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26 de enero de 2026

El León de la República

El sol de enero, más intenso que nunca, caía como plomo derretido sobre los llanos de Tucupido; palidecía, no obstante, al compararse con el temple de aquel hombre que, aun rodeado de bayonetas sedientas de venganza, mantenía la cerviz erguida. José Félix Ribas, el general de los ojos de cielo y alma de acero, caminaba hacia la muerte con la misma templanza con la que un día, en la cuadra de los Bolívar a orillas del Guaire, juró que el cacao de estas tierras no volvería a endulzar paladares monárquicos.

Ribas era un mantuano de carácter soberbio y orgulloso, pero bajo su casaca de hidalgo latía un corazón de pardo. No le tembló el pulso para encadenar a su propio sobrino, el joven Simón, cuando la duda empañó la guerra; porque para el «León de la República», la libertad era un fuego que no admitía vacilaciones ni parentescos. Era el soldado de bigote tupido y gorro frigio a quien los realistas veían como un presagio de muerte.

—¡Es necesario vencer! —había gritado en La Victoria cuando los jóvenes seminaristas, con manos que apenas sabían de rosarios, tuvieron que empuñar el fusil frente a la «Legión Infernal» de Boves. Aquel día de 1814, el cielo se tiñó de pólvora y el milagro se hizo carne entre los estudiantes. Ribas, impetuoso como un rayo en la tormenta, no era un hombre cualquiera, era un hombre de barro, sudor y fe ciega en sus convicciones cristianas.

Pero la fortuna, esa deidad caprichosa que suele abandonar a los valientes, le dio la espalda en los campos de Urica y Maturín. El desierto de la derrota lo encontró acompañado solo por su sombra, un sobrino fiel y un criado. De allí nació la traición, personificada en el esclavo Concepción González, la cual puso grillos en las manos que antes habían humillado a Monteverde.

En la plaza de Tucupido, el bullicio era una mezcla de odio y miedo. Los mismos a quienes él llamó a la libertad ahora le proferían insultos que rebotaban en su pecho de hierro. El 31 de enero de 1815, Ribas no pestañeó. Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza, roto solo por el eco de las descargas y el júbilo cruel de sus verdugos. Las balas rasgaron el aire y el cuerpo del guerrero se desplomó. Pero la saña de los realistas no se sació con su último aliento.

El espanto se hizo monumento poco después cuando, en la Puerta de Caracas, en lo alto de una viga, fue colocada dentro de una jaula la cabeza de José Félix Ribas, como mirando al valle que lo vio combatir. Estaba frita en aceite, macabra ofrenda para inspirar terror, coronada todavía por aquel gorro rojo que se negaba a perder su color frente a su cuerpo desmembrado. Los realistas reían, creyendo haber derrotado la revolución en un caldero; no entendían que, mientras el aceite chisporroteaba, la leyenda del León apenas comenzaba a rugir en las gargantas de un pueblo que ya no mordería jamás el polvo.

El Abel de América

Dónde los vientos alisios del caribe mecen las esbeltas palmeras y las olas del mar besan las costas de Cumaná,  nació el 3 de febrero de 1795 un niño destinado a calzar las espuelas de la libertad. Antonio José era de estirpe noble, pero su verdadera alcurnia no residía en la fortuna de los Sucre y Alcalá, sino en la limpieza de su mirada y la rectitud de su carácter, que recordaba a un junco de bambú: se dobla ante los fuertes vientos, pero no se quiebra.

La infancia de «Abel» —como lo llamaría más tarde Bolívar con afecto casi paternal— transcurrió entre el aroma a salitre y el murmullo de las palmeras. Sin embargo, el rugir de los cañones de 1810 rompió la quietud de los patios coloniales. Antonio José, con apenas quince años, cambió la pluma por la espada y dejó atrás la comodidad del hogar para fundirse en el crisol de la guerra.

Era un joven de modales exquisitos, pero, a la vez, de ferocidad estratégica en el campo de batalla. Mientras otros buscaban la gloria en la lisonja y la adulación, él la encontraba en la precisión de la logística. Se decía en los campamentos que Sucre no solo mandaba hombres, sino que gobernaba el tiempo, anticipándose siempre a los movimientos del enemigo.

El destino, ese tejedor invisible, cruzó sus pasos con los de Simón Bolívar. La relación entre ambos fue una sinfonía de lealtad: Bolívar era el rayo que incendiaba las cimas; Sucre, la luz serena que guiaba el camino tras la tormenta. En las frías alturas de los Andes, demostró que su alma era de acero templado. En Pichincha, el humo de la pólvora se mezcló con la neblina de las montañas ecuatorianas; allí, el joven general entregó a Quito las llaves de la libertad, no con la arrogancia del conquistador, sino con la humildad del libertador.

El cénit de su epopeya tuvo lugar en la pampa peruana. El 9 de diciembre de 1824, el sol de los incas, sobre el cielo de los cóndores, fue testigo de la batalla de Ayacucho. Frente al virrey La Serna, Sucre desplegó su genio. Sus palabras antes del combate resonaron como un eco eterno:

> «¡Soldados! De los esfuerzos de hoy depende la suerte de la América del Sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia».

La victoria fue absoluta. Sin embargo, lo que más brilló aquel día no fueron las bayonetas, sino la capitulación redactada por el propio Sucre. Fue un documento de una nobleza inaudita, pues trató al vencido con la dignidad de un hermano, prohibiendo el saqueo y la humillación. Aquel gesto le valió el título de Gran Mariscal de Ayacucho.

Pero la envidia, esa sombra que persigue a los hombres de luz, empezó a tejer su red. Tras fundar Bolivia y servir con desvelo a la Gran Colombia, Sucre solo anhelaba el regreso a Quito, al calor del hogar y de su amada Mariana Carcelén, la marquesa de Solanda.

El 4 de junio de 1830, en la espesura de la selva de Berruecos, cuatro disparos rasgaron el silencio del monte. La traición, agazapada entre los árboles, segó la vida del más puro de los próceres. Cuentan los campesinos que aquel día la montaña lloró y el cielo se tiñó del color de la sangre derramada.

Sucre cayó del caballo, pero entró de golpe en la inmortalidad. Se fue el hombre, pero quedó el símbolo: el del caballero sin tacha, el estratega sin ambición de mando y el hijo más leal de una América que aún hoy, al sentir el viento de los Andes, cree escuchar el galope de su cabalgadura.

12 de enero de 2026

La Batería de las Mujeres

Bajo un cielo gris, Marta Cumbale recordaba el mar. No el mar de Güiria, su pueblo natal, donde las olas besaban la costa salitre y tibia, sino el mar interior que llevaba por dentro: un océano de recuerdos ancestrales de tambores callados y cadenas rotas. Aquel 25 de mayo de 1813, en la llanura ardiente de Maturín, el aire olía a tierra chamuscada, cenizas y a libertad. Era un olor nuevo, que se le calaba en el pecho como un segundo corazón.

—¡Carguen con coraje, no con miedo! —tronó la voz de Juana, La Avanzadora, cortando el silencio como un machete corta la caña.

Marta apretó el armazón del cañón con sus manos curtidas por el sol y el trabajo de sierva liberta, encontrando en el frío metal una extraña familiaridad. No era la primera vez. Ya había estado en combates anteriores, cinco combates antes que este; cinco cicatrices en el cuerpo de la patria naciente. Pero la batalla del Alto de los Godos, comandada por el General patriota José Félix Rivas y el Coronel Manuel Cedeño, tenía otro sabor. Monteverde venía con la furia de un imperio herido, y el destino de la revolución pendía de un hilo más fino que el de la araña que teje su tela en las paredes.

La Batería de las Mujeres no era un puesto de honor; era un acto sublime de amor y sacrificio. Allí, entre el estruendo y el humo, se alzaba el eco de una Venezuela que pujaba por nacer: María Antonia Palacios, con sus setenta años tallados en el rostro como mapas de resistencia, vendaba a un muchacho que no llegaba a los veinte. Rosa Gómez, con voz de soprano transformada en tono de contralto, cargaba balas como si fueran frutos de una cosecha urgente. Dolores Betancourt —cuyo nombre era un presagio— entonaba oraciones a Dios mientras limpiaba la mecha de los fusiles. El valor, Marta lo comprendía ahora, no era la ausencia de miedo, sino la decisión de actuar a pesar de su latido feroz en las sienes.

De pronto, la tierra se estremeció. Un estampido seco, luego otro, y el campo se llenó de sombras que avanzaban como langostas en los cultivos. El aire se puso pesado con el silbido de los proyectiles. Marta, junto a Carmen Lanz y Luisa Gutiérrez, operaban los cañones con una sincronía surgida de la urgencia.

—¡Ahora! —gritó Marta, y el cañón escupió fuego y furia.

El retroceso le sacudió los huesos, pero en sus ojos brilló una chispa de su rabia antigua. No luchaba solo contra Monteverde; luchaba contra el amo de las haciendas de cacao, contra el frío hierro del grillete, contra el silencio impuesto a sus ancestros bajo el cepo inclemente. Cada disparo era una palabra recuperada, un tambor que resonaba de nuevo desde el fondo de los tiempos.

En un momento de tregua, mientras reacomodaban la pólvora, vio a Isidora Argote y a Vicenta Gómez arrastrar a un soldado realista herido hasta la retaguardia. La compasión, incluso para el enemigo, no se había ido. Era otra forma de humanidad, otra trinchera. Eusebia Ramírez, hermana de Juana, pasó con un cántaro de agua. El líquido, más preciado que el oro en aquel infierno, lo repartía con equidad: primero para los heridos más graves, luego para las bocas secas que seguían combatiendo.

—Toma, Marta —le dijo Eusebia, ofreciéndole un sorbo—. El sudor de hoy es el riego de la libertad de mañana.

La batalla era un torbellino. Marta, en un instante de lucidez en medio del caos, tuvo una visión: no eran solo mujeres en un campo de batalla. Eran una sinfonía de resistencia. Juana, la directora implacable; Rosalía Uva, cuya voz calmada era un bálsamo; Josefa Barroso, que con sus refranes animaba a las desfallecidas; Lorenza Rondón, cuyas manos pequeñas manejaban el rodillo de pólvora con precisión de relojera. Cada una, una nota esencial en el canto colectivo que se alzaba contra el trueno de los cañones realistas.

Al caer la tarde, cuando el sol se ocultó tras una cortina de humo y polvo, la línea enemiga comenzó a ceder. El grito de “¡Retirada!” del bando realista sonó como una música celestial. La plaza de Maturín, testigo mudo del horror, quedó en manos de los patriotas. La victoria tenía sabor a pólvora, a tierra y a lágrimas secas.

Marta, exhausta, se apoyó en el cañón aún caliente. Sus manos estaban negras de quemaduras y sudor. Miró a su alrededor. Allí estaban todas: las nombradas y las anónimas, las que la historia recordaría y las que se perderían en el polvo de los archivos. Pero en ese momento, bajo el crepúsculo sangrante, eran invencibles.

Marta Cumbale no murió en la batalla. Vivió lo suficiente para ver a la patria tambalearse y consolidarse, para envejecer con el recuerdo del mar de Güiria y el olor a pólvora de Maturín entretejidos en su alma. Partió de este mundo y fue sepultada el 28 diciembre de 1864, cuando la Venezuela independiente, aunque herida por nuevas contiendas, ya respiraba con pulmones propios.

10 de enero de 2026

Bajo el Sol de la Traición

10 de enero de 1860, bajo un sol implacable en los llanos venezolanos, frente a las murallas de San Carlos, la ciudad se encontraba sitiada por las fuerzas federalistas que aguardaban el asalto final. Allí estaba el general Ezequiel Zamora, líder de la causa popular y esperanza de los desposeídos. Con su característico lema de «Tierras y hombres libres», Zamora no solo comandaba un ejército, sino que encabezaba un movimiento social que buscaba derrocar los privilegios de la oligarquía.

A medida que caía la tarde, se evidenciaba una fractura interna en el bando federal. Mientras Zamora se preparaba para el combate con determinación inquebrantable, sus aliados políticos —entre ellos Falcón— le sugerían prudencia y negociación. Zamora rechazó estas posturas y denunció que la prudencia es, a menudo, el disfraz de la cobardía de quienes no conocen el hambre. Para el General del Pueblo Soberano, la federación no era un simple concepto legal o burocrático, sino una necesidad vital de justicia social: el pan y la tierra. Esta brecha ideológica marcó la soledad del líder, quien sospechaba que sus propios compañeros veían su radicalismo como un obstáculo para sus ansias de poder.

En un momento aciago, mientras Zamora señalaba el punto de ataque en la muralla, un disparo certero lo alcanzó en el rostro. Una bala traidora lo derribó como a un roble. Su muerte fue instantánea y causó un silencio ensordecedor que fracturó el tiempo; con la caída del líder, la luz de la revolución pareció apagarse para sus soldados.

La muerte de Zamora no fue un simple azar de la guerra. En el puesto de mando, Juan Crisóstomo Falcón y Antonio Guzmán Blanco recibieron la noticia con un alivio apenas disimulado. Para ellos, Zamora era un torrente incontrolable que amenazaba con arrasar el orden social que ellos pretendían heredar. Los líderes decidieron ocultar la verdad y enterrar el cuerpo en secreto para evitar un seguro levantamiento popular. Con Zamora fuera del camino, la federación quedaba despojada de sus promesas de justicia para el campesinado.

La guerra continuó por tres años más, pero terminó en el Tratado de Coche: un acuerdo entre élites que dejaría las promesas de tierras y hombres libres en el olvido.

 Zamora no murió por una bala enemiga, sino por la traición de quienes temían la magnitud de sus sueños. El sonido que aún persiste en San Carlos no es solo el del fusil, sino el eco de una conspiración que enterró la esperanza de un pueblo bajo el sol inclemente de la llanura venezolana.