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6 de septiembre de 2025

Entre la Pluma y la Espada

El calor húmedo de mayo en Jamaica era agobiante. Simón Bolívar, el hombre que había cargado sobre sus hombros el peso de una República perdida, caminaba por las calles de Kingston con la derrota pegada a la piel, pero manteniendo la mirada fija en un horizonte que solo él alcanzaba a divisar. Atrás quedaba el fragor de 1814; atrás, el eco de sus propios pasos en el Congreso Neogranadino donde, ante Camilo Torres, había desnudado la tragedia de una Venezuela herida, recibiendo a cambio los galones de General de División y una misión que el destino acabaría por truncar.

La traición tiene sabores amargos. En Cartagena, el gobernador Manuel del Castillo le había cerrado las puertas del entendimiento. Bolívar, en un gesto que mezclaba hidalguía con pragmatismo, prefirió el exilio antes que una guerra civil. Así, el 14 de mayo de 1815, el Libertador partió hacia lo que lo convertiría en el «Ermitaño de Kingston».

En su modesta habitación, el mobiliario era escaso, pero las ideas sobraban. El silencio de la isla británica no era un vacío, sino un espacio para la reflexión. Ahora, Bolívar no empuñaba la espada, sino una pluma que rasgaba el papel con la fuerza de una carga de caballería; se volvió un hombre más analista y vidente. Entre el humo del tabaco y el aroma del café caribeño, el 6 de septiembre de 1815, nació la Carta de Jamaica.

> «Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo», escribía, mientras el mundo lo creía acabado.

Aquel documento no era una simple misiva; era un mapa geopolítico trazado con la tinta de la esperanza. Bolívar diseccionaba el continente como un anatomista: denunciaba a una Europa opulenta y monárquica frente a una América despojada, donde el hombre no era dueño de su destino, sino objeto de explotación. Pero en su diagnóstico no había autocompasión, sino un despertar.

La estadía en la isla no estuvo exenta de sombras. El acero de un atentado fallido rozó su cuello, recordándole que los realistas temían más a su pensamiento que a sus batallones. Sin recursos, casi en la indigencia, el Libertador buscó una luz en el horizonte y la encontró en la pequeña y valiente Haití.

Alejandro Pétion, presidente de la primera república negra, le abrió los brazos con una solidaridad que no conocía de razas, solo de libertad. En Los Cayos, entre oficiales venezolanos y neogranadinos, Bolívar volvió a ser el sol que imantaba las voluntades. Allí, entre veteranos napoleónicos y hombres que habían roto sus cadenas, se gestó la gran artillería de la liberación.

Para finales de 1816, el mundo era otro. Napoleón había caído y Pablo Morillo avanzaba sobre Venezuela con la flota más formidable que España hubiera enviado jamás. Parecía que la noche sería eterna. Sin embargo, a finales de diciembre, el Puerto de Juan Griego vio desembarcar a un hombre que ya no solo era un militar, sino un estadista curtido por el exilio. Bolívar habló al pueblo, explicó su retiro y reafirmó su fe en un gobierno adaptado a la realidad americana y no a los modelos extranjeros.

El 31 de diciembre, mientras el año agonizaba, el Libertador entraba en Barcelona. No llegaba solo; traía consigo la esencia de la integración latinoamericana nacida en Jamaica. El hombre que se había refugiado en la escritura regresaba convertido en el verbo encarnado de la libertad. Porque, como demuestra la historia, los hombres lúcidos no se achican ante la adversidad: usan la pluma para conquistar el futuro y la espada para defender lo escrito.

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