En el vientre silencioso de la sabana de Carabobo, el 24 de junio de 1821, la noche exhalaba sus últimos suspiros. Aquel, no era un amanecer cualquiera; era el augurio de un destino forjado en sangre y libertad. La brisa antes cómplice de la oscuridad, ahora susurraba el nombre de Venezuela.
El Mariscal de Campo Miguel de La Torre, con la soberbia de quien se cree invencible, atrincherado en su bastión de hierro y convicción firme, sentía el pulso de sus batallones realistas latir con una confianza ciega, esperando el embate.
Pero El Libertador, Simón Bolívar, alma y nervio de la gesta, no era hombre de estrategias predecibles. Sus ojos, de águila en el alba, desnudaron la falsa fortaleza enemiga. Su genio, un torrente indomable, desbordaba los límites de lo esperado. —¡Por la izquierda!— Un grito de trueno que no solo se escuchó, sino que se sintió en el alma de los patriotas, quienes cambiaron su curso con ferocidad inaudita. Páez, un centauro, desató la furia llanera encarnada en él; junto con Cedeño, un roble milenario, inamovible y letal; ambos se lanzaron como flechas ardientes al flanco descubierto del adversario. Mientras, Plaza, con la resolución de una avalancha, avanzaba inexorable hacia el corazón de la contienda.
La Torre, observando con horror cómo su inexpugnable muro se resquebrajaba, lanzó a sus valientes —el Príncipe, el Barbastro, el Infante— en un último y desesperado intento. Por un instante, la línea se sostuvo, un aliento efímero antes del colapso. La caballería patriota, cual marea indetenible, irrumpía desde el norte de la sabana, arrastrando consigo la esperanza. El regimiento Húsares de Fernando VII, con sus carabinas escupiendo fuego, solo pudo ofrecer una retirada deshonrosa. Finalmente, los Lanceros del Rey, con el miedo tatuado en el pecho, desobedecieron la orden de resistir, abandonando a su comandante a su fatídico destino, huyendo del campo y disolviéndose en el polvo de la derrota.
Entre la vanguardia gloriosa de la caballería patriota, una figura se erigía, sangrando, inmortal: Pedro Camejo, el "Negro Primero". Herido de muerte, con la vida desangrándose, cabalgó de regreso hacia el General José Antonio Páez y, con voz que era ya un eco del viento, pronunció su epitafio eterno: "Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto." Su sacrificio, y el de tantos otros héroes anónimos y gloriosos, fue el cimiento de la libertad, la sangre que regó ese día la sabana.
La batalla de Carabobo culminó, no con un simple grito, sino con un bramido de victoria que resonó en cada rincón del alma venezolana. Los patriotas, encendidos por la llama de la libertad, persiguieron al ejército español hasta Valencia, sin tregua ni descanso. Carabobo, antes testigo de batallas y sacrificios, ahora exhibía el latir de una nación libre. El resto del ejército realista, maltrecho, descompuesto, buscó refugio en Puerto Cabello, dejando atrás no solo la resistencia, sino el último vestigio de un imperio que ya se veía desvanecer ante el amanecer imparable de la independencia.