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20 de mayo de 2025

Graciela, la Tamborera.


Al calor de los Valles del Tuy, donde el aroma a mango maduro subyugaba los sentidos, repiqueteaba un tambor; y Graciela, con su voz afinada, ensayaba una décima que le había compuesto su vecino Cipriano para el próximo velorio de Cruz de Mayo en Chaparral. Inquieta como picure, Graciela se echaba un guamazo, tapaba con una manta la cruz y comenzaba su declamación.

El nombre de Graciela se dibuja con líneas indelebles en la memoria colectiva de Ocumare del Tuy, como el perfil de las montañas que abrazan el valle.

Graciela no es una estatua en una plaza, sino la plaza misma, el bullicio constante de la vida cultural que palpita en cada rincón del pueblo. Su casa, de paredes coloridas y un patio donde siempre florecían las cayenas, rojas como lenguas de fuego, era un santuario de tradiciones. Allí, entre el aroma a dulce de lechosa y el repique constante de algún instrumento musical, junto a los amigos de la esquina, se enhebraban los hilos de la identidad tuyera.

Cuando llegaba el mes de mayo, con su promesa de lluvias y la explosión de colores en los campos, la casa de Graciela se convertía en el epicentro de los Velorios de Cruz. Las voces graves de los hombres entonaban décimas ancestrales, mientras las mujeres, con sus faldas floreadas y el brillo de la fe en los ojos, respondían con cantos melodiosos que parecían ascender como volutas de incienso hacia el cielo estrellado de las noches ocumareñas. Graciela, con su voz curtida por años de cantar a la vida y a la muerte, guiaba el ritual con la solemnidad de una sacerdotisa y la calidez de una madre. Sus manos, fuertes y sabias, marcaban el ritmo sobre la mesa adornada con flores junto a la cruz engalanada, como si tocaran las fibras mismas del alma tuyera. 

Pero la presencia de Graciela no se limitaba a la devoción silenciosa. Cuando la parranda tuyera irrumpía en las calles, con la alegría del cuatro, el repique juguetón de las maracas y el galopar rítmico de la bandola, allí estaba Graciela, "la tamborera", como la conocían con cariño y respeto. Su cuerpo, aunque ya maduro, se movía con la gracia de los bambúes al viento, cada 24 de junio en las celebraciones a San Juan Bautista, donde los cantos de mina tenían un rol protagónico, contagiando a jóvenes y viejos con la alegría desbordante de la música, sus manos, las mismas que adornaban la Cruz de Mayo, también podían golpear el tambor con fuerza y ritmo, extrayendo sonidos ancestrales que hablaban de cosechas abundantes, de amores furtivos y de la profunda conexión del hombre con su tierra. 

Las fiestas patronales eran su escenario favorito; allí la labor de Graciela florecía como la flor de caña dulce en tiempo de zafra. Ella era el alma de la fiesta, la que conseguía las flores para adornar la iglesia, la que coordinaba a los músicos, la que se aseguraba de que no faltara el sancocho humeante para alimentar a los peregrinos. Su liderazgo no se imponía con gritos, sino que emanaba de su profundo conocimiento de las costumbres y de su amor incondicional por su pueblo.

Más allá de las celebraciones, Graciela era una maestra en el sentido más amplio de la palabra. En su patio, bajo la sombra generosa de un tamarindo, reunía a las madres y jóvenes del vecindario y les enseñaba los secretos de la cultura local. Pero su mayor legado residía en la transmisión oral de aquellos relatos que daban forma a la identidad de Ocumare. Con una voz llena de matices, les contaba las leyendas de los indios quiriquires, la historia de Mauricio y las anécdotas de los viejos del pueblo, preservando así un tesoro intangible que no cabía en ningún libro.

Su nombre no resonaba en los libros escolares, ni su rostro aparecía en las revistas y periódicos de gran circulación. Sin embargo, en cada nota de una parranda, en cada verso de un velorio, en cada sabor de un zarao, en cada relato transmitido al oído de un joven, su presencia era palpable, como la brisa fresca que recorría el valle al atardecer.

Graciela, es considerada un símbolo de la resistencia cultural afrotuyera, representando a esas figuras silenciosas, a esos pilares anónimos que sostienen la rica armazón cultural de nuestros pueblos. Es la encarnación de la tradición cultural en su máxima expresión, la guardiana de un legado que se transmite de corazón a corazón, de generación en generación. Su vida, tejida con los hilos de la tradición y el amor por su tierra, representa un canto constante a la identidad de Ocumare del Tuy, demostrando que la verdadera historia de un pueblo se escribe no solo en los libros, sino también en la memoria viva de su gente, en el eco persistente de un tambor que sigue latiendo con fuerza en el corazón de los Valles del Tuy.

10 de mayo de 2025

Cazador de Destellos



El sol de Caracas, aquel diez de mayo de 1889, no era un sol cualquiera. Era un sol de oro fundido que parecía derramarse sobre el rostro del recién nacido Armando Reverón como un presagio. Las paredes de la vieja casa, testigos mudos, ignoraban que entre sus grietas habitaba ya el germen de un visionario, un cazador de destellos que aprendería a domar la luz como ningún otro.

La infancia la vivió en Valencia, lejos del arrullo materno, pero cerca del arte. Su tío abuelo, don Ricardo Montilla, le enseñó a mirar la vida con ojos de dibujante, a trazar líneas que eran caminos hacia otros mundos. Luego, la Academia de Bellas Artes lo recibió en Caracas, donde los pinceles se volvieron espadas en sus manos, luchando contra la oscuridad, y los lienzos eran su campo de batalla. Allí, entre óleos y carboncillos, Reverón se forjó como discípulo fiel de la disciplina académica, aunque su alma ya anhelaba la libertad de la luz.

España lo marcó con el fuego de Goya y la elegancia de los maestros; Francia le regaló nuevos matices, pero el Caribe lo llamaba desesperadamente con un canto de olas y palmeras. De vuelta en Venezuela, el mar lo atrapó definitivamente. En La Guaira, entre salitre y carnavales, encontró a Juanita, su musa de piel morena y risa fresca, su compañera de vida. Allí conoció también a un buen amigo, el pintor Ferdinandov, quien le susurró al oído: "La luz aquí es distinta, Armando; aquí la luz tiene alma".

Fue entonces cuando se recluyó en su Castillete, un refugio de madera y sueños frente al mar. Allí, entre muñecas de trapo y telas desteñidas, nació su época blanca: lienzos donde el sol se volvía niebla, donde la arena y el cielo se fundían en un suspiro de blancos y grises. Era como si Reverón hubiera descubierto el secreto de capturar el alma del trópico, no en colores, sino en la vibración misma de la luz, con un entendimiento íntimo.

Pero la locura, esa sombra que lo perseguía, al fin lo acorraló. Sus pinceles se volvieron febriles; sus trazos, gritos desesperados. Aun así, en medio del delirio, seguía pintando, como si el arte fuera el único hilo que lo ataba a la cordura. La gloria llegó tarde, con premios y homenajes que ya no podía disfrutar. La muerte lo encontró en un sanatorio, lejos de su Castillete, pero su luz nunca se apagó.

Hoy, cuando la brisa entra por las ventanas de su casa-museo, aún se escucha el susurro de los pinceles sobre el lienzo, el eco de un hombre que, entre locura y genio, aprendió a pintar no con colores, sino con el alma misma del sol.

19 de abril de 2025

Un Eco de Libertad


Aquella mañana del 19 de abril de 1810, Caracas despertó con el redoblar de las campanas de la Catedral. Era Jueves Santo y el cielo, como un mantel recién planchado, lucía un azul más limpio que nunca. Por las calles empedradas de la ciudad comenzaban a desfilar las largas enaguas de las mantuanas y los hábitos de los franciscanos, mientras en las esquinas, los esclavos pregonaban dulces de papelón y conservitas de coco.

Pero esa mañana, bajo la aparente calma de la Semana Mayor, algo distinto hervía en las tertulias de los criollos. En la casa de José Ángel de Álamo, los jóvenes conspiradores ajustaban los cabos de una trama que llevaba años madurando, como el ron en las barricas de las bodegas. José Félix Ribas, con fuego en la mirada, repartía instrucciones mientras los Montilla recorrían las calles despertando voluntades.

Cuando el capitán general Vicente Emparan salió del Ayuntamiento para dirigirse a la misa, su casaca de terciopelo azul con bordados de oro resplandecía bajo el sol. Caminaba con la altivez de quien ha gobernado seis años con mano firme, seguido por los oidores de la Real Audiencia con sus togas negras y sus varas de mando. Detrás, la guardia de honor, con mosquetes relucientes, marcaba el paso.

Al llegar a la puerta de la Catedral, cuando ya el incienso comenzaba a filtrarse por las rendijas de la entrada, una mano firme se posó sobre su antebrazo.

—¡Os llama el pueblo a cabildo, señor!

Era Francisco Salias, con el rostro encendido como brasa, deteniendo al representante del rey. Emparan miró al comandante de la guardia, esperando una intervención que nunca llegó. El capitán Luis de Ponte mantuvo a sus soldados inmóviles, como estatuas de mármol. El poder, pensó Emparan, se le escurría entre los dedos como el maíz de un costal roto.

Regresó al Ayuntamiento entre el rumor creciente de la gente que llenaba la plaza. Adentro, los regidores lo esperaban con papeles y argumentos. Hablaron de la disolución de la Junta de Sevilla, del cautiverio de Fernando VII y de la usurpación francesa. Emparan respondió con la lógica del funcionario leal: España tenía Regencia y las cosas debían seguir como estaban. Convenció a algunos. Al final, parecía que todo volvería a su cauce normal.

Pero cuando se asomó al balcón para calmar a la multitud, el canónigo José Cortés de Madariaga ya le había ganado la espalda. Con su sotana negra y un verbo encendido, arengó al pueblo:

—¿Queréis seguir dependiendo de España?

El silencio se hizo tan denso que podía oírse el vuelo de una mosca. Emparan, en un arrebato de soberbia que sería su tumba política, tomó la palabra y cometió el error fatal: quiso consultar al pueblo. Se volvió hacia la muchedumbre sudorosa que llenaba la Plaza Mayor y preguntó si lo querían como gobernante.

Su destino pendía de un hilo. Fue entonces cuando, con señas, Madariaga —detrás de Emparan— animó al pueblo. La gente, como un clarín de guerra y como una sola garganta de mil cabezas, repitió el grito que retumbó en las fachadas coloniales: «¡No lo queremos! ¡No lo queremos!». El clamor trepó por los balcones de madera tallada, se coló por las persianas donde las damas observaban tras los abanicos y llegó hasta el Ávila, que guardó el eco para siempre entre sus montañas.

Emparan palideció. Su renuncia fue firmada esa misma tarde en un acta que aún guarda la capilla de Santa Rosa en sus archivos. Al día siguiente, el alto mando español partió preso hacia Puerto Rico, mientras en Caracas se instalaba la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.

Los meses siguientes vieron florecer medidas que olían a libertad recién estrenada: se prohibió el comercio de esclavos, se eliminó el tributo indígena y se abrieron los puertos a las naciones amigas. Y una mañana de junio, tres caraqueños —Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello— partieron hacia Londres con la mirada puesta en un horizonte que ya no era español.

Todo había comenzado con un gesto en un balcón, un arrebato de orgullo y un «no lo queremos» que fue la semilla de la República.

24 de marzo de 2025

José Roque Pinto, Profeta en su Tierra

     

El aire olía a café recién tostado y a tierra húmeda en los Altos de Guaicaipuro. Un aire que, junto al cantar de los gallos, despertaba temprano a los peones que con sus mulas trabajaban los conucos en esa empinada región. Allí, entre claras y frías neblinas, nació José Roque Pinto un 24 de marzo de 1795, hijo de don Francisco Ramón Pinto y de doña María Rafaela Suárez de Pinto, humildes agricultores en una tierra que se resistía a olvidar el eco de aquellas montañas libertarias.

De niño, José Roque no conoció otra escuela que la del trabajo. Autodidacta, aprendió a medir la cosecha, a distinguir el grano bueno del cizañoso y, sobre todo, a mirar lejos, como si cada colina fuera una frontera por conquistar. Los viejos decían que tenía el temple de los que no se doblegan ni ante la lluvia ni ante el miedo. Cuando los rumores de guerra llegaron de Caracas como reguero de pólvora, Pinto dejó el arado y tomó el fusil. “Por la república y por esta tierra que me dio nombre”, juró frente al altar de San Pedro, mientras su madre, con el miedo apretado en el pecho, susurraba una oración contenida.

En los años turbulentos de las luchas de independencia, los caminos de San Pedro parecían ríos de soldados. Las haciendas, antes silenciosas, se convertían ahora en refugios y hospitales improvisados. Pinto, ya capitán por méritos ganados en la contienda, se movía entre las montañas con la certeza de quien conoce cada recodo, cada quebrada que escondía a un guerrillero o una esperanza. Su liderazgo no provenía del rango, sino del ejemplo: cargaba el fusil, compartía el rancho, escuchaba al campesino. Era un hombre que mandaba sin gritar.

Cuando el estruendo de los cañones se apagó y la patria nueva asomó entre ruinas y heridas, José Roque volvió a los Altos con la misma calma de quien sabe que la lucha no termina con la victoria. Fundó una escuela junto a la iglesia, donde antes estaba el campamento. “El que no aprende, vuelve a ser esclavo”, repetía a los niños que lo escuchaban hablar de Bolívar y de justicia. Bajo los cipreses de la plaza, entre el aroma del café, fue tejiendo una nueva independencia: la de la enseñanza.

El tiempo, que devora héroes con la misma hambre que engrandece mitos, lo fue dejando en la memoria del pueblo. Los más viejos aún aseguran verlo encorvado pero altivo, caminando a lo largo del sinuoso camino montañoso con su sombrero ancho y un bastón, saludando a todos con quienes cruzaba la mirada. En los cafetales aún se escucha su voz, llevada por el viento del amanecer:
—El suelo se defiende sembrando,mis hijos, sembrando libertad.

Y así, entre surcos y recuerdos, José Roque Pinto quedó sembrado en su tierra, como el imaginario de una república que creció junto a los caminos humildes, donde la patria se hacía cotidiana en el café de las mañanas y en la palabra enseñada.


10 de marzo de 2025

Las Manos del Sabio


La densa y salitrosa bruma de La Guaira envolvía la silueta del Dr. José María Vargas aquella tarde de recuerdos. En las calles empedradas, donde el eco de los pasos parecía detenerse a charlar con las sombras de los muros coloniales, el nombre del médico no era solo un título; era una plegaria de alivio para el afligido.

Vargas, hombre de mirada de lince y pulso de relojero, caminaba con el peso de la historia sobre sus hombros. Había nacido a orillas del mar Caribe; su espíritu era como un velero audaz que siempre buscó puertos de conocimiento más allá del horizonte.

En las aulas de la Universidad Central, su voz era un manantial de luz en medio de la penumbra dogmática. No solo curaba cuerpos, sino que intentaba sanar el alma de una nación herida por las guerras. «La educación es el cimiento de la libertad», solía decir, mientras sus finas manos pasaban las páginas de libros que olían a sabiduría antigua y esperanza nueva. Fue esa misma integridad la que lo llevó a las cumbres del poder público, convirtiéndose en el primer civil en asumir la presidencia de la República, demostrando que el pensamiento y el derecho podían guiar el destino de un país acostumbrado al rigor de las armas.

Pero el destino, tejedor incansable con hilos dorados, le reservaba una tarea que no estaba en ningún tratado de anatomía ni medicina: custodiar la eternidad del Padre de la Patria.

Corría el tiempo del luto y la incertidumbre. El Libertador, el hombre que había cabalgado sobre los Andes como un rayo indomable, se había convertido en un suspiro en Santa Marta. Caracas esperaba a su hijo y el Gobierno, con la solemnidad que exigía el momento, llamó al sabio de La Guaira. Vargas se enfrentó a la mesa de trabajo con el respeto de un devoto ante un altar. El cuerpo de Simón Bolívar, despojado ya de la fiebre y el cansancio, yacía bajo la luz de los candiles. El Dr. Vargas no veía solo a un paciente; veía el mapa de una libertad no consolidada.

Con una paciencia de monje, sus manos operaron el milagro de la permanencia. Los aceites y las resinas se mezclaron con el aroma de la mirra, creando una atmósfera donde el tiempo parecía haberse arrodillado. Cada incisión era un verso de gratitud; cada vendaje, un juramento de lealtad. El médico no solo embalsamaba un cuerpo, sino que blindaba el mito contra la polilla del olvido.

> «He cuidado que este pecho, que albergó el fuego de mil batallas, repose ahora en la paz del bronce», pensó Vargas mientras el sudor de su frente caía, como una libación, sobre el suelo de la estancia.

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Años más tarde, lejos de sus costas, en el exilio silencioso de Nueva York en 1854, el Dr. Vargas cerraría los ojos por última vez. Pero su legado no se quedó entre los hielos del norte. Regresó a Venezuela convertido en viento y en escuela; en el ejemplo del hombre que prefirió la pluma al sable, pero que supo usar el bisturí para darle a su pueblo un símbolo inmortal.

Hoy, cuando el sol calienta los adoquines de La Guaira, se dice que aún se siente un rastro de lavanda y espíritu científico en el aire. Es la huella de José María Vargas: el médico que no solo curó a los vivos, sino que enseñó a la muerte a respetar la grandeza de los héroes.

15 de febrero de 2025

Angostura


El sol de febrero en Angostura no calentaba; calcinaba. Un viento denso traía los vapores del Orinoco; el tiempo parecía detenerse a escuchar el murmullo de la corriente del gran río. Aquel 15 de febrero de 1819, el pueblo ya no era el mismo. Las pulperías estaban a medio abrir y hasta los gallos parecían haber moderado su canto, presagiando que, bajo el techo del palacio de gobierno, se estaba pariendo un nuevo destino.

Los más ancianos —viejos de piel curtida y ojos que habían visto pasar más banderas que inviernos— se acomodaban el sombrero de cogollo y se sentaban en los zaguanes cercanos. Desde allí veían entrar a los veintiséis diputados, hombres que cargaban sobre sus hombros la esperanza de una nación que aún olía a pólvora y a incienso. Se lanzaron salvas de artillería, tres cañonazos al amanecer, y hubo repique de campanas. El ambiente era de extrema tensión y esperanza.

La expectativa llegó a su punto máximo cuando, tras el último eco de los metales, Bolívar entró al salón a las 11 de la mañana.

—Ya va a empezar —susurraban para sus adentros, mientras el eco de una voz vibrante comenzaba a filtrarse por las ventanas altas.

Era la voz de Simón, el caraqueño de verbo vivo y mordaz. No era un discurso de elogios y cumplidos; eran palabras que caían como hachazos sobre un tronco viejo. Bolívar hablaba de que «nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder». Los presentes asentían con la cabeza, recordando a tantos caudillos de pueblo que se creían dueños del cielo y de la tierra. «El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía», decía Bolívar. La costumbre es, a veces, una cadena más pesada que el hierro.

El discurso fluía como fluye el Orinoco en tiempo de crecida. Bolívar no pintaba un mundo de ángeles. Con una honestidad que dolía, hablaba de un pueblo atado al yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio. Quienes escuchaban recordaron las sombras de las mazmorras y las cicatrices en las espaldas de los que nacieron esclavos. El Libertador clamaba por la libertad absoluta de los esclavos, implorándola como quien implora el aire para respirar: «Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción», sentenciaba desde muy adentro de su ser la voz de Bolívar desde el estrado.

 Las palabras flotaban sobre la plaza: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». No hablaba de importar leyes de Filadelfia o de Londres, pues él sabía que «no somos europeos, no somos indios», sino un amasijo de sangres, un «compuesto de África y de América» que requería un trato delicado, como quien maneja una pieza de fino cristal que, ante la menor alteración, se resquebraja.

Al cabo de una hora, el silencio se apoderó de Angostura. El Libertador había dibujado a Colombia —esa unión de Venezuela y Nueva Granada— no como un sueño, sino como una república de «hombres virtuosos y patriotas».

Cuando los diputados salieron, el sol ya buscaba el horizonte, pintando el río de rojo. Los viejos se pusieron de pie, sintiendo que sus piernas, entumecidas por el paso de los años, tenían ahora un nuevo vigor. No sabían si verían esa libertad anunciada pero, mientras caminaban hacia sus humildes moradas, repetían para sus adentros la frase que más les había inquietado el alma:
—«Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía».
Esa noche, Angostura no durmió. El río seguía su curso, pero el cauce de la historia, tras aquel discurso, ya nunca volvería a ser el mismo.

12 de febrero de 2025

El Rugir de la Libertad.

     

El amanecer del 12 de febrero de 1814 se alzaba sobre los valles de Aragua con un fulgor que presagiaba el destino de una nación. El cielo, pintado de tonos dorados y carmesí, se extendía como un manto sobre el campo de batalla, donde la libertad y la tiranía se enfrentaban en un duelo épico, histórico. En el corazón de aquel valle, la ciudad de La Victoria se erguía como un bastión de esperanza, custodiada por el indomable espíritu de José Félix Ribas y sus valientes jóvenes soldados.

Ribas, con el fuego de la patria ardiendo en su mirada, arengó a sus tropas con palabras que resonaron como truenos en el alma de cada uno de ellos: “¡Soldados! Hoy no luchamos solo por nuestra tierra, sino por el futuro de nuestras familias, por la dignidad de nuestro pueblo. ¡Hoy, la gloria nos espera, y la muerte no será más que un paso hacia la inmortalidad!”. Su voz, cargada de pasión, se inflamó como un canto en los corazones de aquellos jóvenes, casi niños, muchos de ellos estudiantes aún, quiénes decidieron empuñar las armas con la determinación de gigantes.

El enemigo, las fuerzas realistas, comandadas por José Tomás Boves, avanzaba como una sombra oscura, un monstruo de hierro y fuego que buscaba devorar la luz de la libertad. Sus filas, numerosas y bien armadas, parecían invencibles, pero Ribas, con la astucia de un lobo y la valentía de un león, supo que la verdadera fuerza está en el coraje y la convicción de carácter.

El fragor de la batalla estalló como una tormenta repentina. Los cañones rugieron, desgarrando el silencio con su estruendo, y el humo de la pólvora envolvió el campo con un velo gris. Los jóvenes patriotas, con sus uniformes raídos, pero sus espíritus indomables, se lanzaron al combate con un grito que parecía sacado de las entrañas mismas de la tierra: “¡Viva la patria!”. Cada golpe de sus espadas, cada disparo de sus fusiles, era un canto a la libertad, una estrofa de un poema épico que se escribía, aquella mañana, con sangre y valor.

Ribas, montado en su corcel, era la encarnación misma de la resistencia. Su figura, envuelta en el humo de la batalla parecía un espectro de la guerra, incansable y feroz. Con cada orden, con cada movimiento, guiaba a sus hombres como un maestro dirige una sinfonía, donde el sonido de las balas y los gritos de los combatientes eran las notas de una melodía trágica y hermosa.

Las horas pasaron, y el sol, testigo mudo de aquella contienda, comenzó a declinar en el horizonte. La batalla era una danza frenética, un torbellino de vida y muerte. Los jóvenes, agotados pero imbatibles, resistieron cada embestida del enemigo con una tenacidad que parecía sobrenatural. Y entonces, cuando el día agonizaba, llegó el momento decisivo. Ribas, con una mirada que brillaba como el acero de su espada, ordenó la carga final.

“¡Adelante, hijos de la patria! ¡Por la libertad, por la gloria, por Venezuela!”, gritó, y sus palabras fueron como un rayo que electrizó a sus hombres. Con un ímpetu arrollador, los patriotas se lanzaron sobre el enemigo, rompiendo sus filas como un río desbordado que arrasa todo a su paso. El grito de victoria se alzó como un trueno, y las fuerzas de Boves, derrotadas, huyeron en desbandada.

El campo de batalla, cubierto de los restos de la lucha, quedó en silencio. El sol, ya en el ocaso, tiñó de rojo el cielo, como si la tierra misma llorara a sus hijos caídos. Ribas, con el rostro cansado pero iluminado por la victoria, miró a sus hombres y supo que aquel día no solo habían ganado una batalla, sino que habían forjado el alma de una nación.

La Batalla de La Victoria se convirtió en un símbolo eterno de coraje y sacrificio. Aquellos jóvenes, muchos de los cuales no verían el amanecer del día siguiente, se convirtieron en héroes inmortales, sus nombres quedaron grabados en el mármol de la historia. Y Ribas, el león de La Victoria, pasó a la posteridad como un titán de la libertad, un hombre cuyo espíritu indomable iluminó el camino hacia la independencia.

11 de febrero de 2025

Francisco Rósete: el Jefe de los desolladores

(Tomado de: Leyendas Históricas de Venezuela, tomo II por Aristides Rojas)

Francisco Rósete

En el grupo que constituyen los más crueles asesinos de la guerra a muerte, durante la época aciaga de 1812 a 1815, al lado de Suazola, Zerbery, Antoñanzas, Puy, Ñáñez, Boves, está el celebérrimo Francisco Rósete quien inmortalizó su nombre en los Valles del Tuy, en 1814, y dejó su cadáver en el campo de El Juncal, en 1816.

Francisco Rósete, nace en las Islas Canarias en 1775, era un miserable pulpero en el pueblecito, también miserable de Taguay, cerca de Camatagua, donde vendía quesos, papelón, manteca de cochino, chicharrones y otros comestibles. Mantenía una estrecha relación constante y estrecha con la peonada y esclavos de las haciendas cercanas, lo cual le servirá en el futuro. Allí estuvo sostenido por la beneficencia de los vecinos más que de los productos de su industria. Su calidad de español le brindó la ocasión de que el primer asesino de los llanos, Eusebio Antoñanzas, en su incursión por allí, en el año 1812, le confiara el mando del pueblo de Camatagua, nombrándolo Teniente de Justicia Mayor; de simple bodeguero pasó a ser caudillo y comandante de los ejércitos del Rey en los Valles del Tuy, y desde entonces este hombre soez y malvado, no pensó más que en distinguirse como el más cruel perseguidor de los patriotas, y a la cabeza de una partida de bandidos, no cesó de hostigar barbaramente a Orituco, Camatagua, Taguay y otros pueblos  vecinos situados al sur de la cordillera.

Antes de esta fecha, ya Rósete había militado como soldado de caballería, en la campaña de Francisco de Miranda —1811 a 1812—. Perdida esta, regresó a Taguay donde le encontró Antoñanzas y lo agregó a los hombres de Domingo Monteverde, todos ellos célebres criminales.

Durante la campaña de 1813, Rósete permanece oculto, siempre temeroso de ser perseguido por los patriotas. Al presentarse los primeros días de 1814, el bandido cobra nuevos bríos y encuentra protección en José Tomás Boves, quien lo encontró apto para emplearlo como oficial que cumpliría al pie de la letra todas sus ordenes, es decir, azotar los pueblos cercanos a Caracas, infundir en sus familias el espanto, hacerse de los malos venezolanos desertores de las fuerzas patriotas; talar, asesinar, incendiar, y reducir a cenizas cuanto estuviera a su alcance. Boves le había señalado a Rósete, como centro de operaciones, los valles que fertiliza el Tuy, que este consideraba, de vital importancia y necesario poseerlos antes de avanzar sobre la capital.

Es así como acompañado de bandoleros esclavos que habían hallado protección en las filas españolas, de lo más ruin, vil, e infame, de cuanto pudo haber a la mano, Rósete emprende su campaña sobre el pueblo de Ocumare, el 11 de febrero de 1814. Eran las tropas comandadas por Rósete, una bandada de espíritus infernales, ante las cuales figuraba él como Jefe, seguido de su segundo, un isleño tan malo como él, a quien apodaban el "Niño Arico", el cual, no pudiendo excederle en maldad, se contentaba con igualarle.

La matanza de Rósete en Ocumare, en dos ocasiones, en febrero y en marzo de 1814, constituye uno de los sucesos más horrendos de la guerra a muerte en Venezuela. 

Detalle de "El Escorpión Dormido"
De Pedro Rengifo. Año 2003
Imaginemos una turba desenfrenada de hombres desalmados, sin religión, sin familia, sin patria; devorados por los instintos del pillaje, del asesinato, de la lujuria, de la venganza, de la rapiña; armados del puñal y de la tea, al mando de un Jefe que les concede amplia licencia para satisfacer todos los apetitos imaginables. Imaginemos esa turba famélica, en posesión de un poblado indefenso, rendido, que clama piedad y eleva sus oraciones al Dios de las misericordias, al verse acosado por la muerte. Por un lado estaban los desgraciados, las madres, los niños, los ancianos, los enfermos que gritan, lloran, suplican, se desesperan al ser testigos y victimas de la matanza que mancha de sangre, casas, calles, plazas, templos; y por el otro se encuentra la turba que sacrifica sin piedad, que grita, se ríe, aplaude; que es vencedora. Al saqueo sigue la destrucción, a la destrucción el incendio. Las tropas de Rósete después de haber robado y saqueado el pueblo, derribaron a hachazos las puertas de la iglesia y regaron con la sangre de algunos ancianos el coro, la nave principal y el ara misma de los altares; luego sacándolos en las puntas de las lanzas, esparcieron por las calles y caminos sus cuerpos mutilados. Tal fue el triunfo de Rósete en Ocumare.

El panorama era triste y desolador, fragmentos de cuerpos humanos, con manchas de sangre, con despojos sin formas; eran escenas repelentes. Aquí un brazo, allá una pierna, más allá cuerpos descabezados; cadáveres de hombres y mujeres que fueron desollados. La crápula y el asesinato no tuvieron jamás orgía más pavorosa y prolongada. Así fue la masacre de Rósete en Ocumare.

Al tenerse en Caracas noticia de todos los crímenes de Ocumare, el General José Felix Ribas sale en defensa de esta pequeña población: Rósete, al saberlo, se atrinchera en San Francisco de Yare, temeroso del valeroso enemigo. Inútil le fue esconderse, Ribas cargó sobre él con impetuosa cólera, y el asesino perezoso y torpe se escapó difícilmente en medio de los bosques, protegido por la noche. El vencedor, como acto de venganza, pasó por las armas a cuantos prisioneros cayeron en sus manos, y favoreció a los infortunados que habían tenido que abandonar sus casas.

El 6 de marzo vuelve Rósete sobre el pueblo de Ocumare que estaba entonces bajo el mando del respetable oficial Don Pedro de la Vega y Mendoza. Juzgó este que no pudiendo oponerse al bandido que arremetía con fuerzas numerosas, que era más provechoso para los habitantes entrar en transacciones, y con este objeto propone a Rósete una capitulación que éste acepta. Establecidas las bases, se redacta el documento en el templo del pueblo, y concluido y firmado es colocado bajo la custodia del altar, como para darle al acto cierto carácter sagrado que impusiera respeto al feroz asesino; más no sucedió así. El señor de la Vega invitó a Rósete a que le acompañara a almorzar en la casa de su familia, y por primera vez, en su vida, éste se encuentra sentado en una mesa de caballeros y de señoras de lo más selecto de la región; pero ni la santidad de la custodia, ni la decencia de la familia Vega, pudieron moderar los ímpetus de aquella pantera de forma humana.

El almuerzo comenzó bien, y todo auguraba un feliz resultado, cuando Rósete, dominado por sus instintos, quiso ultrajar a la respetable concurrencia de la mesa. Comienza, desde su asiento, a lanzar sobre el rostro de señores y señoras bolitas de pan, en ademán burlesco. Las primeras fueron aceptadas, aunque el señor de la Vega manifestó repugnancia al juego: mas cuando la chanza continuó con las señoras, una de éstas armada de dignidad, se le encara al asesino, lo apostrofa, y éste se levanta al instante de la mesa, sigue a la plaza y manda formar su tropa. El señor de la Vega huye y trata de escaparse en dirección del sitio campestre más cercano, y los demás invitados le imitan. Desde aquel fatal momento Rósete torna a su carrera de crímenes, sacrifica a don Diego Hurtado y a Doña Juana Aresteigueta, hace desollar la espalda y las plantas de los pies a Don Domingo Maucó, le obliga a andar en derredor de la plaza del pueblo, y en seguida le asesina. En ese momento el venerable Vega, alcanzado por una patrulla de Rósete, era igualmente sacrificado.

Rósete decreta la libertad de los esclavos, degüella, asesina, tala, incendia, solo podía ser feliz dando rienda a sus pasiones depravadas. Eran aquellas escenas de espanto y de desolación, las últimas del horrible drama de Ocumare.

Cuando llega a la capital la triste noticia, Juan Bautista Arismendi, comandante militar interino de Caracas, organiza una apurada expedición de unos 800 adolescentes y estudiantes y el día 14 intenta auxiliar a los sitiados. La expedición fue un fracaso y entre los numerosos muertos se encuentran también los patriotas José Domingo Cáceres y el joven de 14 años Félix Cáceres, padre y hermano  respectivamente de la heroína Luisa Cáceres de Arismendi, quienes fueron fusilados por el depredador Francisco Rósete, en el recinto de la plaza de Ocumare del Tuy;  pero el 20 de marzo una segunda expedición con Ribas a la cabeza desbandaron a las fuerzas de Rósete, haciéndolo huir cobardemente.

Rósete se atrincheró, Ribas comenzó por sorprenderlo con su grupo de patriotas que llenaron de terror a los bandidos cuando las llamas los rodearon en sus trincheras. El valor de Ribas y sus hombres, con la ayuda de los humildes campesinos del pueblo, pusieron en vergonzosa fuga a los hijos de las tinieblas y del crimen.

Rósete se había escapado como en la vez primera; pero el cielo reservaría la venganza y sabría oír los clamores de las tumbas. Pronto desaparecería Boves en Urica, y jinete y caballo caerían por tierra: pronto morirá Rósete en el campo glorioso del Juncal. ¡Diente por diente y ojo por ojo!

Rósete no sobrevivió, por mucho tiempo a sus numerosas victimas. El 27 de septiembre de 1816, participó activamente en la Batalla del Juncal, al mando del Coronel Francisco Tomás Morales, quien se enfrenta a las fuerzas patriotas de los Generales Manuel Piar y Gregor Mac Gregor. Al decidirse el triunfo de lado de los patriotas, entre los cadáveres se encontró el del comandante y Jefe de los desolladores, Francisco Rósete. La copla popular enseguida empezaría a oírse:

En Urica murió Boves
En el Alacrán Quijada
   Y en el campo del Juncal
   Rósete y sus camaradas.


¿Quién fue Pedro de la Vega?


El Coronel de Infantería Don Pedro de la Vega y Mendoza fue un prócer sacrificado por las hordas de Rosete en Ocumare del Tuy, olvidado por la historia. Solo queda de este ilustre personaje un recuerdo en el nombre de su inmensa hacienda cacaotera, convertida en 1937 en la Colonia Mendoza. Don Pedro en 1814 ejercía el cargo de Teniente de Justicia Mayor en Ocumare del Tuy, en esa población se encontraba el 11 de febrero cuando las tropas de Francisco Rosete, pulpero de Taguay, convertido en coronel realista, atacaron a la ciudad. El coronel Pedro de la Vega y Mendoza murió junto a 300 ocumareños que se habían refugiado en el templo. Las hordas acabaron con ellos a machetazos y lanzazos.

8 de febrero de 2025

Humboldt y Bonpland en Ocumare


Febrero de 1800. El sol como siempre, derramaba su luz dorada sobre los Valles del Tuy, donde la tierra, vestida de verde esmeralda, se extendía como un manto bordado por la mano paciente de la naturaleza. Era una mañana fresca, perfumada por el aroma dulce de la caña de azúcar. En ese escenario, la hacienda de don José de Manterola, ubicada en lo que hoy es, el sector La Acequia de Ocumare del Tuy, se alzaba como un testigo silencioso de la historia que estaba por escribirse.

El 8 de febrero de 1800, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, dos almas curiosas e inquietas, sedientas de conocimiento, partieron de Caracas rumbo al este. No era un viaje cualquiera; era una travesía que los llevaría a descubrir los secretos más íntimos de la tierra venezolana. Aunque su objetivo principal era el encuentro entre el Orinoco y el río Negro, decidieron desviarse para explorar "la parte más bella y cultivada de la provincia, los valles de Aragua". Sin embargo, el destino tenía preparada para ellos una parada inesperada: los Valles del Tuy.

El 9 de febrero, bajo un cielo azul eléctrico, llegaron al valle del Tuy, una región que parecía haber sido pintada por los propios ángeles. Humboldt, con su mirada de científico y poeta, describió el lugar como "una región activamente cultivada, llena de aldeas y pueblos, con una población total de más de 28.000 habitantes". Un mundo en miniatura, donde la vida fluía al ritmo de las cosechas y el canto de las aves.

En la hacienda de don José de Manterola, los viajeros encontraron refugio. La casa, rodeada de camburales, caña de azúcar, clavellinas e higueras, era un oasis de paz y sosiego. Humboldt, en sus notas, describió el paisaje como "una bonita plantación de caña" a 580 metros de altitud, donde el tiempo parecía caminar más despacio. Allí, entre el mecer de los árboles y el rumor del río, pasaron dos días muy agradables.

Don José de Manterola recibió a sus ilustres huéspedes. Humboldt, en su diario de campo, lo describió como un hombre "codicioso y tacaño, pero de buen carácter", cuya fortuna había llegado gracias a un matrimonio ventajoso. Aunque su avaricia era conocida, Manterola supo agasajar a Humboldt y Bonpland con la hospitalidad que solo un anfitrión de su talla podía ofrecer.

La hacienda era una perfecta representación de la vida colonial. Los esclavos trabajaban bajo el sol inclemente, cortando caña con movimientos rítmicos que parecían una danza ancestral. Las mujeres, con sus vestidos de colores vivos, llevaban cestas llenas de frutas tropicales, mientras los niños correteaban entre los árboles, persiguiendo iguanas. Era un cuadro vivo, donde cada personaje tenía un papel en la sinfonía de la vida rural.

Humboldt, con su pluma afilada y su mente curiosa, observó cada detalle. 

Anotó la altura de las montañas, el curso del río, la poesía del lugar. "El río Tuy serpenteaba como una culebra dormida entre los árboles", escribió en su diario. 

"Las higueras extienden sus ramas como brazos protectores, y las clavellinas florecen con un rojo intenso, como llamas que iluminan el paisaje rural".

Bonpland también se maravilló con la diversidad vegetal. Recogió muestras de plantas, las estudió con cuidado y las guardó en su colección. Cada hoja, cada flor, era un tesoro que llevaría consigo como testimonio de su paso por estas tierras.

Al caer la noche, la hacienda se transformaba. El cielo se llenaba de estrellas que brillaban como diamantes sobre un terciopelo oscuro. El aire se impregnaba con el aroma de la caña quemada, y el chirrido de los grillos y el croar de las ranas creaban una melodía que parecía salida de un sueño. Humboldt y Bonpland, sentados en el patio de la casa, compartían historias y reflexiones bajo la luz de la luna.

Fueron dos días que quedaron grabados en la memoria de los viajeros. Dos días en los que los Valles del Tuy les mostraron su esplendor y su misterio. Cuando partieron, llevaban consigo no solo datos científicos, sino también la imagen imborrable de un lugar donde la naturaleza y el hombre convivían en armonía.

De la visita de Humboldt y Bonpland a los Valles del Tuy nacieron bellos relatos transmitidos por nuestros abuelos, de generación en generación, relatos que, como el río Tuy, fluyen eternamente entre la historia y la poesía.

26 de diciembre de 2024

Lino Gallardo y el Himno Nacional de Venezuela.

Lino Gallardo, nació en La Sabana de Ocumare, en el año 1773, fueron sus padres Rudesindo Gallardo y Bárbara Timotea Aguado, ambos pardos libres. Gallardo quedó huérfano a temprana edad. Fue rescatado por Juan Manuel Olivares, quien era músico, violinista, organista, compositor, y constructor de instrumentos musicales, este lo llevó a su casa y lo alojó hasta 1792; en este hogar recibió sus enseñanzas musicales.

Últimamente han aparecido algunas partituras de puño y letra de Gallardo que, con un mínimo margen de duda, muestran que la primera versión del Himno Nacional de Venezuela fue escrito por él, con letra del padre de la ortografía actual de la lengua hispana Andrés Bello.

El 26 de diciembre de 1794 contrajo matrimonio  con María del Carmen Araujo y al enviudar se casó con María Catalina Pereira, el 30 de abril de 1799, con ella, tuvo tres hijas: María Josefa, Eladia de la Merced y Francisca de Paula. Una de ellas, María Josefa, fue profesora de piano.

Lino Gallardo fue compositor, director, y músico venezolano, conocido por su patriotismo. Muy apreciado en su tiempo y un gran ejecutante del violín, violonchelo y el contrabajo. Fue director de orquesta y estuvo muy ligado a las actividades políticas de la gesta independentista. Su nombre apareció como el autor de la canción “Caraqueños, otra época empieza” cuya letra sería de don Andrés Bello. También es el autor del poema patriótico llamado “Canción Americana”.

El Libertador Simón Bolívar sentía mucho aprecio y admiración por él y lo trataba como un compadre dado que su hija, María Josefina, era ahijada de don Juan Vicente Bolívar (hermano del Libertador). En 1824, Gallardo fue nombrado maestro mayor de música de Caracas.

La música acompañó el proceso independentista venezolano. El género más característico de este período fue la llamada Canción Patriótica, cuyo objetivo era exaltar los ánimos revolucionarios y generar conciencia de identidad colectiva. Sirvió a los intereses monárquicos antes del 19 de Abril de 1810, y en franco contrapunteo a los afectos republicanos y realistas después de esa fecha. A Lino Gallardo, se le ha atribuido, si no la música completa, al menos su participación en la composición de la canción patriótica “Gloria al bravo pueblo”, que el 25 de mayo de 1881, Guzmán Blanco declaró como el Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela. En el decreto firmado, no son mencionados los autores de la letra ni su compositor, lo que causó opiniones encontradas en torno al tema. Por ello cuando fue publicada la partidura donde se señalaba a Juan José Landaeta como el compositor del Himno, y a Vicente Salias como el autor de la letra, esto causó gran desconcierto y descontento entre muchos de los conocedores de la época.

Lino Gallardo es autor de la Canción Americana (1811), de la canción patriótica Tu Nombre, Bolívar, la Fama Eleva (1827) y naturalmente del Gloria al Bravo Pueblo (1810). Fue el Gloria al Bravo Pueblo el canto que tuvo mayor aceptación y más rápidamente se popularizó; tanto llegó al corazón de la gente, que se arrullaba a los pequeños para dormirlos con el "Duermase mi niño..." con la música del Himno Nacional, lo cual también servía como contraseña ante cualquier circunstancia.

Pese a todos los elementos a favor de Andrés Bello y Lino Gallardo como autores del Himno Nacional, oficialmente se tiene, hasta ahora, a Juan José Landaeta y a Vicente Salias como los autores del mismo. Lino Gallardo murió en Caracas, el 22 de diciembre de 1837. 

El investigador y estudioso de la música, Alberto Calzavara, en su libro “Historia de la música venezolana” (1987, página 137), explica de manera irrefutable, que nuestro Gloria al bravo pueblo, nació como un canto emocional, en un momento de inspiración patriótica, en los mismos albores de la independencia.

Según las investigaciones de Calzavaras, el compositor de la letra del Himno Nacional fue el maestro Andrés Bello.

Con respecto al autor de la música de nuestro Himno Patrio, el investigador subraya,que ya para 1840, esta canción se conocía como la “Marsellesa Venezolana”, y reafirma que la misma es obra de nuestro fecundo compositor Lino Gallardo, quien interpretó felizmente en ella el ardor épico de nuestros pueblos en la época gloriosa de la independencia nacional.

El nombre de Lino Gallardo, según Calzavaras, aparece en partituras antiguas del Himno Nacional, lo que no ocurre con Juan José Landaeta.

Lino Gallardo, fue uno de los pocos pardos que desde el principio apoyaron el movimiento revolucionario. Luego del 19 de abril, se le veía recorrer las calles de la capital entonando las canciones patrióticas de la época.

Para los que nunca han escuchado el Himno Nacional de Venezuela en su compás y letra original.
Interpretado con instrumentos antiguos, en su ritmo 4/4 y estrofas originales: Bartolomé Díaz, guitarra del siglo  XIX, Ernesto Leston, oboe del Siglo  XVIII y Carlos Godoy tenor.
Música de Lino Gallardo y versos de Andrés Bello. 

Así se cantaba y así lo escuchó Simón Bolívar.

Esta edición es de 1864 y  se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.

Tomado de: http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/himno.htm

https://www.venezuelatuya.com/biografias/lino_gallardo.htm

http://www.eduparra75.com/2007/01/el-verdadero-himno-nacional-de.html

24 de diciembre de 2024

Un Eco en el Corazón de los Tuyeros.

     

En Ocumare, en el corazón del Tuy, donde el tiempo parece transcurrir más despacio que en otros lugares, está ubicado el Liceo Juan Antonio Pérez Bonalde. Sus aulas, testigos mudos de sueños y anhelos adolescentes, vieron pasar generaciones de estudiantes que, con el paso de los años, se convirtieron en los lideres de la comunidad.

Pero en aquella época, en los años sesenta, el liceo representaba mucho más que un simple centro educativo. Era un faro de cultura, un espacio donde se recibían las mentes más brillantes de Venezuela. Semanalmente, sus pasillos se engalanaban con las ideas de intelectuales como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, José Ramón Medina y Luis Pastori, quienes compartían sus conocimientos con los jóvenes estudiantes.

Una tarde, mientras el sol se filtraba por las ventanas, traspasando el follaje de los arboles de la plaza Ribas, un acontecimiento histórico tuvo lugar en el liceo. Don Pablo Neruda, el poeta chileno cuya conexión con la naturaleza y la sociedad conmovía a todo un continente, visitó este rinconcito del Tuy. Sus versos, cargados de pasión y esperanza, resonaron en las paredes de la institución, y su eco creó un momento mágico. Neruda con su mirada penetrante, había encontrado en Venezuela una inspiración profunda, una tierra que luchaba por su identidad y su libertad.

Los estudiantes, conmovidos por la presencia del gran poeta, se sentían parte de algo más grande que ellos mimos. En aquellos años, el liceo era un hervidero de ideas y debates. Jóvenes comprometidos con la causa democrática y otros entusiasmados con la revolución cubana, convivían en armonía, demostrando que la diversidad de pensamiento podía coexistir con el respeto mutuo.

Hoy, algunas décadas después, algunos de aquellos estudiantes recuerdan con nostalgia esos años. El liceo había sido su hogar, su refugio, el lugar donde habían forjado amistades que se mantendrían en el tiempo. Y aunque el mundo ha cambiado mucho desde entonces, el espíritu de aquel liceo sigue vivo en el corazón de quienes han tenido la suerte de estudiar allí.

El liceo Juan Antonio Pérez Bonalde, la primera casa de estudios del Tuy, ha sido mucho más que un simple edificio. Representa un crisol de ideas, un semillero de talentos y un lugar donde la poesía encontró un eco profundo en el alma de los tuyeros. Y así, seguro estoy, su legado perdurará por siempre, como un faro que ilumina el camino de las nuevas generaciones.

En la gráfica: la Profesora Agustina Martineau de Hernández, Subdirectora del Liceo Pérez Bonalde, el Poeta Pablo Neruda, el Profesor Mendoza, Director del Liceo y el Estudiante Ángel Rafael Orihuela (quien en el futuro sería Ministro de Sanidad y Asistencia Social y Profesor de la UCV).

23 de diciembre de 2024

Mis Recuerdos de Ocumare.


Ocumare era como un museo viviente para mí. Cada rincón, cada sonido, cada aroma, eran pinturas que se grababan en mi memoria. Las tardes, especialmente, eran mágicas. El sol empezaba a despedirse, tiñendo el cielo de colores cálidos,  mientras el olor a cuero curtido y madera recién cortada, se mezclaba con el perfume de las flores silvestres.

 Mi abuela me tomaba de la mano y salíamos a recorrer el pueblo. Los artesanos, con su manos curtidas por el trabajo, creaban verdaderas obras de arte. Veía como las alpargatas cobraban vida bajo las hábiles manos del talabartero, y los sombreros de cogollo se transformaban en elegantes accesorios. El aroma del barro cocido me llevaba hasta los alfareros, donde las tinajas y pimpinas tomaban forma en sus manos.

Pero lo que más me gustaba era el río Ocumarito. Su aguas cristalinas nos invitaban a bañarnos, mientras las abuelas aprovechaban para lavar la ropa. Mi abuelo, con su paciencia infinita, me enseñaba a lanzar el anzuelo. Y cuando por fin sentíamos el tirón de un pez, la emoción era indescriptible. Después, con leña recolectada en los alrededores, preparábamos un delicioso sancocho de corroncho. El sabor ahumado de la sopa se mezclaba con las hierbas aromáticas, creando un plato que era una verdadera fiesta para el paladar.

Al caer la noche, nos reuníamos alrededor de una fogata. Mi abuela nos contaba las historias de Mauricio, el encanto y de fantasmas y duendes que habitaban por las montañas de La Guamita. El manto de la noche nos envolvía con una sensación de ternura y bienestar.

Aquellos días en Ocumare fueron los más felices de mi infancia. Los paseos por el pueblo, el olor a tierra mojada, el sabor del sancocho, pero sobre todo, la calidez de las personas que allí vivían, quedaron grabados en mi corazón. Cada vez que cierro los ojos, puedo volver a sentir la emoción de aquellos años.

     

21 de octubre de 2024

La Sabana de Ocumare Durante la Época Colonial Según el Obispo Mariano Martí y Otros Historiadores


   
Obispo Mariano Martí 
(1720 - 1792)

Día 7 de junio de 1783, salimos desde Caracas hacia el pueblo de la Sabana de Ocumare. El camino generalmente no es malo, pero hoy si lo es, debido a las lluvias. Cerca del camino hay muchas haciendas de cacao. El terreno tiene algunos cerros pequeños. Antes de llegar a este pueblo de la Sabana de Ocumare, a distancia de casi un cuarto de legua, pasamos el río del Tuy, y antes y después de pasar el río, pasamos algunas acequias para el riego de las haciendas. La hierba que producen estas tierras es de muy buena calidad, que llaman gamelote.

La iglesia de la Sabana de Ocumare está bajo la invocación de San Diego de Alcalá. Es de una sola nave, cubierta toda de obra limpia, sus paredes son de tapias y rafas. Tiene Baptisterio bien decente al entrar a la Iglesia, a la banda de la Epístola, Coro alto y cementerio a la misma banda de la Epístola, a distancia de pocas varas de la pared de la misma Iglesia.

La gente de aquí es de un genio tal que si los convidan para un baile, todos acuden a él, y si los convidan para un ejercicio piadoso en la Iglesia, acuden todos igualmente; no hay vicio particular o predominante en esta región, hay frecuencia de Sacramentos y devoción, pero también uno que otro domingo se forman grandes bailes en las localidades cercanas, pero, sin embargo su gente es de buena índole, y no de genio caviloso y malicioso.

Existen 53 hacendados, todos de cacao, menos uno que tiene un trapiche. Estas haciendas se han regulado poco, sin poderse dar razón precisa, porque en unos años de una hacienda se hacen dos, y en otros años de dos haciendas se hace una. Estos hacendados, a proporción del número de los esclavos, pagan a prorrateo o por repartimiento 200 pesos al cura y 50 pesos a la Iglesia para la oblata de pan, vino y cera anualmente, y dichos hacendados amos de esclavos nada pagan a la Iglesia ni al Cura de derechos parroquiales, pero si pagan para sí mismos, para sus hijos y demás de su familia, por sus derechos parroquiales, y también pagan las primicias. Los demás vecinos libres y que no son esclavos no pagan estipendio ni oblata, pero pagan primicias y obvenciones y los vecinos, aunque tengan esclavos, si no tienen hacienda, no pagan estipendio ni oblata y solo pagan primicias y obvenciones. Es de advertir que los que tienen esclavos y no tienen hacienda pagan las obvenciones o derechos parroquiales no sólo para sí, sino también para sus esclavos. Los que pagan obvenciones se entiende que pagan también los rasgos de sepulturas según el tramo en que se entierren.

No hay pulpería ni guarapería por arrendamiento, solamente don Esteban León tiene aquí y en toda la provincia el privilegio de vender aguardiente de caña, que lo hace en su propia hacienda, y es el único hacendado de caña dulce o trapiche en esta provincia, y esto se lo permite el Intendente sin reparar en el perjuicio que causa a la Real Hacienda en la venta de los aguardientes que se traen de España y de las Islas, que pagan sus derechos al Rey.

Las tierras de esta provincia son muy fructíferas, tanto por su calidad como por las muchas lluvias, y riego de las acequias, que salen del río Tuy. Se producen cacao, caña dulce, fríjoles y algunas otras legumbres, maíz, arroz, plátanos… aquí prospera cuanto se siembra o planta. Ahora empiezan a trabajarse algunas haciendas de añil, que se da de una calidad superior. El sitio donde se encuentra este pueblo no es muy llano, pues no deja de haber algunas hoyadas pequeñas y algunos cerros de poca altura. Por la banda del Sur, a distancia de media cuadra de las casas, corre una quebrada de agua de buena calidad regularmente todo el año, al menos que agarren el agua para regar la hacienda de trapiche de don Esteban de León, si es así los vecinos tienen que ir a buscar el agua a una acequia del río, la cual corre a mayor distancia del pueblo que la referida quebrada. La plaza de este pueblo está bien formada y la Iglesia le viene atravesada y hace frente a la plaza el costado o banda del Evangelio, y delante de la puerta mayor hay bastante espacio. Las calles están mal formadas por lo desarreglado de las casas, que no están puestas en líneas, muchas de ellas por el poco cuidado que se ha tenido al empezarlas a edificar. Si dichas calles y casas estuvieran bien arregladas, formarían un buen pueblo, pues acá hay 156 casas. El clima es cálido y sano, a pesar de ser húmedo.

El pueblo de la Sabana de Ocumare cuenta con 2141 moradores. De estos hay de esclavos 1059, y los restantes son libres, blancos, negros, mulatos y zambos. El Teniente de Justicia mayor es don Juan Joseph Marcano, casado en Canarias con doña Margarita Sucre, hija del capitán don Antonio Sucre, y hermana de doña Teresa Sucre, viuda de don Matheo Gual.


La Sabana de Ocumare desde el punto de vista de otros historiadores


José de Oviedo y Baños (1671 - 1738)







José de Oviedo y Baños en "Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela" nos describe que los aires de la Sabana de Ocumare son muy frescos y saludables, el terreno  despejado y el cielo muy alegre con una bella cordillera que es atravesada por el río Tuy (el río más rico que tiene esta provincia), que con la abundancia de sus aguas va fecundando las grandes vegas que tiene este territorio de uno y otro lado y regando también el gran número de arboles de cacao de su fértil terreno. Además Oviedo y Baños nos relata que el cacao que se produce y consume en esta región es tanto y tan bueno que sus pobladores lo preparan de variadas maneras.













Joseph Luis Cisneros en "Descripción exacta de la provincia de Benezuela" refiere que en la Sabana de Ocumare, durante todo el año, se producen infinitas raíces como: ñame, mapuey, ocumo, batata, patata, apio, además gran variedad de frutas como: plátanos, dominicos, cambures, aguacates, piñas, chirimoyas, guayabas, papayas, mamey, nísperos, membrillos, higos, coco, hicacos, sapote, anón y otras muchas; que aunque son cultivos agrestes los mismos son de gran utilidad para las familias que los cultivan. Se da el café de excelente calidad y también hay en este valle grandes haciendas de cacao en cuyo ámbito no se encuentra otra planta sino vastas plantaciones de este árbol.







Joseph Solano y Bote (1726 -1806)
El 8 de octubre del año 1768, el investigador e historiador Gonzalo Bello, siguiendo lineamientos de Don Joseph Solano y Bote, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, en sus trabajos de investigación, describe que el  valle de la sabana de Ocumare estaba todo dedicado a la agricultura del cacao, era tan abundante y de buena calidad el cacao de esta zona, que no se producía nada más, ni ganado mayor ni menor, ni bestias mulares, ni se había procurado descubrir otros minerales, ni vegetales, mas que dicho fruto,  que en la región se dedicaban solamente sus habitantes al cuidado y comercio del mismo. El comercio principal de todo el Valle residía en Ocumare, el cual se reducía a la compra y venta de cacao.