Los rayos de sol de Corpus Christi, con dificultad, intentaban traspasar las nubes cargadas de agua en el cielo de San Francisco de Yare. Desde el amanecer, un murmullo de expectación bullía en aquel húmedo ambiente. Era la hora de los Diablos Danzantes, la hora sagrada en la que el pueblo de Yare se vestía de fe y misterio, y el eco de las cotizas sobre el asfalto caliente retumbaba como el latido mismo de la tierra.
Cargadas de años y fe, las mujeres capataces, con la piel curtida por el sol y los rezos, observaban desde el umbral de los balcones cómo los primeros "cajeros" templaban los cueros. El sonido grave del tambor se escapaba como un aliento ancestral, que traía recuerdos de infancia. Los abuelos, con ojos llenos de una devoción férrea, contaban la historia y el legado de la tradición en los pueblos de Yare. Aquella leyenda dónde el padre desesperado, invocó en su petición a los "diablos". —Si no vienen los creyentes, ¡tendrán que bailar los diablos!— había clamado aquel cura, y así, del polvo de la necesidad y la fe, nacieron los danzantes, con sus coloridas máscaras y sus trajes rojo escarlata.
Los hombres, herederos de una tradición mestiza que se tejía con hilos indígenas, africanos y europeos, se transformaron. Sus rostros de labriegos y pescadores se ocultaron tras caretas de cuernos retorcidos y fauces abiertas, algunas con el brillo delator del engaño y otras con la solemnidad de un sacrificio. El rojo intenso de sus vestimentas, salpicado de cruces y escapularios, contrastaba con el blanco sagrado del Santísimo Sacramento, que pronto recorrería las calles.
Ahora, el aire se llena de cantos rítmicos. Las maracas sacuden su canto de semillas secas, y las cotizas, al danzar sobre la tierra, marcan el compás de una danza entre el bien y el mal.
No son solo hombres bailando; son la representación viviente de la lucha, la penitencia, la promesa que se paga y el favor que se agradece. El "capataz", con la imponente máscara de cuernos más grandes, guia la procesión, con movimientos llenos de autoridad ancestral, mientras los más jóvenes, con la energía desbordante de la juventud, imitan sus pasos, aprendiendo el milenario ritual.
Cuando la custodia, resplandeciente como un diminuto sol, aparece en la distancia, un escalofrío recorre la columna vertebral de todos los feligreses. Los diablos, con sus máscaras feroces y sus movimientos frenéticos, se arrodillan. Es el acto cumbre: la sumisión del diablo ante lo divino, la entrega de lo mundano a lo sagrado. El silencio se hace por un instante, una emoción que solo el tiempo pudo forjar.
Así, año tras año, el pueblo de Yare renueva su pacto con la fe y la memoria. Los Diablos Danzantes no son una simple estampa folclórica; son el alma de un pueblo, la herencia que se transmite de abuelos a nietos, la fe que resiste el embate del tiempo y la promesa que se cumple bajo los vacilantes rayos del sol de Corpus Christi. Es la Venezuela profunda, vibrante y mística, que se baila en cada paso, en cada tambor y en cada corazón que late al son de las cotizas.

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