—Este no es mi día —dijo, y nadie le hizo caso.
Lo encontraron al amanecer del 18 de mayo de 1957, tieso en su catre, con las manos todavía oliendo a las yerbas que había estado moliendo la tarde anterior para una muchacha de Tinaquillo que necesitaba amansar a su hombre. Los mismos que lo velaron esa noche fueron los que después, cuando pasaron los años, empezaron a jurar que lo habían visto en los caminos.
Porque Nicanor, el curandero que sanaba y arreglaba enredos las veinticuatro horas del día, no tuvo la delicadeza de irse del todo. Quienes lo conocieron bien sabían que era un hombre de gustos fijos y gestos galantes: no fumaba tabaco, pero sí cigarrillos, especialmente "Capitolio" y "Continental". A cualquier hora se le veía con el humo fino entre los dedos, mientras disfrutaba de un café amargo, siempre sin azúcar, que parecía asentarle el carácter antes de atender a los necesitados.
La primera en verlo tras su partida fue una mujer de San Felipe que iba a buscar agua al río cuando todavía no había salido el sol. Lo encontró sentado en una piedra, limpiándose las uñas con un cuchillo de monte.
—¡Don Nicanor! —dijo ella, con un susto que le enfrió la sangre—. ¿No estaba usted muerto?
Él levantó la cabeza, se acomodó el sombrero y le sonrió con esa sonrisa que siempre tuvo en vida, la misma que mostraba cuando era feliz regalándole a todas las mujeres caramelos de coco que sacaba de sus bolsillos como por arte de magia.
—Muerto está el que no tiene palabra, niña. Yo tengo muchos compromisos todavía.
Y entonces, sin más, empezó a cantar:
> Virgen del Carmen, Virgen del Carmen,
> ampárame en esta hora...
>
Desde ese día, en las noches de luna llena, los caminos de Carabobo se pueblan de historias. Unos dicen que lo vieron en Montalbán, otros que en Tocuyito, pero siempre de la misma manera: antes de aparecer, se siente un olor a ruda y a sus cigarrillos de siempre, y si uno presta atención, se escucha esa canción que él tararea como si todavía estuviera vivo.
Doña Sara Carmona, la última mujer que tuvo, recordaba cómo era él en vida. Mujeriego hasta la médula, había repartido hijos por todo el estado con María Eufemia, con Ofelia Ojeda, con Eustaquia Jiménez. Pero también repartía curaciones y trabajos. Cuando alguien tenía fiebre, ahí estaba Nicanor con sus brebajes. Cuando una muchacha se quedaba sin novio, ahí estaba Nicanor para endulzarle el corazón, tal vez con la misma dulzura de sus inseparables caramelos de coco.
—Era como un río —decía doña Sara—. Un río que a veces se desbordaba y se llevaba todo por delante, pero sin agua no podía vivir nadie.
Por eso, cuando murió aquella tarde de mayo, después de la discusión en la gallera por un gallo que no quiso pelear, el pueblo entero sintió que algo se había secado. Y cuando al día siguiente lo enterraron, las campanas sonaron como si fueran de madera: un repique seco y triste.
Pero lo cierto es que no se fue. Lo cierto es que sigue ahí, en las encrucijadas, en los caminos de tierra, en los sueños de los que lo buscan para pedirle favores, suerte o venganza.
—¿Y usted cree en esas cosas, ñor? —le preguntó una vez un caraqueño incrédulo a un viejo de Belén.
El viejo se quedó callado un rato, mirando la montaña. Después se señaló el pecho, justo donde late el corazón.
—Mire, joven —dijo—. Yo no sé si Nicanor Ochoa anda por ahí en los caminos. Pero sí sé que cuando uno lo necesita, lo siente aquí adentro. Como una yerba amarga, o como ese café fuerte que él tomaba, que de repente se vuelve dulce. Como esa canción que él cantaba.
Y entonces, sin venir a cuento, el viejo comenzó a tararear bajito, mientras la tarde caía sobre los sembradíos:
> Virgen del Carmen, ampárame en esta hora...
>
Y el viento, que siempre sabe de estas cosas, se llevó la canción monte adentro, como si alguien, en alguna parte, estuviera esperándola.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
TU OPINIÓN ES IMPORTANTE PARA MI