15 de septiembre de 2025

El escribiente de la niebla


En Timotes, la niebla se posaba sobre los tejados. Mario la veía llegar desde el corredor de su casa, con un libro en las manos y el frío mordiéndole los huesos. No era una niebla cualquiera. Parecía tener memoria. Se enredaba en los aleros, olía a leña y a café colado, y a veces, si uno prestaba atención, contaba historias de pueblitos vecinos: Mucuchíes, Apartaderos, Chachopo.

Mario crecía entre empinadas montañas que parecían gigantes dormidos. Su padre lo instruía en leyes e historia; su madre le hablaba de valores y de la fe cristiana. Pero él prefería escuchar el idioma de la bruma de las montañas. Una tarde, mientras escribía sus primeras letras, la niebla entró por la ventana y se posó sobre el cuaderno. No lo mojó; al contrario, dejó una palabra escrita con una caligrafía que no era la suya: «Justicia».

Mario no se asustó. Los niños de los Andes saben que lo asombroso tiene su propia lógica. Guardó el cuaderno y salió al patio. Las gallinas picoteaban el barro. Un vecino que pasaba con una mula cargada de papas lo saludó:

«—Buenos días, niño Mario», dijo.

«—Buenos días», respondió él, y sintió que la palabra justicia le pesaba en el bolsillo como una piedra de río.

Con los años, el muchacho se hizo hombre y el hombre se hizo escritor. Se fue a Caracas y de allí viajó a Europa. Conoció salones, tribunas y sufrió destierros. Pero cada vez que se sentaba a escribir, la niebla del páramo de Timotes lo acompañaba. Se colaba por las rendijas de las casas lejanas, olía a su tierra y le dictaba frases que él no había pensado. Escribió sobre Bolívar, sobre la historia venezolana, sobre el dolor de un pueblo. Y en cada página, sin que nadie lo notara, quedaba una gota de esa niebla de los páramos andinos.

Una noche, ya viejo, en un cuarto de hotel, sintió que la niebla entraba de nuevo. Esta vez no traía palabras. Traía rostros. Vio a su madre cosiendo, a su padre leyendo, a los campesinos de su infancia labrando los conucos. Vio a Venezuela entera, con sus ríos y sus heridas. Entonces entendió que no era él quien escribía. Era la niebla. Él solo era su escribiente.

Mario Briceño Iragorry murió lejos de sus montañas. Pero cuentan que en Timotes, cuando la bruma baja densa y fría, aún se escucha el rasgueo de una pluma sobre el papel. Los viejos dicen que es el niño Mario, que sigue escribiendo para que su pueblo no se olvide de sí mismo. Y la niebla, cómplice y eterna, le sostiene el tintero.

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