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23 de mayo de 2026

¡O él a usted, general!

El olor a pólvora aún flotaba en los callejones. Mientras tanto, en el despacho de la comandancia, el coronel Simón Bolívar contemplaba una caja de madera áspera sobre la mesa. De ella no emanaba el aroma del café trujillano, sino el olor metálico y dulzón de la muerte. Al abrirla, contempló la rigidez cadavérica de los realistas Gómez y Sánchez.

Bolívar cerró los ojos. Sabía de quién eran esas cabezas antes de que su ayudante murmurara el nombre.

—¿Briceño? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Sí, mi general. Antonio Nicolás Briceño. Sus hombres los ejecutaron hace tres días en las llanuras de Barinas.

Bolívar no respondió. Se quedó mirando los ojos vacíos de aquellos hombres, pensando en los ojos de otro hombre: el abogado de Trujillo que había decidido que la libertad de América se escribiría con el exterminio español. «El Diablo», lo llamaban. No por los actos sacramentales de su infancia, sino por su furia.

—Ese Briceño —masculló Bolívar, más para sí mismo que para su ayudante—. Estaba más cerca de la verdad que yo. Y más lejos también.

El ayudante no comprendió. Se retiró dejando al Libertador con la caja abierta.

Briceño no marchaba al compás del ejército; actuaba bajo sus propias reglas de fuego y acero. Mientras Bolívar buscaba el orden de las leyes, «El Diablo» prometía ascensos a cambio de cabezas enemigas y justicia sumaria bajo el filo de la bayoneta. Bolívar lo había tolerado durante meses, viéndolo operar en los márgenes del ejército, consumido por una rabia que parecía personal, no política.

Entonces llegó el día en que Briceño se separó con cincuenta hombres hacia Barinas, rechazando nuevas órdenes, sordo a reprimendas. Bolívar lo dejó ir. Parte de él sabía que Briceño no volvería.

En las llanuras, las tropas del realista Yáñez lo esperaban. Briceño cabalgó directo hacia ellas, como si buscara lo inevitable. El hombre que pretendía sembrar el terror cobró con su propia cosecha.

El 15 de junio de 1813, a la hora exacta en que las balas españolas apagaban el fuego de Antonio Nicolás Briceño —y el filo realista separaba su cabeza del cuerpo—, Bolívar estaba sentado en su despacho. Con la pluma temblando en la mano, escribía el Decreto de Guerra a Muerte.

No sabía por qué lo hacía. Los generales esperaban órdenes, estrategia, cálculo político. Pero lo que salía de su pluma era pura rabia. La rabia de Briceño. Como si el espectro del difunto hubiera entrado en su cuerpo en el preciso instante en que exhalaba su último aliento en Barinas.

Bolívar leyó lo que había escrito: «Españoles y canarios: contad con la muerte, aunque seáis neutrales, si no obráis activamente en favor de la América...».

Las palabras eran de Briceño. El fuego era de Briceño. Y Bolívar las firmaba con su nombre.

Trece años después, la guerra había terminado. Sudamérica era libre. Millones habían muerto. En una noche de 1826, en Maracaibo, el general Bolívar contemplaba el óleo de Briceño en la sala de sus parientes. Las velas titilaban, acentuando las sombras en las facciones del retratado.

—Por lo indomable de su carácter, hicieron bien los españoles en ejecutarlo —comentó Bolívar, con la melancolía de quien ha visto demasiada sangre—; porque de lo contrario, lo hubiera tenido que hacer yo.

El silencio de la sala fue roto por la voz de una joven de la casa, una Briceño de pura cepa, cuyos ojos reflejaban el mismo brillo del cuadro:

—¡O él a usted, general!

Bolívar la miró. El aire se volvió espeso, cargado de fantasmas y de repúblicas perdidas. El Libertador no se inmutó; dibujó una leve sonrisa, inclinó la cabeza ante la audacia de la muchacha y guardó un silencio profundo, sabiendo que, en el fondo de aquella noche, el alma de «El Diablo» todavía galopaba por las llanuras de América, indomable y vengadora, recordándole que toda revolución nace del mismo fuego que consume a sus propios hijos.

21 de mayo de 2026

Un horizonte lejano

El mar de Curazao, aquel 28 de abril de 1774, no fue un espejo extraño para los ojos recién abiertos de Manuel Carlos María Francisco Piar Gómez. Era, más bien, una herencia. Hijo del marino canario Fernando Piar Lottyn y de Isabel Gómez, mulata de temple elegante, Manuel creció mecido por un rumor de lenguas: el holandés de los tribunales, el inglés de los contadores, el francés de las ideas nuevas y el español de la casa. No las aprendió: las respiró. A los diez años, cuando las costas de La Guaira lo recibieron en 1784, algo en su pecho reconoció aquella tierra firme antes de pisarla.

De joven, solía decir: “Este suelo reclama libertad, y yo tengo brazos para dársela”. Nadie se reía. Porque en 1797, el ímpetu ya le ardía en la sangre.

Piar no fue un soldado común. Fue un vendaval que aprendió a caminar sobre el agua. Bandera haitiana, después la de Miranda en 1812 como alférez de navío. Su nombre empezó a pronunciarse más despacio en las tabernas y, luego, con respeto en los cuarteles. Cuando cayó la Primera República y el exilio lo empujó a Trinidad, firmó el Acta de Chacachacare como quien clava una bandera en el futuro. Allí empezó la leyenda. La que se escribió con pólvora en Maturín: Zuazola, Fernández de la Hoz, Monteverde… todos probaron el filo de la espada de un pardo que no sabía pedir permiso para ganar.

El Juncal en San Félix, la apoteosis. Y en medio, la primera escuadrilla naval, el bloqueo de Puerto Cabello, la gloria intacta. Pero ni el sol de Guayana podía disipar una sombra que no venía del enemigo, sino de casa. Piar era Generalísimo. Pero, también era “pardo”. Y la aristocracia mantuana nunca le perdonó que tuviera esas dos cosas: genio y color.

“La patria lo necesita a usted hoy como lo que es”, le escribió Bolívar en junio de 1817. La frase, en apariencia conciliadora, le heló la nuca a Piar. Porque él ya sabía lo que era. Y sabía también que lo estaban vigilando. Soñaba —decían los que lo oyeron en confianza— con un orden donde el rango del alma no se midiera en tonos de piel. Ese sueño, apenas susurrado, se llamó “conspiración”.

Manuel Cedeño lo capturó en Aragua de Maturín. El hombre de 24 acciones de guerra, el invicto, el dueño de Guayana, se encontró frente a un tribunal formado por sus propios iguales. No importaba: la sentencia ya estaba escrita antes del juicio.

El 16 de octubre de 1817, en Angostura, el aire no terminaba de soltarse. Pesaba, olía a tierra mojada que no llueve. Manuel Piar, 43 años, General en Jefe, caminó hacia el muro occidental de la Catedral con la frente tan alta que parecía otra batalla. No hubo degradación. Sus galones brillaron bajo el sol último. Al sonar la descarga, el héroe que nunca perdió una batalla perdió, por fin, algo más definitivo: la partida contra los suyos.

Su cuerpo quedó en el cementerio de El Cardonal. Su leyenda, en cambio, no encontró sepultura. Aún hoy, cuando el viento baja del Orinoco, algunos dicen que se oye su nombre mezclado con el de una libertad que, para los que nacieron como él, sigue siendo —apenas, — un horizonte lejano.

La sutil lección Libertador

El frío en la Villa Real de Potosí se diluía aquella noche de octubre de 1825 bajo el fulgor de mil velas. La ciudad entera, adornada desde las vísperas con fuegos artificiales y los acordes marciales de los Húsares de Colombia, contenía el aliento dentro de los elegantes salones de las Arcas Reales. En la Casa de la Moneda se celebraba el 28 de octubre, el día de San Simón, y el Libertador, seducido ante los encantos de la hermosa potosina Joaquina Costa, había prolongado su estancia por decreto.

Bolívar atraía todas las miradas. Despojado de su uniforme de campaña, lucía un impecable frac de paño negro, medias de seda que dibujaban su andar firme y zapatillas de charol cuyas hebillas de oro brillaban al compás del vals. El rostro, limpio de sus habituales patillas y bigote, exhibía una juventud recobrada, coronada apenas por la medalla de Washington que brillaba en su pecho como un sol de libertad.

Sin embargo, detrás del abanico de encajes y las sonrisas de etiqueta, la rancia aristocracia altoperuana —acostumbrada al sesgo de la herencia colonial— tejía su silencioso desprecio. Las damas de blancas pieles, como estatuas de sal y orgullo, rehuían la mirada de uno de los hombres más bravos de la gesta emancipadora: el general José Laurencio Silva. No faltaban méritos en su pecho ni gallardía en su porte, pero le sobraba color ante los ojos de una sociedad que no concebía la igualdad que la pólvora ya había confirmado. Para aquellos salones, el héroe era solo un hombre oscuro. En cambio, en el alma de los venezolanos, donde todos son café con leche —unos con más leche, otros con más café—, el color era solo el matiz de la tierra libre.

Bolívar, cuya mirada militar no perdía detalle del campo de batalla ni de las tensiones de un salón, advirtió el agravio. Su pecho hirvió, pero la diplomacia del genio domó la tempestad. Con un gesto sutil, mandó a silenciar la orquesta. El silencio se hizo denso, casi tangible, quebrando el murmullo de la noche.

El Libertador caminó con paso firme hasta el centro del salón y, clavando sus ojos de fuego en el militar afrodescendiente, alzó la voz para que resonara en todo el recinto:

> —General José Laurencio Silva, héroe de mil batallas y salvador de la patria, permítame el altísimo honor de bailar con usted.

Una inquietud recorrió el salón entre los presentes. Antes de que los prejuicios pudieran articular palabra, Bolívar tomó del brazo a su general. La música reanudó su curso y ambos hombres, conocidos por su gracia y ritmo caribeño, comenzaron a danzar con una complicidad que desafiaba siglos de opresión. El baile perfecto y la dignidad compartida rompieron el hielo de la hipocresía; los murmullos de asombro se transformaron, poco a poco, en un aplauso cerrado que opacó a los violines. El racismo de la oligarquía, aquel día, se rindió ante la grandeza. Esa noche, todas las damas compitieron por el favor de bailar con el general Silva.

La historia grabaría aquel baile no como una extravagancia, sino como el reconocimiento vivo a quienes derramaron su sangre por el continente. La fraternidad nacida en el barro y consagrada en Potosí sería eterna. Años más tarde, en la solemnidad trágica de Santa Marta, cuando el Libertador exhaló su último suspiro y se descubrió que iba a ser sepultado con una camisa rota, fue ese mismo José Laurencio Silva quien, con lágrimas en los ojos, se desvistió para cubrir a su amigo con su propia camisa de seda. El hombre a quien Bolívar dignificó en el baile cobijaba así la inmortalidad del héroe.

4 de mayo de 2026

El grito de los morrocoyes

El polvo de las calles se levantaba como un augurio bajo los pies apresurados de los valencianos. Aquella mañana, las campanas de la Catedral no llamaban a misa...

—¡Páez! ¡Páez! ¡Que vuelva Páez! —coreaban las voces, roncas de tanto gritar en medio de un intenso calor.

Los morrocoyes, aquellos lentos animales de duro caparazón que los llaneros usaban como peyorativo para burlarse de los oficinistas de Caracas, se habían vuelto el emblema de una revolución que aún no decía su nombre. Porque aquello que los cronistas llamarían después «la Revolución de los Morrocoyes» no era, en su origen, más que un lento arrastrarse hacia la dignidad herida.

El Concejo Municipal de Valencia se reunió aquel día bajo techos de tejas y paredes encaladas. Afuera, la gente sudaba su descontento. José Antonio Páez, el Centauro de los Llanos, esperaba en su hacienda de La Calera mientras los cabildantes deliberaban. Había sido suspendido por orden de Bogotá, y en su pecho de general batallador crecía la certeza de que la Constitución de Cúcuta —juramentada cinco años atrás bajo protestas— era una camisa de fuerza tejida en tierra extraña.

—No queremos separarnos del Libertador —explicó el síndico procurador ante el concejo en vilo—, pero tampoco podemos seguir sometidos a un congreso que nos ignora.

Así nació La Cosiata. «Cosa» le llamaron los despectivos; «cosa de locos», dijeron en Bogotá. Pero aquella «cosa» era el malestar profundo de una Venezuela que había sangrado por su libertad y ahora se veía dependiente de un centralismo neogranadino.

Para cuando la noche cubrió Valencia con su manto de estrellas y velas de sebo, Páez había asumido el gobierno del Departamento de Venezuela. No dijo «independencia», sino «reforma». No gritó «separación», sino «revisión». Pero el eco de su decisión retumbaría hasta 1830, cuando la Gran Colombia, aquel sueño bolivariano nacido en Angostura y Jamaica, se haría trizas en el viento.

Y todo empezó aquel 30 de abril, cuando un pueblo cansado decidió que su caparazón era más fuerte que las leyes escritas en tierra ajena.