—Usted debe ser el padre nuevo —le preguntó el campanero de la iglesia.
—Soy el padre Rafael, vengo de Carrizal, pero vine a quedarme algún tiempo entre ustedes.
En realidad, el sacerdote venía de todas partes, de lejos y de cerca: de Charallave, de Maracay, de Villa de Cura y de Catia, donde había fundado una parroquia con el sudor de su frente; poblados que lo fueron llevando de la mano, como el río Tuy lleva sus aguas sin apuro. Ordenado sacerdote en 1909, no conocía otra cosa que peregrinar de pueblo en pueblo.
Con el tiempo levantó de nuevo la casa parroquial de Ocumare, piedra sobre piedra. El púlpito se volvió suyo. Ahí no solo hablaba de la palabra de Dios: hablaba del precio del maíz, de las escuelas, de la letra que muchos no sabían leer, y el pueblo escuchaba atento. Y cuando el gobierno de antes no dejaba juntarse a nadie, él inventó la Peregrinación de los Indios Coromotanos; los muchachos del pueblo se vestían de indios, la Virgen salía en andas y nadie pudo decir nunca que aquello fuera una reunión política: era fe y nada más.
En 1961 llegó una misiva de Roma que lo nombraba Prelado Doméstico de Su Santidad. Lo abrazaron los obispos y los cardenales en Caracas. En el pueblo, doña Carmen, la del mercado, preguntó:
—O sea que ahora es monseñor.
—Sigo siendo Rafael, doña Carmen —respondió.
Y así fue: siguió siendo Rafael. Enseñó a los muchachos del coro, fundó su hojita parroquial, atendió a los pobres primero y a los demás después. Hasta que el 27 de mayo de 1965, a las cinco de la tarde, se apagó como se apaga una vela que dio toda su cera y su luz. Esta vez las campanas doblaron por él. El campanero las tocó llorando, y el llanto le salió del alma.
Monseñor todavía está ahí, en la iglesia de San Diego de Alcalá, donde trabajó hasta el último día. Los que pasan lo saludan bajito. Dicen que en mayo, a las cinco de la tarde, la iglesia se llena de un olor a tierra mojada y a cera, y nadie necesita preguntar por qué.

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