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5 de julio de 2025

La Firma que nos Hizo Libres

Aquel 5 de julio de 1811, Caracas ardía bajo un sol implacable que cuarteaba el barro de los techos. Ese día se sentía un calor distinto, que crepitaba en las esquinas y encendía los ojos de los mantuanos y del común de la gente. Un muchacho, con la camisa desabrochada y el pecho palpitante, se detuvo en la boca de la calle que bajaba hacia la Plaza Mayor. Desde allí, el viento le trajo retazos de la tormenta que se agitaba en la Casa del Congreso: se oían voces encendidas, puños que golpeaban mesas de caoba y un rumor cómo de abejas dentro del panal de la patria.

Adentro, en la penumbra solemne del recinto, dónde la historia aguantaba la respiración, los diputados de las siete provincias —Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida, Trujillo y Caracas— se miraban como en un duelo a muerte. Juan Germán Roscio, con la pluma lista para una estocada, aguardaba. A su lado, Francisco Isnardi repasaba mentalmente cada cláusula de un documento que aún olía a tinta fresca y a ambición. Pero en las bancas, las opiniones chocaban: unos hablaban de prudencia, de esperar, de no irritar al león dormido de España; otros, los más jóvenes de la Sociedad Patriótica, ardían de impaciencia. Afuera, en la calle, se sentía el eco de sus arengas, ese rumor sordo de un pueblo que ya no pedía, sino que exigía.

El padre Maya, diputado por La Grita, apretaba los labios con una oración silenciosa en medio del bullicio; su conciencia pesaba más que la sotana. Los demás, en cambio, se fueron encendiendo como antorchas. La palabra "libertad" iba de boca en boca: se pegaba a las paredes, se colaba por las rendijas y salía a la calle, donde la multitud la atrapó y la hizo suya. El muchacho rebelde, desde su puesto, la oyó crecer y la sintió vibrar en su corazón, en el empedrado, bajo sus alpargatas.

Cuando al fin la declaración fue aprobada, el presidente del Congreso, con una voz que parecía brotar de las entrañas mismas de la historia, invocó el nombre de Dios Todopoderoso para sellar el acto. Un silencio súbito y enorme cayó sobre la ciudad. Fue solo un instante; un instante en que todos contuvieron el aliento. Luego, como un trueno que rompe las nubes después de mucha espera, el grito estalló. No fue uno, fueron miles. Hombres, mujeres, niños, negros, indios y pardos, todos con la misma voz desgarrada: —¡Viva la patria!

Las campanas de todas las iglesias echaron al vuelo sus repiques. Los cañones del cuartel saludaron con su ronca voz. Y el pueblo —ese pueblo que había esperado en las puertas del Congreso, que había mascullado su rabia durante trescientos años— se desbordó por las calles como un río crecido. Hubo abrazos, lágrimas y sombreros lanzados al aire. La gente se asomaba a los balcones con banderas improvisadas: sábanas blancas atadas con cintas amarillas y rojas. Las mulatas, desde las ventanas, arrojaban flores y versos espontáneos de coplas que nacían en ese momento.

Esa noche, Caracas no durmió. No hubo rincón donde no se brindara con ron de caña o con mistela. Se bailó tambor en La Candelaria y minué en las salas de los mantuanos. Pero en una casita de adobe al pie del Ávila, una abuela sentó a su lado a aquel muchacho, el mismo que había corrido todo el día tras las noticias. La mujer, que aún recordaba el rigor de los amos y el filo del látigo, lo miró a los ojos con una mezcla de asombro y antigua cautela.

—¿Y ahora, mi niño? —preguntó con voz pausada—. ¿Ya somos libres?

El muchacho, con el pecho inflado por lo que había visto y oído, quiso responder que sí, que lo habían dicho los señores del Congreso, que lo decían las campanas. Pero la palabra se le atoró en la garganta. Bajó la mirada, sin respuesta. La abuela suspiró, lo apretó contra su pecho y, por lo bajo, mientras las campanas seguían doblando, musitó una oración aprendida de sus mayores, mucho antes de que nadie hablara de repúblicas e independencias. Afuera, la noche de julio era una promesa inmensa y, al mismo tiempo, un camino sembrado de espinas. La patria acababa de nacer, pero, como todo recién nacido, lloraba en la oscuridad sin saber aún si lograría mantenerse en pie.

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