Bajo un cielo gris, Marta Cumbale recordaba el mar. No el mar de Güiria, su pueblo natal, donde las olas besaban la costa salitre y tibia, sino el mar interior que llevaba por dentro: un océano de recuerdos ancestrales de tambores callados y cadenas rotas. Aquel 25 de mayo de 1813, en la llanura ardiente de Maturín, el aire olía a tierra chamuscada, cenizas y a libertad. Era un olor nuevo, que se le calaba en el pecho como un segundo corazón.
—¡Carguen con coraje, no con miedo! —tronó la voz de Juana, La Avanzadora, cortando el silencio como un machete corta la caña.
Marta apretó el armazón del cañón con sus manos curtidas por el sol y el trabajo de sierva liberta, encontrando en el frío metal una extraña familiaridad. No era la primera vez. Ya había estado en combates anteriores, cinco combates antes que este; cinco cicatrices en el cuerpo de la patria naciente. Pero la batalla del Alto de los Godos, comandada por el General patriota José Félix Rivas y el Coronel Manuel Cedeño, tenía otro sabor. Monteverde venía con la furia de un imperio herido, y el destino de la revolución pendía de un hilo más fino que el de la araña que teje su tela en las paredes.
La Batería de las Mujeres no era un puesto de honor; era un acto sublime de amor y sacrificio. Allí, entre el estruendo y el humo, se alzaba el eco de una Venezuela que pujaba por nacer: María Antonia Palacios, con sus setenta años tallados en el rostro como mapas de resistencia, vendaba a un muchacho que no llegaba a los veinte. Rosa Gómez, con voz de soprano transformada en tono de contralto, cargaba balas como si fueran frutos de una cosecha urgente. Dolores Betancourt —cuyo nombre era un presagio— entonaba oraciones a Dios mientras limpiaba la mecha de los fusiles. El valor, Marta lo comprendía ahora, no era la ausencia de miedo, sino la decisión de actuar a pesar de su latido feroz en las sienes.
De pronto, la tierra se estremeció. Un estampido seco, luego otro, y el campo se llenó de sombras que avanzaban como langostas en los cultivos. El aire se puso pesado con el silbido de los proyectiles. Marta, junto a Carmen Lanz y Luisa Gutiérrez, operaban los cañones con una sincronía surgida de la urgencia.
—¡Ahora! —gritó Marta, y el cañón escupió fuego y furia.
El retroceso le sacudió los huesos, pero en sus ojos brilló una chispa de su rabia antigua. No luchaba solo contra Monteverde; luchaba contra el amo de las haciendas de cacao, contra el frío hierro del grillete, contra el silencio impuesto a sus ancestros bajo el cepo inclemente. Cada disparo era una palabra recuperada, un tambor que resonaba de nuevo desde el fondo de los tiempos.
En un momento de tregua, mientras reacomodaban la pólvora, vio a Isidora Argote y a Vicenta Gómez arrastrar a un soldado realista herido hasta la retaguardia. La compasión, incluso para el enemigo, no se había ido. Era otra forma de humanidad, otra trinchera. Eusebia Ramírez, hermana de Juana, pasó con un cántaro de agua. El líquido, más preciado que el oro en aquel infierno, lo repartía con equidad: primero para los heridos más graves, luego para las bocas secas que seguían combatiendo.
—Toma, Marta —le dijo Eusebia, ofreciéndole un sorbo—. El sudor de hoy es el riego de la libertad de mañana.
La batalla era un torbellino. Marta, en un instante de lucidez en medio del caos, tuvo una visión: no eran solo mujeres en un campo de batalla. Eran una sinfonía de resistencia. Juana, la directora implacable; Rosalía Uva, cuya voz calmada era un bálsamo; Josefa Barroso, que con sus refranes animaba a las desfallecidas; Lorenza Rondón, cuyas manos pequeñas manejaban el rodillo de pólvora con precisión de relojera. Cada una, una nota esencial en el canto colectivo que se alzaba contra el trueno de los cañones realistas.
Al caer la tarde, cuando el sol se ocultó tras una cortina de humo y polvo, la línea enemiga comenzó a ceder. El grito de “¡Retirada!” del bando realista sonó como una música celestial. La plaza de Maturín, testigo mudo del horror, quedó en manos de los patriotas. La victoria tenía sabor a pólvora, a tierra y a lágrimas secas.
Marta, exhausta, se apoyó en el cañón aún caliente. Sus manos estaban negras de quemaduras y sudor. Miró a su alrededor. Allí estaban todas: las nombradas y las anónimas, las que la historia recordaría y las que se perderían en el polvo de los archivos. Pero en ese momento, bajo el crepúsculo sangrante, eran invencibles.
Marta Cumbale no murió en la batalla. Vivió lo suficiente para ver a la patria tambalearse y consolidarse, para envejecer con el recuerdo del mar de Güiria y el olor a pólvora de Maturín entretejidos en su alma. Partió de este mundo y fue sepultada el 28 diciembre de 1864, cuando la Venezuela independiente, aunque herida por nuevas contiendas, ya respiraba con pulmones propios.