15 de diciembre de 2025

El Manifiesto de Cartagena

Diciembre de 1812. Cartagena de Indias olía a sal, pescado podrido y derrota. Mientras, en una posada de la Calle de la Moneda, el rumor del mar se colaba por las maderas carcomidas, mezclándose con el eco lejano de las olas. Simón Bolívar, pálido y con la ropa empapada de sudor, escribía como poseído. Fernando Rodríguez del Toro, sentado en un rincón, observaba la sombra de Bolívar danzar en la pared como un hombre acorralado.

—¡Un gobierno de poetas, Fernando! —exclamó Bolívar de pronto, levantando la vista. Sus ojos brillaban con fiebre—. Nos deslumbraron las palabras bonitas mientras Monteverde nos gobernaba con plomo.

La pluma, empuñada como un sable, volvía al ataque sobre el papel.

Fernando recordaba aquel desfile de errores: los discursos interminables en Caracas mientras los realistas se reorganizaban, la clemencia que habían llamado «humanidad», el federalismo que convertía cada provincia en un reino de parcialidades. Lo veía claro ahora, como se ven las cosas cuando ya se han roto.

La pluma se deslizaba sobre el papel describiendo aquella «anarquía interior» que había devorado a la Primera República. Cada frase era un latigazo. Cuando mencionaba a Miranda, su mano temblaba levemente. El Precursor ya no era un héroe, sino el hombre que había firmado la capitulación, el general que había cambiado la espada por las negociaciones.

De la calle llegaban los pregones de los vendedores de arepas, el traqueteo de los carruajes, la vida que seguía su curso indiferente al naufragio de la patria. Pero en aquel cuarto, el tiempo se había detenido en los campos de batalla perdidos, en las ciudades que caían como frutos maduros, en el eco de las traiciones.

Cuando Bolívar leyó en voz alta la condena al sistema federal, su voz tenía el sonido seco de los huesos: «Fue el débil hilo con el que quisimos atar al coloso». Fernando asintió, recordando cómo cada provincia tiraba para su lado mientras el enemigo avanzaba.

Al amanecer, cuando los gallos anunciaron el nuevo día, Bolívar apartó la pluma. El Manifiesto estaba terminado. Sobre la mesa yacía no solo un análisis, sino un parte de guerra contra su propio pasado.

—Que lo lean en Bogotá, que lo sepan en Tunja —dijo Bolívar, limpiándose la tinta de los dedos—. Que sepan por qué caímos, para que no volvamos a tropezar con la misma piedra.

Fernando recogió las páginas. Aquellas palabras, húmedas aún, parecían sangrar. Afuera, Cartagena despertaba. En el muelle, los barcos se mecían sobre el agua como promesas de nuevos combates. El fracaso, ahora, tenía nombre y apellido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

TU OPINIÓN ES IMPORTANTE PARA MI