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29 de agosto de 2026

Un repentino cambio de dueños


Un viento apacible soplaba sobre los cardonales de Coro aquel febrero de 1529. La arena de la playa se colaba por las rendijas de los bohíos, presagiando un tiempo nuevo. Las velas de los hidalgos castellanos no asomaron por la bahía; en su lugar se dibujaron las siluetas recias de los galeones imperiales que traían el estandarte de la Casa Welser alemana.

Al desembarcar, el primero en descender fue Ambrosio Alfínger con el paso firme de los hombres de Augsburgo, apretando el puño sobre la empuñadura fría del acero. Traía pergaminos firmados en el viejo continente por el emperador Carlos V, órdenes reales que pesaban más que las piedras del camino, además de una obsesión ciega y febril por la codicia de encontrar una ciudad legendaria de oro macizo oculta tras las leyendas indias del sur. Con la misma frialdad con que se trazan los números en los libros de contabilidad, desplazó a Juan de Ampiés. El capitán español, que había fundado aquel lugar con palabras templadas y trato cauto, tuvo que ceder el mando y mirar cómo el poder cambiaba de manos y empezaba a dictar la ley del trópico.

Los alemanes no venían a labrar la tierra ni a levantar altares duraderos. Ellos miraban el horizonte espeso como quien evalúa un almacén de mercancías, impulsados únicamente por el afán implacable de riquezas. Tras las primeras semanas de desembarco, Alfínger organizó a sus hombres y partió hacia el occidente, hacia las brumas del lago y las sierras desconocidas. Las herraduras de los caballos resonaron sobre la tierra seca. Atrás quedaba el miedo de los indígenas y el murmullo apagado de algunos españoles rezagados, que veían cómo la provincia de Venezuela cambiaba de dueño sin que ninguna espada criolla pudiera impedirlo.

Sin embargo, aquella tierra indómita guardaba secretos que ningún contrato de Augsburgo podía descifrar. A medida que la hueste se internaba en la espesura, la avaricia dorada se convertía en una pesadilla de barro y fiebre. La ansiada ciudad de oro macizo jamás se encontró tras las montañas; en su lugar, el territorio se transformó en un laberinto implacable.

Los soldados, agobiados por armaduras pesadas e inútiles, comenzaron a caer muertos, uno tras otro, por extrañas enfermedades y pestes desconocidas. Los nobles caballos, flaqueaban y caían desmayados al intentar atravesar agrestes trochas y parajes inhóspitos donde la naturaleza misma parecía cobrar venganza. 

Aquellos contadores de riquezas aprendieron demasiado tarde que la selva y el pantano no responden a los libros de cuentas, dejando solo, un reguero de cruces anónimas.

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