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21 de septiembre de 2026

Matea: Madre de la Libertad



En las llanuras de Guárico, donde el aire huele a mastranto y a sabana tostada, en el hato El Totumo el tiempo parecía haberse detenido. Corría el 21 de septiembre de 1773 cuando nació Matea, hija y nieta de esclavos, allí en el corazón de Venezuela, bajo el amparo de la familia Bolívar. Desde muy niña, su vida quedó ligada a los avatares de la historia.

El hato respiraba silencios antiguos. Matea creció entre los horcones de la hacienda y el murmullo del río, acunando al pequeño Simón con canciones que ahuyentaban al coco y prometían mazamorra. Ella siempre estuvo allí para cuidarlo. Con el tiempo, sus pasos la llevaron de San Mateo a Caracas, sirviendo de aya y sombra protectora de aquel impetuoso niño. La misma mano que lo llevó a la pila bautismal guió sus primeros pasos, compartiendo risas y desvelos junto a la negra Hipólita.

Los años corrieron como un tropel indetenible. Matea presenció el fuego de la guerra, el sacrificio heroico de Ricaurte en San Mateo y el dolor compartido por la muerte temprana de María Teresa. El tiempo, sin embargo, parecía detenerse en su piel: vivió más de un siglo de existencia, convirtiéndose en una reliquia viviente de la patria.

El 28 de octubre de 1876, tomada del brazo del general Antonio Guzmán Blanco, entró al Panteón Nacional. Al mirar el monumento, exclamó con el alma desgarrada: «¡Hijo mío, hijo mío!» Su llanto resonó en los mármoles.

El 29 de marzo de 1886, a la avanzada edad de 112 años, su corazón se apagó en Caracas. Hoy, su legado de lealtad y amor desinteresado sigue latiendo en la memoria de Venezuela, recordándonos que las verdaderas madres de la libertad también mecen cunas y guardan los secretos de la historia.

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