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5 de mayo de 2024

La misa de las cinco


La tarde de mayo en Ocumare del Tuy olía a tierra mojada y a cera cuando aquel sacerdote de sotana almidonada llegó al pueblo con cincuenta años encima y una maleta que pesaba menos que sus ideas.

—Usted debe ser el padre nuevo —le preguntó el campanero de la iglesia.

—Soy el padre Rafael, vengo de Carrizal, pero vine a quedarme algún tiempo entre ustedes.

En realidad, el sacerdote venía de todas partes, de lejos y de cerca: de Charallave, de Maracay, de Villa de Cura y de Catia, donde había fundado una parroquia con el sudor de su frente; poblados que lo fueron llevando de la mano, como el río Tuy lleva sus aguas sin apuro. Ordenado sacerdote en 1909, no conocía otra cosa que peregrinar de pueblo en pueblo.

Con el tiempo levantó de nuevo la casa parroquial de Ocumare, piedra sobre piedra. El púlpito se volvió suyo. Ahí no solo hablaba de la palabra de Dios: hablaba del precio del maíz, de las escuelas, de la letra que muchos no sabían leer, y el pueblo escuchaba atento. Y cuando el gobierno de antes no dejaba juntarse a nadie, él inventó la Peregrinación de los Indios Coromotanos; los muchachos del pueblo se vestían de indios, la Virgen salía en andas y nadie pudo decir nunca que aquello fuera una reunión política: era fe y nada más.

En 1961 llegó una misiva de Roma que lo nombraba Prelado Doméstico de Su Santidad. Lo abrazaron los obispos y los cardenales en Caracas. En el pueblo, doña Carmen, la del mercado, preguntó:

—O sea que ahora es monseñor.

—Sigo siendo Rafael, doña Carmen —respondió.

Y así fue: siguió siendo Rafael. Enseñó a los muchachos del coro, fundó su hojita parroquial, atendió a los pobres primero y a los demás después. Hasta que el 27 de mayo de 1965, a las cinco de la tarde, se apagó como se apaga una vela que dio toda su cera y su luz. Esta vez las campanas doblaron por él. El campanero las tocó llorando, y el llanto le salió del alma.

Monseñor todavía está ahí, en la iglesia de San Diego de Alcalá, donde trabajó hasta el último día. Los que pasan lo saludan bajito. Dicen que en mayo, a las cinco de la tarde, la iglesia se llena de un olor a tierra mojada y a cera, y nadie necesita preguntar por qué.

1 de mayo de 2024

El Santo Madero de Ocumare del Tuy


El mes de mayo en Ocumare llega con el susurro del viento que arrastra el aroma a tierra mojada de las esperadas lluvias. En todos los rincones de los Valles del Tuy, el aire se convierte en un lienzo donde se pinta la fe de un pueblo que, desde hace más de ciento cincuenta años, aguarda que el Santo Madero florezca para agradecer por la vida y la semilla sembrada.

El ritual comienza en la penumbra del primero de mayo. En las casas de los sectores más antiguos, las manos expertas de las matronas inician el acto de "vestir la cruz". No es un simple adorno; es un acto de amor. En el sector Chaparral, los Machillanda desdoblan pliegos de papel de seda que parecen alas de mariposas, mientras en Corocito, la familia Cámpelo instruye a los más jóvenes en el arte de tejer palmas que conservan el verdor del Miércoles Santo. La madera, ese eje del mundo que une lo terrenal con lo divino, se cubre de cintas que son promesas y de flores que son oraciones mudas.

Al llegar el tres de mayo, Ocumare se convierte en un santuario de luz. En Sabana de la Cruz, el aire se llena con el sonido ancestral de un cacho de ganado —el mismo que resguarda Efraín Segura—, un objeto que late con la memoria de su abuela y que antaño llamaba a los peones a la faena, pero que hoy convoca a las almas al velorio.

El "Llamado de la Cruz" abre paso a la solemnidad. El rosario se desgrana en las cuentas de los fieles: un murmullo rítmico que prepara el espíritu para el estallido de la fulía. Entonces, el silencio sagrado cede ante la madera herida del cuatro y el pulso vibrante de la tambora. Los cantores elevan sus voces y, en el duelo poético de las decimas, los poetas populares lanzan sus versos improvisados como flechas de ingenio. "Donde canta loro real, no canta cucarachero", se oye decir entre las rimas que honran a Santa Elena y piden por la salud de los enfermos.

Bajo el resplandor de los velones, el paladar también celebra su rito. El carato de maíz cariaco, con clavo y guayabita, refresca las gargantas cansadas de tanto cantar. El majarete, con su blancura de luna y su manto de canela, se reparte en los platos como un manjar celestial que sabe a infancia y a hogar. Es la comunión de los sabores, el banquete de la fertilidad donde el papelón y el coco sellan el pacto entre el hombre y la tierra.

De pronto, el juego del Monigote rompe la seriedad de la noche en Chaparral. Entre risas y picardía, los asistentes entregan prendas y cumplen penitencias, recordándonos que lo sagrado en el Tuy siempre camina de la mano con la alegría de vivir. Es una danza sin baile, una fiesta de pies quietos pero corazones al galope, respetando el madero que preside el altar.

Pero el ciclo de la cruz es un camino que no se detiene. Durante todo el mes, cada sábado es una vigilia nueva, hasta que el treinta y uno de mayo llega la "coronación". La cruz recibe su diadema de flores y, a la medianoche, se produce el relevo de los misterios. El lienzo blanco baja para tapar al Santo Madero y el repique de las tamboras cambia su acento. Ya no es el ruego por la lluvia, sino el anuncio del trueno y el sol. Mayo se despide en Ocumare entregándole la posta a San Juan Bautista, mientras el eco de los versos de los cultores se disuelve en el rocío del amanecer, con la certeza de que, mientras haya un cacho que suene y una tambora que repique, la Cruz de Mayo seguirá floreciendo en el alma de los tuyeros.