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19 de abril de 2025

Un Eco de Libertad

Aquella mañana del 19 de abril de 1810, Caracas despertó con el redoblar de las campanas de la Catedral. Era Jueves Santo y el cielo, como un mantel recién planchado, lucía un azul más limpio que nunca. Por las calles empedradas de la ciudad comenzaban a desfilar las largas enaguas de las mantuanas y los hábitos de los franciscanos, mientras en las esquinas, los esclavos pregonaban dulces de papelón y conservitas de coco.

Pero esa mañana, bajo la aparente calma de la Semana Mayor, algo distinto hervía en las tertulias de los criollos. En la casa de José Ángel de Álamo, los jóvenes conspiradores ajustaban los cabos de una trama que llevaba años madurando, como el ron en las barricas de las bodegas. José Félix Ribas, con fuego en la mirada, repartía instrucciones mientras los Montilla recorrían las calles despertando voluntades.

Cuando el capitán general Vicente Emparan salió del Ayuntamiento para dirigirse a la misa, su casaca de terciopelo azul con bordados de oro resplandecía bajo el sol. Caminaba con la altivez de quien ha gobernado seis años con mano firme, seguido por los oidores de la Real Audiencia con sus togas negras y sus varas de mando. Detrás, la guardia de honor, con mosquetes relucientes, marcaba el paso.

Al llegar a la puerta de la Catedral, cuando ya el incienso comenzaba a filtrarse por las rendijas de la entrada, una mano firme se posó sobre su antebrazo.

—¡Os llama el pueblo a cabildo, señor!

Era Francisco Salias, con el rostro encendido como brasa, deteniendo al representante del rey. Emparan miró al comandante de la guardia, esperando una intervención que nunca llegó. El capitán Luis de Ponte mantuvo a sus soldados inmóviles, como estatuas de mármol. El poder, pensó Emparan, se le escurría entre los dedos como el maíz de un costal roto.

Regresó al Ayuntamiento entre el rumor creciente de la gente que llenaba la plaza. Adentro, los regidores lo esperaban con papeles y argumentos. Hablaron de la disolución de la Junta de Sevilla, del cautiverio de Fernando VII y de la usurpación francesa. Emparan respondió con la lógica del funcionario leal: España tenía Regencia y las cosas debían seguir como estaban. Convenció a algunos. Al final, parecía que todo volvería a su cauce normal.

Pero cuando se asomó al balcón para calmar a la multitud, el canónigo José Cortés de Madariaga ya le había ganado la espalda. Con su sotana negra y un verbo encendido, arengó al pueblo:

—¿Queréis seguir dependiendo de España?

El silencio se hizo tan denso que podía oírse el vuelo de una mosca. Emparan, en un arrebato de soberbia que sería su tumba política, tomó la palabra y cometió el error fatal: quiso consultar al pueblo. Se volvió hacia la muchedumbre sudorosa que llenaba la Plaza Mayor y preguntó si lo querían como gobernante.

Su destino pendía de un hilo. Fue entonces cuando, con señas, Madariaga —detrás de Emparan— animó al pueblo. La gente, como un clarín de guerra y como una sola garganta de mil cabezas, repitió el grito que retumbó en las fachadas coloniales: «¡No lo queremos! ¡No lo queremos!». El clamor trepó por los balcones de madera tallada, se coló por las persianas donde las damas observaban tras los abanicos y llegó hasta el Ávila, que guardó el eco para siempre entre sus montañas.

Emparan palideció. Su renuncia fue firmada esa misma tarde en un acta que aún guarda la capilla de Santa Rosa en sus archivos. Al día siguiente, el alto mando español partió preso hacia Puerto Rico, mientras en Caracas se instalaba la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.

Los meses siguientes vieron florecer medidas que olían a libertad recién estrenada: se prohibió el comercio de esclavos, se eliminó el tributo indígena y se abrieron los puertos a las naciones amigas. Y una mañana de junio, tres caraqueños —Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello— partieron hacia Londres con la mirada puesta en un horizonte que ya no era español.

Todo había comenzado con un gesto en un balcón, un arrebato de orgullo y un «no lo queremos» que fue la semilla de la República.