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29 de febrero de 2024

La Convención de Ocaña

En Ocaña, bajo un sol incandescente, el aire olía a cebolla y a tierra batida. Las campanas del templo de San Francisco repicaban con un eco metálico que hacía presagiar una tormenta; no de lluvia, sino de hombres. Corría el año de 1828 y el pueblo, de calles empedradas y balcones de madera, se había convertido en un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente.

En la plaza, la gente humilde veía pasar las casacas bordadas y las botas relucientes de los convencionistas. El viejo barbero de la esquina comentaba entre susurros mientras afeitaba a un parroquiano:

> —Pille, compadre, que la cosa se está poniendo maluca. Por un lado, el Libertador, que es como un trueno de los grandes que quiere mandar hasta en los rayos; y por el otro, el general Santander, que parece un escribano de esos que creen que pueden amarrar el viento con un montón de papeles.

Dentro del templo, el ambiente era un barullo de murmullos y tensiones. El techo de madera crujía bajo el peso de los argumentos. Simón Bolívar, el «Hombre de las Dificultades», no estaba allí físicamente —se encontraba en Bucaramanga, acechando como un león herido—, pero su sombra se proyectaba sobre cada banco. Sus delegados, con voces que recordaban el fragor de las batallas de Boyacá y Carabobo, clamaban por un mando firme.

—¡Unidad o anarquía! —gritaban, y sus palabras eran puñales de plata buscando el pecho de la joven República.

Frente a ellos, Francisco de Paula Santander, el «Hombre de las Leyes», se mantenía erguido como un roble de mármol. Sus palabras eran un compás que medía cada sílaba. Para él, la libertad no era un caballo desbocado, sino un jardín cercado por la Constitución. Sus seguidores, con la pluma en ristre como si fuera una bayoneta, defendían el federalismo con un fervor que rozaba la terquedad.

La convención era un mar de pasiones. Las metáforas volaban por el recinto: los bolivarianos hablaban de una «presidencia vitalicia» como el timón de un barco en medio de la tempestad; los santanderistas respondían que ese timón no era más que una cadena disfrazada de orden.

—¡Ustedes quieren un monarca con nombre de presidente! —vociferaba un santanderista, con el rostro encendido como una brasa.

—¡Y ustedes quieren una nación de papel que se deshará con el primer estornudo de la guerra! —respondía un bolivariano, golpeando la mesa con un puño que todavía olía a pólvora.

El pueblo de Ocaña, mientras tanto, asistía al espectáculo con una mezcla de orgullo y espanto. Las chicheras servían el licor con manos temblorosas y, en las noches, las guitarras no cantaban a las novias, sino a la incierta suerte de la Gran Colombia.

Finalmente llegó el fatídico junio. La convención, que nació como una esperanza de luz, terminó en un crepúsculo de silencios. Los bolivarianos, sintiendo que la mayoría santanderista les cerraba el paso, decidieron que el juego no valía la pena si no podían ganarlo. Como una bandada de aves que presiente el huracán, abandonaron la asamblea.

El templo quedó vacío, habitado solo por el polvo y los ecos de los gritos. El barbero, al verlos salir, guardó su navaja y suspiró:

> —Se nos dañó la fiesta, compadre. Lo que viene ahora es puro cuchillo.

La Gran Colombia, aquel sueño gigante que Bolívar había tejido con sangre y Santander con leyes, empezó a deshilacharse en las esquinas agrestes de Ocaña. El Libertador, en su desesperación, tomaría el mando absoluto, y el general de las leyes vería cómo su código se manchaba con la tinta del exilio. Ocaña quedó allí, con sus iglesias blancas y su sol eterno, siendo testigo mudo del día en que la palabra no pudo vencer al orgullo y la unión se rompió como un cristal golpeado por la realidad.

22 de febrero de 2024

Dónde la Cruz y la Flecha se Abrazan

En el regazo de Ocumare del Tuy —pueblo que parece dormir arrullado por el abrazo verde de sus montañas— renace cada año un milagro de fe: la Peregrinación de la Escolta de los Indios Coromotanos. Esta danza de devoción, que despierta el primer domingo de Cuaresma, es un cántico vivo a la Virgen de Coromoto. El relato tiene su semilla en 1941, cuando la visión de monseñor Rafael Pérez León concibió una procesión que no solo caminara, sino que palpitara al ritmo de melodías celestiales en el corazón de cada ocumareño.

Para que aquel sueño no se desvaneciera, el párroco buscó el respaldo de la Santa Sede. Así, la festividad nació ungida por el Vaticano, transformándose en un puente entre la tierra tuyera y la eternidad. El motor de este milagro fueron los jóvenes boy scouts: manos de arcilla y corazones de fuego que se convirtieron en los primeros custodios de la promesa. Ellos vistieron de gala las calles, tejieron guirnaldas y cargaron sobre sus hombros el peso sagrado de la Madre, contagiando a un pueblo que se desbordó por las avenidas como un río de esperanza.

En este lienzo histórico emerge la figura de Jesús Tereso Sánchez, el Cacique Mayor. Su liderazgo no fue solo de mando, sino de sabiduría antigua. Él fue el artesano que trenzó la fe cristiana con las raíces profundas de la tierra. Bajo su guía, la peregrinación se vistió de plumas y cantos, de ritmos ancestrales y de un respeto sagrado por la tradición. La cruz y la flecha se fundieron en un solo abrazo, convirtiendo el rito en un tapiz de identidad donde la sangre y la creencia se reconocen hermanas.

El tiempo ha pasado, pero la tradición no envejece; se hace roble. Cada año, el aire de Ocumare se impregna de oraciones y el suelo vibra con la llegada de miles de peregrinos. La fiesta es un cauce de almas que llegan desde lejos para desbordar la devoción mariana.

Pese a los vientos de cambio, la esencia de la Escolta permanece intacta, protegida en el cofre del corazón ocumareño. De pronto, el silencio del valle se quiebra con una sinfonía de júbilo: el estallido de los cohetes y el relincho de los caballos anuncian que el cielo y la tierra se han vuelto a encontrar. Hoy, cuando los jinetes inician su trote rítmico, parece que la tierra misma eleva una plegaria. En ese galopar de promesas, el pueblo reafirma que mientras haya un indio coromotano cabalgando, existirá un lazo indestructible que mantendrá encendida la llama de la unidad y la vida.