Corría el año 1813 cuando se metió de lleno en las filas realistas de José Tomás Boves. Las huestes infernales galopaban levantando una nube espesa de polvo que borraba el cielo. En medio de aquel torbellino de sangre y gritos, Pedro brilló con luz propia. Nadie manejaba la lanza con tanta agilidad como él, ni montaba el caballo con semejante furor. Aquellos hombres peleaban contra las élites criollas, buscando un lugar en una tierra que siempre les había negado hasta el aire. La violencia de Boves sembró el terror, pero para Pedro y los suyos era también el único camino para arrancarse el yugo de la servidumbre.
Tras la caída de Boves en Urica, el viento de la llanura lo devolvió a sus pasos. El aire cambió de rumbo. El general José Antonio Páez cruzó su camino y Pedro oyó el llamado definitivo de la libertad. Cambió de bando sin mirar atrás. Su lanza, antes teñida con otros colores, se volvió estandarte de la República. Cuentan los más viejos que, en las noches de luna llena, la sombra de su caballo se negaba a tocar el suelo, como si la tierra misma lo hubiese perdonado todo para convertirlo en leyenda.
El 24 de junio de 1821, en las sabanas de Carabobo, el destino cumplió su palabra. Su sangre, caliente y generosa, regó aquellos campos para sembrar una patria nueva. Pedro Camejo demostró que la historia no se trataba de blancos y negros, sino de hombres hechos de carne, dudas y barro.

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