En el regazo de Ocumare del Tuy —pueblo que parece dormir arrullado por el abrazo verde de sus montañas— renace cada año un milagro de fe: la Peregrinación de la Escolta de los Indios Coromotanos. Esta danza de devoción, que despierta el primer domingo de Cuaresma, es un cántico vivo a la Virgen de Coromoto. El relato tiene su semilla en 1941, cuando la visión de monseñor Rafael Pérez León concibió una procesión que no solo caminara, sino que palpitara al ritmo de melodías celestiales en el corazón de cada ocumareño.
Para que aquel sueño no se desvaneciera, el párroco buscó el respaldo de la Santa Sede. Así, la festividad nació ungida por el Vaticano, transformándose en un puente entre la tierra tuyera y la eternidad. El motor de este milagro fueron los jóvenes boy scouts: manos de arcilla y corazones de fuego que se convirtieron en los primeros custodios de la promesa. Ellos vistieron de gala las calles, tejieron guirnaldas y cargaron sobre sus hombros el peso sagrado de la Madre, contagiando a un pueblo que se desbordó por las avenidas como un río de esperanza.
En este lienzo histórico emerge la figura de Jesús Tereso Sánchez, el Cacique Mayor. Su liderazgo no fue solo de mando, sino de sabiduría antigua. Él fue el artesano que trenzó la fe cristiana con las raíces profundas de la tierra. Bajo su guía, la peregrinación se vistió de plumas y cantos, de ritmos ancestrales y de un respeto sagrado por la tradición. La cruz y la flecha se fundieron en un solo abrazo, convirtiendo el rito en un tapiz de identidad donde la sangre y la creencia se reconocen hermanas.
El tiempo ha pasado, pero la tradición no envejece; se hace roble. Cada año, el aire de Ocumare se impregna de oraciones y el suelo vibra con la llegada de miles de peregrinos. La fiesta es un cauce de almas que llegan desde lejos para desbordar la devoción mariana.
Pese a los vientos de cambio, la esencia de la Escolta permanece intacta, protegida en el cofre del corazón ocumareño. De pronto, el silencio del valle se quiebra con una sinfonía de júbilo: el estallido de los cohetes y el relincho de los caballos anuncian que el cielo y la tierra se han vuelto a encontrar. Hoy, cuando los jinetes inician su trote rítmico, parece que la tierra misma eleva una plegaria. En ese galopar de promesas, el pueblo reafirma que mientras haya un indio coromotano cabalgando, existirá un lazo indestructible que mantendrá encendida la llama de la unidad y la vida.

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