Las tierras de San Felipe, parecían un verde tapiz por su abundante vegetación. Los negros sudaban oro y tormento bajo el sol inclemente de la Provincia de Venezuela, en aquel turbulento siglo XVI. Allí no se escuchaba el canto de los pájaros que acallara el gemido sordo de la mina, donde el aire, denso y pegajoso, olía a polvo, sudor y látigo.
Encadenado al yugo, estaba Miguel, un hombre cuya piel era como la noche profunda y cuyos ojos guardaban el brillo y el fulgor del relámpago. Miguel no era un esclavo cualquiera; era un alma, un espíritu que el hierro no lograba doblegar. La injusticia en aquellas minas era una espina clavada en el pecho de la tierra misma, y Miguel, el Negro Miguel, se hizo la voz que clamaba contra ella.
La opresión no era solo un hambre desesperada por el oro, sino la humillación diaria, el desprecio que caía como granizo amargo. En 1552, una noche sin luna, con el silencio roto solo por el susurro cómplice del río Buría, Miguel se levantó. Su grito de libertad no fue un rugido, sino un trueno seco que despertó a los cimarrones.
La huida fue como una estampida de almas en pena. Se internaron en la espesura de la montaña, donde los árboles eran gigantes protectores y los senderos, venas secretas que solo el monte conocía. Allí, en la selva que se hizo su palacio y su guarida, se fraguó lo impensable: el primer reino negro de América.
Miguel, el esclavo que se había tragado su dolor, se coronó. Se hizo el Rey Miguel I. En un acto de profunda dignidad, tomó la arcilla de sus tradiciones y el fuego de su fe para moldear una nueva sociedad.
Nombró a su compañera, Guiomar, como su reina; una mujer firme como el samán centenario.
Su hijo, pequeño y de ojos curiosos, fue el príncipe, la esperanza viva vestida de futuro.
Miguel estableció ministros y hasta un obispo para una fe pensada en la libertad y la resistencia, uniendo los tambores de África con el misticismo indio de los jirajaras, sus nuevos y leales aliados.
El reino de Buría fue un sueño materializado en las montañas de Venezuela. Sus incursiones contra las haciendas y las minas eran relámpagos de justicia. El miedo español en Nueva Segovia de Buría era un río desbordado, y el nombre del Rey Negro se susurraba con terror y admiración.
La respuesta del Imperio fue, como siempre, el hierro y la pólvora. La rebelión era demasiado luminosa para ser apagada. Refuerzos, como el temido Diego de Losada, se sumaron a la cacería.
La batalla final fue una danza trágica entre la libertad que nacía y la fuerza del poder colonial. Miguel cayó, y su reino fue desmantelado. Los cimarrones fueron regresados a la cadena y el cepo.
Pero, aunque el Rey Miguel murió, su espíritu echó raíces en el monte. Hoy, en el corazón de Yaracuy, cerca de la Cueva del Negro Miguel, la leyenda sigue viva. Su figura es un estandarte inmortal que ondea en la memoria venezolana, recordándonos que la dignidad, aun con cadenas, puede forjar una corona.
Hay quienes afirman, que en realidad el rey Miguel no era un negro esclavo sino un indio de la tribu Jirahara, tocará investigar, pero la historia que yo conozco es esta. Gracias por compartirla.
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