Gracias por tu visita

21 de noviembre de 2025

Entre Silvas y Gramática

     

     Bajo el azul eterno del cielo caraqueño, la figura del joven Andrés Bello se refugiaba en las páginas de los libros. En la quietud del convento de Las Mercedes, aprendió a domar el latín y, años más tarde, extendió esa misma sombra protectora sobre un joven impetuoso: Simón Bolívar, a quien enseñó el poder de las palabras: que "las palabras bien templadas forjan mundos más duraderos que las espadas".

     El destino, tejedor de paradojas, lo arrancó de su tierra para lanzarlo a la niebla londinense. Durante casi veinte inviernos, con las sienes plateadas por la nostalgia y el estudio, su mente se convirtió en un crisol donde fundió el derecho y la poesía. Soñaba, en sus "Silvas", con una América vegetal y fértil, un acto de fe contra la añoranza.

     Pero el humanista es un árbol, no una semilla errante. Chile, una joven nación de acantilados y voluntad férrea, le ofreció su suelo para que echara raíces profundas. Allí, custodiado por la cordillera, su sombra se hizo gigante. Con paciencia de orfebre, labró la piedra angular de la nueva patria: su pluma, cargada con la sabiduría de tres mundos, trazó el Código Civil que sería su columna vertebral y fundó la Universidad, un faro para iluminar el porvenir.

     En medio de aquella febril labor, llegó una carta con sello de la Madre Patria. La Real Academia Española lo nombraba miembro honorario. No era un simple diploma, sino un puente tendido sobre el océano de la independencia. Su "Gramática" abonó el idioma común para que floreciera con nuevos matices en suelo americano.

     Bello, sereno bajo la sombra de un olivo que él mismo había plantado, sonrió. Era la consagración de su ideal: que América pudiera crear con voz propia, sin romper el diálogo con la herencia recibida.

     Cuando su sombra se apagó en Santiago, su obra ya había echado raíces profundas en el mundo. Hoy, su legado, más duradero que el bronce, permanece como la larga y fértil sombra que un día decidió cobijar a todo un continente.

19 de noviembre de 2025

El Último Suspiro del General Urdaneta


    París, agosto de 1845. Una ciudad de mármol y sueños, bajo un cielo opaco. Una fría brisa barría las aceras de la ciudad y, en el número 32 de la calle de la Madeleine, el dolor era infinito. Allí, en un lecho que parecía más bien un altar de sufrimiento, el General Rafael Urdaneta, pilar de la independencia y alma venezolana, libraba su última y más cruel batalla.

   El ambiente de la alcoba era de un profundo silencio, roto solo por el quejido ahogado del enfermo. Su hijo mayor, Rafael Guillermo, era el centinela incansable de aquella agonía. Sus ojos, dos pozos de vigilia y angustia, seguían cada movimiento de los galenos: Civiale, Valpeau, Marjolin, Chomel... Nombres que sonaban a promesas huecas ante la furia ciega de la enfermedad.

    "Ni los esfuerzos desesperados de los médicos fueron suficientes para salvarle", pensaba el hijo con la amargura de un trago de hiel.

   La enfermedad, como bestia inclemente, ya había devorado el cuerpo del prócer. La irritación se había transfigurado en llama devoradora. Los riñones, que debían ser fuentes de vida, estaban deshechos, como arcilla bajo la tormenta. La vejiga era un mapa de daños irreparables. Los médicos se encogían de hombros, resignados; no podían hacer milagros. El destino había dictado ya su sentencia.

   El día 21, se planteó una operación de emergencia, pero la razón se impuso: "sería martirizar a mi padre inútilmente". El bisturí no sería la salvación, sino un verdugo adelantado.

     La madrugada del 22 trajo consigo el anuncio funesto. A las dos, una gran fatiga al pecho le cortó el aliento. Apresurado, el hijo llamó al Dr. Civiale. La respuesta fue un golpe seco, sin paliativos: "No duraría 24 horas más". El tiempo, antes un río lento, ahora se había vuelto una cascada desbordada.

     Aquel día fue un vía crucis de dolor. El General, con una estoica resignación que solo los grandes espíritus conocen, orinaba gotas de sangre pura, un rosario carmesí de dolor que se repetía cada dos o tres minutos. Los dolores eran atroces, garras invisibles que desgarraban su fortaleza.

     El tic-tac del reloj se arrastraba hasta la medianoche. A las doce y media, aquella danza macabra llegó a su fin. En un gesto postrero y humano, el prócer pidió agua. El hijo, con el corazón hecho migajas, acercó el vaso a aquellos labios resecos. Fue un trago interrumpido, un deseo a medio cumplir. Al contacto con el cristal del vaso, el General exhaló su último suspiro de vida. La paz, cual visitante largamente esperada, cubrió por fin su rostro. El General Urdaneta, el bravo de la independencia, se había ido.

    Urdaneta, hasta en su lecho de muerte, demostró la fortaleza indomable que lo había convertido en héroe. Murió como vivió: resistiendo hasta el último aliento.

18 de noviembre de 2025

El Decreto de la Esperanza

    En Chuquisaca, el 11 de diciembre de 1825, el Gran Mariscal de Ayacucho aguardaba con impaciencia. La ciudad, aún herida por la guerra, respiraba un aire de incertidumbre.

   Sucre, lleno de fervor, analiza la importancia de aquel día: el Libertador Simón Bolívar firmará un decreto que representa la semilla de un nuevo orden para la recién nacida nación. "Este decreto establece que el primer deber del gobierno es dar al pueblo una educación uniforme y general. Se crearán escuelas primarias y colegios de ciencias en cada capital, pues la salud de la República depende de la moral y la instrucción que adquieran sus ciudadanos en la infancia".

 El repique de la campana de la Universidad confirma que ese momento ha llegado. Sucre se dirige con determinación a la Casa de la Libertad.

    Allí, en un acto cargado de solemnidad, Bolívar firma el histórico decreto del 11 de diciembre. El doctor José Mariano de Serrano, Presidente del Congreso, avala el acto y asegura que este documento se convertirá en bálsamo para las heridas de la patria y una garantía de justicia. Además de sentar las bases educativas, el Libertador, con una visión de futuro, también promulga otros decretos cruciales: la abolición del infame tributo indígena, la prohibición de la servidumbre forzada y una serie de disposiciones para proteger los recursos naturales, como la reforestación y la conservación de las aguas, como pilares fundamentales para la riqueza de la nación.

   Al anochecer, Sucre regresa transformado, con la serenidad del deber cumplido, convencido de que este decreto significa que la ley será un escudo para todos y marcará un rumbo de unidad y progreso. "El Libertador no solo nos dio una nación; nos dio una República cimentada en la razón, la ley y el respeto por el hombre y la tierra. La educación y la justicia para nuestros pueblos originarios son la prueba de que el nuevo orden es un amanecer".

      La recién nacida República pretende, entonces, que la grandeza del decreto no se quede solo en el papel, sino que siembre semillas de esperanza en el corazón de jóvenes estudiantes y del pueblo en general, para que se esfuercen por un futuro de paz y trabajo, dejando atrás los ecos amargos de la guerra.

5 de noviembre de 2025

El Juramento de Monte Sacro

     En aquella tarde del 15 de agosto de 1805, en la ciudad de Roma, se respiraba un aire tibio, casi mágico. El sol, que ya descendía sobre las colinas, esparcía sus dorados rayos sobre las antiguas ruinas, donde el recuerdo de los siglos parecía hacerse voz otra vez. Simón Bolívar, joven criollo de mirada ardiente, caminaba entre cipreses con paso inquieto. A su lado, su maestro, amigo y consejero Simón Rodríguez, lo observaba en silencio, como quien contempla un fuego a punto de encenderse.

    Roma estaba lejos de su América natal, pero para el joven Simón, aquel instante tenía el perfume de su tierra. Bolívar, con el corazón oprimido por la nostalgia, pensó en los montes siempre verdes de Caracas, en su extenso valle, en el rumor de las aguas del Guaire y en las casas de techos rojos de su infancia, donde su madre lo había cuidado con ternura, aunque la esclavitud y la injusticia pesaban sobre la gente humilde como una gran losa de granito.
Rodríguez le hablaba pausado, con esa serenidad que tienen los sabios:
—Mire, Simón, como el tiempo habla a través de estas piedras. Roma fue grande porque hombres libres creyeron en su destino.

     Entonces Bolívar, con los ojos encendidos por una luz interior, apartándose, alzó el brazo hacia el horizonte. El cielo, ahora teñido de púrpura, parecía escucharle cuando declaró:
—¡Juro delante de usted, maestro, y de estas ruinas —dijo con voz vibrante—, que no daré descanso a mi alma ni reposo a mi brazo hasta romper las cadenas que oprimen a mi patria!
Aquella tarde, el Monte Sacro guardó silencio. Solo el viento respondió con un suave estremecimiento, llevando aquellas palabras hacia el futuro como semillas arrojadas al aire.
Esa noche, en la posada humilde donde descansaban, Rodríguez encendió una vela y escribió unas notas breves. Simón dormía, pero en su rostro se adivinaba el fuego de una idea que no se apagaba: la libertad. Afuera, Roma dormía también entre sombras y campanas lejanas; pero, en el corazón del joven caraqueño, despertaba para siempre el ideal de una nación libre.

     Años después, aquel juramento, nacido entre piedras romanas, se convertiría en llama viva en los llanos y planicies tropicales de Suramérica con el fuego de un ideal verdadero.

27 de octubre de 2025

La Voz de Bolívar

     Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.

    El general Simón Bolívar subió al entablado de la plaza. Su figura, pequeña pero segura, parecía hacerse gigante a medida que era tocada por el sol ceniciento. El silencio era tan espeso que se podía oír la respiración de la multitud, llena de miedo y de esperanza.

     Entonces, rompiendo el aire con un estampido seco, la voz de Bolívar se alzó, afilada como una espada en el campo de batalla. Aquello no era un sermón, sino el grito de un volcán que por fin hacía erupción:
—"¡Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela! ¡Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables!"
Por un instante que pareció eterno, Trujillo contuvo el aliento, asimilando la terrible elección: vida o muerte, sin términos medios, sin lugar para la tibieza.

     El decreto fue rayo y trueno en la quietud colonial. Fue la derogación de la indiferencia. El rostro de la gente se tensó, pero sus ojos brillaron: aquello no era solo el anuncio de la guerra, era un bautismo de sangre, la personificación de una nación naciendo, costara lo que costara. El pueblo supo, como todos allí, que el guarapo dulce se había tornado amargo, y que solo el fuego de la lucha limpiaría la ceniza de la opresión. Trujillo dejó de ser un pueblo para ser un símbolo: el lugar donde la vida y la muerte firmaron un terrible acuerdo por la Independencia de nuestra Patria.

21 de octubre de 2025

Una Corona entre Cadenas

     
   Las tierras de San Felipe, parecían un verde tapiz por su abundante vegetación. Los negros sudaban oro y tormento bajo el sol inclemente de la Provincia de Venezuela, en aquel turbulento siglo XVI. Allí no se escuchaba el canto de los pájaros que acallara el gemido sordo de la mina, donde el aire, denso y pegajoso, olía a polvo, sudor y látigo.

Encadenado al yugo, estaba Miguel, un hombre cuya piel era como la noche profunda y cuyos ojos guardaban el brillo y el fulgor del relámpago. Miguel no era un esclavo cualquiera; era un alma, un espíritu que el hierro no lograba doblegar. La injusticia en aquellas minas era una espina clavada en el pecho de la tierra misma, y Miguel, el Negro Miguel, se hizo la voz que clamaba contra ella.

La opresión no era solo un hambre desesperada por el oro, sino la humillación diaria, el desprecio que caía como granizo amargo. En 1552, una noche sin luna, con el silencio roto solo por el susurro cómplice del río Buría, Miguel se levantó. Su grito de libertad no fue un rugido, sino un trueno seco que despertó a los cimarrones.

La huida fue como una estampida de almas en pena. Se internaron en la espesura de la montaña, donde los árboles eran gigantes protectores y los senderos, venas secretas que solo el monte conocía. Allí, en la selva que se hizo su palacio y su guarida, se fraguó lo impensable: el primer reino negro de América.

Miguel, el esclavo que se había tragado su dolor, se coronó. Se hizo el Rey Miguel I. En un acto de profunda dignidad, tomó la arcilla de sus tradiciones y el fuego de su fe para moldear una nueva sociedad.

Nombró a su compañera, Guiomar, como su reina; una mujer firme como el samán centenario.

Su hijo, pequeño y de ojos curiosos, fue el príncipe, la esperanza viva vestida de futuro.
Miguel estableció ministros y hasta un obispo para una fe pensada en la libertad y la resistencia, uniendo los tambores de África con el misticismo indio de los jirajaras, sus nuevos y leales aliados.

El reino de Buría fue un sueño materializado en las montañas de Venezuela. Sus incursiones contra las haciendas y las minas eran relámpagos de justicia. El miedo español en Nueva Segovia de Buría era un río desbordado, y el nombre del Rey Negro se susurraba con terror y admiración.

La respuesta del Imperio fue, como siempre, el hierro y la pólvora. La rebelión era demasiado luminosa para ser apagada. Refuerzos, como el temido Diego de Losada, se sumaron a la cacería.

La batalla final fue una danza trágica entre la libertad que nacía y la fuerza del poder colonial. Miguel cayó, y su reino fue desmantelado. Los cimarrones fueron regresados a la cadena y el cepo.

Pero, aunque el Rey Miguel murió, su espíritu echó raíces en el monte. Hoy, en el corazón de Yaracuy, cerca de la Cueva del Negro Miguel, la leyenda sigue viva. Su figura es un estandarte inmortal que ondea en la memoria venezolana, recordándonos que la dignidad, aun con cadenas, puede forjar una corona.

20 de octubre de 2025

El Sueño de Samuel

     

    Ya anciano, Samuel caminaba junto a Manuelita por la polvorienta ciudad de Paita, un cruce en el camino de los dos. El sol del trópico y la brisa marina mordían su rostro de pergamino, mientras sus ojos, dos brasas de sabiduría antigua, escrutaban un horizonte que nadie más veía. No era Simón, el que enseñaba con letras; era Samuel Robinson, el inventor de sí mismo.

     Su legado no era de oro, sino de polvo de estrellas y tiza. En su recuerdo, resaltaba la figura del joven Simón Bolívar, a quien había enseñado a leer en el libro abierto de la vida misma. “¡Volar con alas propias!”, le había dicho un día a aquel muchacho inquieto en Caracas, y esa semilla revolucionaria sembrada, terminaría germinando hasta alcanzar la libertad de medio continente.

     Samuel odiaba la retórica vacía de los doctores; él prefería el taller a la clase magistral, un barro suave al cual moldear. No le bastaba con la mera transmisión de información; clamaba por la acción, por la transformación. "Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán quien haga”, pensaba, sabiendo que la verdadera libertad se forja con manos hábiles y mentes aplicadas. Soñaba con escuelas donde el hijo del esclavo y el del hacendado compartieran la misma tijera y el mismo martillo. Sus ideas fueron como castillos en el aire, pero, creados con ingenio y esperanza: una república de iguales donde el pueblo, manos a la obra, se autogobernara.

     "¡O inventamos, o erramos!", exclamaba con voz fuerte, reflejo de una luz que nunca se apagaba. Hoy, bajo el mismo sol, sus ideas son un río subterráneo que nutre el ideal de un pueblo: la verdad tangible de que, para ser libres, hay que dejar de ser copias y atreverse a ser originales. Su herencia, pues, es un cincel para labrar la República y un espejo para vernos, por fin, a nosotros mismos.

13 de octubre de 2025

Un Cuento de Memoria y Sangre

   
 El sol, implacable, se derramaba sobre el Valle de la Niebla, bañando los techos de teja y las fachadas descoloridas de las humildes moradas. Era 12 de octubre. No había fiesta. Solo el peso del aire, espeso como el atole de maíz, y el eco silencioso de un grito que se negaba a extinguirse.

    Doña Mercedes, la Matrona del caserío, estaba sentada bajo un yagrumo centenario en el frente de su casa, a la orilla del camino. Su rostro, como un mapa de arrugas y sabiduría, dibujado de recuerdos, era el archivo vivo de la comunidad. Hoy no tejía; solo sostenía entre sus manos callosas una pimpina de barro sin pulir, como si contuviera en ella el peso de todos los siglos.
     "Mira, hijo," susurró a su nieto, un niño de ojos profundos llamado Mauro, "mira esa palma real, erguida y altiva. ¿Crees que llegó sola? No. La trajeron, como a la caña de azúcar, para que diera dulzor a la boca del amo y amargura a la nuestra".

     Mauro jugaba con un trozo de piedra pulida, un legado de sus ancestros. Preguntó: "¿Por qué dicen que vinieron a descubrirnos, abuela? Si nosotros ya teníamos nuestros caminos trazados, nuestros dioses en el aire y nuestras cosechas contadas?"

     La anciana suspiró. Y ese suspiro fue un sonido que vibró en el alma, como un tambor lejano, un recuerdo de dolor. "No fue un descubrimiento, mi niño. Fue una invasión, tres rayos con forma de carabelas. Antes de 1492, éramos un mosaico de estrellas: el gran imperio del Quetzal con su política tan compleja como las raíces del mangle. Teníamos todo lo que necesitábamos, un mundo nuestro".

     "Pero la llegada, fue una masacre en cámara lenta". "Ellos trajeron el hierro y la cruz, una dualidad asesina. El hierro para matarnos el cuerpo; la cruz para el alma. Millones de almas, se volvieron humo efímero por sus arcabuces".

     "Nuestros altares fueron hechos polvo, mientras las lenguas se ahogaban en sus confesionarios. La religión, Maurito, no fue fe; fue un grillete disimulado para justificar la servidumbre. El 'encuentro de culturas' es la miel en el veneno, la lápida que tapa el sepulcro".

     "Y por si fuera poco el despojo de la tierra y la sumisión indígena, vino el segundo diluvio," sentenció con voz grave. "Doce millones de almas arrancadas de la piel de África, cruzaron el mar en las bodegas de galeones negreros que eran ataúdes flotantes. El 12 de octubre también  fue la marea negra del tráfico transatlántico de esclavos. Mira, querido nieto, el cemento de esa 'modernidad occidental' que tanto alaban, está hecho con los huesos calcinados de esclavos. Sin esa barbarie, no habría riquezas europeas. La blancura y la pureza de sangre que tanto pregonan es solo la máscara de la codicia, la coartada intelectual para justificar que unos nacieron para mandar y otros para ser pisoteados". "La discriminación racial no es un accidente, mi niño, es la columna vertebral del sistema".

     Mauro miró a su abuela. Ella le mostró la pimpina de barro. "¿Crees que se fueron con la independencia? Eso es una ilusión en el papel. El colonialismo aún existe, es un vampiro moderno. Antes se llevaban el oro billante y la plata. Hoy, se llevan el litio, el coltán, y el oro negro. La forma cambió, el fondo, sigue siendo el mismo. La extracción y los aranceles impuestos son las nuevas encomiendas, los latifundios invisibles de las multinacionales".

     La abuela señaló un viejo árbol de guayaba con el tronco torcido. "Mira ese guayabo. Está torcido pero no caído". "Así somos nosotros. La pobreza de nuestra gente, la desigualdad que nos azota, la herida que sangra en los cuerpos de las mujeres y los pueblos es el resultado directo, el síntoma físico de siglos de saqueo y exclusión".

     La anciana se levantó y su sombra se dibujó en la tierra contra el sol poniente. "No, hijito, el 12 de octubre no es una fiesta. Es un símbolo agrio, el recuerdo de una herida que aún sangra. No necesitamos 'Hispanidad'; necesitamos memoria viva. Hoy es el día de la Resistencia y de la Dignidad Afroindígena. Recordar no es odiar; es trazar la verdad para que el futuro no sea una repetición del pasado. La justicia empieza por nombrar las cosas como son, con su verdadero nombre".

     Puso la pimpina de barro en las manos del niño. Mauro sintió su peso, un peso ancestral que no era liviano. La piedra pulida brilló un momento, reflejando su rostro decidido. Mauro, ya no era solo un niño, sino el heredero de la verdad. El eco del yagrumo no era tristeza, sino la promesa de la reparación en cada fibra de su sombra.


10 de octubre de 2025

El Espejo de mi Padre

     La tarde se estiraba, perezosa y dorada, sobre el pueblo, y una suave brisa traía el aroma del café recién colado, ese olor a vida lenta que se pega a las conciencias tranquilas. En el pequeño corredor de la casa, a la sombra amable de un viejo almendrón cuyas hojas se desprendían y susurraban secretos al viento, estaba mi padre.
    Mi padre no era un hombre robusto, pero sí de carácter inquebrantable: a las seis de la  mañana, su taza de café tinto, su cigarrillo marca Belmont "King Size" y un profundo silencio. En ese momento, se sentía el rey del mundo, distraído en la plácida tarea de ver pasar las nubes de la mañana, dueño del reconocimiento tácito de una vida sin grandes faltas ni estridencias.
    Pero una tarde, algo diferente ocurrió. Mientras se alisaba el bigote —una pequeña vanidad de guerrero antiguo—, notó que el espejo de la sala, como testigo mudo y polvoriento, lo miraba disimuladamente. No era el cristal empañado, era la Vejez.
  Esta no llegó con trompetas en el fragor de una batalla, sino, como dice el poema, lentamente, inevitable y serena. Se había instalado en el espejo como un huésped silencioso que no pide permiso, sino que simplemente se instala. Y empezó, sin prisa, su faena con los primeros bosquejos.
    El primer trazo fue sutil. De pronto, mi padre se vio un mechón más claro, no de luz, sino de plata pura sobre la sien. "Con unas hebras de plata, el tiempo me pintará los cabellos..." recitó su memoria, citando un verso que no sabía que conocía. Luego, notó en el cuello, justo donde la corbata, siempre pulcra, ejercía su presión: una línea, un surco fino como la firma de un sastre sobre la tela de su piel.
    La transformación no era solo externa; se sentía como un cambio de estación dentro de él. Sus antiguos caprichos de juventud, ese afán por la aventura y el riesgo, ahora se habían decantado en una especie de paciencia moral. Sintió cómo aumentaban sus incertidumbres e inquietudes.
    Y el toque final de esa tarde: sobre la mesa en el centro de la cocina, el paquete de regalo de su hijo mayor. Un par de anteojos de lectura. Al ponérselos, el periódico se hizo dolorosamente más legible. Las letras ya no se le escapaban, pero las noticias ahora lo hacían sufrir con una claridad inmediata. La Vejez le había dado una lupa para ver mejor las penas del mundo.
    Los meses se apretujaban unos sobre otros como cartas enviadas y olvidadas. Su amigo, el joven Dr. Lizardo, un hombre con alma de poeta y cara de vagabundo, fue el siguiente cómplice de la Vejez.
    El doctor, le dijo a mi padre, con esa seriedad que solo da la experiencia: "el cigarro ya no va". "El catarro, me temo, viene ganando terreno".
Y así, con la aceptación de las palabras del médico, aceptó la vejez como un nuevo compañero de viaje. Mi padre fue podando los placeres y las libertades con una admirable destreza.
    La Vejez le quitó a sus manos toda su antigua firmeza. Ahora estas temblaban un poco al sostener la taza, como las hojas del almendrón al final del verano. Mi viejo, de repente, se convirtió en un gran conversador; leía mucho, recostado sobre la cama con la suave, cálida y, a su juicio, ridícula pijama nueva que le había regalado mamá.
   Día tras día, aumentaba su demanda de atenciones. Un dolor en las rodillas que le recordaba, sin falta, que el clima estaba por cambiar. La Vejez era, sin duda, la más dura de las dictaduras.
     Pero mi padre no se rendía al pesimismo. No del todo. Recordaba sus años de juventud, nos contaba cómo enamoró a nuestra madre, la describía como una tierna mariposa del campo, y se jactaba de haberla conquistado.
    Sí, la Vejez era la grave ceremonia de clausura de lo que fue su juventud, pero él la transformó en una ceremonia de apertura de su nueva vida. Se dijo a sí mismo que sería un anciano honorable, tranquilo y, lo más probable, gran contador de historias. Al fin y al cabo, si la Vejez sería todo el equipaje de lo que le quedaba de vida, estaría dispuesto ante la puerta de salida; la juventud no regresaría, pero sí podría repartir ese tesoro acumulado del tiempo bien vivido.
     Desde entonces, en el pequeño corredor de la casa, aún empijamado y con sus anteojos de lectura, mi padre combate la oscuridad, poniendo alas a lo inmóvil. Porque, aunque la Vejez esté a la vuelta de cualquier esquina, allí donde uno menos se imagina, la alegría de vivir es la única que sabe convertir la dura clausura en una bienvenida silenciosa.

13 de agosto de 2025

Al Amigo Alberto



     Las calles polvorientas de Ocumare del Tuy, siempre calientes por el inclemente sol, aún conservan el eco de su nombre: el profesor Alberto Villegas. No es un eco cualquiera; es el murmullo de la gente adulta que lo quiere y el clamor alegre de los muchachos que le corresponden el amable saludo mañanero. Alberto nació en esta tierra, el 7 de agosto de 1957, una tierra donde el tiempo parece estirarse y hacer los días más largos.
     
     Desde muy joven, Alberto sabía que su destino no era otro que el de sembrar amor y conocimiento en el fértil campo de los corazones de niños y jóvenes. Se convirtió en maestro en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez y a partir de allí desarrolló su vocación de servicio y el placer de enseñar. Alberto es un obrero del saber, un caminante. De escuela en escuela ha marcado un sendero y dejado huella en cada rincón.

     Su andar es pausado pero infatigable, un peregrino de la educación y de la cultura popular. Lo hemos visto en todas partes, en los pasillos de muchos colegios, compartiendo los gritos y las risas de los niños, mezclando la armonía de su cuatro con los cánticos de los pequeños, y sus manos guían el futuro de los proximos músicos y poetas del Tuy. El Complejo Cultural José Félix Rivas fue para él un puerto seguro, la casa que modeló su trabajo.

     Pero fue en la Unidad Educativa Nacional Dr. Luis Razetti donde Alberto, con la paciencia de un artesano y la pasión de un poeta, cinceló sus mayores triunfos. Entró por la puerta de esa casa de estudios un 2 de noviembre de 2002, y desde ese día, su trabajo fue la brújula que guió a la institución hacia nuevos horizontes. La música se hizo presente de su mano, una melodía de esperanza que llevó a la escuela al primer lugar en el programa "El Agua es Vida" con una canción inédita, interpretada junto a Walter Pereira. La poesía también tuvo su espacio, y con Wilfredo Sánchez, el colegio se alzó triunfante en el programa "Alí va a la Escuela".

     Para los ocumareños, Alberto Villegas representa más que un Cultor Popular de calidad y excelencia. Su nombre es sinónimo de compromiso, la nota de un cuatro bien afinado que cada niño, cada joven, cada madre y cada padre de Ocumare del Tuy recordamos con orgullo. Su legado no está escrito en un papel, sino en la mirada curiosa de un estudiante, en la sonrisa de un joven artista, en las manos de un músico que rasga las cuerdas del cuatro. Y así, con cada día que pasa, el profesor Alberto Villegas sigue sembrando, con la certeza de que su cosecha, aunque tardía, dará frutos buenos.

27 de julio de 2025

Rosa. (Por el Prof. José Núñez).

       Finales del 78, el sol implacable caía sobre los techos de las casas de Quiripital, pueblo donde Rosa vivía. Rosa era una mujer de manos curtidas por el trabajo y ojos inquietos que guardaban historias secretas. Era sabia como son sabias las abuelas que predicen la lluvia por el dolor de los huesos, pero, inocente como las niñas que aún creen en los milagros de los ciruelos en flor. Trabajaba desde que el gallo rasgaba el alba con su canto, y sus pies descalzos conocían la tierra mejor que los surcos del maíz.  

—¡Rosa!— gritaban los niños cuando pasaba, porque ella siempre llevaba en el delantal caramelos de dulce de leche y cuentos de espantos.  

     Pero también callaba. Callaba cuando el marido llegaba con el aliento espeso de aguardiente y los puños cerrados. Callaba cuando las vecinas murmuraban que "una mujer sola no es nadie". Sin embargo, en su silencio había tormentas y canciones.

     Una mañana, mientras amasaba pan, una muchacha del pueblo, Lucía, llegó llorando porque su novio la había abandonado.  

—¿Y ahora qué será de mí?— preguntó la joven, con la voz quebrada.  

     Rosa, sin dejar de trabajar, le respondió:  

—Mira, hijita: la mujer es como el río. A veces lleva aguas tranquilas y otras crecidas bravas, pero siempre llega al mar. Nos conformamos con nada, pero lo aguantamos todo. Somos dulces como la miel y saladas como las lágrimas.

     Y así era Rosa. Fuerte como el hierro cuando cargaba leña, suave como el viento cuando arrullaba a los enfermos. Orgullosa como una reina frente a los cobardes, humilde como la tierra cuando la vida la pisoteaba.  

     Una tarde, el pueblo se incendió. Las llamas bailaban como diablos sueltos, devorando casas y recuerdos. Todos corrían despavoridos, pero Rosa se quedó. Con sus manos, sacó a los niños de la escuela, arrastró a los viejos que no podían caminar y, cuando ya no quedaba nadie, se derrumbó en el camino, agotada.  

—¿Por qué lo hizo, señora?— le preguntó el médico después, mientras le vendaba las quemaduras.  

Ella solo sonrió, con esa sonrisa que guardaba secretos de siglos, y dijo:  

—Porque soy mujer. Y la mujer es el amanecer que siempre vuelve, aunque la noche quiera apagarla.

     Y el pueblo entendió entonces que Rosa no era solo una morena delgada y cansada. Era la luz de las madrugadas, la estrella fugaz que ilumina aunque sea un instante, el todo y la nada.

     Porque la mujer, al fin y al cabo, es el universo entero contenido en una mirada.

6 de julio de 2025

El Carretón del Diablo


     
     En los Valles del Tuy, en noches de luna llena, los abuelos del pueblo cuentan con voz temblorosa, y los jóvenes escuchan con ojos abiertos y temerosos, la historia del carretón del diablo, una carreta maldita que atraviesa la noche como presagio de desgracia e infortunios, arrastrada por caballos negros y esqueléticos, cuyos cascos resuenan como truenos sobre la tierra reseca.

     Los más viejos, relatan, que entre los postreros días de enero y los albores de marzo, un ronroneo misterioso rompe la quietud de las madrugadas ocumareñas. Es la carreta del diablo, dicen, una carreta espectral tirada por cuadrúpedos calavéricos, cuyos cascos resuenan con la melancolía del tiempo. En el Calvario, desde el sector La Curva de los Mereyes, como un viento fantasmal, se desliza por las calles polvorientas. Atraviesa, lo que una vez fue El Porvenir, ese camino donde hoy está la escuela Mercedes de Pérez, luego con un eco que se aferra a las paredes, desciende por las Dos Rosas, para finalmente desvanecerse en la Calle de la Cruz, antes conocida como Matanza Vieja. La carreta es puntual en su recorrido y si alguien osa asomarse para desentrañar el misterio solo encontrará el abrazo gélido del silencio y la tenebrosidad de la noche oscura.

     Las ruedas del carretón crujen con un ruido desgarrador, como si el tiempo mismo se quejara de su paso. A veces, el vehículo aparece envuelto en llamas que no consumen, otras veces en una neblina espesa y fría que parece tejida con los quejidos de las almas en pena. Conducido por un ser de ojos ardientes como brasas, que guía el carruaje con manos huesudas en un gesto de eterna condenación.

     En los pueblos del Tuy, cuando el sol se oculta y las sombras se alargan en la penumbra de la noche, los campesinos cierran las puertas de sus casas y rezan un Padre Nuestro. Saben que el carretón del diablo recorre los caminos solitarios y los cruces de montaña, donde el viento susurra canciones de lamento.

     Su aparición es un augurio de calamidades, enfermedades que arrasan como incendios, muertes repentinas que dejan luto en las casas, o accidentes que rompen el hilo de la vida.

     Dicen que el diablo, con su voz ronca como proveniente de un abismo, ofrece un “viaje” a los trasnochadores, a los hombres que vagan ebrios por las calles, a los perdidos en los vicios y el pecado. —Sube, les dice, y aquellos que aceptan desaparecen para siempre de este mundo, llevados al infierno en un viaje sin retorno. Otros, más afortunados, escapan con el alma en vilo, contando historias de ruedas que rechinan, de sombras que se mueven como seres vivos, de una presencia que les hiela la sangre.

    El carretón aparece en las madrugadas, cuando el pueblo duerme y solo los débiles faroles parpadean como ojos cansados. Los accidentes inexplicables, los ruidos que no tienen origen, las sombras que se desvanecen al girar la esquina, todo se atribuye al paso del carretón maldito.

     Los abuelos cuentan que en los tiempos de la colonia, estas tierras eran vastas haciendas de café y cacao, bulliciosas con el ajetreo de los peones. Y el peregrinar de la carreta, aseguran, no es otro que el eco de un arriero atrapado en el tiempo, una sombra errante que revive los funestos sucesos de la masacre de Ocumare en 1814. Las fechas de su aparición, misteriosamente, coinciden con ese fatídico momento. Para otros, el carretón es un castigo divino, una advertencia contra el vicio, la soberbia y la desobediencia. En las noches de luna llena, cuando el viento sopla con fuerza, siempre se oye a algún anciano de estos parajes, aconsejando a los muchachos: —“No salgan, esta noche el diablo anda suelto”.

     Hay quienes creen que el carretón es más que una simple leyenda. Algunos hablan de un pacto fallido con Satanás, de un hombre que vendió su alma y ahora vaga eternamente por los caminos, condenado a pensar en su error eternamente.

    En la cultura y tradición popular, el carretón del diablo es un símbolo de la riqueza narrativa venezolana, un puente entre el misterio rural y los temores humanos.

    Más allá del terror, la leyenda encarna lecciones sobre ética y comunidad. Es un espejo que refleja los miedos y los valores de un pueblo, un recordatorio de que las acciones tienen consecuencias, de que la noche esconde secretos que es mejor no descubrir.

     Y así, en los Valles del Tuy, donde los cerros se pierden en el horizonte y los caminos se entrelazan como hilos de un tapiz, el carretón del diablo sigue deambulando, llevando consigo historias de miedo, y arrepentimiento. Porque en cada relato, en cada susurro, en cada mirada furtiva hacia la oscuridad, la tradición oral se mantiene viva, como un fuego que nunca se apaga.

13 de junio de 2025

Un Canto al Amanecer de Cipriano.

    En El Manguito, parroquia La Democracia, donde el sol se asoma tímido entre las montañas y el rocío de la mañana besa la tierra como un amante fiel, nació Cipriano Alberto Moreno en el año 1935. El Distrito Tomás Lander, con sus pueblos y caseríos de calles de tierra y casas de bahareque, fue testigo de sus primeros pasos, de sus risas infantiles y de los acordes iniciales del cuatro. Cipriano, como el río que atraviesa el valle, llevaba en su alma la melodía del joropo y la décima, ritmos que fluyen entre las venas de los tuyeros como la savia en los árboles.

     Cipriano no solo fue un docente que sembró semillas de conocimiento en las mentes ávidas de los niños de Río de Piedras, sino que también fue un cultor popular, creando trabajos y arreglos que hacía para los amaneceres y velorios de cruz como un canto a la vida, a la tierra y al amor. Su famosa composición, "Canto al Amanecer Tuyero", es un poema tejido con hilos de nostalgia y esperanza, donde las metáforas danzan al compás del cuatro, arpa y maracas. Cada verso es un suspiro y cada estrofa, un abrazo a la tierra que lo vio nacer.

     Pero no solo la música y la literatura definieron el andar de Cipriano. En Río de Piedras, ese pueblo donde el tiempo parece detenerse y las piedras del río murmuran historias antiguas, conoció a una mujer cuyo nombre era como una melodía en sus labios: Cristina. Ella, de mirada dulce y serena y un corazón firme, era como una ceiba sólida ante los vientos, con ideas tan profundas como las raíces de los árboles que custodiaban el pueblo. Su amor no fue efímero como la brisa que acaricia los campos al atardecer, sino eterno y puro, como el agua que brota de los manantiales.

     Cristina moldeó el carácter de Cipriano con la delicadeza de un alfarero que trabaja el barro. Le enseñó que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso, una promesa que se renueva cada día con miradas y silencios. Bajo su influencia, Cipriano se convirtió en un hombre de palabra firme y corazón noble, cuya poesía no solo celebraba la belleza del amanecer, sino también la fortaleza de un amor que resistía el paso del tiempo

     Las tardes en Río de Piedras eran un lienzo pintado con los colores de los atardeceres. Cipriano y Cristina paseaban por la orilla del río, donde las piedras pulidas por el agua brillaban como diamantes bajo la luz del sol. Él le declamaba hermosos poemas al oído, y ella sonreía, mientras el viento llevaba sus versos hacia los cerros, como si quisiera compartir su felicidad con todo el caserío. El río, testigo mudo de sus encuentros, murmuraba su aprobación con un suave rumor que se mezclaba con el trinar de gonzalitos y arrendajos.

     El tiempo pasó, pero el amor de Cipriano y Cristina no envejeció. Como las montañas que custodian el valle, su cariño permaneció firme e inquebrantable. Y aunque Cipriano dejó este mundo, su canto sigue vivo en el amanecer tuyero, en el susurro cantarino del río y en el corazón de aquellos que aún recuerdan al hombre que ofrendó a la vida, un hermoso amanecer.

     Así, en el Valle del Tuy, donde el sol sigue asomándose tímido entre las montañas, y con el canto del gallo llegan los claros del día, el legado de Cipriano Alberto Moreno perdura como un canto eterno al amor, a la tierra y al amanecer tuyero.

20 de mayo de 2025

Mauricio, el Encanto. (Por el Prof. José Núñez).



     En los Valles del Tuy, donde los ríos cuentan sus secretos al viento, existe una leyenda que ha tejido un hilo dorado en la memoria de los tuyeros. Es una historia que huele a tierra mojada, a café recién colado y a flores de clavellina. Es la leyenda de Mauricio, el Guardián de la Cueva del Peñón, una historia que se balancea entre la realidad y el misterio, como los cuentos narrados por el abuelo en las serenas noches de mi pueblo.

     Hace más de siglo y medio, cuando el tiempo aún caminaba despacio y las noches eran un oscuro terciopelo, nació Mauricio. Su llegada al mundo no fue como la de cualquier niño. Aquella noche, llovió con tanta fuerza que los ríos crecieron, las quebradas rugieron como bestias embravecidas y los árboles se inclinaron en reverencia, era como si la naturaleza, decidiera bautizar la tierra con un diluvio eterno. Los animales, en un coro silencioso, rodearon la humilde vivienda donde yacía su madre, una mujer de sangre quiriquire, mientras el viento susurraba melodías ancestrales. Era como si la naturaleza entera hubiera decidido dar la bienvenida a aquel niño, hijo de un realista perdido y confundido en sus ideales y de una mujer que llevaba en sus venas la savia de la tierra.

     Mauricio creció entre el murmullo de los montes y el arrullo de las aguas. Era un niño distinto, con ojos que parecían espejos. Mientras otros jugaban, él se perdía en los parajes vegetales de la montaña, donde los jaguares lo miraban sin atreverse a tocarlo y las mapanares y cascabeles se deslizaban a su lado como si fueran sus guardianes. Su madre, con el corazón apretado de preocupación, le rogaba que no se alejara tanto. Pero Mauricio solo sonreía y le contaba cómo la señora del Pozo del Guásimo lo guiaba por galerías secretas que conectaban las montañas. —“Soy el puente entre el hombre y la naturaleza”, le decía, pero sus palabras eran como semillas que caían en tierra árida, pues nadie las comprendía.

     Un día, el destino lo llevó al pueblo de Ocumare. Bajó con un encargo de la señora del Pozo del Guásimo, pero su presencia despertó sospechas. Los policías, con miradas recelosas y manos ásperas, lo detuvieron. “¿Quién eres?”, le preguntaron, pero Mauricio no llevaba identificación. Lo amarraron como a un criminal y lo llevaron ante el jefe de la policía, un hombre de bigote grueso y risa burlona. “Podría ser un guerrillero”, murmuraron entre dientes. Mauricio, con la serenidad de quien conoce los secretos del viento, les advirtió: “Si no me sueltan, habrá un diluvio”.

     El jefe de policía soltó una carcajada que resonó como un trueno falso. "¡Un diluvio en pleno verano y en Ocumare!”, dijo entre risas. Pero esa misma noche, mientras el pueblo dormía bajo un cielo estrellado, las nubes se agolparon de repente, como un ejército silencioso. A la medianoche, comenzó a llover. No era una lluvia cualquiera, sino un torrente que parecía salido de las entrañas mismas de la tierra. Los ríos Súcuta y Marare se desbordaron, y el mismo Tuy se desbordó también. Las calles se convirtieron en corrientes de agua y lodo, y la jefatura de policía se anegó completamente. La gente, asustada, corrió a refugiarse en las colinas. Solo entonces comprendieron que aquel joven no era un hombre común.

     El cura del pueblo, con su sotana empapada, fue a pedir la liberación de Mauricio. Al llegar, encontraron al jefe de policía, pálido y tembloroso, quien ya lo había soltado. En cuanto Mauricio pisó la calle, la lluvia cesó. El cielo azul se abrió como un telón, y un sol radiante iluminó Ocumare. Mauricio no dijo una palabra. Simplemente se internó de nuevo en los montes, donde las sombras lo recibieron como a un viejo amigo.

     Desde entonces, se convirtió en el Guardián de la Cueva del Peñón, un protector de la naturaleza que castiga a quienes la dañan. Los tuyeros cuentan que aún lo ven, con su sombrero de alas anchas, su liquiliqui impecable y sus alpargatas gastadas. Se pasea por el terminal de Ocumare, comprando tabaco y aguardiente, pero nadie se atreve a aceptar nada de él. Dicen que, si lo haces, podrías ser el próximo en tomar su lugar, convirtiéndote en el nuevo guardián de aquella montaña majestuosa que vigila los Valles del Tuy.
La leyenda de Mauricio sigue viva, como un susurro que viaja de generación en generación, recordándoles a los tuyeros que la naturaleza tiene un alma, y que hay quienes la protegen desde las sombras, donde el tiempo no llega y la magia nunca muere.

¡Me Quitaron mi pea! (Por el Prof. José Núñez).

     El sol ya declinaba sobre  el pueblo, tiñendo el cielo de tonos  naranjas y violetas, cuando la puerta de la Sala de Emergencias se abrió repentinamente. Un grupo de jóvenes estudiantes de pregrado escoltaba a José, cuyo cuerpo se tambaleaba entre ellos como un junco azotado por el viento. El hedor dulzón y agrio del alcohol, flotaba en el aire, mareando incluso a los jóvenes, casi médicos, que lo recibieron con un profesionalismo obligado.

  Cuando llegué, imbuido de la autoridad que otorga el conocimiento adquirido de años de servicio,  mi verbo se desató en términos clínicos, explicando con vehemencia protagónica los intrincados caminos del etanol en el organismo, la danza siniestra de los radicales libres, la cascada de desequilibrios que asolaban el cuerpo de José.

—Ya verán —sentencié a los bachilleres, con la certeza de quien cree dominar las leyes de la biología— cómo doblegaremos la embriaguez, cómo expulsaremos al intruso tóxico.

  Mi voz resonaba en la sala, cortante y segura, mientras dictaba a la enfermera las indicaciones precisas, los antídotos químicos para borrar, al menos momentáneamente, el sufrimiento visible.

  Horas después, la quietud reinaba en la sala. Antes de convocar a los internos para la revista médica y continuar con mi labor pedagógica, me acerqué a la camilla donde José permanecía. Estaba sentado, la espalda encorvada, la mirada fija en las baldosas grises, parecía ausente.

—¿Cómo te sientes, José? —pregunté, con un tono que buscaba ser amable, quizás con un apice de la curiosidad clínica que me caracterizaba.

Su cabeza se levantó lentamente, los ojos enrojecidos e inyectados en una tristeza profunda me escrutaron con una mezcla de incredulidad y amargura.

—¿Y cómo me voy a sentir, Doctor?… ¡Me quitaron mi pea! —exclamó, con una voz ronca, cargada de un reproche sordo.

Un silencio denso se instaló entre nosotros, solo interrumpido por el leve goteo de un suero en la sala contigua. Luego, José continuó, con su mirada perdida de nuevo en el suelo:

—Mire, Doctor, yo trabajo duro, de lunes a viernes, apretando tuercas en el taller. Mis manos… —levantó sus manos callosas, mostrando las cicatrices  de su esfuerzo diario, — mis manos no conocen el descanso. Mi mamá está enferma, postrada en cama, y yo soy el único que la mantiene, el único clavo al que se agarra.

   Su voz se quebró ligeramente antes de retomar el hilo de su dolorosa letanía.

—Mi mujer se fue… se fue porque a mi muchachito, lo mató un malandro. Ella… ella me echó la culpa, como si yo hubiera podido evitar esa desgracia. La rabia me consumía, Doctor, y le caí a «coñazos» a otro malandro, un animal igual al que me arrebató a mi hijo. Por eso me llevaron preso. Cuando salí… cuando salí, ya me habían robado todo en el rancho. Se habían llevado hasta los recuerdos.

  El silencio volvió a caer, esta vez más pesado, cargado de la injusticia cruda de su relato. Yo, que había llegado con mis esquemas y mis protocolos, sentía cómo la frialdad de la ciencia se derretía ante la magnitud del sufrimiento humano. Pensé en lo fácil que era, en ocasiones, reducir un ser humano a un conjunto de síntomas, diagnosticar una enfermedad sin ver la trama compleja de su existencia. En realidad, el diagnóstico urgente no era el suyo, sino el de una sociedad enferma, de instituciones que fallaban, de una conciencia colectiva adormecida ante el dolor ajeno.

  José suspiró profundamente y prosiguió... Su voz, era ahora un murmullo sombrío:

—A veces, cuando camino por la calle, veo una mujer bonita y me da una rabia… una rabia que me quema por dentro, porque sé que yo no puedo ofrecerle nada. Veo un policía con su uniforme y su pistola, y la rabia es peor, porque ellos no ven el sufrimiento de uno, solo ven al borracho. Veo un niño jugando y la rabia me aprieta el pecho, porque mi niño… mi niño ya no juega. Y si un perro se me cruza, Doctor… le juro que a veces no me aguanto y le suelto una patada.

  Bajó aún más la voz, casi un susurro, y su mirada se detuvo en sus propias manos, como si ellas fueran las culpables de sus oscuros pensamientos.

—A veces… a veces me dan ganas de matar… ¡Sí, de matar!… —la confesión cruda flotó en el aire, cargada de desesperación.

  ¿Qué podía decirle yo, con mis tratados de fisiología y mis recetas médicas? Mis palabras parecían huecas, insuficientes ante la magnitud de su quebranto. La ciencia, tan precisa para descifrar los misterios del cuerpo, se mostraba impotente ante las heridas del alma.

  En un impulso torpe, casi avergonzado, rebusqué en mi bolsillo y saqué un billete arrugado. Se lo ofrecí con la mirada baja, sintiendo la incongruencia de mi gesto.

—Coño, viejo… perdóname… —murmuré, la disculpa brotó sincera con una comprensión tardía. —Anda… vete… y trata de agarrar tu pea otra vez.

  El billete quedó en su mano como una limosna insignificante ante el océano de su dolor. José me miró con una mezcla de sorpresa y resignación, quizás entendiendo que en ese momento, mi humanidad, aunque tardía y torpe, era lo único que podía ofrecerle. (Adaptado de "Crónicas Oscuras de un Hospital Venezolano" de los Dres. Pedro Lizardo y Arnaldo Sánchez).

Graciela, la Tamborera. (Por el Prof. José Núñez).

      Al calor de los Valles del Tuy, donde el aroma a mango maduro subyugaba los sentidos, repiqueteaba un tambor; y Graciela Cortez, con su voz afinada, ensayaba una décima que le había compuesto su vecino Cipriano Moreno para el próximo velorio de Cruz de Mayo en Chaparral. Inquieta como picure, Graciela se echaba un guamazo, tapaba con una sábana la cruz y comenzaba su declamación.

     El nombre de Graciela se dibuja con líneas indelebles en la memoria colectiva de Ocumare del Tuy, como el perfil de las montañas que abrazan el valle.

     Graciela no es una estatua en una plaza, sino la plaza misma, el bullicio constante de la vida cultural que palpita en cada rincón del pueblo. Su casa, de paredes coloridas y un patio donde siempre florecían las cayenas, rojas como lenguas de fuego, era un santuario de tradiciones. Allí, entre el aroma a dulce de lechosa y el repique constante de algún instrumento musical, junto a los amigos de la esquina, se enhebraban los hilos de la identidad tuyera.

     Cuando llegaba el mes de mayo, con su promesa de lluvias y la explosión de colores en los campos, la casa de Graciela se convertía en el epicentro de los Velorios de Cruz. Las voces graves de los hombres entonaban décimas ancestrales, mientras las mujeres, con sus faldas floreadas y el brillo de la fe en los ojos, respondían con cantos melodiosos que parecían ascender como volutas de incienso hacia el cielo estrellado de las noches ocumareñas. Graciela, con su voz curtida por años de cantar a la vida y a la muerte, guiaba el ritual con la solemnidad de una sacerdotisa y la calidez de una madre. Sus manos, fuertes y sabias, marcaban el ritmo sobre la mesa adornada con flores junto a la cruz engalanada, como si tocaran las fibras mismas del alma tuyera. 

     Pero la presencia de Graciela no se limitaba a la devoción silenciosa. Cuando la parranda tuyera irrumpía en las calles, con la alegría del cuatro, el repique juguetón de las maracas y el galopar rítmico de la bandola, allí estaba Graciela, "la tamborera", como la conocían con cariño y respeto. Su cuerpo, aunque ya maduro, se movía con la gracia de los bambúes al viento, cada 24 de junio en las celebraciones a San Juan Bautista, donde los cantos de mina tenían un rol protagónico, contagiando a jóvenes y viejos con la alegría desbordante de la música, sus manos, las mismas que adornaban la Cruz de Mayo, también podían golpear el tambor con fuerza y ritmo, extrayendo sonidos ancestrales que hablaban de cosechas abundantes, de amores furtivos y de la profunda conexión del hombre con su tierra. 

     Las fiestas patronales eran su escenario favorito; allí la labor de Graciela florecía como la flor de caña dulce en tiempo de zafra. Ella era el alma de la fiesta, la que conseguía las flores para adornar la iglesia, la que coordinaba a los músicos, la que se aseguraba de que no faltara el sancocho humeante para alimentar a los peregrinos. Su liderazgo no se imponía con gritos, sino que emanaba de su profundo conocimiento de las costumbres y de su amor incondicional por su pueblo.

     Más allá de las celebraciones, Graciela era una maestra en el sentido más amplio de la palabra. En su patio, bajo la sombra generosa de un tamarindo, reunía a las madres y jóvenes del vecindario y les enseñaba los secretos de la cultura local. Pero su mayor legado residía en la transmisión oral de aquellos relatos que daban forma a la identidad de Ocumare. Con una voz llena de matices, les contaba las leyendas de los indios quiriquires, la historia de Mauricio y las anécdotas de los viejos del pueblo, preservando así un tesoro intangible que no cabía en ningún libro.

     Su nombre, Graciela Cortez, no resonaba en los libros escolares, ni su rostro aparecía en las revistas y periódicos de gran circulación. Sin embargo, en cada nota de una parranda, en cada verso de un velorio, en cada sabor de un zarao, en cada relato transmitido al oído de un joven, su presencia era palpable, como la brisa fresca que recorría el valle al atardecer.

    Graciela, es considerada un símbolo de la resistencia cultural afrotuyera, representando a esas figuras silenciosas, a esos pilares anónimos que sostienen la rica armazón cultural de nuestros pueblos. Es la encarnación de la tradición cultural en su máxima expresión, la guardiana de un legado que se transmite de corazón a corazón, de generación en generación. Su vida, tejida con los hilos de la tradición y el amor por su tierra, representa un canto constante a la identidad de Ocumare del Tuy, demostrando que la verdadera historia de un pueblo se escribe no solo en los libros, sino también en la memoria viva de su gente, en el eco persistente de un tambor que sigue latiendo con fuerza en el corazón de los Valles del Tuy.

27 de abril de 2025

El Rugir de la Libertad. (Por el Prof. José Núñez)

     

  El amanecer del 12 de febrero de 1814 se alzaba sobre los valles de Aragua con un fulgor que presagiaba el destino de una nación. El cielo, pintado de tonos dorados y carmesí, se extendía como un manto sobre el campo de batalla, donde la libertad y la tiranía se enfrentaban en un duelo épico, histórico. En el corazón de aquel valle, la ciudad de La Victoria se erguía como un bastión de esperanza, custodiada por el indomable espíritu de José Félix Ribas y sus valientes jóvenes soldados.

    Ribas, con el fuego de la patria ardiendo en su mirada, arengó a sus tropas con palabras que resonaron como truenos en el alma de cada uno de ellos: “¡Soldados! Hoy no luchamos solo por nuestra tierra, sino por el futuro de nuestras familias, por la dignidad de nuestro pueblo. ¡Hoy, la gloria nos espera, y la muerte no será más que un paso hacia la inmortalidad!”. Su voz, cargada de pasión, se inflamó como un canto en los corazones de aquellos jóvenes, casi niños, muchos de ellos estudiantes aún, quiénes decidieron empuñar las armas con la determinación de gigantes.

     El enemigo, las fuerzas realistas, comandadas por José Tomás Boves, avanzaba como una sombra oscura, un monstruo de hierro y fuego que buscaba devorar la luz de la libertad. Sus filas, numerosas y bien armadas, parecían invencibles, pero Ribas, con la astucia de un lobo y la valentía de un león, supo que la verdadera fuerza está en el coraje y la convicción de carácter.

     El fragor de la batalla estalló como una tormenta repentina. Los cañones rugieron, desgarrando el silencio con su estruendo, y el humo de la pólvora envolvió el campo con un velo gris. Los jóvenes patriotas, con sus uniformes raídos, pero sus espíritus indomables, se lanzaron al combate con un grito que parecía sacado de las entrañas mismas de la tierra: “¡Viva la patria!”. Cada golpe de sus espadas, cada disparo de sus fusiles, era un canto a la libertad, una estrofa de un poema épico que se escribía, aquella mañana, con sangre y valor.

     Ribas, montado en su corcel, era la encarnación misma de la resistencia. Su figura, envuelta en el humo de la batalla parecía un espectro de la guerra, incansable y feroz. Con cada orden, con cada movimiento, guiaba a sus hombres como un maestro dirige una sinfonía, donde el sonido de las balas y los gritos de los combatientes eran las notas de una melodía trágica y hermosa.

     Las horas pasaron, y el sol, testigo mudo de aquella contienda, comenzó a declinar en el horizonte. La batalla era una danza frenética, un torbellino de vida y muerte. Los jóvenes, agotados pero imbatibles, resistieron cada embestida del enemigo con una tenacidad que parecía sobrenatural. Y entonces, cuando el día agonizaba, llegó el momento decisivo. Ribas, con una mirada que brillaba como el acero de su espada, ordenó la carga final.

     “¡Adelante, hijos de la patria! ¡Por la libertad, por la gloria, por Venezuela!”, gritó, y sus palabras fueron como un rayo que electrizó a sus hombres. Con un ímpetu arrollador, los patriotas se lanzaron sobre el enemigo, rompiendo sus filas como un río desbordado que arrasa todo a su paso. El grito de victoria se alzó como un trueno, y las fuerzas de Boves, derrotadas, huyeron en desbandada.

     El campo de batalla, cubierto de los restos de la lucha, quedó en silencio. El sol, ya en el ocaso, tiñó de rojo el cielo, como si la tierra misma llorara a sus hijos caídos. Ribas, con el rostro cansado pero iluminado por la victoria, miró a sus hombres y supo que aquel día no solo habían ganado una batalla, sino que habían forjado el alma de una nación.

     La Batalla de La Victoria se convirtió en un símbolo eterno de coraje y sacrificio. Aquellos jóvenes, muchos de los cuales no verían el amanecer del día siguiente, se convirtieron en héroes inmortales, sus nombres quedaron grabados en el mármol de la historia. Y Ribas, el león de La Victoria, pasó a la posteridad como un titán de la libertad, un hombre cuyo espíritu indomable iluminó el camino hacia la independencia.

24 de diciembre de 2024

En la cumbre de Ayacucho. (Por el Prof. José Núñez)

       

   El viento azotaba el rostro del futuro Mariscal, llevándose consigo el aliento de las alturas andinas. Desde la cima de Ayacucho, observaba el inmenso y accidentado campo de batalla, un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente. La responsabilidad pesaba sobre sus hombros, como una losa de granito. Era el año 1824, y la suerte de América del Sur pendía de un hilo muy delgado.

     Antonio José de Sucre, con la mirada fija en la fría y húmeda serranía, repasaba mentalmente su estrategia. Sabía que la victoria no estaba asegurada, que el ejército realista, curtido en mil batallas, lucharía con ferocidad. Pero también sabía que llevaba consigo la confianza del Libertador, que lo impulsaba en una batalla que se desataba con una furia inusitada. El estruendo de los cañones retumbaba en los Andes, mientras las balas surcaban el aire, segando vidas de bando y bando. Sucre, al frente de sus tropas, inspiraba valor y coraje, bajo los buenos augurios de un majestuoso cóndor que sobrevolaba el campo de batalla, animando a las tropas patriotas con sus roncos aullidos. Sucre, cabalgaba de un lado a otro, animando a sus soldados, asegurándose de que cada movimiento fuera preciso y letal.

     La lucha fue encarnizada, los realistas resistieron con bravura, pero la disciplina y determinación de los patriotas prevalecieron.

     Sucre, victorioso pero con el rostro marcado por la fatiga y la emoción, contempló el campo de batalla. La libertad había triunfado. En ese instante, comprendió que había cumplido con su misión, la tarea encomendada por el Libertador. La batalla de Ayacucho, no solo había sellado la independencia del Perú, sino que había abierto las puertas a un nuevo amanecer para toda América. Desde entonces, el nombre de Antonio José de Sucre quedó grabado en la historia como el Gran Mariscal de Ayacucho, el hombre que, en la cumbre de los Andes, forjó el destino de un continente.

Video presentado por los estudiantes Jonatan Espina y Yarislet Correa de 5to año sección A, del C.E.E . Monseñor Rafael Pérez León, con motivo del Bicentenario de la Batalla de Ayacucho.

Un eco en el corazón de los tuyeros. (Por el Prof. José Núñez)

     
     En Ocumare, en el corazón del Tuy, donde el tiempo parece transcurrir más despacio que en otros lugares, está ubicado el Liceo Juan Antonio Pérez Bonalde. Sus aulas, testigos mudos de sueños y anhelos adolescentes, vieron pasar generaciones de estudiantes que, con el paso de los años, se convirtieron en los lideres de la comunidad.

     Pero en aquella época, en los años sesenta, el liceo representaba mucho más que un simple centro educativo. Era un faro de cultura, un espacio donde se recibían las mentes más brillantes de Venezuela. Semanalmente, sus pasillos se engalanaban con las ideas de intelectuales como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, José Ramón Medina y Luis Pastori, quienes compartían sus conocimientos con los jóvenes estudiantes.

     Una tarde, mientras el sol se filtraba por las ventanas, traspasando el follaje de los arboles de la plaza Ribas, un acontecimiento histórico tuvo lugar en el liceo. Don Pablo Neruda, el poeta chileno cuya conexión con la naturaleza y la sociedad conmovía a todo un continente, visitó este rinconcito del Tuy. Sus versos, cargados de pasión y esperanza, resonaron en las paredes de la institución, y su eco creó un momento mágico. Neruda con su mirada penetrante, había encontrado en Venezuela una inspiración profunda, una tierra que luchaba por su identidad y su libertad.

     Los estudiantes, conmovidos por la presencia del gran poeta, se sentían parte de algo más grande que ellos mimos. En aquellos años, el liceo era un hervidero de ideas y debates. Jóvenes comprometidos con la causa democrática y otros entusiasmados con la revolución cubana, convivían en armonía, demostrando que la diversidad de pensamiento podía coexistir con el respeto mutuo.

     Hoy, algunas décadas después, algunos de aquellos estudiantes recuerdan con nostalgia esos años. El liceo había sido su hogar, su refugio, el lugar donde habían forjado amistades que se mantendrían en el tiempo. Y aunque el mundo ha cambiado mucho desde entonces, el espíritu de aquel liceo sigue vivo en el corazón de quienes han tenido la suerte de estudiar allí.

     El liceo Juan Antonio Pérez Bonalde, la primera casa de estudios del Tuy, ha sido mucho más que un simple edificio. Representa un crisol de ideas, un semillero de talentos y un lugar donde la poesía encontró un eco profundo en el alma de los tuyeros. Y así, seguro estoy, su legado perdurará por siempre, como un faro que ilumina el camino de las nuevas generaciones.

En la gráfica: la Profesora Agustina Martineau de Hernández, Subdirectora del Liceo Pérez Bonalde, el Poeta Pablo Neruda, el Profesor Mendoza, Director del Liceo y el Estudiante Ángel Rafael Orihuela (quien en el futuro sería Ministro de Sanidad y Asistencia Social y Profesor de la UCV).

23 de diciembre de 2024

Mis recuerdos de Ocumare (Por el Prof. José Núñez))

     Ocumare era como un museo viviente para mí. Cada rincón, cada sonido, cada aroma, eran pinturas que se grababan en mi memoria. Las tardes, especialmente, eran mágicas. El sol empezaba a despedirse, tiñendo el cielo de colores cálidos,  mientras el olor a cuero curtido y madera recién cortada, se mezclaba con el perfume de las flores silvestres.

     Mi abuela me tomaba de la mano y salíamos a recorrer el pueblo. Los artesanos, con su manos curtidas por el trabajo, creaban verdaderas obras de arte. Veía como las alpargatas cobraban vida bajo las hábiles manos del talabartero, y los sombreros de cogollo se transformaban en elegantes accesorios. El aroma del barro cocido me llevaba hasta los alfareros, donde las tinajas y pimpinas tomaban forma en sus manos.

     Pero lo que más me gustaba era el río Ocumarito. Su aguas cristalinas nos invitaban a bañarnos, mientras las abuelas aprovechaban para lavar la ropa. Mi abuelo, con su paciencia infinita, me enseñaba a lanzar el anzuelo. Y cuando por fin sentíamos el tirón de un pez, la emoción era indescriptible. Después, con leña recolectada en los alrededores, preparábamos un delicioso sancocho de corroncho. El sabor ahumado de la sopa se mezclaba con las hierbas aromáticas, creando un plato que era una verdadera fiesta para el paladar.

     Al caer la noche, nos reuníamos alrededor de una fogata. Mi abuela nos contaba las historias de Mauricio, el encanto y de fantasmas y duendes que habitaban por las montañas de La Guamita. El manto de la noche nos envolvía con una sensación de ternura y bienestar.

     Aquellos días en Ocumare fueron los más felices de mi infancia. Los paseos por el pueblo, el olor a tierra mojada, el sabor del sancocho, pero sobre todo, la calidez de las personas que allí vivían, quedaron grabados en mi corazón. Cada vez que cierro los ojos, puedo volver a sentir la emoción de aquellos años.