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24 de junio de 2025

La Sabana de Carabobo: Un Amanecer de Gloria

En el vientre silencioso de la sabana de Carabobo, el 24 de junio de 1821, la noche exhalaba sus últimos suspiros. Aquel, no era un amanecer cualquiera; era el augurio de un destino forjado en sangre y libertad. La brisa antes cómplice de la oscuridad, ahora susurraba el nombre de Venezuela. 

El Mariscal de Campo Miguel de La Torre, con la soberbia de quien se cree invencible, atrincherado en su bastión de hierro y convicción firme, sentía el pulso de sus batallones realistas latir con una confianza ciega, esperando el embate.

Pero El Libertador, Simón Bolívar, alma y nervio de la gesta, no era hombre de estrategias predecibles. Sus ojos, de águila en el alba, desnudaron la falsa fortaleza enemiga. Su genio, un torrente indomable, desbordaba los límites de lo esperado. —¡Por la izquierda!— Un grito de trueno que no solo se escuchó, sino que se sintió en el alma de los patriotas, quienes cambiaron su curso con ferocidad inaudita. Páez, un centauro, desató la furia llanera encarnada en él; junto con Cedeño, un roble milenario, inamovible y letal; ambos se lanzaron como flechas ardientes al flanco descubierto del adversario. Mientras, Plaza, con la resolución de una avalancha, avanzaba inexorable hacia el corazón de la contienda.

La Torre, observando con horror cómo su inexpugnable muro se resquebrajaba, lanzó a sus valientes —el Príncipe, el Barbastro, el Infante— en un último y desesperado intento. Por un instante, la línea se sostuvo, un aliento efímero antes del colapso. La caballería patriota, cual marea indetenible, irrumpía desde el norte de la sabana, arrastrando consigo la esperanza. El regimiento Húsares de Fernando VII, con sus carabinas escupiendo fuego, solo pudo ofrecer una retirada deshonrosa. Finalmente, los Lanceros del Rey, con el miedo tatuado en el pecho, desobedecieron la orden de resistir, abandonando a su comandante a su fatídico destino, huyendo del campo y disolviéndose en el polvo de la derrota.

Entre la vanguardia gloriosa de la caballería patriota, una figura se erigía, sangrando, inmortal: Pedro Camejo, el "Negro Primero". Herido de muerte, con la vida desangrándose, cabalgó de regreso hacia el General José Antonio Páez y, con voz que era ya un eco del viento, pronunció su epitafio eterno: "Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto." Su sacrificio, y el de tantos otros héroes anónimos y gloriosos, fue el cimiento de la libertad, la sangre que regó ese día la sabana.

La batalla de Carabobo culminó, no con un simple grito, sino con un bramido de victoria que resonó en cada rincón del alma venezolana. Los patriotas, encendidos por la llama de la libertad, persiguieron al ejército español hasta Valencia, sin tregua ni descanso. Carabobo, antes testigo de batallas y sacrificios, ahora exhibía el latir de una nación libre. El resto del ejército realista, maltrecho, descompuesto, buscó refugio en Puerto Cabello, dejando atrás no solo la resistencia, sino el último vestigio de un imperio que ya se veía desvanecer ante el amanecer imparable de la independencia.

15 de junio de 2025

La Voz de Bolívar

Aquel 15 de junio de 1813, durante la Campaña Admirable, el sol se mecía indeciso sobre el cielo trujillano. Un aire denso, con olor a pólvora vieja y desazón, cubría la pequeña villa andina. Los campesinos, curtidos como cuero de ganado, con sus alpargatas de cáñamo gastado, dejaron la faena en los conucos para apilonarse en la plaza, corazón de piedra silencioso del poblado. Las mujeres, con sus faldas floreadas y pañoletas oscuras, se santiguaban con murmullos de rezos antiguos. Había en cada rostro surcos de labranza y desvelo, como la historia de la patria misma: tierra sufrida esperando la semilla de la libertad.

El general Simón Bolívar subió al entablado de la plaza. Su figura, pequeña pero segura, parecía hacerse gigante a medida que era tocada por el sol ceniciento. El silencio era tan espeso que se podía oír la respiración de la multitud, llena de miedo y de esperanza.

Entonces, rompiendo el aire con un estampido seco, la voz de Bolívar se alzó, afilada como una espada en el campo de batalla. Aquello no era un sermón, sino el grito de un volcán que por fin hacía erupción:
—"¡Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela! ¡Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables!"
Por un instante que pareció eterno, Trujillo contuvo el aliento, asimilando la terrible elección: vida o muerte, sin términos medios, sin lugar para la tibieza.

El decreto fue rayo y trueno en la quietud colonial. Fue la derogación de la indiferencia. El rostro de la gente se tensó, pero sus ojos brillaron: aquello no era solo el anuncio de la guerra, era un bautismo de sangre, la personificación de una nación naciendo, costara lo que costara. El pueblo supo, como todos allí, que el guarapo dulce se había tornado amargo, y que solo el fuego de la lucha limpiaría la ceniza de la opresión. Trujillo dejó de ser un pueblo para ser un símbolo: el lugar donde la vida y la muerte firmaron un terrible acuerdo por la Independencia de nuestra Patria.

13 de junio de 2025

Un Canto al Amanecer de Cipriano.

En El Manguito, parroquia La Democracia, donde el sol se asoma tímido entre las montañas y el rocío de la mañana besa la tierra como un amante fiel, nació Cipriano Alberto Moreno en el año 1935. El Distrito Tomás Lander, con sus pueblos y caseríos de calles de tierra y casas de bahareque, fue testigo de sus primeros pasos, de sus risas infantiles y de los acordes iniciales del cuatro. Cipriano, como el río que atraviesa el valle, llevaba en su alma la melodía del joropo y la décima, ritmos que fluyen entre las venas de los tuyeros como la savia en los árboles.

Cipriano no solo fue un docente que sembró semillas de conocimiento en las mentes ávidas de los niños de Río de Piedras, sino que también fue un cultor popular, creando trabajos y arreglos que hacía para los amaneceres y velorios de cruz como un canto a la vida, a la tierra y al amor. Su famosa composición, "Canto al Amanecer Tuyero", es un poema tejido con hilos de nostalgia y esperanza, donde las metáforas danzan al compás del cuatro, arpa y maracas. Cada verso es un suspiro y cada estrofa, un abrazo a la tierra que lo vio nacer.

Pero no solo la música y la literatura definieron el andar de Cipriano. En Río de Piedras, ese pueblo donde el tiempo parece detenerse y las piedras del río murmuran historias antiguas, conoció a una mujer cuyo nombre era como una melodía en sus labios: Cristina. Ella, de mirada dulce y serena y un corazón firme, era como una ceiba sólida ante los vientos, con ideas tan profundas como las raíces de los árboles que custodiaban el pueblo. Su amor no fue efímero como la brisa que acaricia los campos al atardecer, sino eterno y puro, como el agua que brota de los manantiales.

Cristina moldeó el carácter de Cipriano con la delicadeza de un alfarero que trabaja el barro. Le enseñó que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso, una promesa que se renueva cada día con miradas y silencios. Bajo su influencia, Cipriano se convirtió en un hombre de palabra firme y corazón noble, cuya poesía no solo celebraba la belleza del amanecer, sino también la fortaleza de un amor que resistía el paso del tiempo

Las tardes en Río de Piedras eran un lienzo pintado con los colores de los atardeceres. Cipriano y Cristina paseaban por la orilla del río, donde las piedras pulidas por el agua brillaban como diamantes bajo la luz del sol. Él le declamaba hermosos poemas al oído, y ella sonreía, mientras el viento llevaba sus versos hacia los cerros, como si quisiera compartir su felicidad con todo el caserío. El río, testigo mudo de sus encuentros, murmuraba su aprobación con un suave rumor que se mezclaba con el trinar de gonzalitos y arrendajos.

El tiempo pasó, pero el amor de Cipriano y Cristina no envejeció. Como las montañas que custodian el valle, su cariño permaneció firme e inquebrantable. Y aunque Cipriano dejó este mundo, su canto sigue vivo en el amanecer tuyero, en el susurro cantarino del río y en el corazón de aquellos que aún recuerdan al hombre que ofrendó a la vida, un hermoso amanecer.

Así, en el Valle del Tuy, donde el sol sigue asomándose tímido entre las montañas, y con el canto del gallo llegan los claros del día, el legado de Cipriano Alberto Moreno perdura como un canto eterno al amor, a la tierra y al amanecer tuyero.

El Taita

El 13 de junio de 1790, bajo el intenso sol que calcina las sabanas de Curpa, allá en lo profundo del estado Portuguesa, nació el catire Páez, quien cabalgaría sobre el lomo de la historia venezolana. José Antonio Páez, el «León de Payara», no fue solo un hombre; fue el eco de un galope infinito que retumbó desde los esteros de Apure hasta las cortes de la vieja Europa.

Su temple no se forjó en cunas de seda, sino bajo el rigor inclemente de Manuelote, el implacable mayordomo del hato La Calzada. Allí, entre el olor a bosta y el rugir del ganado, el joven Páez aprendió que la vida se domina a pulso. Se curtió la piel y el alma, convirtiéndose en el «Taita» de una horda de centauros que veían en él no a un jefe, sino a un padre de hierro y coraje.

El río Apure, testigo mudo de mil batallas, aún parece arrastrar el eco de aquel grito legendario: «¡Vuelvan caras!». Eran apenas ciento cincuenta lanceros, hombres «pata en el suelo», con la piel quemada por el salitre del sudor y el polvo del camino. Frente a ellos, el mariscal Pablo Morillo desplegaba la soberbia de seis mil bayonetas realistas, uniformes de gala y tácticas de academia militar.

Pero la estrategia del León de Payara era de puro ingenio. En aquel campo ardiente donde el aire batía con furia, Páez fingió la retirada para luego, con un giro del destino, lanzarse como un rayo ante el asombro español. Solo dos bajas lloró el llano aquella tarde, mientras Morillo, humillado por la astucia del catire, escribía más tarde al rey Fernando VII:

> «Dadme un José Antonio Páez, majestad, y mil lanceros del Apure, y pondré a Europa a vuestros pies».

Había en el general una sombra misteriosa: la epilepsia. En ocasiones, el «Libertador del Apure» solía caer presa de ataques que atemorizaban a su tropa. Sin embargo, como si se tratara de un rito sagrado, Páez emergía de aquellas convulsiones con una fuerza sobrehumana, como si los dioses del llano le insuflaran un vigor invencible.

Aquella furia solo conoció la tristeza el 24 de junio en la sabana de Carabobo, cuando vio caer al más fiel de sus guerreros, Pedro Camejo. El «Negro Primero» se despedía de la vida mientras el Taita consolidaba la libertad de una República que gobernaría, con mano firme y constitucional, en tres ocasiones.

La vida de Páez fue un puente tendido entre la barbarie y el refinamiento. Aquel joven que en Guama apenas dibujaba garabatos bajo la mirada de su maestra, se transformó, por voluntad y constancia, en un hombre de luces. En Valencia, bajo el ala amorosa de Barbarita Nieves, una mujer culta que introdujo la sofisticación en la vida del caudillo, Páez suavizó sus modales de guerrero, y decidió cambiar la lanza por el violonchelo y los libros.

El catire Páez no solo rugía en el campo de batalla; también cantaba ópera y organizaba fandangos donde el joropo se zapateaba con la misma pasión con la que se cargaba contra el enemigo. Incluso en el amargo destierro de Buenos Aires su pluma no descansó: compuso canciones para los niños, dejando partituras de ternura donde antes había rastros de sangre.

Así fue Páez: el hombre que nació entre leyendas de sabana, se hizo gigante entre las lanzas y terminó sus días como un caballero de mundo, demostrando que el verdadero valor no reside solo en vencer al enemigo, sino en la capacidad de cultivar el espíritu tras haber conquistado la libertad.