Después de El Juncal, el general miró hacia el sur con la obstinación de los profetas. Comprendió que Guayana era mucho más que un mapa verde: era el pulmón y el escudo de la República. El 11 de abril, en las sabanas de San Félix, la historia estalló en un trueno seco. Las descargas de fusilería abrieron el horizonte, y el ejército de Miguel de la Torre se desmoronó bajo el empuje de un estratega que parecía saber dónde iba a caer el sol antes de que se pusiera. Con esa victoria, la revolución encontró por fin un refugio con ríos navegables, ganado y un horizonte inabarcable desde donde respirar.
Cuentan los viejos de Angostura que, en las noches previas al 16 de octubre, el aire de la plaza se volvía espeso como la melaza, y las sombras de los bucares cobraban vida propia, estirándose para advertirle al condenado lo inevitable. A los cuarenta y tres años, el hombre que había conquistado el gran bastión sur se hallaba atrapado entre las mallas de una disciplina militar que no toleraba disidencias ni sombras paralelas. Las contradicciones de aquella patria naciente —la sangre mestiza, el mérito guerrero frente al apellido, la urgencia de una sola voz de mando— pesaban más que los galones.
Cuando las descargas del piquete tronaron contra los muros del cuartel, el río Orinoco detuvo su curso por un instante, como si el agua misma se negara a aceptar el destino del general. Piar cayó de cara a la tierra que había ayudado a liberar, fundiéndose con el polvo de Guayana. No sobrevivió para ver el mañana que él mismo había ayudado a levantar, pero desde entonces, cada vez que el gran río se desborda, los lugareños juran que ven pasar la silueta de un jinete indomable que aún busca el horizonte de su victoria.
