Años después, el maestro errante recorrió caminos polvorientos desde Chuquisaca hasta los páramos andinos, descalzo de privilegios y huraño ante los salones de oropel. Vestía el poncho áspero del pueblo y prefería la compañía del viento y de los muchachos sin escuela a los honores y agasajos. Sembraba ideas en mentes ajenas, convencido de que la América mestiza no debía copiar los modelos gastados del Viejo Mundo, sino inventar su propio destino o fracasar en el intento.
Murió lejos de la patria que soñó libre y pensante, con la misma austeridad con la que vivió, dejando tras de sí una estela de rebeldía. Aquel viejo sabio, que firmaba con la sombra de sus dudas y la luz de sus aciertos, entendió lo esencial antes que nadie: "O inventamos, o erramos".
