclavo que se había tragado su dolor, se coronó. Se hizo el Rey Miguel I. En un acto de profunda dignidad, tomó la arcilla de sus tradiciones y el fuego de su fe para moldear una nueva sociedad.

Nombró a su compañera, Guiomar, como su reina; una mujer firme como el samán centenario.

Su hijo, pequeño y de ojos curiosos, fue el príncipe, la esperanza viva vestida de futuro.
Miguel estableció ministros y hasta un obispo para una fe pensada en la libertad y la resistencia, uniendo los tambores de África con el misticismo indio de los jirajaras, sus nuevos y leales aliados.

El reino de Buría fue un sueño materializado en las montañas de Venezuela. Sus incursiones contra las haciendas y las minas eran relámpagos de justicia. El miedo español en Nueva Segovia de Buría era un río desbordado, y el nombre del Rey Negro se susurraba con terror y admiración.

La respuesta del Imperio fue, como siempre, el hierro y la pólvora. La rebelión era demasiado luminosa para ser apagada. Refuerzos, como el temido Diego de Losada, se sumaron a la cacería.

La batalla final fue una danza trágica entre la libertad que nacía y la fuerza del poder colonial. Miguel cayó, y su reino fue desmantelado. Los cimarrones fueron regresados a la cadena y el cepo.

Pero, aunque el Rey Miguel murió, su espíritu echó raíces en el monte. Hoy, en el corazón de Yaracuy, cerca de la Cueva del Negro Miguel, la leyenda sigue viva. Su figura es un estandarte inmortal que ondea en la memoria venezolana, recordándonos que la dignidad, aun con cadenas, puede forjar una corona.

20 de octubre de 2025

El Sueño de Samuel

     

    Ya anciano, Samuel caminaba junto a Manuelita por la polvorienta ciudad de Paita, un cruce en el camino de los dos. El sol del trópico y la brisa marina mordían su rostro de pergamino, mientras sus ojos, dos brasas de sabiduría antigua, escrutaban un horizonte que nadie más veía. No era Simón, el que enseñaba con letras; era Samuel Robinson, el inventor de sí mismo.

     Su legado no era de oro, sino de polvo de estrellas y tiza. En su recuerdo, resaltaba la figura del joven Simón Bolívar, a quien había enseñado a leer en el libro abierto de la vida misma. “¡Volar con alas propias!”, le había dicho un día a aquel muchacho inquieto en Caracas, y esa semilla revolucionaria sembrada, terminaría germinando hasta alcanzar la libertad de medio continente.

     Samuel odiaba la retórica vacía de los doctores; él prefería el taller a la clase magistral, un barro suave al cual moldear. No le bastaba con la mera transmisión de información; clamaba por la acción, por la transformación. "Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán quien haga”, pensaba, sabiendo que la verdadera libertad se forja con manos hábiles y mentes aplicadas. Soñaba con escuelas donde el hijo del esclavo y el del hacendado compartieran la misma tijera y el mismo martillo. Sus ideas fueron como castillos en el aire, pero, creados con ingenio y esperanza: una república de iguales donde el pueblo, manos a la obra, se autogobernara.

     "¡O inventamos, o erramos!", exclamaba con voz fuerte, reflejo de una luz que nunca se apagaba. Hoy, bajo el mismo sol, sus ideas son un río subterráneo que nutre el ideal de un pueblo: la verdad tangible de que, para ser libres, hay que dejar de ser copias y atreverse a ser originales. Su herencia, pues, es un cincel para labrar la República y un espejo para vernos, por fin, a nosotros mismos.

13 de octubre de 2025

Un Cuento de Memoria y Sangre

   
 El sol, implacable, se derramaba sobre el Valle de la Niebla, bañando los techos de teja y las fachadas descoloridas de las humildes moradas. Era 12 de octubre. No había fiesta. Solo el peso del aire, espeso como el atole de maíz, y el eco silencioso de un grito que se negaba a extinguirse.

    Doña Mercedes, la Matrona del caserío, estaba sentada bajo un yagrumo centenario en el frente de su casa, a la orilla del camino. Su rostro, como un mapa de arrugas y sabiduría, dibujado de recuerdos, era el archivo vivo de la comunidad. Hoy no tejía; solo sostenía entre sus manos callosas una pimpina de barro sin pulir, como si contuviera en ella el peso de todos los siglos.
     "Mira, hijo," susurró a su nieto, un niño de ojos profundos llamado Mauro, "mira esa palma real, erguida y altiva. ¿Crees que llegó sola? No. La trajeron, como a la caña de azúcar, para que diera dulzor a la boca del amo y amargura a la nuestra".

     Mauro jugaba con un trozo de piedra pulida, un legado de sus ancestros. Preguntó: "¿Por qué dicen que vinieron a descubrirnos, abuela? Si nosotros ya teníamos nuestros caminos trazados, nuestros dioses en el aire y nuestras cosechas contadas?"

     La anciana suspiró. Y ese suspiro fue un sonido que vibró en el alma, como un tambor lejano, un recuerdo de dolor. "No fue un descubrimiento, mi niño. Fue una invasión, tres rayos con forma de carabelas. Antes de 1492, éramos un mosaico de estrellas: el gran imperio del Quetzal con su política tan compleja como las raíces del mangle. Teníamos todo lo que necesitábamos, un mundo nuestro".

     "Pero la llegada, fue una masacre en cámara lenta". "Ellos trajeron el hierro y la cruz, una dualidad asesina. El hierro para matarnos el cuerpo; la cruz para el alma. Millones de almas, se volvieron humo efímero por sus arcabuces".

     "Nuestros altares fueron hechos polvo, mientras las lenguas se ahogaban en sus confesionarios. La religión, Maurito, no fue fe; fue un grillete disimulado para justificar la servidumbre. El 'encuentro de culturas' es la miel en el veneno, la lápida que tapa el sepulcro".

     "Y por si fuera poco el despojo de la tierra y la sumisión indígena, vino el segundo diluvio," sentenció con voz grave. "Doce millones de almas arrancadas de la piel de África, cruzaron el mar en las bodegas de galeones negreros que eran ataúdes flotantes. El 12 de octubre también  fue la marea negra del tráfico transatlántico de esclavos. Mira, querido nieto, el cemento de esa 'modernidad occidental' que tanto alaban, está hecho con los huesos calcinados de esclavos. Sin esa barbarie, no habría riquezas europeas. La blancura y la pureza de sangre que tanto pregonan es solo la máscara de la codicia, la coartada intelectual para justificar que unos nacieron para mandar y otros para ser pisoteados". "La discriminación racial no es un accidente, mi niño, es la columna vertebral del sistema".

     Mauro miró a su abuela. Ella le mostró la pimpina de barro. "¿Crees que se fueron con la independencia? Eso es una ilusión en el papel. El colonialismo aún existe, es un vampiro moderno. Antes se llevaban el oro billante y la plata. Hoy, se llevan el litio, el coltán, y el oro negro. La forma cambió, el fondo, sigue siendo el mismo. La extracción y los aranceles impuestos son las nuevas encomiendas, los latifundios invisibles de las multinacionales".

     La abuela señaló un viejo árbol de guayaba con el tronco torcido. "Mira ese guayabo. Está torcido pero no caído". "Así somos nosotros. La pobreza de nuestra gente, la desigualdad que nos azota, la herida que sangra en los cuerpos de las mujeres y los pueblos es el resultado directo, el síntoma físico de siglos de saqueo y exclusión".

     La anciana se levantó y su sombra se dibujó en la tierra contra el sol poniente. "No, hijito, el 12 de octubre no es una fiesta. Es un símbolo agrio, el recuerdo de una herida que aún sangra. No necesitamos 'Hispanidad'; necesitamos memoria viva. Hoy es el día de la Resistencia y de la Dignidad Afroindígena. Recordar no es odiar; es trazar la verdad para que el futuro no sea una repetición del pasado. La justicia empieza por nombrar las cosas como son, con su verdadero nombre".

     Puso la pimpina de barro en las manos del niño. Mauro sintió su peso, un peso ancestral que no era liviano. La piedra pulida brilló un momento, reflejando su rostro decidido. Mauro, ya no era solo un niño, sino el heredero de la verdad. El eco del yagrumo no era tristeza, sino la promesa de la reparación en cada fibra de su sombra.


10 de octubre de 2025

El Espejo de mi Padre

     La tarde se estiraba, perezosa y dorada, sobre el pueblo, y una suave brisa traía el aroma del café recién colado, ese olor a vida lenta que se pega a las conciencias tranquilas. En el pequeño corredor de la casa, a la sombra amable de un viejo almendrón cuyas hojas se desprendían y susurraban secretos al viento, estaba mi padre.
    Mi padre no era un hombre robusto, pero sí de carácter inquebrantable: a las seis de la  mañana, su taza de café tinto, su cigarrillo marca Belmont "King Size" y un profundo silencio. En ese momento, se sentía el rey del mundo, distraído en la plácida tarea de ver pasar las nubes de la mañana, dueño del reconocimiento tácito de una vida sin grandes faltas ni estridencias.
    Pero una tarde, algo diferente ocurrió. Mientras se alisaba el bigote —una pequeña vanidad de guerrero antiguo—, notó que el espejo de la sala, como testigo mudo y polvoriento, lo miraba disimuladamente. No era el cristal empañado, era la Vejez.
  Esta no llegó con trompetas en el fragor de una batalla, sino, como dice el poema, lentamente, inevitable y serena. Se había instalado en el espejo como un huésped silencioso que no pide permiso, sino que simplemente se instala. Y empezó, sin prisa, su faena con los primeros bosquejos.
    El primer trazo fue sutil. De pronto, mi padre se vio un mechón más claro, no de luz, sino de plata pura sobre la sien. "Con unas hebras de plata, el tiempo me pintará los cabellos..." recitó su memoria, citando un verso que no sabía que conocía. Luego, notó en el cuello, justo donde la corbata, siempre pulcra, ejercía su presión: una línea, un surco fino como la firma de un sastre sobre la tela de su piel.
    La transformación no era solo externa; se sentía como un cambio de estación dentro de él. Sus antiguos caprichos de juventud, ese afán por la aventura y el riesgo, ahora se habían decantado en una especie de paciencia moral. Sintió cómo aumentaban sus incertidumbres e inquietudes.
    Y el toque final de esa tarde: sobre la mesa en el centro de la cocina, el paquete de regalo de su hijo mayor. Un par de anteojos de lectura. Al ponérselos, el periódico se hizo dolorosamente más legible. Las letras ya no se le escapaban, pero las noticias ahora lo hacían sufrir con una claridad inmediata. La Vejez le había dado una lupa para ver mejor las penas del mundo.
    Los meses se apretujaban unos sobre otros como cartas enviadas y olvidadas. Su amigo, el joven Dr. Lizardo, un hombre con alma de poeta y cara de vagabundo, fue el siguiente cómplice de la Vejez.
    El doctor, le dijo a mi padre, con esa seriedad que solo da la experiencia: "el cigarro ya no va". "El catarro, me temo, viene ganando terreno".
Y así, con la aceptación de las palabras del médico, aceptó la vejez como un nuevo compañero de viaje. Mi padre fue podando los placeres y las libertades con una admirable destreza.
    La Vejez le quitó a sus manos toda su antigua firmeza. Ahora estas temblaban un poco al sostener la taza, como las hojas del almendrón al final del verano. Mi viejo, de repente, se convirtió en un gran conversador; leía mucho, recostado sobre la cama con la suave, cálida y, a su juicio, ridícula pijama nueva que le había regalado mamá.
   Día tras día, aumentaba su demanda de atenciones. Un dolor en las rodillas que le recordaba, sin falta, que el clima estaba por cambiar. La Vejez era, sin duda, la más dura de las dictaduras.
     Pero mi padre no se rendía al pesimismo. No del todo. Recordaba sus años de juventud, nos contaba cómo enamoró a nuestra madre, la describía como una tierna mariposa del campo, y se jactaba de haberla conquistado.
    Sí, la Vejez era la grave ceremonia de clausura de lo que fue su juventud, pero él la transformó en una ceremonia de apertura de su nueva vida. Se dijo a sí mismo que sería un anciano honorable, tranquilo y, lo más probable, gran contador de historias. Al fin y al cabo, si la Vejez sería todo el equipaje de lo que le quedaba de vida, estaría dispuesto ante la puerta de salida; la juventud no regresaría, pero sí podría repartir ese tesoro acumulado del tiempo bien vivido.
     Desde entonces, en el pequeño corredor de la casa, aún empijamado y con sus anteojos de lectura, mi padre combate la oscuridad, poniendo alas a lo inmóvil. Porque, aunque la Vejez esté a la vuelta de cualquier esquina, allí donde uno menos se imagina, la alegría de vivir es la única que sabe convertir la dura clausura en una bienvenida silenciosa.