13 de junio de 2025

El Taita

El 13 de junio de 1790, bajo el intenso sol que calcina las sabanas de Curpa, allá en lo profundo del estado Portuguesa, nació el catire Páez, quien cabalgaría sobre el lomo de la historia venezolana. José Antonio Páez, el «León de Payara», no fue solo un hombre; fue el eco de un galope infinito que retumbó desde los esteros de Apure hasta las cortes de la vieja Europa.

Su temple no se forjó en cunas de seda, sino bajo el rigor inclemente de Manuelote, el implacable mayordomo del hato La Calzada. Allí, entre el olor a bosta y el rugir del ganado, el joven Páez aprendió que la vida se domina a pulso. Se curtió la piel y el alma, convirtiéndose en el «Taita» de una horda de centauros que veían en él no a un jefe, sino a un padre de hierro y coraje.

El río Apure, testigo mudo de mil batallas, aún parece arrastrar el eco de aquel grito legendario: «¡Vuelvan caras!». Eran apenas ciento cincuenta lanceros, hombres «pata en el suelo», con la piel quemada por el salitre del sudor y el polvo del camino. Frente a ellos, el mariscal Pablo Morillo desplegaba la soberbia de seis mil bayonetas realistas, uniformes de gala y tácticas de academia militar.

Pero la estrategia del León de Payara era de puro ingenio. En aquel campo ardiente donde el aire batía con furia, Páez fingió la retirada para luego, con un giro del destino, lanzarse como un rayo ante el asombro español. Solo dos bajas lloró el llano aquella tarde, mientras Morillo, humillado por la astucia del catire, escribía más tarde al rey Fernando VII:

> «Dadme un José Antonio Páez, majestad, y mil lanceros del Apure, y pondré a Europa a vuestros pies».

Había en el general una sombra misteriosa: la epilepsia. En ocasiones, el «Libertador del Apure» solía caer presa de ataques que atemorizaban a su tropa. Sin embargo, como si se tratara de un rito sagrado, Páez emergía de aquellas convulsiones con una fuerza sobrehumana, como si los dioses del llano le insuflaran un vigor invencible.

Aquella furia solo conoció la tristeza el 24 de junio en la sabana de Carabobo, cuando vio caer al más fiel de sus guerreros, Pedro Camejo. El «Negro Primero» se despedía de la vida mientras el Taita consolidaba la libertad de una República que gobernaría, con mano firme y constitucional, en tres ocasiones.

La vida de Páez fue un puente tendido entre la barbarie y el refinamiento. Aquel joven que en Guama apenas dibujaba garabatos bajo la mirada de su maestra, se transformó, por voluntad y constancia, en un hombre de luces. En Valencia, bajo el ala amorosa de Barbarita Nieves, una mujer culta que introdujo la sofisticación en la vida del caudillo, Páez suavizó sus modales de guerrero, y decidió cambiar la lanza por el violonchelo y los libros.

El catire Páez no solo rugía en el campo de batalla; también cantaba ópera y organizaba fandangos donde el joropo se zapateaba con la misma pasión con la que se cargaba contra el enemigo. Incluso en el amargo destierro de Buenos Aires su pluma no descansó: compuso canciones para los niños, dejando partituras de ternura donde antes había rastros de sangre.

Así fue Páez: el hombre que nació entre leyendas de sabana, se hizo gigante entre las lanzas y terminó sus días como un caballero de mundo, demostrando que el verdadero valor no reside solo en vencer al enemigo, sino en la capacidad de cultivar el espíritu tras haber conquistado la libertad.

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