Vargas, hombre de mirada de lince y pulso de relojero, caminaba con el peso de la historia sobre sus hombros. Había nacido a orillas del mar Caribe; su espíritu era como un velero audaz que siempre buscó puertos de conocimiento más allá del horizonte.
En las aulas de la Universidad Central, su voz era un manantial de luz en medio de la penumbra dogmática. No solo curaba cuerpos, sino que intentaba sanar el alma de una nación herida por las guerras. «La educación es el cimiento de la libertad», solía decir, mientras sus finas manos pasaban las páginas de libros que olían a sabiduría antigua y esperanza nueva. Fue esa misma integridad la que lo llevó a las cumbres del poder público, convirtiéndose en el primer civil en asumir la presidencia de la República, demostrando que el pensamiento y el derecho podían guiar el destino de un país acostumbrado al rigor de las armas.
Pero el destino, tejedor incansable con hilos dorados, le reservaba una tarea que no estaba en ningún tratado de anatomía ni medicina: custodiar la eternidad del Padre de la Patria.
Corría el tiempo del luto y la incertidumbre. El Libertador, el hombre que había cabalgado sobre los Andes como un rayo indomable, se había convertido en un suspiro en Santa Marta. Caracas esperaba a su hijo y el Gobierno, con la solemnidad que exigía el momento, llamó al sabio de La Guaira. Vargas se enfrentó a la mesa de trabajo con el respeto de un devoto ante un altar. El cuerpo de Simón Bolívar, despojado ya de la fiebre y el cansancio, yacía bajo la luz de los candiles. El Dr. Vargas no veía solo a un paciente; veía el mapa de una libertad no consolidada.
Con una paciencia de monje, sus manos operaron el milagro de la permanencia. Los aceites y las resinas se mezclaron con el aroma de la mirra, creando una atmósfera donde el tiempo parecía haberse arrodillado. Cada incisión era un verso de gratitud; cada vendaje, un juramento de lealtad. El médico no solo embalsamaba un cuerpo, sino que blindaba el mito contra la polilla del olvido.
> «He cuidado que este pecho, que albergó el fuego de mil batallas, repose ahora en la paz del bronce», pensó Vargas mientras el sudor de su frente caía, como una libación, sobre el suelo de la estancia.
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Años más tarde, lejos de sus costas, en el exilio silencioso de Nueva York en 1854, el Dr. Vargas cerraría los ojos por última vez. Pero su legado no se quedó entre los hielos del norte. Regresó a Venezuela convertido en viento y en escuela; en el ejemplo del hombre que prefirió la pluma al sable, pero que supo usar el bisturí para darle a su pueblo un símbolo inmortal.
Hoy, cuando el sol calienta los adoquines de La Guaira, se dice que aún se siente un rastro de lavanda y espíritu científico en el aire. Es la huella de José María Vargas: el médico que no solo curó a los vivos, sino que enseñó a la muerte a respetar la grandeza de los héroes.

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