Allí, en la tercera casa hacia la izquierda de la calle de la Amargura, distinguida con el número 5, muchos años después, transcurreron los días de la negra Hipólita, cuyos pechos habían amamantado la infancia del mismísimo Simón Bolívar. Ya no eran tiempos de guerra ni de cadenas. Desde 1823, una pensión de 30 pesos mensuales otorgada por su amado «Niño Simón» le aseguraba una vida digna en aquella barriada de la parroquia San Pablo.
La casita de Hipólita era un oasis de afecto. El rechinar de su imponente puerta mudéjar —herencia noble de los mantuanos— anunciaba a menudo visitas ilustres. Doña María Antonia Bolívar, junto a su hija Valentina Clemente de Camacho y las hijas de esta, cruzaban el umbral para llenarla de mimos, asegurándose que a la vieja nodriza jamás la arropara la miseria.
El olor a café colado y el murmullo de las risas familiares desafiaban la peligrosidad de los prostíbulos cercanos, tejiendo un manto de calidez sobre los últimos años de la noble matrona.
El 25 de junio de 1835, los ojos de Hipólita se cerraron para siempre, dejando a El Silencio un poco más huérfano. El tiempo siguió su curso indetenible. En 1942, el presidente Isaías Medina Angarita ordenó la demolición de la vieja barriada para dar paso a la modernidad. Bajo la genialidad del arquitecto Carlos Raúl Villanueva y el cincel de Francisco Narváez, el sector se transformó en 1945 en una joya urbana de siete bloques y vistosas plazas como la O'Leary y la Miranda.
La humilde morada de la calle de la Amargura desapareció bajo el paso del porvenir. Sin embargo, su magnífica puerta mudéjar fue salvada y donada a la Casa Natal del Libertador. Hoy, entre el bullicio de la Caracas moderna, si uno aguza el oído cerca de los bloques de El Silencio, parece rescatar del viento el arrullo de la negra Hipólita, cuyo recuerdo late eterno en el subsuelo de la patria.

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