Ante la pluma del amigo de siempre, Juan José Flores, Bolívar comenzó su última proclama. Recordó, con una fatiga infinita, sus esfuerzos por cimentar la libertad de la Patria toda donde antes reinaba la tiranía. Habló del desinterés que lo llevó a abandonar fortuna y tranquilidad, y de su renuncia al mando al sentir la desconfianza de algunos. Mencionó a sus enemigos, quienes defraudaron lo que más sagrado tenía: su reputación y su amor a la libertad. Pero entonces, con una serenidad que heló el alma de los presentes, proclamó unas palabras que retumbaron en la habitación, con una fuerza que salía de lo más profundo de su ser: "Yo los perdono". Era el perdón del que mira desde el borde de la eternidad.
Su cariño por la patria lo obligaba a manifestar sus últimos deseos. No aspiraba a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Con ritmo pausado y melancólico, demandó a todos a trabajar por la unión de los pueblos, obedeciendo al gobierno para escapar de la anarquía; pidió dirigir sus oraciones al cielo; y a los militares los animó a emplear sus espadas para defender las garantías sociales. Era un llamado, en una armonía perfecta, dirigida a sanar la discordia.
Luego vino el momento sublime, el apóstrofe final dirigido al corazón de la patria que se desmoronaba: "¡Colombianos! ¡Mis últimos votos son por vuestra felicidad!" Y entonces, la imagen poderosa que selló su testamento, sus últimas palabras: "Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro." Ofrecía su suerte como un sacrificio final, un último trueque: su descenso en paz, por la paz de la nación.
Flores terminó de escribir. Bolívar cerró los ojos, agotado. El mar siguió su ritmo eterno. La tinta se secó sobre el papel, fijando para la historia un documento que era a la vez perdón, proclama y plegaria. La luz de su vida se apagaba, dejando un eco de tristeza en los asistentes —una última, desgarrada y esperanzadora proclama, flotando en el aire salino de la tarde caribeña.
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