Bolívar se sentía diminuto, un insignificante punto en la inmensa arquitectura del mundo. El peso de sus batallas, de sus promesas y de sus victorias se acumulaba sobre sus hombros. Cada una de sus vértebras parecía crujir bajo la carga de una nueva nación. Y en esa soledad, tan vasta como el cielo que lo abrazaba, el cansancio se convirtió en un manto pesado que lo envolvió en un sueño profundo.
En ese mundo de sueños, la montaña cobró vida. Sus rocas, tatuadas por el tiempo, se agitaron con un murmullo de milenios, y el hielo, que resplandecía como millones de diamantes olvidados, se quebró con un susurro. Una voz profunda, la voz de la tierra misma, emergió del corazón de la majestuosa cumbre andina.
"He estado esperándote, hijo de la Patria", exclamó la voz. "He observado tu corazón de guerrero, tu lucha incansable por la libertad. Los hombres y sus imperios son efímeros, como la nieve que se disuelve con el sol. Pero mi historia, la del guardián de los Andes, es la historia del mundo. Tus batallas son solo una pequeña estrofa en un poema infinito que aún no termina".
De pronto, la visión del sueño se hizo aún más extraña. Un anciano con una gran barba de nieve y un rostro como de corteza de árbol apareció de la nada. Sostenía una guadaña en una mano, no para segar vidas, sino para cortar el hilo del presente, y un reloj de arena en la otra. Era el Tiempo. Su presencia era un eco del pasado y un susurro del porvenir.
El Tiempo posó su mano huesuda sobre el hombro de Bolívar. "Tu obra no ha terminado, Libertador. No mires atrás, mira el mañana". Y le mostró una nueva visión. Un vasto continente unido, libre y próspero, donde los ríos de la libertad fluían sin obstáculos y las montañas de la opresión se habían desmoronado. La imagen era tan vívida, tan real, que el corazón de Bolívar se encendió con una nueva esperanza, con la certeza de que su legado no residía solo en las batallas, sino en ese sueño de un futuro unido.
El sueño, como una burbuja de aire que estalla en el vacío, se desvaneció. Bolívar se despertó bañado por los primeros rayos del sol. El viento seguía cortante, pero su corazón, tibio y esperanzado, se había llenado con la visión de la montaña y el Tiempo. Llevaba consigo el peso del universo, la carga de un continente entero, pero también la promesa de un futuro donde los sueños se harían realidad. Y en esa cumbre solitaria, un hombre se sintió, por primera vez, más grande que la propia montaña que acababa de conquistar.
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