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8 de septiembre de 2026

La Capitanía General de la República


Aquel año de 1777,  el sol de septiembre caía sobre los tejados de la ciudad dorando las paredes de bahareque y calentando el empedrado de las calles por donde el pregonero, con voz resonante, esparcía la noticia real.

Las provincias, hasta entonces dispersas como islas solitarias bajo mandatos ajenos —unas mirando a la lejana Bogotá y otras al mar de Santo Domingo—, comenzaron a latir a una sola voz. La Real Cédula firmada por el rey Carlos III el octavo día de aquel mes llegaba como un soplo fresco desde el otro lado del océano, atando los hilos sueltos de un mapa fragmentado. Ya no eran solo retazos costeros y llanuras bravías; las Reformas Borbónicas apretaban las riendas del imperio para frenar el contrabando holandés y asegurar el Caribe, pero sin saberlo, estaban tejiendo el traje de una nueva patria.

En la gran provincia central, Caracas asumió el timón político y militar, extendiendo su sombra vigilante sobre el oriente de Cumaná, la isla centinela de Margarita, las vastas aguas y fronteras del sur custodiadas por Guayana, los horizontes occidentales de Maracaibo y las brisas insulares de Trinidad, antes de que el inglés la arrebatara. Cada región conservaba sus costumbres y su pulso local, pero todas respondían ahora a un solo grito desde el valle de los cerros tutelares.

Aquel pergamino sellado en la península ibérica no era un simple trámite de corte; fue el primer latido de la tierra venezolana. Décadas más tarde, cuando los patriotas alzaran las banderas de la libertad en 1810 y 1811, invocarían con firmeza el viejo principio del Uti Possidetis Iuris, sosteniendo que la república naciente poseería exactamente lo que aquellos confines trazaron bajo el cielo colonial. La casa común ya tenía paredes, y el tiempo se encargaría de llenarla de historia.