El clima húmedo de junio, con su calor característico, se siente más sofocante este día en los pequeños poblados de Guarenas y Guatire. El tímido sol tiñe de colores ocres el cielo Mirandino. No es un día cualquiera: el 29 de junio resuena en el alma de estas dos ciudades gemelas, con el eco de una promesa antigua, una melodía de fe que se niega a extinguirse. Los más ancianos suelen decir que la Parranda de San Pedro es tan antigua como los cimientos de la plaza, una tradición forjada en tiempos en que la tierra, labrada por manos esclavas, clamaba por milagros, pero el común de la gente sostiene que la Parranda es, ante todo, un acto de amor verdadero, y que este amor se ha anidado en el corazón de todo un pueblo, evocado por la historia de María Ignacia, una esclava de ojos profundos y manos callosas. En los cañaverales del valle de Pacairigua, hoy Guatire, la vida de María Ignacia estaba marcada por la lucha y la esperanza, sobre todo por su pequeña hija, Rosa Ignacia, quien se debatía entre la vida y la muerte. En aquel momento de desesperación, el ruego de María Ignacia se elevó hacia el cielo, una súplica desgarradora dirigida a San Pedro:
—¡Sánala, Santo bendito, y te prometo que cada 29 de junio, con mi voz y mis pies, te honraré!—
El milagro, como una brisa fresca y apacible, sopló sobre la niña, devolviéndole el aliento. Así, acompañada de sus otros dos hijos, su esposo de rostro duro pero corazón tierno, y sus amigos, María Ignacia comenzó la ofrenda, una danza de gratitud que pronto se convirtió en tradición popular.
Cuando la muerte, con su velo sombrío, se llevó a María Ignacia, su esposo, con la frente en alto y el alma llena de su recuerdo, se vistió con sus ropas y continuó la promesa, perpetuando el legado.
En Guarenas, la llama de la Parranda arde con la tenacidad de los pueblos. Por más de un siglo, sus voces se han alzado en las calles y en los patios de las casas, tejiendo versos improvisados que brotan como frescos manantiales, llenos de ingenio y devoción. Los cuerpos, curtidos por el sol y el tiempo, se mueven al compás del tambor, con una cadencia que arrulla el alma. Cada habitante de la comunidad, va heredando la responsabilidad de mantener viva la tradición, con la solemnidad de quien transfiere un tesoro; así, aseguran mantener ardiendo la llama del folclor.
Mientras tanto, en la vecina Guatire, la Parranda florece con la exuberancia de un jardín tropical. Esta hermosa festividad ahora es abrazada por bailarines y trovadores de todas partes en una explosión de color y alegría.
Así, cada 29 de junio, la Parranda de San Pedro estalla en las calles de Guarenas y Guatire. Las comparsas, un torbellino de color y movimiento, desfilan con sus trajes remendados de esperanza y devoción. Los músicos, con sus cuatros y maracas, arrancan melodías que se clavan en el alma; los tucusitos y coticeros, junto a los bailarines, con pasos ágiles y sombreros adornados, honran la promesa de María Ignacia, mientras los trovadores, con rima ágil, improvisan versos que son pinceladas de la vida misma de estos dos pueblos.
Esta manifestación, a través de la parranda, no es solo una fiesta; es un hilo invisible que conecta el pasado con el presente, una melodía que, generación tras generación, sigue resonando en el corazón de dos pueblos que saben que, a veces, los milagros se visten de tradición y se bailan como María Ignacia sabe bailar.


