De niño, José Roque no conoció otra escuela que la del trabajo. Autodidacta, aprendió a medir la cosecha, a distinguir el grano bueno del cizañoso y, sobre todo, a mirar lejos, como si cada colina fuera una frontera por conquistar. Los viejos decían que tenía el temple de los que no se doblegan ni ante la lluvia ni ante el miedo. Cuando los rumores de guerra llegaron de Caracas como reguero de pólvora, Pinto dejó el arado y tomó el fusil. “Por la república y por esta tierra que me dio nombre”, juró frente al altar de San Pedro, mientras su madre, con el miedo apretado en el pecho, susurraba una oración contenida.
En los años turbulentos de las luchas de independencia, los caminos de San Pedro parecían ríos de soldados. Las haciendas, antes silenciosas, se convertían ahora en refugios y hospitales improvisados. Pinto, ya capitán por méritos ganados en la contienda, se movía entre las montañas con la certeza de quien conoce cada recodo, cada quebrada que escondía a un guerrillero o una esperanza. Su liderazgo no provenía del rango, sino del ejemplo: cargaba el fusil, compartía el rancho, escuchaba al campesino. Era un hombre que mandaba sin gritar.
Cuando el estruendo de los cañones se apagó y la patria nueva asomó entre ruinas y heridas, José Roque volvió a los Altos con la misma calma de quien sabe que la lucha no termina con la victoria. Fundó una escuela junto a la iglesia, donde antes estaba el campamento. “El que no aprende, vuelve a ser esclavo”, repetía a los niños que lo escuchaban hablar de Bolívar y de justicia. Bajo los cipreses de la plaza, entre el aroma del café, fue tejiendo una nueva independencia: la de la enseñanza.
—El suelo se defiende sembrando,mis hijos, sembrando libertad.
