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31 de julio de 2025

Una Aciaga Noche

Llovía sobre el puerto. Era una lluvia fría, menuda, terca, que calaba los huesos y las esperanzas por igual. El 31 de julio de 1812 amaneció con un cielo gris sobre La Guaira y el mar, como un presagio, tenía el color del plomo derretido.

En una habitación de la Casa de la Aduana, Francisco de Miranda velaba sus últimos suspiros de libertad. Setenta años arrastraba sobre sus espaldas, tres continentes bajo sus pies, y ahora la gloria se le escapaba como el agua entre los dedos. El Generalísimo —el hombre que había conocido a Catalina la Grande y conversado con Pitt, el héroe de Valmy, el Precursor— sentía ya en su propia piel el olor de la derrota. La Capitulación de San Mateo, firmada con el realista Monteverde, era un trago amargo pero necesario. Era el mal menor, la pausa forzosa para que la tierra no siguiera bebiendo más sangre inocente.

Abajo, en la oscuridad del muelle, un grupo de oficiales cuchicheaba. Entre ellos, un hombre joven de ojos febriles y verbo encendido temblaba; no de frío, sino de una ira que le nacía en las entrañas. Simón Bolívar, el rico mantuano de veintinueve años, sentía que la rabia se le metía por los poros como la llovizna. Para él, la capitulación no era un alto: era una traición. El terremoto de San Jerónimo había sido un castigo divino; las derrotas, una prueba. Pero rendirse cuando aún se podía sostener el fusil, eso no tenía perdón de Dios ni de los hombres.

Cuando la madrugada comenzó a hacerse más oscura, los pasos retumbaron en la escalera de madera. Bolívar entró al cuarto seguido de otros oficiales. Miranda levantó la mirada de sus papeles y, en sus ojos de viejo zorro curtido por mil batallas, debió de adivinarlo todo antes de que abrieran la boca.
—General —dijo Bolívar, y su voz sonó más áspera de lo que él hubiera querido—, usted ha entregado la República. No puede dormir en su casa ni en el suelo de los patriotas.

No hubo forcejeo. Solo un silencio denso como el guarapo de caña. Miranda, el hombre que había visto caer imperios mayores, permitió que le quitaran la espada. Se dejó llevar. Tal vez pensó que aquello era otra de las infinitas traiciones que ataban la vida de los hombres. Setenta años y tres continentes le habían enseñado que toda gloria termina por entregarse a su verdugo, antes o después. O quizás, en su fuero interno, supo que estaba siendo testigo del parto cruel de una nueva era: el discípulo que elimina al maestro para poder nacer.

Cuando lo llevaron escaleras abajo, hacia el calabozo donde luego lo esperaría la Carraca, la llovizna seguía cayendo. Limpiaba la sangre de las batallas pasadas y regaba la semilla de las futuras. Bolívar no lo miró a los ojos cuando se lo llevaron. Se quedó quieto, con la mano en la empuñadura de su espada, mirando el mar de plomo.

Y en esa madrugada, mientras Miranda era tragado por la noche del olvido y la prisión, la independencia americana se partió en dos: una herida que nunca terminaría de cicatrizar, el pecado original de la libertad, sellado con el nombre de un maestro entregado por su discípulo en el puerto húmedo y sombrío de La Guaira.

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