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21 de noviembre de 2025

Entre Silvas y Gramática

     

     Bajo el azul eterno del cielo caraqueño, la figura del joven Andrés Bello se refugiaba en las páginas de los libros. En la quietud del convento de Las Mercedes, aprendió a domar el latín y, años más tarde, extendió esa misma sombra protectora sobre un joven impetuoso: Simón Bolívar, a quien enseñó el poder de las palabras: que "las palabras bien templadas forjan mundos más duraderos que las espadas".

     El destino, tejedor de paradojas, lo arrancó de su tierra para lanzarlo a la niebla londinense. Durante casi veinte inviernos, con las sienes plateadas por la nostalgia y el estudio, su mente se convirtió en un crisol donde fundió el derecho y la poesía. Soñaba, en sus "Silvas", con una América vegetal y fértil, un acto de fe contra la añoranza.

     Pero el humanista es un árbol, no una semilla errante. Chile, una joven nación de acantilados y voluntad férrea, le ofreció su suelo para que echara raíces profundas. Allí, custodiado por la cordillera, su sombra se hizo gigante. Con paciencia de orfebre, labró la piedra angular de la nueva patria: su pluma, cargada con la sabiduría de tres mundos, trazó el Código Civil que sería su columna vertebral y fundó la Universidad, un faro para iluminar el porvenir.

     En medio de aquella febril labor, llegó una carta con sello de la Madre Patria. La Real Academia Española lo nombraba miembro honorario. No era un simple diploma, sino un puente tendido sobre el océano de la independencia. Su "Gramática" abonó el idioma común para que floreciera con nuevos matices en suelo americano.

     Bello, sereno bajo la sombra de un olivo que él mismo había plantado, sonrió. Era la consagración de su ideal: que América pudiera crear con voz propia, sin romper el diálogo con la herencia recibida.

     Cuando su sombra se apagó en Santiago, su obra ya había echado raíces profundas en el mundo. Hoy, su legado, más duradero que el bronce, permanece como la larga y fértil sombra que un día decidió cobijar a todo un continente.

19 de noviembre de 2025

El Último Suspiro del General Urdaneta


    París, agosto de 1845. Una ciudad de mármol y sueños, bajo un cielo opaco. Una fría brisa barría las aceras de la ciudad y, en el número 32 de la calle de la Madeleine, el dolor era infinito. Allí, en un lecho que parecía más bien un altar de sufrimiento, el General Rafael Urdaneta, pilar de la independencia y alma venezolana, libraba su última y más cruel batalla.

   El ambiente de la alcoba era de un profundo silencio, roto solo por el quejido ahogado del enfermo. Su hijo mayor, Rafael Guillermo, era el centinela incansable de aquella agonía. Sus ojos, dos pozos de vigilia y angustia, seguían cada movimiento de los galenos: Civiale, Valpeau, Marjolin, Chomel... Nombres que sonaban a promesas huecas ante la furia ciega de la enfermedad.

    "Ni los esfuerzos desesperados de los médicos fueron suficientes para salvarle", pensaba el hijo con la amargura de un trago de hiel.

   La enfermedad, como bestia inclemente, ya había devorado el cuerpo del prócer. La irritación se había transfigurado en llama devoradora. Los riñones, que debían ser fuentes de vida, estaban deshechos, como arcilla bajo la tormenta. La vejiga era un mapa de daños irreparables. Los médicos se encogían de hombros, resignados; no podían hacer milagros. El destino había dictado ya su sentencia.

   El día 21, se planteó una operación de emergencia, pero la razón se impuso: "sería martirizar a mi padre inútilmente". El bisturí no sería la salvación, sino un verdugo adelantado.

     La madrugada del 22 trajo consigo el anuncio funesto. A las dos, una gran fatiga al pecho le cortó el aliento. Apresurado, el hijo llamó al Dr. Civiale. La respuesta fue un golpe seco, sin paliativos: "No duraría 24 horas más". El tiempo, antes un río lento, ahora se había vuelto una cascada desbordada.

     Aquel día fue un vía crucis de dolor. El General, con una estoica resignación que solo los grandes espíritus conocen, orinaba gotas de sangre pura, un rosario carmesí de dolor que se repetía cada dos o tres minutos. Los dolores eran atroces, garras invisibles que desgarraban su fortaleza.

     El tic-tac del reloj se arrastraba hasta la medianoche. A las doce y media, aquella danza macabra llegó a su fin. En un gesto postrero y humano, el prócer pidió agua. El hijo, con el corazón hecho migajas, acercó el vaso a aquellos labios resecos. Fue un trago interrumpido, un deseo a medio cumplir. Al contacto con el cristal del vaso, el General exhaló su último suspiro de vida. La paz, cual visitante largamente esperada, cubrió por fin su rostro. El General Urdaneta, el bravo de la independencia, se había ido.

    Urdaneta, hasta en su lecho de muerte, demostró la fortaleza indomable que lo había convertido en héroe. Murió como vivió: resistiendo hasta el último aliento.

18 de noviembre de 2025

El Decreto de la Esperanza

    En Chuquisaca, el 11 de diciembre de 1825, el Gran Mariscal de Ayacucho aguardaba con impaciencia. La ciudad, aún herida por la guerra, respiraba un aire de incertidumbre.

   Sucre, lleno de fervor, analiza la importancia de aquel día: el Libertador Simón Bolívar firmará un decreto que representa la semilla de un nuevo orden para la recién nacida nación. "Este decreto establece que el primer deber del gobierno es dar al pueblo una educación uniforme y general. Se crearán escuelas primarias y colegios de ciencias en cada capital, pues la salud de la República depende de la moral y la instrucción que adquieran sus ciudadanos en la infancia".

 El repique de la campana de la Universidad confirma que ese momento ha llegado. Sucre se dirige con determinación a la Casa de la Libertad.

    Allí, en un acto cargado de solemnidad, Bolívar firma el histórico decreto del 11 de diciembre. El doctor José Mariano de Serrano, Presidente del Congreso, avala el acto y asegura que este documento se convertirá en bálsamo para las heridas de la patria y una garantía de justicia. Además de sentar las bases educativas, el Libertador, con una visión de futuro, también promulga otros decretos cruciales: la abolición del infame tributo indígena, la prohibición de la servidumbre forzada y una serie de disposiciones para proteger los recursos naturales, como la reforestación y la conservación de las aguas, como pilares fundamentales para la riqueza de la nación.

   Al anochecer, Sucre regresa transformado, con la serenidad del deber cumplido, convencido de que este decreto significa que la ley será un escudo para todos y marcará un rumbo de unidad y progreso. "El Libertador no solo nos dio una nación; nos dio una República cimentada en la razón, la ley y el respeto por el hombre y la tierra. La educación y la justicia para nuestros pueblos originarios son la prueba de que el nuevo orden es un amanecer".

      La recién nacida República pretende, entonces, que la grandeza del decreto no se quede solo en el papel, sino que siembre semillas de esperanza en el corazón de jóvenes estudiantes y del pueblo en general, para que se esfuercen por un futuro de paz y trabajo, dejando atrás los ecos amargos de la guerra.

5 de noviembre de 2025

El Juramento de Monte Sacro

     En aquella tarde del 15 de agosto de 1805, en la ciudad de Roma, se respiraba un aire tibio, casi mágico. El sol, que ya descendía sobre las colinas, esparcía sus dorados rayos sobre las antiguas ruinas, donde el recuerdo de los siglos parecía hacerse voz otra vez. Simón Bolívar, joven criollo de mirada ardiente, caminaba entre cipreses con paso inquieto. A su lado, su maestro, amigo y consejero Simón Rodríguez, lo observaba en silencio, como quien contempla un fuego a punto de encenderse.

    Roma estaba lejos de su América natal, pero para el joven Simón, aquel instante tenía el perfume de su tierra. Bolívar, con el corazón oprimido por la nostalgia, pensó en los montes siempre verdes de Caracas, en su extenso valle, en el rumor de las aguas del Guaire y en las casas de techos rojos de su infancia, donde su madre lo había cuidado con ternura, aunque la esclavitud y la injusticia pesaban sobre la gente humilde como una gran losa de granito.
Rodríguez le hablaba pausado, con esa serenidad que tienen los sabios:
—Mire, Simón, como el tiempo habla a través de estas piedras. Roma fue grande porque hombres libres creyeron en su destino.

     Entonces Bolívar, con los ojos encendidos por una luz interior, apartándose, alzó el brazo hacia el horizonte. El cielo, ahora teñido de púrpura, parecía escucharle cuando declaró:
—¡Juro delante de usted, maestro, y de estas ruinas —dijo con voz vibrante—, que no daré descanso a mi alma ni reposo a mi brazo hasta romper las cadenas que oprimen a mi patria!
Aquella tarde, el Monte Sacro guardó silencio. Solo el viento respondió con un suave estremecimiento, llevando aquellas palabras hacia el futuro como semillas arrojadas al aire.
Esa noche, en la posada humilde donde descansaban, Rodríguez encendió una vela y escribió unas notas breves. Simón dormía, pero en su rostro se adivinaba el fuego de una idea que no se apagaba: la libertad. Afuera, Roma dormía también entre sombras y campanas lejanas; pero, en el corazón del joven caraqueño, despertaba para siempre el ideal de una nación libre.

     Años después, aquel juramento, nacido entre piedras romanas, se convertiría en llama viva en los llanos y planicies tropicales de Suramérica con el fuego de un ideal verdadero.