En las llanuras de Guárico, donde el aire huele a mastranto y a sabana tostada, en el hato El Totumo el tiempo parecía haberse detenido. Corría el 21 de septiembre de 1773 cuando nació Matea, hija y nieta de esclavos, allí en el corazón de Venezuela, bajo el amparo de la familia Bolívar. Desde muy niña, su vida quedó ligada a los avatares de la historia.
El hato respiraba silencios antiguos. Matea creció entre los horcones de la hacienda y el murmullo del río, acunando al pequeño Simón con canciones que ahuyentaban al coco y prometían mazamorra. Ella siempre estuvo allí para cuidarlo. Con el tiempo, sus pasos la llevaron de San Mateo a Caracas, sirviendo de aya y sombra protectora de aquel impetuoso niño. La misma mano que lo llevó a la pila bautismal guió sus primeros pasos, compartiendo risas y desvelos junto a la negra Hipólita.
Los años corrieron como un tropel indetenible. Matea presenció el fuego de la guerra, el sacrificio heroico de Ricaurte en San Mateo y el dolor compartido por la muerte temprana de María Teresa. El tiempo, sin embargo, parecía detenerse en su piel: vivió más de un siglo de existencia, convirtiéndose en una reliquia viviente de la patria.
El 29 de marzo de 1886, a la avanzada edad de 112 años, su corazón se apagó en Caracas. Hoy, su legado de lealtad y amor desinteresado sigue latiendo en la memoria de Venezuela, recordándonos que las verdaderas madres de la libertad también mecen cunas y guardan los secretos de la historia.

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