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25 de octubre de 2026

Al maestro Simón


En la mantuana ciudad de Caracas, Simón aprendió temprano que las palabras no eran solo adornos, sino herramientas de trabajo. En las horas quietas del taller, mientras el aire se llenaba de olor a tinta y cuero viejo, sus ojos inquietos estudiaban los libros prohibidos que llegaban furtivamente al puerto. No aceptaba los dogmas como verdades absolutas; para él, cada concepto exigía ser desarmado y vuelto a armar con nuestras manos.

Años después, el maestro errante recorrió caminos polvorientos desde Chuquisaca hasta los páramos andinos, descalzo de privilegios y huraño ante los salones de oropel. Vestía el poncho áspero del pueblo y prefería la compañía del viento y de los muchachos sin escuela a los honores y agasajos. Sembraba ideas en mentes ajenas, convencido de que la América mestiza no debía copiar los modelos gastados del Viejo Mundo, sino inventar su propio destino o fracasar en el intento.

Murió lejos de la patria que soñó libre y pensante, con la misma austeridad con la que vivió, dejando tras de sí una estela de rebeldía. Aquel viejo sabio, que firmaba con la sombra de sus dudas y la luz de sus aciertos, entendió lo esencial antes que nadie: "O inventamos, o erramos".