En Ocaña, bajo un sol incandescente, el aire olía a cebolla y a tierra batida. Las campanas del templo de San Francisco repicaban con un eco metálico que hacía presagiar una tormenta; no de lluvia, sino de hombres. Corría el año de 1828 y el pueblo, de calles empedradas y balcones de madera, se había convertido en un tablero de ajedrez donde se jugaba el destino de un continente.
En la plaza, la gente humilde veía pasar las casacas bordadas y las botas relucientes de los convencionistas. El viejo barbero de la esquina comentaba entre susurros mientras afeitaba a un parroquiano:
> —Pille, compadre, que la cosa se está poniendo maluca. Por un lado, el Libertador, que es como un trueno de los grandes que quiere mandar hasta en los rayos; y por el otro, el general Santander, que parece un escribano de esos que creen que pueden amarrar el viento con un montón de papeles.
>
Dentro del templo, el ambiente era un barullo de murmullos y tensiones. El techo de madera crujía bajo el peso de los argumentos. Simón Bolívar, el «Hombre de las Dificultades», no estaba allí físicamente —se encontraba en Bucaramanga, acechando como un león herido—, pero su sombra se proyectaba sobre cada banco. Sus delegados, con voces que recordaban el fragor de las batallas de Boyacá y Carabobo, clamaban por un mando firme.
—¡Unidad o anarquía! —gritaban, y sus palabras eran puñales de plata buscando el pecho de la joven República.
Frente a ellos, Francisco de Paula Santander, el «Hombre de las Leyes», se mantenía erguido como un roble de mármol. Sus palabras eran un compás que medía cada sílaba. Para él, la libertad no era un caballo desbocado, sino un jardín cercado por la Constitución. Sus seguidores, con la pluma en ristre como si fuera una bayoneta, defendían el federalismo con un fervor que rozaba la terquedad.
La convención era un mar de pasiones. Las metáforas volaban por el recinto: los bolivarianos hablaban de una «presidencia vitalicia» como el timón de un barco en medio de la tempestad; los santanderistas respondían que ese timón no era más que una cadena disfrazada de orden.
—¡Ustedes quieren un monarca con nombre de presidente! —vociferaba un santanderista, con el rostro encendido como una brasa.
—¡Y ustedes quieren una nación de papel que se deshará con el primer estornudo de la guerra! —respondía un bolivariano, golpeando la mesa con un puño que todavía olía a pólvora.
El pueblo de Ocaña, mientras tanto, asistía al espectáculo con una mezcla de orgullo y espanto. Las chicheras servían el licor con manos temblorosas y, en las noches, las guitarras no cantaban a las novias, sino a la incierta suerte de la Gran Colombia.
Finalmente llegó el fatídico junio. La convención, que nació como una esperanza de luz, terminó en un crepúsculo de silencios. Los bolivarianos, sintiendo que la mayoría santanderista les cerraba el paso, decidieron que el juego no valía la pena si no podían ganarlo. Como una bandada de aves que presiente el huracán, abandonaron la asamblea.
El templo quedó vacío, habitado solo por el polvo y los ecos de los gritos. El barbero, al verlos salir, guardó su navaja y suspiró:
> —Se nos dañó la fiesta, compadre. Lo que viene ahora es puro cuchillo.
>
La Gran Colombia, aquel sueño gigante que Bolívar había tejido con sangre y Santander con leyes, empezó a deshilacharse en las esquinas agrestes de Ocaña. El Libertador, en su desesperación, tomaría el mando absoluto, y el general de las leyes vería cómo su código se manchaba con la tinta del exilio. Ocaña quedó allí, con sus iglesias blancas y su sol eterno, siendo testigo mudo del día en que la palabra no pudo vencer al orgullo y la unión se rompió como un cristal golpeado por la realidad.

