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4 de mayo de 2026

El grito de los morrocoyes

El polvo de las calles se levantaba como un augurio bajo los pies apresurados de los valencianos. Aquella mañana, las campanas de la Catedral no llamaban a misa...

—¡Páez! ¡Páez! ¡Que vuelva Páez! —coreaban las voces, roncas de tanto gritar en medio de un intenso calor.

Los morrocoyes, aquellos lentos animales de duro caparazón que los llaneros usaban como escarnio para burlarse de los oficinistas de Caracas, se habían vuelto el emblema de una revolución que aún no decía su nombre. Porque aquello que los cronistas llamarían después «la Revolución de los Morrocoyes» no era, en su origen, más que un lento arrastrarse hacia la dignidad herida.

El Concejo Municipal de Valencia se reunió aquel día bajo techos de tejas y paredes encaladas. Afuera, la gente sudaba su descontento. José Antonio Páez, el Centauro de los Llanos, esperaba en su hacienda de La Calera mientras los cabildantes deliberaban. Había sido suspendido por orden de Bogotá, y en su pecho de general batallador crecía la certeza de que la Constitución de Cúcuta —juramentada cinco años atrás bajo protestas— era una camisa de fuerza tejida en tierra extraña.

—No queremos separarnos del Libertador —explicó el síndico procurador ante el concejo en vilo—, pero tampoco podemos seguir sometidos a un congreso que nos ignora.

Así nació La Cosiata. «Cosa» le llamaron los despectivos; «cosa de locos», dijeron en Bogotá. Pero aquella «cosa» era el malestar profundo de una Venezuela que había sangrado por su libertad y ahora se veía dependiente de un centralismo neogranadino.

Para cuando la noche cubrió Valencia con su manto de estrellas y velas de sebo, Páez había asumido el gobierno del Departamento de Venezuela. No dijo «independencia», sino «reforma». No gritó «separación», sino «revisión». Pero el eco de su decisión retumbaría hasta 1830, cuando la Gran Colombia, aquel sueño bolivariano nacido en Angostura y Jamaica, se haría trizas en el viento.

Y todo empezó aquel 30 de abril, cuando un pueblo cansado decidió que su caparazón era más fuerte que las leyes escritas en tierra ajena.

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