El sol de Caracas, aquel diez de mayo de 1889, no era un sol cualquiera. Era un sol de oro fundido que parecía derramarse sobre el rostro del recién nacido Armando Reverón como un presagio. Las paredes de la vieja casa, testigos mudos, ignoraban que entre sus grietas habitaba ya el germen de un visionario, un cazador de destellos que aprendería a domar la luz como ningún otro.
La infancia la vivió en Valencia, lejos del arrullo materno, pero cerca del arte. Su tío abuelo, don Ricardo Montilla, le enseñó a mirar la vida con ojos de dibujante, a trazar líneas que eran caminos hacia otros mundos. Luego, la Academia de Bellas Artes lo recibió en Caracas, donde los pinceles se volvieron espadas en sus manos, luchando contra la oscuridad, y los lienzos eran su campo de batalla. Allí, entre óleos y carboncillos, Reverón se forjó como discípulo fiel de la disciplina académica, aunque su alma ya anhelaba la libertad de la luz.
España lo marcó con el fuego de Goya y la elegancia de los maestros; Francia le regaló nuevos matices, pero el Caribe lo llamaba desesperadamente con un canto de olas y palmeras. De vuelta en Venezuela, el mar lo atrapó definitivamente. En La Guaira, entre salitre y carnavales, encontró a Juanita, su musa de piel morena y risa fresca, su compañera de vida. Allí conoció también a un buen amigo, el pintor Ferdinandov, quien le susurró al oído: "La luz aquí es distinta, Armando; aquí la luz tiene alma".
Fue entonces cuando se recluyó en su Castillete, un refugio de madera y sueños frente al mar. Allí, entre muñecas de trapo y telas desteñidas, nació su época blanca: lienzos donde el sol se volvía niebla, donde la arena y el cielo se fundían en un suspiro de blancos y grises. Era como si Reverón hubiera descubierto el secreto de capturar el alma del trópico, no en colores, sino en la vibración misma de la luz, con un entendimiento íntimo.
Pero la locura, esa sombra que lo perseguía, al fin lo acorraló. Sus pinceles se volvieron febriles; sus trazos, gritos desesperados. Aun así, en medio del delirio, seguía pintando, como si el arte fuera el único hilo que lo ataba a la cordura. La gloria llegó tarde, con premios y homenajes que ya no podía disfrutar. La muerte lo encontró en un sanatorio, lejos de su Castillete, pero su luz nunca se apagó.
Hoy, cuando la brisa entra por las ventanas de su casa-museo, aún se escucha el susurro de los pinceles sobre el lienzo, el eco de un hombre que, entre locura y genio, aprendió a pintar no con colores, sino con el alma misma del sol.
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