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24 de junio de 2024

El Santo Parrandero de Ocumare

Las lluvias de junio caían con insistencia en Ocumare del Tuy, impregnando el aire con un agradable olor a tierra mojada y promesas de tambores. Hacía mucho calor, pero este no era un calor cualquiera; era el aliento de siglos, el eco de un San Juan Bautista que, tras llegar en galeones españoles con la cruz en una mano y el látigo en la otra, fue parido de nuevo en las entrañas de esta tierra mirandina. Aquí, donde la esencia indígena, el vigor europeo y la resiliencia africana trenzaban sus raíces, nació una cultura que desafió el yugo, un tridente de creencias y rebeliones bordadas en un gran lienzo con hilos de oro y sangre.

Cada 24 de junio, la lluvia besa la tierra con la misma pasión con la que los corazones de los ocumareños se aceleran al compás de los tambores. Todos juntos se preparan para la misa a San Juan, un ritual ancestral que los conecta con un pasado vivo. En la iglesia, aguarda la imagen del Santo Parrandero, un santo de madera con más de trescientos años a cuestas, custodiado por familias ocumareñas de generación en generación: los Orta, los Mijares de Chaparral, la familia de Pedro Izquierdo y, ahora, los Machillanda. Para la comunidad, su amor por San Juan trasciende la tradición afrovenezolana; es pura devoción, es agradecimiento a milagros concedidos. "San Juan es un santo milagroso", susurra la gente, con los ojos brillando con una fe inquebrantable.

Pero para el pueblo, la tradición va más allá. Su fervor brota del mismo tuétano de su sangre africana, con un palpitar ancestral que despierta con el repique del tambor tuyero. Los tambores —el primero, el segundo, el tercero— son la voz de sus ancestros, el llamado a la libertad que resonó un 24 de junio de 1749, cuando los negros esclavizados de la Sabana de Ocumare se levantaron, visualizando su propia emancipación al son del santo y los tambores.

Cuando San Juan sale de la iglesia, Ocumare se convierte en un mantel colorido de fiesta y fervor. La imagen, bailada al ritmo frenético de los tambores, recorre las calles, llenando los caminos con una danza de fe que culmina en la Plaza Bolívar, donde se le rinden honores. Luego, con el eco de los cueros retumbando en el aire, el santo es llevado al sector Chaparral, a la casa de los Machillanda. Allí, entre versos improvisados al grito de "AJE", se reparten arepitas dulces y hervidos, manjares que la familia ofrece a todos los presentes, un acto de generosidad que sella la promesa.

Así pues, el pueblo de Ocumare del Tuy, recuerda con nostalgia, aquellos años, cuando el Día de San Juan Bautista paralizaba todo el comercio. El primer toque de campana marcaba el inicio de la parranda; el cura entregaba a San Juan al pueblo, y la gente, con el santo en brazos, iba de casa en casa de promeseros o a la casa de algún "Juan". El río Ocumarito era el destino final, donde sus aguas abrazaban al santo en un rito purificador, un baño de fe que unía la tierra, el agua y el espíritu en una danza eterna.

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