Al desembarcar, el primero en descender fue Ambrosio Alfínger con el paso firme de los hombres de Augsburgo, apretando el puño sobre la empuñadura fría del acero. Traía pergaminos firmados en el viejo continente por el emperador Carlos V, órdenes reales que pesaban más que las piedras del camino, además de una obsesión ciega y febril por la codicia de encontrar una ciudad legendaria de oro macizo oculta tras las leyendas indias del sur. Con la misma frialdad con que se trazan los números en los libros de contabilidad, desplazó a Juan de Ampiés. El capitán español, que había fundado aquel lugar con palabras templadas y trato cauto, tuvo que ceder el mando y mirar cómo el poder cambiaba de manos.
Los alemanes no venían a labrar la tierra ni a levantar altares duraderos. Ellos miraban el horizonte espeso como quien evalúa un almacén de mercancías, impulsados únicamente por el afán implacable de riquezas. Tras las primeras semanas de desembarco, Alfínger organizó a sus hombres y partió hacia el occidente, hacia las brumas del lago y las sierras desconocidas. Las herraduras de los caballos resonaron sobre la tierra seca. Atrás quedaba el miedo de los caquetíos y el murmullo apagado de algunos españoles rezagados, que veían cómo la provincia de Venezuela cambiaba de dueño sin que ninguna espada criolla pudiera impedirlo.
Sin embargo, aquella tierra indómita guardaba secretos que ningún contrato de Augsburgo podía descifrar. A medida que la hueste se internaba en la espesura, la avaricia dorada se convertía en una pesadilla de barro y fiebre. La ansiada ciudad de oro macizo jamás se encontró tras las montañas; en su lugar, el territorio se transformó en un laberinto implacable.
Los soldados, agobiados por armaduras pesadas e inútiles, comenzaron a caer muertos, uno tras otro, por extrañas enfermedades y pestes desconocidas. Los nobles caballos, flaqueaban y caían desmayados al intentar atravesar agrestes trochas y parajes inhóspitos donde la naturaleza parecía cobrar venganza. El propio Ambrosio Alfínger, qué saqueó múltiples poblados indígenas en busca de riquezas fabulosas, murió en 1533 a manos de los aborígenes sin hallar el reino dorado.
Aquellos contadores de riquezas aprendieron demasiado tarde que los mapas de los mercaderes servían de poco en el pantano, dejando tras de sí un rastro de cruces anónimas bajo la lluvia.

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