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17 de diciembre de 2025

Las Dos Muertes del Libertador

El sol de la mañana del 17 de diciembre irrumpió sobre la Quinta San Pedro Alejandrino con una luz amarilla, lánguida, que se filtraba entre las hojas de los árboles. No era el sol triunfal de Boyacá, sino un sol taciturno, como un presagio mortal que flotaba sobre las palmeras. En el aposento humilde de aquella casa yacía el hombre que había cabalgado sobre los Andes, ahora un espectro de sí mismo, consumido por la tisis devoradora.

El doctor Révérend, con la frente perlada de sudor y una mueca apretada de dolor, observaba el pulso que se desvanecía. Sentía el silencio denso y pastoso, presagio de la inminente tragedia; un silencio solo roto por el tintineo monótono de una cucharilla contra una taza, donde el doctor preparaba inútiles estimulantes.

Bolívar, el otrora trueno de Carabobo, era ahora un susurro débil. Su respiración, un hilo escaso y sibilante, se esforzaba por capturar un poco de aquel aire caliente. Su mente delirante, sin embargo, parecía batallar en otra dimensión. Abrió los ojos, dos ascuas apagadas en el pálido rostro:

—¡Vámonos! ¡Esta gente no nos quiere! —ordenó con una voz que, aunque quebrada, conservaba el eco de mando de un general.

Sus ojos se fijaron en un punto invisible más allá de la ventana, observando el mar que lo había traído hasta allí.

Era la una y tres minutos de la tarde. El sol de la costa se había elevado hasta su cenit, pero en aquella habitación la luz se retiraba de golpe. El último aliento fue un gemido callado. Afuera, entre las palmeras, un cristofué cantó fuerte, ajeno a aquel drama.

El Libertador, el “Hombre de las Dificultades”, finalmente encontró la paz. Los héroes, a veces, necesitan morir dos veces: una en el alma, viendo desvanecerse la obra, y otra en el cuerpo. Aquella tarde de diciembre, también la Gran Colombia agonizó junto a su creador, dejando un vacío profundo y helado en el corazón de América.

15 de diciembre de 2025

El Manifiesto de Cartagena

Diciembre de 1812. Cartagena de Indias olía a sal, pescado podrido y derrota. Mientras, en una posada de la Calle de la Moneda, el rumor del mar se colaba por las maderas carcomidas, mezclándose con el eco lejano de las olas. Simón Bolívar, pálido y con la ropa empapada de sudor, escribía como poseído. Fernando Rodríguez del Toro, sentado en un rincón, observaba la sombra de Bolívar danzar en la pared como un hombre acorralado.

—¡Un gobierno de poetas, Fernando! —exclamó Bolívar de pronto, levantando la vista. Sus ojos brillaban con fiebre—. Nos deslumbraron las palabras bonitas mientras Monteverde nos gobernaba con plomo.

La pluma, empuñada como un sable, volvía al ataque sobre el papel.

Fernando recordaba aquel desfile de errores: los discursos interminables en Caracas mientras los realistas se reorganizaban, la clemencia que habían llamado «humanidad», el federalismo que convertía cada provincia en un reino de parcialidades. Lo veía claro ahora, como se ven las cosas cuando ya se han roto.

La pluma se deslizaba sobre el papel describiendo aquella «anarquía interior» que había devorado a la Primera República. Cada frase era un latigazo. Cuando mencionaba a Miranda, su mano temblaba levemente. El Precursor ya no era un héroe, sino el hombre que había firmado la capitulación, el general que había cambiado la espada por las negociaciones.

De la calle llegaban los pregones de los vendedores de arepas, el traqueteo de los carruajes, la vida que seguía su curso indiferente al naufragio de la patria. Pero en aquel cuarto, el tiempo se había detenido en los campos de batalla perdidos, en las ciudades que caían como frutos maduros, en el eco de las traiciones.

Cuando Bolívar leyó en voz alta la condena al sistema federal, su voz tenía el sonido seco de los huesos: «Fue el débil hilo con el que quisimos atar al coloso». Fernando asintió, recordando cómo cada provincia tiraba para su lado mientras el enemigo avanzaba.

Al amanecer, cuando los gallos anunciaron el nuevo día, Bolívar apartó la pluma. El Manifiesto estaba terminado. Sobre la mesa yacía no solo un análisis, sino un parte de guerra contra su propio pasado.

—Que lo lean en Bogotá, que lo sepan en Tunja —dijo Bolívar, limpiándose la tinta de los dedos—. Que sepan por qué caímos, para que no volvamos a tropezar con la misma piedra.

Fernando recogió las páginas. Aquellas palabras, húmedas aún, parecían sangrar. Afuera, Cartagena despertaba. En el muelle, los barcos se mecían sobre el agua como promesas de nuevos combates. El fracaso, ahora, tenía nombre y apellido.

11 de diciembre de 2025

El Decreto de la Esperanza

En Chuquisaca, el 11 de diciembre de 1825, el Gran Mariscal de Ayacucho aguardaba con impaciencia. La ciudad, aún herida por la guerra, respiraba un aire de incertidumbre.

Sucre, lleno de fervor, analiza la importancia de aquel día: el Libertador Simón Bolívar firmará un decreto que representa la semilla de un nuevo orden para la recién nacida nación. "Este decreto establece que el primer deber del gobierno es dar al pueblo una educación uniforme y general. Se crearán escuelas primarias y colegios de ciencias en cada capital, pues la salud de la República depende de la moral y la instrucción que adquieran sus ciudadanos en la infancia".

 El repique de la campana de la Universidad confirma que ese momento ha llegado. Sucre se dirige con determinación a la Casa de la Libertad.

Allí, en un acto cargado de solemnidad, Bolívar firma el histórico decreto del 11 de diciembre. El doctor José Mariano de Serrano, Presidente del Congreso, avala el acto y asegura que este documento se convertirá en bálsamo para las heridas de la patria y una garantía de justicia. Además de sentar las bases educativas, el Libertador, con una visión de futuro, también promulga otros decretos cruciales: la abolición del infame tributo indígena, la prohibición de la servidumbre forzada y una serie de disposiciones para proteger los recursos naturales, como la reforestación y la conservación de las aguas, como pilares fundamentales para la riqueza de la nación.

Al anochecer, Sucre regresa transformado, con la serenidad del deber cumplido, convencido de que este decreto significa que la ley será un escudo para todos y marcará un rumbo de unidad y progreso. "El Libertador no solo nos dio una nación; nos dio una República cimentada en la razón, la ley y el respeto por el hombre y la tierra. La educación y la justicia para nuestros pueblos originarios son la prueba de que el nuevo orden es un amanecer".

La recién nacida República pretende, entonces, que la grandeza del decreto no se quede solo en el papel, sino que siembre semillas de esperanza en el corazón de jóvenes estudiantes y del pueblo en general, para que se esfuercen por un futuro de paz y trabajo, dejando atrás los ecos amargos de la guerra.

10 de diciembre de 2025

La Última Proclama del Libertador

10 de diciembre de 1830, Hacienda San Pedro Alejandrino, Santa Marta. La tarde caribeña cubría la casa con una luz dorada y melancólica. En su lecho de muerte, el Libertador, consumido por la fiebre y la decepción, dictaba sus últimas palabras. Su voz, antes un clarín que convocaba pueblos, era ahora un susurro áspero, como un rumor de hojas arrastradas por el viento.

Ante la pluma del amigo de siempre, Juan José Flores, Bolívar comenzó su última proclama. Recordó, con una fatiga infinita, sus esfuerzos por cimentar la libertad de la Patria toda donde antes reinaba la tiranía. Habló del desinterés que lo llevó a abandonar fortuna y tranquilidad, y de su renuncia al mando al sentir la desconfianza de algunos. Mencionó a sus enemigos, quienes defraudaron lo que más sagrado tenía: su reputación y su amor a la libertad. Pero entonces, con una serenidad que heló el alma de los presentes, proclamó unas palabras que retumbaron en la habitación, con una fuerza que salía de lo más profundo de su ser: "Yo los perdono". Era el perdón del que mira desde el borde de la eternidad.

Su cariño por la patria lo obligaba a manifestar sus últimos deseos. No aspiraba a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Con ritmo pausado y melancólico, demandó a todos a trabajar por la unión de los pueblos, obedeciendo al gobierno para escapar de la anarquía; pidió dirigir sus oraciones al cielo; y a los militares los animó a emplear sus espadas para defender las garantías sociales. Era un llamado, en una armonía perfecta, dirigida a sanar la discordia.

Luego vino el momento sublime, el apóstrofe final dirigido al corazón de la patria que se desmoronaba: "¡Colombianos! ¡Mis últimos votos son por vuestra felicidad!" Y entonces, la imagen poderosa que selló su testamento, sus últimas palabras: "Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro." Ofrecía su suerte como un sacrificio final, un último trueque: su descenso en paz, por la paz de la nación.

Flores terminó de escribir. Bolívar cerró los ojos, agotado. El mar siguió su ritmo eterno. La tinta se secó sobre el papel, fijando para la historia un documento que era a la vez perdón, proclama y plegaria. La luz de su vida se apagaba, dejando un eco de tristeza en los asistentes —una última, desgarrada y esperanzadora proclama, flotando en el aire salino de la tarde caribeña.

9 de diciembre de 2025

En la Cumbre de Ayacucho.

       

El viento azotaba el rostro del futuro Mariscal, llevándose consigo el aliento de las alturas andinas. Desde la cima de Ayacucho, observaba el inmenso y accidentado campo de batalla, un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente. La responsabilidad pesaba sobre sus hombros, como una losa de granito. Era el año 1824, y la suerte de América del Sur pendía de un hilo muy delgado.

Antonio José de Sucre, con la mirada fija en la fría y húmeda serranía, repasaba mentalmente su estrategia. Sabía que la victoria no estaba asegurada, que el ejército realista, curtido en mil batallas, lucharía con ferocidad. Pero también sabía que llevaba consigo la confianza del Libertador, que lo impulsaba en una batalla que se desataba con una furia inusitada. El estruendo de los cañones retumbaba en los Andes, mientras las balas surcaban el aire, segando vidas de bando y bando. Sucre, al frente de sus tropas, inspiraba valor y coraje, bajo los buenos augurios de un majestuoso cóndor que sobrevolaba el campo de batalla, animando a las tropas patriotas con sus roncos aullidos. Sucre, cabalgaba de un lado a otro, animando a sus soldados, asegurándose de que cada movimiento fuera preciso y letal.

La lucha fue encarnizada, los realistas resistieron con bravura, pero la disciplina y determinación de los patriotas prevalecieron.

Sucre, victorioso pero con el rostro marcado por la fatiga y la emoción, contempló el campo de batalla. La libertad había triunfado. En ese instante, comprendió que había cumplido con su misión, la tarea encomendada por el Libertador. La batalla de Ayacucho, no solo había sellado la independencia del Perú, sino que había abierto las puertas a un nuevo amanecer para toda América. Desde entonces, el nombre de Antonio José de Sucre quedó grabado en la historia como el Gran Mariscal de Ayacucho, el hombre que, en la cumbre de los Andes, forjó el destino de un continente.

Video presentado por los estudiantes Jonatan Espina y Yarislet Correa de 5to año sección A, del C.E.E . Monseñor Rafael Pérez León, con motivo del Bicentenario de la Batalla de Ayacucho.