La patria aún escuchaba los ecos de sus viejas ausencias, pues apenas un millón setecientos mil almas sobrevivían en todo el territorio nacional tras el éxodo sangriento de la Independencia y el paso implacable de pestes y hambres que diezmaron los campos. Pero ese día, la penumbra pareció disiparse. Cuando el conductor hizo sonar el primer silbido metálico, el tiempo pareció ensancharse. Los transeúntes detuvieron el paso, los cocheros levantaron las riendas con respeto y las paredes de bahareque parecieron sonreír al ver el carruaje avanzar.
El tranvía rompió el sopor de los siglos. Partió rumbo a la Plaza Carabobo, bordeando el este donde las haciendas de cacao exhalaban su aroma espeso y verde. Las ruedas cantaban sobre el acero con una melodía rítmica que hipnotizaba a los espectadores. Los vapores del trópico se enredaban en los toldos del vehículo, y por un instante, aquella Caracas de unos cien mil habitantes se sintió gigantesca, moderna y eterna.
Hoy, bajo el asfalto de La Candelaria, algún riel olvidado guarda todavía el latido de aquella tarde. Y si uno afina el oído en las noches de brisa, todavía puede escuchar el silbido lejano del tranvía que cruza las esquinas, recordándonos que Caracas siempre ha sido un sueño sobre rieles.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
TU OPINIÓN ES IMPORTANTE PARA MI