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26 de enero de 2026

El León de la República

El sol de enero, más intenso que nunca, caía como plomo derretido sobre los llanos de Tucupido; palidecía, no obstante, al compararse con el temple de aquel hombre que, aun rodeado de bayonetas sedientas de venganza, mantenía la cerviz erguida. José Félix Ribas, el general de los ojos de cielo y alma de acero, caminaba hacia la muerte con la misma templanza con la que un día, en la cuadra de los Bolívar a orillas del Guaire, juró que el cacao de estas tierras no volvería a endulzar paladares monárquicos.

Ribas era un mantuano de carácter soberbio y orgulloso, pero bajo su casaca de hidalgo latía un corazón de pardo. No le tembló el pulso para encadenar a su propio sobrino, el joven Simón, cuando la duda empañó la guerra; porque para el «León de la República», la libertad era un fuego que no admitía vacilaciones ni parentescos. Era el soldado de bigote tupido y gorro frigio a quien los realistas veían como un presagio de muerte.

—¡Es necesario vencer! —había gritado en La Victoria cuando los jóvenes seminaristas, con manos que apenas sabían de rosarios, tuvieron que empuñar el fusil frente a la «Legión Infernal» de Boves. Aquel día de 1814, el cielo se tiñó de pólvora y el milagro se hizo carne entre los estudiantes. Ribas, impetuoso como un rayo en la tormenta, no era un hombre cualquiera, era un hombre de barro, sudor y fe ciega en sus convicciones cristianas.

Pero la fortuna, esa deidad caprichosa que suele abandonar a los valientes, le dio la espalda en los campos de Urica y Maturín. El desierto de la derrota lo encontró acompañado solo por su sombra, un sobrino fiel y un criado. De allí nació la traición, personificada en el esclavo Concepción González, la cual puso grillos en las manos que antes habían humillado a Monteverde.

En la plaza de Tucupido, el bullicio era una mezcla de odio y miedo. Los mismos a quienes él llamó a la libertad ahora le proferían insultos que rebotaban en su pecho de hierro. El 31 de enero de 1815, Ribas no pestañeó. Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza, roto solo por el eco de las descargas y el júbilo cruel de sus verdugos. Las balas rasgaron el aire y el cuerpo del guerrero se desplomó. Pero la saña de los realistas no se sació con su último aliento.

El espanto se hizo monumento poco después cuando, en la Puerta de Caracas, en lo alto de una viga, fue colocada dentro de una jaula la cabeza de José Félix Ribas, como mirando al valle que lo vio combatir. Estaba frita en aceite, macabra ofrenda para inspirar terror, coronada todavía por aquel gorro rojo que se negaba a perder su color frente a su cuerpo desmembrado. Los realistas reían, creyendo haber derrotado la revolución en un caldero; no entendían que, mientras el aceite chisporroteaba, la leyenda del León apenas comenzaba a rugir en las gargantas de un pueblo que ya no mordería jamás el polvo.

El Abel de América

Dónde los vientos alisios del caribe mecen las esbeltas palmeras y las olas del mar besan las costas de Cumaná,  nació el 3 de febrero de 1795 un niño destinado a calzar las espuelas de la libertad. Antonio José era de estirpe noble, pero su verdadera alcurnia no residía en la fortuna de los Sucre y Alcalá, sino en la limpieza de su mirada y la rectitud de su carácter, que recordaba a un junco de bambú: se dobla ante los fuertes vientos, pero no se quiebra.

La infancia de «Abel» —como lo llamaría más tarde Bolívar con afecto casi paternal— transcurrió entre el aroma a salitre y el murmullo de las palmeras. Sin embargo, el rugir de los cañones de 1810 rompió la quietud de los patios coloniales. Antonio José, con apenas quince años, cambió la pluma por la espada y dejó atrás la comodidad del hogar para fundirse en el crisol de la guerra.

Era un joven de modales exquisitos, pero, a la vez, de ferocidad estratégica en el campo de batalla. Mientras otros buscaban la gloria en la lisonja y la adulación, él la encontraba en la precisión de la logística. Se decía en los campamentos que Sucre no solo mandaba hombres, sino que gobernaba el tiempo, anticipándose siempre a los movimientos del enemigo.

El destino, ese tejedor invisible, cruzó sus pasos con los de Simón Bolívar. La relación entre ambos fue una sinfonía de lealtad: Bolívar era el rayo que incendiaba las cimas; Sucre, la luz serena que guiaba el camino tras la tormenta. En las frías alturas de los Andes, demostró que su alma era de acero templado. En Pichincha, el humo de la pólvora se mezcló con la neblina de las montañas ecuatorianas; allí, el joven general entregó a Quito las llaves de la libertad, no con la arrogancia del conquistador, sino con la humildad del libertador.

El cénit de su epopeya tuvo lugar en la pampa peruana. El 9 de diciembre de 1824, el sol de los incas, sobre el cielo de los cóndores, fue testigo de la batalla de Ayacucho. Frente al virrey La Serna, Sucre desplegó su genio. Sus palabras antes del combate resonaron como un eco eterno:

> «¡Soldados! De los esfuerzos de hoy depende la suerte de la América del Sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia».

La victoria fue absoluta. Sin embargo, lo que más brilló aquel día no fueron las bayonetas, sino la capitulación redactada por el propio Sucre. Fue un documento de una nobleza inaudita, pues trató al vencido con la dignidad de un hermano, prohibiendo el saqueo y la humillación. Aquel gesto le valió el título de Gran Mariscal de Ayacucho.

Pero la envidia, esa sombra que persigue a los hombres de luz, empezó a tejer su red. Tras fundar Bolivia y servir con desvelo a la Gran Colombia, Sucre solo anhelaba el regreso a Quito, al calor del hogar y de su amada Mariana Carcelén, la marquesa de Solanda.

El 4 de junio de 1830, en la espesura de la selva de Berruecos, cuatro disparos rasgaron el silencio del monte. La traición, agazapada entre los árboles, segó la vida del más puro de los próceres. Cuentan los campesinos que aquel día la montaña lloró y el cielo se tiñó del color de la sangre derramada.

Sucre cayó del caballo, pero entró de golpe en la inmortalidad. Se fue el hombre, pero quedó el símbolo: el del caballero sin tacha, el estratega sin ambición de mando y el hijo más leal de una América que aún hoy, al sentir el viento de los Andes, cree escuchar el galope de su cabalgadura.

12 de enero de 2026

La Batería de las Mujeres

Bajo un cielo gris, Marta Cumbale recordaba el mar. No el mar de Güiria, su pueblo natal, donde las olas besaban la costa salitre y tibia, sino el mar interior que llevaba por dentro: un océano de recuerdos ancestrales de tambores callados y cadenas rotas. Aquel 25 de mayo de 1813, en la llanura ardiente de Maturín, el aire olía a tierra chamuscada, cenizas y a libertad. Era un olor nuevo, que se le calaba en el pecho como un segundo corazón.

—¡Carguen con coraje, no con miedo! —tronó la voz de Juana, La Avanzadora, cortando el silencio como un machete corta la caña.

Marta apretó el armazón del cañón con sus manos curtidas por el sol y el trabajo de sierva liberta, encontrando en el frío metal una extraña familiaridad. No era la primera vez. Ya había estado en combates anteriores, cinco combates antes que este; cinco cicatrices en el cuerpo de la patria naciente. Pero la batalla del Alto de los Godos, comandada por el General patriota José Félix Rivas y el Coronel Manuel Cedeño, tenía otro sabor. Monteverde venía con la furia de un imperio herido, y el destino de la revolución pendía de un hilo más fino que el de la araña que teje su tela en las paredes.

La Batería de las Mujeres no era un puesto de honor; era un acto sublime de amor y sacrificio. Allí, entre el estruendo y el humo, se alzaba el eco de una Venezuela que pujaba por nacer: María Antonia Palacios, con sus setenta años tallados en el rostro como mapas de resistencia, vendaba a un muchacho que no llegaba a los veinte. Rosa Gómez, con voz de soprano transformada en tono de contralto, cargaba balas como si fueran frutos de una cosecha urgente. Dolores Betancourt —cuyo nombre era un presagio— entonaba oraciones a Dios mientras limpiaba la mecha de los fusiles. El valor, Marta lo comprendía ahora, no era la ausencia de miedo, sino la decisión de actuar a pesar de su latido feroz en las sienes.

De pronto, la tierra se estremeció. Un estampido seco, luego otro, y el campo se llenó de sombras que avanzaban como langostas en los cultivos. El aire se puso pesado con el silbido de los proyectiles. Marta, junto a Carmen Lanz y Luisa Gutiérrez, operaban los cañones con una sincronía surgida de la urgencia.

—¡Ahora! —gritó Marta, y el cañón escupió fuego y furia.

El retroceso le sacudió los huesos, pero en sus ojos brilló una chispa de su rabia antigua. No luchaba solo contra Monteverde; luchaba contra el amo de las haciendas de cacao, contra el frío hierro del grillete, contra el silencio impuesto a sus ancestros bajo el cepo inclemente. Cada disparo era una palabra recuperada, un tambor que resonaba de nuevo desde el fondo de los tiempos.

En un momento de tregua, mientras reacomodaban la pólvora, vio a Isidora Argote y a Vicenta Gómez arrastrar a un soldado realista herido hasta la retaguardia. La compasión, incluso para el enemigo, no se había ido. Era otra forma de humanidad, otra trinchera. Eusebia Ramírez, hermana de Juana, pasó con un cántaro de agua. El líquido, más preciado que el oro en aquel infierno, lo repartía con equidad: primero para los heridos más graves, luego para las bocas secas que seguían combatiendo.

—Toma, Marta —le dijo Eusebia, ofreciéndole un sorbo—. El sudor de hoy es el riego de la libertad de mañana.

La batalla era un torbellino. Marta, en un instante de lucidez en medio del caos, tuvo una visión: no eran solo mujeres en un campo de batalla. Eran una sinfonía de resistencia. Juana, la directora implacable; Rosalía Uva, cuya voz calmada era un bálsamo; Josefa Barroso, que con sus refranes animaba a las desfallecidas; Lorenza Rondón, cuyas manos pequeñas manejaban el rodillo de pólvora con precisión de relojera. Cada una, una nota esencial en el canto colectivo que se alzaba contra el trueno de los cañones realistas.

Al caer la tarde, cuando el sol se ocultó tras una cortina de humo y polvo, la línea enemiga comenzó a ceder. El grito de “¡Retirada!” del bando realista sonó como una música celestial. La plaza de Maturín, testigo mudo del horror, quedó en manos de los patriotas. La victoria tenía sabor a pólvora, a tierra y a lágrimas secas.

Marta, exhausta, se apoyó en el cañón aún caliente. Sus manos estaban negras de quemaduras y sudor. Miró a su alrededor. Allí estaban todas: las nombradas y las anónimas, las que la historia recordaría y las que se perderían en el polvo de los archivos. Pero en ese momento, bajo el crepúsculo sangrante, eran invencibles.

Marta Cumbale no murió en la batalla. Vivió lo suficiente para ver a la patria tambalearse y consolidarse, para envejecer con el recuerdo del mar de Güiria y el olor a pólvora de Maturín entretejidos en su alma. Partió de este mundo y fue sepultada el 28 diciembre de 1864, cuando la Venezuela independiente, aunque herida por nuevas contiendas, ya respiraba con pulmones propios.

10 de enero de 2026

Bajo el Sol de la Traición

10 de enero de 1860, bajo un sol implacable en los llanos venezolanos, frente a las murallas de San Carlos, la ciudad se encontraba sitiada por las fuerzas federalistas que aguardaban el asalto final. Allí estaba el general Ezequiel Zamora, líder de la causa popular y esperanza de los desposeídos. Con su característico lema de «Tierras y hombres libres», Zamora no solo comandaba un ejército, sino que encabezaba un movimiento social que buscaba derrocar los privilegios de la oligarquía.

A medida que caía la tarde, se evidenciaba una fractura interna en el bando federal. Mientras Zamora se preparaba para el combate con determinación inquebrantable, sus aliados políticos —entre ellos Falcón— le sugerían prudencia y negociación. Zamora rechazó estas posturas y denunció que la prudencia es, a menudo, el disfraz de la cobardía de quienes no conocen el hambre. Para el General del Pueblo Soberano, la federación no era un simple concepto legal o burocrático, sino una necesidad vital de justicia social: el pan y la tierra. Esta brecha ideológica marcó la soledad del líder, quien sospechaba que sus propios compañeros veían su radicalismo como un obstáculo para sus ansias de poder.

En un momento aciago, mientras Zamora señalaba el punto de ataque en la muralla, un disparo certero lo alcanzó en el rostro. Una bala traidora lo derribó como a un roble. Su muerte fue instantánea y causó un silencio ensordecedor que fracturó el tiempo; con la caída del líder, la luz de la revolución pareció apagarse para sus soldados.

La muerte de Zamora no fue un simple azar de la guerra. En el puesto de mando, Juan Crisóstomo Falcón y Antonio Guzmán Blanco recibieron la noticia con un alivio apenas disimulado. Para ellos, Zamora era un torrente incontrolable que amenazaba con arrasar el orden social que ellos pretendían heredar. Los líderes decidieron ocultar la verdad y enterrar el cuerpo en secreto para evitar un seguro levantamiento popular. Con Zamora fuera del camino, la federación quedaba despojada de sus promesas de justicia para el campesinado.

La guerra continuó por tres años más, pero terminó en el Tratado de Coche: un acuerdo entre élites que dejaría las promesas de tierras y hombres libres en el olvido.

 Zamora no murió por una bala enemiga, sino por la traición de quienes temían la magnitud de sus sueños. El sonido que aún persiste en San Carlos no es solo el del fusil, sino el eco de una conspiración que enterró la esperanza de un pueblo bajo el sol inclemente de la llanura venezolana.

17 de diciembre de 2025

Las Dos Muertes del Libertador

El sol de la mañana del 17 de diciembre irrumpió sobre la Quinta San Pedro Alejandrino con una luz amarilla, lánguida, que se filtraba entre las hojas de los árboles. No era el sol triunfal de Boyacá, sino un sol taciturno, como un presagio mortal que flotaba sobre las palmeras. En el aposento humilde de aquella casa yacía el hombre que había cabalgado sobre los Andes, ahora un espectro de sí mismo, consumido por la tisis devoradora.

El doctor Révérend, con la frente perlada de sudor y una mueca apretada de dolor, observaba el pulso que se desvanecía. Sentía el silencio denso y pastoso, presagio de la inminente tragedia; un silencio solo roto por el tintineo monótono de una cucharilla contra una taza, donde el doctor preparaba inútiles estimulantes.

Bolívar, el otrora trueno de Carabobo, era ahora un susurro débil. Su respiración, un hilo escaso y sibilante, se esforzaba por capturar un poco de aquel aire caliente. Su mente delirante, sin embargo, parecía batallar en otra dimensión. Abrió los ojos, dos ascuas apagadas en el pálido rostro:

—¡Vámonos! ¡Esta gente no nos quiere! —ordenó con una voz que, aunque quebrada, conservaba el eco de mando de un general.

Sus ojos se fijaron en un punto invisible más allá de la ventana, observando el mar que lo había traído hasta allí.

Era la una y tres minutos de la tarde. El sol de la costa se había elevado hasta su cenit, pero en aquella habitación la luz se retiraba de golpe. El último aliento fue un gemido callado. Afuera, entre las palmeras, un cristofué cantó fuerte, ajeno a aquel drama.

El Libertador, el “Hombre de las Dificultades”, finalmente encontró la paz. Los héroes, a veces, necesitan morir dos veces: una en el alma, viendo desvanecerse la obra, y otra en el cuerpo. Aquella tarde de diciembre, también la Gran Colombia agonizó junto a su creador, dejando un vacío profundo y helado en el corazón de América.

15 de diciembre de 2025

El Manifiesto de Cartagena

Diciembre de 1812. Cartagena de Indias olía a sal, pescado podrido y derrota. Mientras, en una posada de la Calle de la Moneda, el rumor del mar se colaba por las maderas carcomidas, mezclándose con el eco lejano de las olas. Simón Bolívar, pálido y con la ropa empapada de sudor, escribía como poseído. Fernando Rodríguez del Toro, sentado en un rincón, observaba la sombra de Bolívar danzar en la pared como un hombre acorralado.

—¡Un gobierno de poetas, Fernando! —exclamó Bolívar de pronto, levantando la vista. Sus ojos brillaban con fiebre—. Nos deslumbraron las palabras bonitas mientras Monteverde nos gobernaba con plomo.

La pluma, empuñada como un sable, volvía al ataque sobre el papel.

Fernando recordaba aquel desfile de errores: los discursos interminables en Caracas mientras los realistas se reorganizaban, la clemencia que habían llamado «humanidad», el federalismo que convertía cada provincia en un reino de parcialidades. Lo veía claro ahora, como se ven las cosas cuando ya se han roto.

La pluma se deslizaba sobre el papel describiendo aquella «anarquía interior» que había devorado a la Primera República. Cada frase era un latigazo. Cuando mencionaba a Miranda, su mano temblaba levemente. El Precursor ya no era un héroe, sino el hombre que había firmado la capitulación, el general que había cambiado la espada por las negociaciones.

De la calle llegaban los pregones de los vendedores de arepas, el traqueteo de los carruajes, la vida que seguía su curso indiferente al naufragio de la patria. Pero en aquel cuarto, el tiempo se había detenido en los campos de batalla perdidos, en las ciudades que caían como frutos maduros, en el eco de las traiciones.

Cuando Bolívar leyó en voz alta la condena al sistema federal, su voz tenía el sonido seco de los huesos: «Fue el débil hilo con el que quisimos atar al coloso». Fernando asintió, recordando cómo cada provincia tiraba para su lado mientras el enemigo avanzaba.

Al amanecer, cuando los gallos anunciaron el nuevo día, Bolívar apartó la pluma. El Manifiesto estaba terminado. Sobre la mesa yacía no solo un análisis, sino un parte de guerra contra su propio pasado.

—Que lo lean en Bogotá, que lo sepan en Tunja —dijo Bolívar, limpiándose la tinta de los dedos—. Que sepan por qué caímos, para que no volvamos a tropezar con la misma piedra.

Fernando recogió las páginas. Aquellas palabras, húmedas aún, parecían sangrar. Afuera, Cartagena despertaba. En el muelle, los barcos se mecían sobre el agua como promesas de nuevos combates. El fracaso, ahora, tenía nombre y apellido.

11 de diciembre de 2025

El Decreto de la Esperanza

En Chuquisaca, el 11 de diciembre de 1825, el Gran Mariscal de Ayacucho aguardaba con impaciencia. La ciudad, aún herida por la guerra, respiraba un aire de incertidumbre.

Sucre, lleno de fervor, analiza la importancia de aquel día: el Libertador Simón Bolívar firmará un decreto que representa la semilla de un nuevo orden para la recién nacida nación. "Este decreto establece que el primer deber del gobierno es dar al pueblo una educación uniforme y general. Se crearán escuelas primarias y colegios de ciencias en cada capital, pues la salud de la República depende de la moral y la instrucción que adquieran sus ciudadanos en la infancia".

 El repique de la campana de la Universidad confirma que ese momento ha llegado. Sucre se dirige con determinación a la Casa de la Libertad.

Allí, en un acto cargado de solemnidad, Bolívar firma el histórico decreto del 11 de diciembre. El doctor José Mariano de Serrano, Presidente del Congreso, avala el acto y asegura que este documento se convertirá en bálsamo para las heridas de la patria y una garantía de justicia. Además de sentar las bases educativas, el Libertador, con una visión de futuro, también promulga otros decretos cruciales: la abolición del infame tributo indígena, la prohibición de la servidumbre forzada y una serie de disposiciones para proteger los recursos naturales, como la reforestación y la conservación de las aguas, como pilares fundamentales para la riqueza de la nación.

Al anochecer, Sucre regresa transformado, con la serenidad del deber cumplido, convencido de que este decreto significa que la ley será un escudo para todos y marcará un rumbo de unidad y progreso. "El Libertador no solo nos dio una nación; nos dio una República cimentada en la razón, la ley y el respeto por el hombre y la tierra. La educación y la justicia para nuestros pueblos originarios son la prueba de que el nuevo orden es un amanecer".

La recién nacida República pretende, entonces, que la grandeza del decreto no se quede solo en el papel, sino que siembre semillas de esperanza en el corazón de jóvenes estudiantes y del pueblo en general, para que se esfuercen por un futuro de paz y trabajo, dejando atrás los ecos amargos de la guerra.

10 de diciembre de 2025

La Última Proclama del Libertador

10 de diciembre de 1830, Hacienda San Pedro Alejandrino, Santa Marta. La tarde caribeña cubría la casa con una luz dorada y melancólica. En su lecho de muerte, el Libertador, consumido por la fiebre y la decepción, dictaba sus últimas palabras. Su voz, antes un clarín que convocaba pueblos, era ahora un susurro áspero, como un rumor de hojas arrastradas por el viento.

Ante la pluma del amigo de siempre, Juan José Flores, Bolívar comenzó su última proclama. Recordó, con una fatiga infinita, sus esfuerzos por cimentar la libertad de la Patria toda donde antes reinaba la tiranía. Habló del desinterés que lo llevó a abandonar fortuna y tranquilidad, y de su renuncia al mando al sentir la desconfianza de algunos. Mencionó a sus enemigos, quienes defraudaron lo que más sagrado tenía: su reputación y su amor a la libertad. Pero entonces, con una serenidad que heló el alma de los presentes, proclamó unas palabras que retumbaron en la habitación, con una fuerza que salía de lo más profundo de su ser: "Yo los perdono". Era el perdón del que mira desde el borde de la eternidad.

Su cariño por la patria lo obligaba a manifestar sus últimos deseos. No aspiraba a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Con ritmo pausado y melancólico, demandó a todos a trabajar por la unión de los pueblos, obedeciendo al gobierno para escapar de la anarquía; pidió dirigir sus oraciones al cielo; y a los militares los animó a emplear sus espadas para defender las garantías sociales. Era un llamado, en una armonía perfecta, dirigida a sanar la discordia.

Luego vino el momento sublime, el apóstrofe final dirigido al corazón de la patria que se desmoronaba: "¡Colombianos! ¡Mis últimos votos son por vuestra felicidad!" Y entonces, la imagen poderosa que selló su testamento, sus últimas palabras: "Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro." Ofrecía su suerte como un sacrificio final, un último trueque: su descenso en paz, por la paz de la nación.

Flores terminó de escribir. Bolívar cerró los ojos, agotado. El mar siguió su ritmo eterno. La tinta se secó sobre el papel, fijando para la historia un documento que era a la vez perdón, proclama y plegaria. La luz de su vida se apagaba, dejando un eco de tristeza en los asistentes —una última, desgarrada y esperanzadora proclama, flotando en el aire salino de la tarde caribeña.

9 de diciembre de 2025

En la Cumbre de Ayacucho.

       

El viento azotaba el rostro del futuro Mariscal, llevándose consigo el aliento de las alturas andinas. Desde la cima de Ayacucho, observaba el inmenso y accidentado campo de batalla, un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente. La responsabilidad pesaba sobre sus hombros, como una losa de granito. Era el año 1824, y la suerte de América del Sur pendía de un hilo muy delgado.

Antonio José de Sucre, con la mirada fija en la fría y húmeda serranía, repasaba mentalmente su estrategia. Sabía que la victoria no estaba asegurada, que el ejército realista, curtido en mil batallas, lucharía con ferocidad. Pero también sabía que llevaba consigo la confianza del Libertador, que lo impulsaba en una batalla que se desataba con una furia inusitada. El estruendo de los cañones retumbaba en los Andes, mientras las balas surcaban el aire, segando vidas de bando y bando. Sucre, al frente de sus tropas, inspiraba valor y coraje, bajo los buenos augurios de un majestuoso cóndor que sobrevolaba el campo de batalla, animando a las tropas patriotas con sus roncos aullidos. Sucre, cabalgaba de un lado a otro, animando a sus soldados, asegurándose de que cada movimiento fuera preciso y letal.

La lucha fue encarnizada, los realistas resistieron con bravura, pero la disciplina y determinación de los patriotas prevalecieron.

Sucre, victorioso pero con el rostro marcado por la fatiga y la emoción, contempló el campo de batalla. La libertad había triunfado. En ese instante, comprendió que había cumplido con su misión, la tarea encomendada por el Libertador. La batalla de Ayacucho, no solo había sellado la independencia del Perú, sino que había abierto las puertas a un nuevo amanecer para toda América. Desde entonces, el nombre de Antonio José de Sucre quedó grabado en la historia como el Gran Mariscal de Ayacucho, el hombre que, en la cumbre de los Andes, forjó el destino de un continente.

Video presentado por los estudiantes Jonatan Espina y Yarislet Correa de 5to año sección A, del C.E.E . Monseñor Rafael Pérez León, con motivo del Bicentenario de la Batalla de Ayacucho.

29 de noviembre de 2025

Entre Silvas y Gramática

Bajo el azul eterno del cielo caraqueño, la figura del joven Andrés Bello se refugiaba en las páginas de los libros. En la quietud del convento de Las Mercedes, aprendió a domar el latín y, años más tarde, extendió esa misma sombra protectora sobre un joven impetuoso: Simón Bolívar, a quien enseñó el poder de las palabras: que "las palabras bien templadas forjan mundos más duraderos que las espadas".

El destino, tejedor de paradojas, lo arrancó de su tierra para lanzarlo a la niebla londinense. Durante casi veinte inviernos, con las sienes plateadas por la nostalgia y el estudio, su mente se convirtió en un crisol donde fundió el derecho y la poesía. Soñaba, en sus "Silvas", con una América vegetal y fértil, un acto de fe contra la añoranza.

Pero el humanista es un árbol, no una semilla errante. Chile, una joven nación de acantilados y voluntad férrea, le ofreció su suelo para que echara raíces profundas. Allí, custodiado por la cordillera, su sombra se hizo gigante. Con paciencia de orfebre, labró la piedra angular de la nueva patria: su pluma, cargada con la sabiduría de tres mundos, trazó el Código Civil que sería su columna vertebral y fundó la Universidad, un faro para iluminar el porvenir.

En medio de aquella febril labor, llegó una carta con sello de la Madre Patria. La Real Academia Española lo nombraba miembro honorario. No era un simple diploma, sino un puente tendido sobre el océano de la independencia. Su "Gramática" abonó el idioma común para que floreciera con nuevos matices en suelo americano.

Bello, sereno bajo la sombra de un olivo que él mismo había plantado, sonrió. Era la consagración de su ideal: que América pudiera crear con voz propia, sin romper el diálogo con la herencia recibida.

Cuando su sombra se apagó en Santiago, su obra ya había echado raíces profundas en el mundo. Hoy, su legado, más duradero que el bronce, permanece como la larga y fértil sombra que un día decidió cobijar a todo un continente.

21 de octubre de 2025

Una Corona entre Cadenas

     
Las tierras de San Felipe, parecían un verde tapiz por su abundante vegetación. Los negros sudaban oro y tormento bajo el sol inclemente de la Provincia de Venezuela, en aquel turbulento siglo XVI. Allí no se escuchaba el canto de los pájaros que acallara el gemido sordo de la mina, donde el aire, denso y pegajoso, olía a polvo, sudor y látigo.

Encadenado al yugo, estaba Miguel, un hombre cuya piel era como la noche profunda y cuyos ojos guardaban el brillo y el fulgor del relámpago. Miguel no era un esclavo cualquiera; era un alma, un espíritu que el hierro no lograba doblegar. La injusticia en aquellas minas era una espina clavada en el pecho de la tierra misma, y Miguel, el Negro Miguel, se hizo la voz que clamaba contra ella.

La opresión no era solo un hambre desesperada por el oro, sino la humillación diaria, el desprecio que caía como granizo amargo. En 1552, una noche sin luna, con el silencio roto solo por el susurro cómplice del río Buría, Miguel se levantó. Su grito de libertad no fue un rugido, sino un trueno seco que despertó a los cimarrones.

La huida fue como una estampida de almas en pena. Se internaron en la espesura de la montaña, donde los árboles eran gigantes protectores y los senderos, venas secretas que solo el monte conocía. Allí, en la selva que se hizo su palacio y su guarida, se fraguó lo impensable: el primer reino negro de América.

Miguel, el esclavo que se había tragado su dolor, se coronó. Se hizo el Rey Miguel I. En un acto de profunda dignidad, tomó la arcilla de sus tradiciones y el fuego de su fe para moldear una nueva sociedad.

Nombró a su compañera, Guiomar, como su reina; una mujer firme como el samán centenario.

Su hijo, pequeño y de ojos curiosos, fue el príncipe, la esperanza viva vestida de futuro.
Miguel estableció ministros y hasta un obispo para una fe pensada en la libertad y la resistencia, uniendo los tambores de África con el misticismo indio de los jirajaras, sus nuevos y leales aliados.

El reino de Buría fue un sueño materializado en las montañas de Venezuela. Sus incursiones contra las haciendas y las minas eran relámpagos de justicia. El miedo español en Nueva Segovia de Buría era un río desbordado, y el nombre del Rey Negro se susurraba con terror y admiración.

La respuesta del Imperio fue, como siempre, el hierro y la pólvora. La rebelión era demasiado luminosa para ser apagada. Refuerzos, como el temido Diego de Losada, se sumaron a la cacería.

La batalla final fue una danza trágica entre la libertad que nacía y la fuerza del poder colonial. Miguel cayó, y su reino fue desmantelado. Los cimarrones fueron regresados a la cadena y el cepo.

Pero, aunque el Rey Miguel murió, su espíritu echó raíces en el monte. Hoy, en el corazón de Yaracuy, cerca de la Cueva del Negro Miguel, la leyenda sigue viva. Su figura es un estandarte inmortal que ondea en la memoria venezolana, recordándonos que la dignidad, aun con cadenas, puede forjar una corona.

20 de octubre de 2025

El Sueño de Samuel

     

Ya anciano, Samuel caminaba junto a Manuelita por la polvorienta ciudad de Paita, un cruce en el camino de los dos. El sol del trópico y la brisa marina mordían su rostro de pergamino, mientras sus ojos, dos brasas de sabiduría antigua, escrutaban un horizonte que nadie más veía. No era Simón, el que enseñaba con letras; era Samuel Robinson, el inventor de sí mismo.

Su legado no era de oro, sino de polvo de estrellas y tiza. En su recuerdo, resaltaba la figura del joven Simón Bolívar, a quien había enseñado a leer en el libro abierto de la vida misma. “¡Volar con alas propias!”, le había dicho un día a aquel muchacho inquieto en Caracas, y esa semilla revolucionaria sembrada, terminaría germinando hasta alcanzar la libertad de medio continente.

Samuel odiaba la retórica vacía de los doctores; él prefería el taller a la clase magistral, un barro suave al cual moldear. No le bastaba con la mera transmisión de información; clamaba por la acción, por la transformación. "Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán quien haga”, pensaba, sabiendo que la verdadera libertad se forja con manos hábiles y mentes aplicadas. Soñaba con escuelas donde el hijo del esclavo y el del hacendado compartieran la misma tijera y el mismo martillo. Sus ideas fueron como castillos en el aire, pero, creados con ingenio y esperanza: una república de iguales donde el pueblo, manos a la obra, se autogobernara.

"¡O inventamos, o erramos!", exclamaba con voz fuerte, reflejo de una luz que nunca se apagaba. Hoy, bajo el mismo sol, sus ideas son un río subterráneo que nutre el ideal de un pueblo: la verdad tangible de que, para ser libres, hay que dejar de ser copias y atreverse a ser originales. Su herencia, pues, es un cincel para labrar la República y un espejo para vernos, por fin, a nosotros mismos.

13 de octubre de 2025

El Delirio del Libertador

Un intenso viento, como una mano helada, azotaba el rostro de Simón Bolívar mientras sus botas se hundían en la nieve eterna. Cada paso era un desafío a la gravedad, un impulso de vida contra la majestad de la montaña. El aire, delgado y cortante como un puñal de cristal, le robaba el aliento, y el mundo de abajo se había reducido a un lienzo borroso de nubes blancas y caprichosas.

Bolívar se sentía diminuto, un insignificante punto en la inmensa arquitectura del mundo. El peso de sus batallas, de sus promesas y de sus victorias se acumulaba sobre sus hombros. Cada una de sus vértebras parecía crujir bajo la carga de una nueva nación. Y en esa soledad, tan vasta como el cielo que lo abrazaba, el cansancio se convirtió en un manto pesado que lo envolvió en un sueño profundo.

En ese mundo de sueños, la montaña cobró vida. Sus rocas, tatuadas por el tiempo, se agitaron con un murmullo de milenios, y el hielo, que resplandecía como millones de diamantes olvidados, se quebró con un susurro. Una voz profunda, la voz de la tierra misma, emergió del corazón de la majestuosa cumbre andina.

"He estado esperándote, hijo de la Patria", exclamó la voz. "He observado tu corazón de guerrero, tu lucha incansable por la libertad. Los hombres y sus imperios son efímeros, como la nieve que se disuelve con el sol. Pero mi historia, la del guardián de los Andes, es la historia del mundo. Tus batallas son solo una pequeña estrofa en un poema infinito que aún no termina".

De pronto, la visión del sueño se hizo aún más extraña. Un anciano con una gran barba de nieve y un rostro como de corteza de árbol apareció de la nada. Sostenía una guadaña en una mano, no para segar vidas, sino para cortar el hilo del presente, y un reloj de arena en la otra. Era el Tiempo. Su presencia era un eco del pasado y un susurro del porvenir.

El Tiempo posó su mano huesuda sobre el hombro de Bolívar. "Tu obra no ha terminado, Libertador. No mires atrás, mira el mañana". Y le mostró una nueva visión. Un vasto continente unido, libre y próspero, donde los ríos de la libertad fluían sin obstáculos y las montañas de la opresión se habían desmoronado. La imagen era tan vívida, tan real, que el corazón de Bolívar se encendió con una nueva esperanza, con la certeza de que su legado no residía solo en las batallas, sino en ese sueño de un futuro unido.

El sueño, como una burbuja de aire que estalla en el vacío, se desvaneció. Bolívar se despertó bañado por los primeros rayos del sol. El viento seguía cortante, pero su corazón, tibio y esperanzado, se había llenado con la visión de la montaña y el Tiempo. Llevaba consigo el peso del universo, la carga de un continente entero, pero también la promesa de un futuro donde los sueños se harían realidad. Y en esa cumbre solitaria, un hombre se sintió, por primera vez, más grande que la propia montaña que acababa de conquistar.

12 de octubre de 2025

Un Cuento de Memoria y Sangre

   
 El sol, implacable, se derramaba sobre el Valle de la Niebla, bañando los techos de teja y las fachadas descoloridas de las humildes viviendas. Era 12 de octubre. No había fiesta. Solo el peso del aire, espeso como el atole de maíz, y el eco silencioso de un grito que se negaba a extinguirse.

Doña Mercedes, la Matrona del caserío, estaba sentada bajo un yagrumo centenario en el frente de su casa, a la orilla del camino. Su rostro, como un mapa de arrugas y sabiduría, dibujado de recuerdos, era el archivo vivo de la comunidad. Hoy no tejía; solo sostenía entre sus manos callosas una pimpina de barro sin pulir, como si contuviera en ella el peso de todos los siglos.

"Mira, hijo," susurró a su nieto, un niño de ojos profundos llamado Mauro, "mira esa palma real, erguida y altiva. ¿Crees que llegó sola? No. La trajeron, como a la caña de azúcar, para que diera dulzor a la boca del amo y amargura a la nuestra".

Mauro jugaba con un trozo de piedra pulida, un legado de sus ancestros. Preguntó: "¿Por qué dicen que vinieron a descubrirnos, abuela? Si nosotros ya teníamos nuestros caminos trazados, nuestros dioses en el aire y nuestras cosechas contadas?"

La anciana suspiró. Y ese suspiro fue un sonido que vibró en el alma, como un tambor lejano, un recuerdo de dolor. "No fue un descubrimiento, mi niño. Fue una invasión, tres rayos con forma de carabelas. Antes de 1492, éramos un mosaico de estrellas: el gran imperio del Quetzal con su política tan compleja como las raíces del mangle. Teníamos todo lo que necesitábamos, un mundo nuestro".

"Pero la llegada, fue una masacre en cámara lenta". "Ellos trajeron el hierro y la cruz, una dualidad asesina. El hierro para matarnos el cuerpo; la cruz para el alma. Millones de almas, se volvieron humo efímero por sus arcabuces".

"Nuestros altares fueron hechos polvo, mientras las lenguas se ahogaban en sus confesionarios. La religión, Maurito, no fue fe; fue un grillete disimulado para justificar la servidumbre. El 'encuentro de culturas' es la miel en el veneno, la lápida que tapa el sepulcro".

"Y por si fuera poco el despojo de la tierra y la sumisión indígena, vino el segundo diluvio," sentenció con voz grave. "Doce millones de almas arrancadas de la piel de África, cruzaron el mar en las bodegas de galeones negreros que eran ataúdes flotantes. El 12 de octubre también  fue la marea negra del tráfico transatlántico de esclavos. Mira, querido nieto, el cemento de esa 'modernidad occidental' que tanto alaban, está hecho con los huesos calcinados de esclavos. Sin esa barbarie, no habría riquezas europeas. La blancura y la pureza de sangre que tanto pregonan es solo la máscara de la codicia, la coartada intelectual para justificar que unos nacieron para mandar y otros para ser pisoteados". "La discriminación racial no es un accidente, mi niño, es la columna vertebral del sistema".

Mauro miró a su abuela. Ella le mostró la pimpina de barro. "¿Crees que se fueron con la independencia? Eso es una ilusión en el papel. El colonialismo aún existe, es un vampiro moderno. Antes se llevaban el oro billante y la plata. Hoy, se llevan el litio, el coltán, y el oro negro. La forma cambió, el fondo, sigue siendo el mismo. La extracción y los aranceles impuestos son las nuevas encomiendas, los latifundios invisibles de las multinacionales".

La abuela señaló un viejo árbol de guayaba con el tronco torcido. "Mira ese guayabo. Está torcido pero no caído". "Así somos nosotros. La pobreza de nuestra gente, la desigualdad que nos azota, la herida que sangra en los cuerpos de las mujeres y los pueblos es el resultado directo, el síntoma físico de siglos de saqueo y exclusión".

La anciana se levantó y su sombra se dibujó en la tierra contra el sol poniente. "No, hijito, el 12 de octubre no es una fiesta. Es un símbolo agrio, el recuerdo de una herida que aún sangra. No necesitamos 'Hispanidad'; necesitamos memoria viva. Hoy es el día de la Resistencia y de la Dignidad Afroindígena. Recordar no es odiar; es trazar la verdad para que el futuro no sea una repetición del pasado. La justicia empieza por nombrar las cosas como son, con su verdadero nombre".

Puso la pimpina de barro en las manos del niño. Mauro sintió su peso, un peso ancestral que no era liviano. La piedra pulida brilló un momento, reflejando su rostro decidido. Mauro, ya no era solo un niño, sino el heredero de la verdad. El eco del yagrumo no era tristeza, sino la promesa de la reparación en cada fibra de su sombra.


10 de octubre de 2025

El Espejo de mi Padre

La tarde se estiraba, perezosa y dorada, sobre el pueblo, y una suave brisa traía el aroma del café recién colado, ese olor a vida lenta que se pega a las conciencias tranquilas. En el pequeño corredor de la casa, a la sombra amable de un viejo almendrón cuyas hojas se desprendían y susurraban secretos al viento, estaba mi padre.

Mi padre no era un hombre robusto, pero sí de carácter inquebrantable: a las seis de la  mañana, su taza de café tinto, su cigarrillo marca Belmont "King Size" y un profundo silencio. En ese momento, se sentía el rey del mundo, distraído en la plácida tarea de ver pasar las nubes de la mañana, dueño del reconocimiento tácito de una vida sin grandes faltas ni estridencias.

Pero una tarde, algo diferente ocurrió. Mientras se alisaba el bigote —una pequeña vanidad de guerrero antiguo—, notó que el espejo de la sala, como testigo mudo y polvoriento, lo miraba disimuladamente. No era el cristal empañado, era la Vejez.

Esta no llegó con trompetas en el fragor de una batalla, sino, como dice el poema, lentamente, inevitable y serena. Se había instalado en el espejo como un huésped silencioso que no pide permiso, sino que simplemente se instala. Y empezó, sin prisa, su faena con los primeros bosquejos.

El primer trazo fue sutil. De pronto, mi padre se vio un mechón más claro, no de luz, sino de plata pura sobre la sien. "Con unas hebras de plata, el tiempo me pintará los cabellos..." recitó su memoria, citando un verso que no sabía que conocía. Luego, notó en el cuello, justo donde la corbata, siempre pulcra, ejercía su presión: una línea, un surco fino como la firma de un sastre sobre la tela de su piel.

La transformación no era solo externa; se sentía como un cambio de estación dentro de él. Sus antiguos caprichos de juventud, ese afán por la aventura y el riesgo, ahora se habían decantado en una especie de paciencia moral. Sintió cómo aumentaban sus incertidumbres e inquietudes.

Y el toque final de esa tarde: sobre la mesa en el centro de la cocina, el paquete de regalo de su hijo mayor. Un par de anteojos de lectura. Al ponérselos, el periódico se hizo dolorosamente más legible. Las letras ya no se le escapaban, pero las noticias ahora lo hacían sufrir con una claridad inmediata. La Vejez le había dado una lupa para ver mejor las penas del mundo.

Los meses se apretujaban unos sobre otros como cartas enviadas y olvidadas. Su amigo, el joven Dr. Lizardo, un hombre con alma de poeta y cara de vagabundo, fue el siguiente cómplice de la Vejez.

El doctor, le dijo a mi padre, con esa seriedad que solo da la experiencia: "el cigarro ya no va". "El catarro, me temo, viene ganando terreno".
Y así, con la aceptación de las palabras del médico, aceptó la vejez como un nuevo compañero de viaje. Mi padre fue podando los placeres y las libertades con una admirable destreza.

La Vejez le quitó a sus manos toda su antigua firmeza. Ahora estas temblaban un poco al sostener la taza, como las hojas del almendrón al final del verano. Mi viejo, de repente, se convirtió en un gran conversador; leía mucho, recostado sobre la cama con la suave, cálida y, a su juicio, ridícula pijama nueva que le había regalado mamá.

Día tras día, aumentaba su demanda de atenciones. Un dolor en las rodillas que le recordaba, sin falta, que el clima estaba por cambiar. La Vejez era, sin duda, la más dura de las dictaduras.

Pero mi padre no se rendía al pesimismo. No del todo. Recordaba sus años de juventud, nos contaba cómo enamoró a nuestra madre, la describía como una tierna mariposa del campo, y se jactaba de haberla conquistado.

Sí, la Vejez era la grave ceremonia de clausura de lo que fue su juventud, pero él la transformó en una ceremonia de apertura de su nueva vida. Se dijo a sí mismo que sería un anciano honorable, tranquilo y, lo más probable, gran contador de historias. Al fin y al cabo, si la Vejez sería todo el equipaje de lo que le quedaba de vida, estaría dispuesto ante la puerta de salida; la juventud no regresaría, pero sí podría repartir ese tesoro acumulado del tiempo bien vivido.

Desde entonces, en el pequeño corredor de la casa, aún empijamado y con sus anteojos de lectura, mi padre combate la oscuridad, poniendo alas a lo inmóvil. Porque, aunque la Vejez esté a la vuelta de cualquier esquina, allí donde uno menos se imagina, la alegría de vivir es la única que sabe convertir la dura clausura en una bienvenida silenciosa.

25 de septiembre de 2025

Lealtad a Toda Prueba

Bajo el sol inclemente del vasto territorio zuliano, región de contrastes, donde el polvo huele a pólvora y sudor, la figura del general Rafael Urdaneta se yergue, no como un monumento, sino como un gran roble: sólido, silencioso, dando sombra y refugio. Su vida no fue un grito de gloria, sino un juramento susurrado al oído de la historia.

Nació en Maracaibo, en el crepúsculo del dominio español, su carácter se forjó en el austero cumplimiento del deber. Era un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas pesaba como una barra de hierro. Su inteligencia era un relámpago que iluminaba la estrategia en las lides por la libertad, su valor, un muro de contención para sus hombres.

Sin embargo, la esencia de Urdaneta, su más profunda verdad, no se encontraba en los campos de batalla, sino en la lealtad inquebrantable que profesaba a un solo hombre: Simón Bolívar. No era la sumisión del soldado, sino la devoción del hermano mayor, la del amigo fiel, que ve en el otro no al héroe, sino al sueño que debe protegerse. Bolívar era para él la encarnación de la patria, y Urdaneta se convirtió con su ejemplo, en el General de las Sombras, anticipando órdenes y desbaratando traiciones con la precisión de un maestro de esgrima. Temprano, en 1813, su profunda lealtad ya se había manifestado en una carta donde expresaba a Bolívar: "General: Si con dos hombres basta para libertar a la patria, presto estoy a acompañarle". 

Más tarde una chispa en la penumbra, un presentimiento definiría su vida: fue el 25 de septiembre de1828, en aquella lúgubre noche del Atentado Septembrino, mientras la conspiración serpenteaba por los pasillos del poder, cuando Urdaneta, con el corazón atenazado de inquietud duplicó la guardia personal del Libertador con un gesto silencioso. Esa noche, el filo de la traición se encontró con el escudo mudo de su lealtad. No hubo proclamas, ni alardes. Solo el acto sereno de quien cumple con su deber más íntimo.

Y cuando el ocaso se cernió sobre Bolívar, acosado por la ingratitud y la enfermedad, fue Urdaneta quien permaneció a su lado. Mientras otros se alejaban como hojas llevadas por el viento de la conveniencia y la traición, él permaneció al lado de su amigo. Sus palabras ya no eran de estrategia, sino de consuelo, sentidas frases tejidas con las hebras del dolor y la fidelidad: "General, aquí está su Urdaneta". Era la última trinchera, el último baluarte de una lealtad a toda prueba que no conocía de rendiciones.

La muerte del Libertador lo tambaleó, pero ni siquiera entonces flaqueó su fortaleza. Se convirtió en el guardián del legado del Libertador, en el centinela de una memoria que otros querían mancillar. Rafael Urdaneta, el hombre que nunca buscó el sol para su propio brillo, demostró que la luz más perdurable es la que se refleja: la del honor, la de la lealtad inquebrantable. Su grandeza no reside en el eco de sus hazañas, sino en el silencio elocuente de su coherencia, un relámpago de nobleza que ilumina para siempre las páginas de la historia.

6 de septiembre de 2025

Entre la Pluma y la Espada

El calor húmedo de mayo en Jamaica era agobiante. Simón Bolívar, el hombre que había cargado sobre sus hombros el peso de una República perdida, caminaba por las calles de Kingston con la derrota pegada a la piel, pero manteniendo la mirada fija en un horizonte que solo él alcanzaba a divisar. Atrás quedaba el fragor de 1814; atrás, el eco de sus propios pasos en el Congreso Neogranadino donde, ante Camilo Torres, había desnudado la tragedia de una Venezuela herida, recibiendo a cambio los galones de General de División y una misión que el destino acabaría por truncar.

La traición tiene sabores amargos. En Cartagena, el gobernador Manuel del Castillo le había cerrado las puertas del entendimiento. Bolívar, en un gesto que mezclaba hidalguía con pragmatismo, prefirió el exilio antes que una guerra civil. Así, el 14 de mayo de 1815, el Libertador partió hacia lo que lo convertiría en el «Ermitaño de Kingston».

En su modesta habitación, el mobiliario era escaso, pero las ideas sobraban. El silencio de la isla británica no era un vacío, sino un espacio para la reflexión. Ahora, Bolívar no empuñaba la espada, sino una pluma que rasgaba el papel con la fuerza de una carga de caballería; se volvió un hombre más analista y vidente. Entre el humo del tabaco y el aroma del café caribeño, el 6 de septiembre de 1815, nació la Carta de Jamaica.

> «Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo», escribía, mientras el mundo lo creía acabado.

Aquel documento no era una simple misiva; era un mapa geopolítico trazado con la tinta de la esperanza. Bolívar diseccionaba el continente como un anatomista: denunciaba a una Europa opulenta y monárquica frente a una América despojada, donde el hombre no era dueño de su destino, sino objeto de explotación. Pero en su diagnóstico no había autocompasión, sino un despertar.

La estadía en la isla no estuvo exenta de sombras. El acero de un atentado fallido rozó su cuello, recordándole que los realistas temían más a su pensamiento que a sus batallones. Sin recursos, casi en la indigencia, el Libertador buscó una luz en el horizonte y la encontró en la pequeña y valiente Haití.

Alejandro Pétion, presidente de la primera república negra, le abrió los brazos con una solidaridad que no conocía de razas, solo de libertad. En Los Cayos, entre oficiales venezolanos y neogranadinos, Bolívar volvió a ser el sol que imantaba las voluntades. Allí, entre veteranos napoleónicos y hombres que habían roto sus cadenas, se gestó la gran artillería de la liberación.

Para finales de 1816, el mundo era otro. Napoleón había caído y Pablo Morillo avanzaba sobre Venezuela con la flota más formidable que España hubiera enviado jamás. Parecía que la noche sería eterna. Sin embargo, a finales de diciembre, el Puerto de Juan Griego vio desembarcar a un hombre que ya no solo era un militar, sino un estadista curtido por el exilio. Bolívar habló al pueblo, explicó su retiro y reafirmó su fe en un gobierno adaptado a la realidad americana y no a los modelos extranjeros.

El 31 de diciembre, mientras el año agonizaba, el Libertador entraba en Barcelona. No llegaba solo; traía consigo la esencia de la integración latinoamericana nacida en Jamaica. El hombre que se había refugiado en la escritura regresaba convertido en el verbo encarnado de la libertad. Porque, como demuestra la historia, los hombres lúcidos no se achican ante la adversidad: usan la pluma para conquistar el futuro y la espada para defender lo escrito.

23 de agosto de 2025

El Último Suspiro del General Urdaneta


París, agosto de 1845. Una ciudad de mármol y sueños, bajo un cielo opaco. Una fría brisa barría las aceras de la ciudad y, en el número 32 de la calle de la Madeleine, el dolor era infinito. Allí, en un lecho que parecía más bien un altar de sufrimiento, el General Rafael Urdaneta, pilar de la independencia y alma venezolana, libraba su última y más cruel batalla.

El ambiente de la alcoba era de un profundo silencio, roto solo por el quejido ahogado del enfermo. Su hijo mayor, Rafael Guillermo, era el centinela incansable de aquella agonía. Sus ojos, dos pozos de vigilia y angustia, seguían cada movimiento de los galenos: Civiale, Valpeau, Marjolin, Chomel... Nombres que sonaban a promesas huecas ante la furia ciega de la enfermedad.

"Ni los esfuerzos desesperados de los médicos fueron suficientes para salvarle", pensaba el hijo con la amargura de un trago de hiel.

 La enfermedad, como bestia inclemente, ya había devorado el cuerpo del prócer. La irritación se había transfigurado en llama devoradora. Los riñones, que debían ser fuentes de vida, estaban deshechos, como arcilla bajo la tormenta. La vejiga era un mapa de daños irreparables. Los médicos se encogían de hombros, resignados; no podían hacer milagros. El destino había dictado ya su sentencia.

El día 21, se planteó una operación de emergencia, pero la razón se impuso: "sería martirizar a mi padre inútilmente". El bisturí no sería la salvación, sino un verdugo adelantado.

La madrugada del 22 trajo consigo el anuncio funesto. A las dos, una gran fatiga al pecho le cortó el aliento. Apresurado, el hijo llamó al Dr. Civiale. La respuesta fue un golpe seco, sin paliativos: "No duraría 24 horas más". El tiempo, antes un río lento, ahora se había vuelto una cascada desbordada.

Aquel día fue un vía crucis de dolor. El General, con una estoica resignación que solo los grandes espíritus conocen, orinaba gotas de sangre pura, un rosario carmesí de dolor que se repetía cada dos o tres minutos. Los dolores eran atroces, garras invisibles que desgarraban su fortaleza.

El tic-tac del reloj se arrastraba hasta la medianoche. A las doce y media, aquella danza macabra llegó a su fin. En un gesto postrero y humano, el prócer pidió agua. El hijo, con el corazón hecho migajas, acercó el vaso a aquellos labios resecos. Fue un trago interrumpido, un deseo a medio cumplir. Al contacto con el cristal del vaso, el General exhaló su último suspiro de vida. La paz, cual visitante largamente esperada, cubrió por fin su rostro. El General Urdaneta, el bravo de la independencia, se había ido.

Urdaneta, hasta en su lecho de muerte, demostró la fortaleza indomable que lo había convertido en héroe. Murió como vivió: resistiendo hasta el último aliento.

15 de agosto de 2025

El Juramento de Monte Sacro

En aquella tarde del 15 de agosto de 1805, en la ciudad de Roma, se respiraba un aire tibio, casi mágico. El sol, que ya descendía sobre las colinas, esparcía sus dorados rayos sobre las antiguas ruinas, donde el recuerdo de los siglos parecía hacerse voz otra vez. Simón Bolívar, joven criollo de mirada ardiente, caminaba entre cipreses con paso inquieto. A su lado, su maestro, amigo y consejero Simón Rodríguez, lo observaba en silencio, como quien contempla un fuego a punto de encenderse.

Roma estaba lejos de su América natal, pero para el joven Simón, aquel instante tenía el perfume de su tierra. Bolívar, con el corazón oprimido por la nostalgia, pensó en los montes siempre verdes de Caracas, en su extenso valle, en el rumor de las aguas del Guaire y en las casas de techos rojos de su infancia, donde su madre lo había cuidado con ternura, aunque la esclavitud y la injusticia pesaban sobre la gente humilde como una gran losa de granito.

Rodríguez le hablaba pausado, con esa serenidad que tienen los sabios:

—Mire, Simón, como el tiempo habla a través de estas piedras. Roma fue grande porque hombres libres creyeron en su destino.

Entonces Bolívar, con los ojos encendidos por una luz interior, apartándose, alzó el brazo hacia el horizonte. El cielo, ahora teñido de púrpura, parecía escucharle cuando declaró:
—¡Juro delante de usted, maestro, y de estas ruinas —dijo con voz vibrante—, que no daré descanso a mi alma ni reposo a mi brazo hasta romper las cadenas que oprimen a mi patria!
Aquella tarde, el Monte Sacro guardó silencio. Solo el viento respondió con un suave estremecimiento, llevando aquellas palabras hacia el futuro como semillas arrojadas al aire.
Esa noche, en la posada humilde donde descansaban, Rodríguez encendió una vela y escribió unas notas breves. Simón dormía, pero en su rostro se adivinaba el fuego de una idea que no se apagaba: la libertad. Afuera, Roma dormía también entre sombras y campanas lejanas; pero, en el corazón del joven caraqueño, despertaba para siempre el ideal de una nación libre.

Años después, aquel juramento, nacido entre piedras romanas, se convertiría en llama viva en los llanos y planicies tropicales de Suramérica con el fuego de un ideal verdadero.

13 de agosto de 2025

Al Amigo Alberto



Las calles polvorientas de Ocumare del Tuy, siempre calientes por el inclemente sol, aún conservan el eco de su nombre: el profesor Alberto Villegas. No es un eco cualquiera; es el murmullo de la gente adulta que lo quiere y el clamor alegre de los muchachos que le corresponden el amable saludo mañanero. Alberto nació en esta tierra, el 7 de agosto de 1957, una tierra donde el tiempo parece estirarse y hacer los días más largos.
     
Desde muy joven, Alberto sabía que su destino no era otro que el de sembrar amor y conocimiento en el fértil campo de los corazones de niños y jóvenes. Se convirtió en maestro en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez y a partir de allí desarrolló su vocación de servicio y el placer de enseñar. Alberto es un obrero del saber, un caminante. De escuela en escuela ha marcado un sendero y dejado huella en cada rincón.

Su andar es pausado pero infatigable, un peregrino de la educación y de la cultura popular. Lo hemos visto en todas partes, en los pasillos de muchos colegios, compartiendo los gritos y las risas de los niños, mezclando la armonía de su cuatro con los cánticos de los pequeños, y sus manos guían el futuro de los proximos músicos y poetas del Tuy. El Complejo Cultural José Félix Rivas fue para él un puerto seguro, la casa que modeló su trabajo.

Pero fue en la Unidad Educativa Nacional Dr. Luis Razetti donde Alberto, con la paciencia de un artesano y la pasión de un poeta, cinceló sus mayores triunfos. Entró por la puerta de esa casa de estudios un 2 de noviembre de 2002, y desde ese día, su trabajo fue la brújula que guió a la institución hacia nuevos horizontes. La música se hizo presente de su mano, una melodía de esperanza que llevó a la escuela al primer lugar en el programa "El Agua es Vida" con una canción inédita, interpretada junto a Walter Pereira. La poesía también tuvo su espacio, y con Wilfredo Sánchez, el colegio se alzó triunfante en el programa "Alí va a la Escuela".

Para los ocumareños, Alberto Villegas representa más que un Cultor Popular de calidad y excelencia. Su nombre es sinónimo de compromiso, la nota de un cuatro bien afinado que cada niño, cada joven, cada madre y cada padre de Ocumare del Tuy recordamos con orgullo. Su legado no está escrito en un papel, sino en la mirada curiosa de un estudiante, en la sonrisa de un joven artista, en las manos de un músico que rasga las cuerdas del cuatro. Y así, con cada día que pasa, el profesor Alberto Villegas sigue sembrando, con la certeza de que su cosecha, aunque tardía, dará frutos buenos.