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24 de julio de 2025

El Niño Simón

En la mantuana ciudad de Caracas, bajo un cielo carmesí, el 24 de julio de 1783, nació el niño Simón, el menor de cuatro hermanos.

Donde la brisa jugueteaba con las trinitarias, crecía un pequeño de mirada inquieta y cabellos rebeldes. Sus pies, ágiles como gacelas, recorrían los corredores de la casona blanca que fue su hogar, como presagiando un destino de gloria para quien aún no sabía pronunciar su propio nombre.

Huérfano de padre antes de aprender a montar a caballo y de madre cuando apenas sus manos podían sostener un libro, el pequeño Simón quedó al cuidado de su abuelo, don Feliciano Palacios, un hombre de bigotes canosos y voz grave como un susurro de amor. La Negra Hipólita amamantó al pequeño Simón tras la enfermedad de su madre y asumió completamente ese rol, al criar y guiar al pequeño desde los 9 años. —Este niño lleva el fuego en la sangre— murmuraban las comadres detrás de sus coloridos abanicos, mientras Simón trepaba a los árboles del jardín, desafiando la gravedad y eludiendo el miedo.

Y aunque él prefería vivir con su hermana María Antonia, la vida, caprichosa como un riachuelo en abril, lo llevó a la casa de su tío Carlos, un hombre recto como columna de mármol, con una disciplina rígida y férrea como el acero. Allí, entre lecciones de latín y geometría, el joven Simón aprendió mucho, entre las páginas de los libros y las enseñanzas de grandes maestros. Uno de los maestros más destacados en su vida fue Fray Francisco de Andújar, quien fue fundamental en su educación primaria. Además, el pequeño Simón, tuvo contacto con otras figuras como el maestro Simón Rodríguez, quien influyó significativamente en su pensamiento y en su desarrollo intelectual, fomentando en Simón, no solo el aprendizaje académico, sino también el pensamiento crítico. Cuando estudiaba, los héroes de Roma y Grecia le susurraban al oído promesas de gloria.

Sin embargo, el corazón de un niño no se conformaba con lo escrito en la página de los libros. Una noche de luna llena, cuando los grillos cantaban en la oscuridad, Simón soñó que las paredes de la casona se cerraban como una jaula con él adentro. Con un brinco que llevaba el peso de siglos, saltó de la cama por la ventana y huyó. Corrió por calles empedradas, sintiendo el viento acariciarle el rostro como una mano libre y tierna a la vez, mientras las estrellas en el cielo caraqueño titilaban, cómplices silenciosas de su rebeldía.

Al día siguiente, lo encontraron durmiendo bajo un samán, con los zapatos llenos de tierra y el alma llena de sueños de libertad. Su tío, entre el enojo y la admiración, comprendió que no estaba criando a un niño, sino a un huracán.

Así, entre lágrimas que se secaban al sol y risas que escapaban como pájaros, Simón Bolívar creció: con el dolor de la orfandad tallado en el pecho, pero con el fuego del futuro ardiendo en sus ojos. Porque en aquel niño que jugaba a ser héroe ya latía, silencioso pero implacable, el rugido de la libertad.

Y, sin saberlo, América toda comenzaba a esperar a su futuro Libertador.

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