Bolívar cerró los ojos. Sabía de quién eran esas cabezas antes de que su ayudante murmurara el nombre.
—¿Briceño? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—Sí, mi general. Antonio Nicolás Briceño. Sus hombres los ejecutaron hace tres días en las llanuras de Barinas.
Bolívar no respondió. Se quedó mirando los ojos vacíos de aquellos hombres, pensando en los ojos de otro hombre: el abogado de Trujillo que había decidido que la libertad de América se escribiría con el exterminio español. «El Diablo», lo llamaban. No por los actos sacramentales de su infancia, sino por su furia.
—Ese Briceño —masculló Bolívar, más para sí mismo que para su ayudante—. Estaba más cerca de la verdad que yo. Y más lejos también.
El ayudante no comprendió. Se retiró dejando al Libertador con la caja abierta.
Briceño no marchaba al compás del ejército; actuaba bajo sus propias reglas de fuego y acero. Mientras Bolívar buscaba el orden de las leyes, «El Diablo» prometía ascensos a cambio de cabezas enemigas y justicia sumaria bajo el filo de la bayoneta. Bolívar lo había tolerado durante meses, viéndolo operar en los márgenes del ejército, consumido por una rabia que parecía personal, no política.
Entonces llegó el día en que Briceño se separó con cincuenta hombres hacia Barinas, rechazando nuevas órdenes, sordo a reprimendas. Bolívar lo dejó ir. Parte de él sabía que Briceño no volvería.
En las llanuras, las tropas del realista Yáñez lo esperaban. Briceño cabalgó directo hacia ellas, como si buscara lo inevitable. El hombre que pretendía sembrar el terror cobró con su propia cosecha.
El 15 de junio de 1813, a la hora exacta en que las balas españolas apagaban el fuego de Antonio Nicolás Briceño —y el filo realista separaba su cabeza del cuerpo—, Bolívar estaba sentado en su despacho. Con la pluma temblando en la mano, escribía el Decreto de Guerra a Muerte.
No sabía por qué lo hacía. Los generales esperaban órdenes, estrategia, cálculo político. Pero lo que salía de su pluma era pura rabia. La rabia de Briceño. Como si el espectro del difunto hubiera entrado en su cuerpo en el preciso instante en que exhalaba su último aliento en Barinas.
Bolívar leyó lo que había escrito: «Españoles y canarios: contad con la muerte, aunque seáis neutrales, si no obráis activamente en favor de la América...».
Las palabras eran de Briceño. El fuego era de Briceño. Y Bolívar las firmaba con su nombre.
Trece años después, la guerra había terminado. Sudamérica era libre. Millones habían muerto. En una noche de 1826, en Maracaibo, el general Bolívar contemplaba el óleo de Briceño en la sala de sus parientes. Las velas titilaban, acentuando las sombras en las facciones del retratado.
—Por lo indomable de su carácter, hicieron bien los españoles en ejecutarlo —comentó Bolívar, con la melancolía de quien ha visto demasiada sangre—; porque de lo contrario, lo hubiera tenido que hacer yo.
El silencio de la sala fue roto por la voz de una joven de la casa, una Briceño de pura cepa, cuyos ojos reflejaban el mismo brillo del cuadro:
—¡O él a usted, general!
Bolívar la miró. El aire se volvió espeso, cargado de fantasmas y de repúblicas perdidas. El Libertador no se inmutó; dibujó una leve sonrisa, inclinó la cabeza ante la audacia de la muchacha y guardó un silencio profundo, sabiendo que, en el fondo de aquella noche, el alma de «El Diablo» todavía galopaba por las llanuras de América, indomable y vengadora, recordándole que toda revolución nace del mismo fuego que consume a sus propios hijos.

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