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24 de marzo de 2025

José Roque Pinto, Profeta en su Tierra

     
El aire olía a café recién tostado y a tierra húmeda en los Altos de Guaicaipuro. Un aire que, junto al cantar de los gallos, despertaba temprano a los peones que con sus mulas trabajaban los conucos en esa empinada región. Allí, entre claras y frías neblinas, nació José Roque Pinto un 24 de marzo de 1795, hijo de don Francisco Ramón Pinto y de doña María Rafaela Suárez de Pinto, humildes agricultores en una tierra que se resistía a olvidar el eco de aquellas montañas libertarias.

De niño, José Roque no conoció otra escuela que la del trabajo. Autodidacta, aprendió a medir la cosecha, a distinguir el grano bueno del cizañoso y, sobre todo, a mirar lejos, como si cada colina fuera una frontera por conquistar. Los viejos decían que tenía el temple de los que no se doblegan ni ante la lluvia ni ante el miedo. Cuando los rumores de guerra llegaron de Caracas como reguero de pólvora, Pinto dejó el arado y tomó el fusil. “Por la república y por esta tierra que me dio nombre”, juró frente al altar de San Pedro, mientras su madre, con el miedo apretado en el pecho, susurraba una oración contenida.

En los años turbulentos de las luchas de independencia, los caminos de San Pedro parecían ríos de soldados. Las haciendas, antes silenciosas, se convertían ahora en refugios y hospitales improvisados. Pinto, ya capitán por méritos ganados en la contienda, se movía entre las montañas con la certeza de quien conoce cada recodo, cada quebrada que escondía a un guerrillero o una esperanza. Su liderazgo no provenía del rango, sino del ejemplo: cargaba el fusil, compartía el rancho, escuchaba al campesino. Era un hombre que mandaba sin gritar.

Cuando el estruendo de los cañones se apagó y la patria nueva asomó entre ruinas y heridas, José Roque volvió a los Altos con la misma calma de quien sabe que la lucha no termina con la victoria. Fundó una escuela junto a la iglesia, donde antes estaba el campamento. “El que no aprende, vuelve a ser esclavo”, repetía a los niños que lo escuchaban hablar de Bolívar y de justicia. Bajo los cipreses de la plaza, entre el aroma del café, fue tejiendo una nueva independencia: la de la enseñanza.

El tiempo, que devora héroes con la misma hambre que engrandece mitos, lo fue dejando en la memoria del pueblo. Los más viejos aún aseguran verlo encorvado pero altivo, caminando a lo largo del sinuoso camino montañoso con su sombrero ancho y un bastón, saludando a todos con quienes cruzaba la mirada. En los cafetales aún se escucha su voz, llevada por el viento del amanecer:
—El suelo se defiende sembrando,mis hijos, sembrando libertad.

Y así, entre surcos y recuerdos, José Roque Pinto quedó sembrado en su tierra, como el imaginario de una república que creció junto a los caminos humildes, donde la patria se hacía cotidiana en el café de las mañanas y en la palabra enseñada.


10 de marzo de 2025

Las Manos del Sabio

La densa y salitrosa bruma de La Guaira envolvía la silueta del Dr. José María Vargas aquella tarde de recuerdos. En las calles empedradas, donde el eco de los pasos parecía detenerse a charlar con las sombras de los muros coloniales, el nombre del médico no era solo un título; era una plegaria de alivio para el afligido.

Vargas, hombre de mirada de lince y pulso de relojero, caminaba con el peso de la historia sobre sus hombros. Había nacido a orillas del mar Caribe; su espíritu era como un velero audaz que siempre buscó puertos de conocimiento más allá del horizonte.

En las aulas de la Universidad Central, su voz era un manantial de luz en medio de la penumbra dogmática. No solo curaba cuerpos, sino que intentaba sanar el alma de una nación herida por las guerras. «La educación es el cimiento de la libertad», solía decir, mientras sus finas manos pasaban las páginas de libros que olían a sabiduría antigua y esperanza nueva. Fue esa misma integridad la que lo llevó a las cumbres del poder público, convirtiéndose en el primer civil en asumir la presidencia de la República, demostrando que el pensamiento y el derecho podían guiar el destino de un país acostumbrado al rigor de las armas.

Pero el destino, tejedor incansable con hilos dorados, le reservaba una tarea que no estaba en ningún tratado de anatomía ni medicina: custodiar la eternidad del Padre de la Patria.

Corría el tiempo del luto y la incertidumbre. El Libertador, el hombre que había cabalgado sobre los Andes como un rayo indomable, se había convertido en un suspiro en Santa Marta. Caracas esperaba a su hijo y el Gobierno, con la solemnidad que exigía el momento, llamó al sabio de La Guaira. Vargas se enfrentó a la mesa de trabajo con el respeto de un devoto ante un altar. El cuerpo de Simón Bolívar, despojado ya de la fiebre y el cansancio, yacía bajo la luz de los candiles. El Dr. Vargas no veía solo a un paciente; veía el mapa de una libertad no consolidada.

Con una paciencia de monje, sus manos operaron el milagro de la permanencia. Los aceites y las resinas se mezclaron con el aroma de la mirra, creando una atmósfera donde el tiempo parecía haberse arrodillado. Cada incisión era un verso de gratitud; cada vendaje, un juramento de lealtad. El médico no solo embalsamaba un cuerpo, sino que blindaba el mito contra la polilla del olvido.

> «He cuidado que este pecho, que albergó el fuego de mil batallas, repose ahora en la paz del bronce», pensó Vargas mientras el sudor de su frente caía, como una libación, sobre el suelo de la estancia.

Años más tarde, lejos de sus costas, en el exilio silencioso de Nueva York en 1854, el Dr. Vargas cerraría los ojos por última vez. Pero su legado no se quedó entre los hielos del norte. Regresó a Venezuela convertido en viento y en escuela; en el ejemplo del hombre que prefirió la pluma al sable, pero que supo usar el bisturí para darle a su pueblo un símbolo inmortal.

Hoy, cuando el sol calienta los adoquines de La Guaira, se dice que aún se siente un rastro de lavanda y espíritu científico en el aire. Es la huella de José María Vargas: el médico que no solo curó a los vivos, sino que enseñó a la muerte a respetar la grandeza de los héroes.